Banco de México: ¿la autonomía que no fue?

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LAS APARIENCIAS ENGAÑAN

Al cambiar de régimen, dos hechos preocupan en materia económica. Primero, que algunos miembros del «gabinete de transición» de Vicente Fox vieran favorable, en su oportunidad, las finanzas públicas que recibían de Ernesto Zedillo, cuando éstas requerían ser cuidadosamente calificadas y segundo, que en ese entonces quizás por falta de asesoramiento el nuevo presidente encontrara en el alza del PIB la demostración de que se podrían alcanzar las altas tasas que ofreció durante su campaña.
Podría suponerse que no se le informó que ese crecimiento era espurio y artificial, resultado, como veremos más adelante, de una política monetaria preelectoral expansiva, instrumentada a partir de abril de 1999 y parecida a la aplicada en otros sexenios.
Por último, al asumir como compromiso propio o del nuevo gobierno la consigna de que no se repetiría el «error de diciembre», quedaban salvaguardadas la imagen y políticas económicas del doctor Zedillo, que contiene lastres, en cierto sentido muy semejantes a los que él mismo recibió de Salinas de Gortari.
Vicente Fox se responsabilizaba así, y por adelantado, de los desaciertos de la política económica recibida, a diferencia de Zedillo, quien su secretario de Hacienda indujo a creer ante el Congreso de la Unión, hacia el final de su mandato, que el «error» es de aquel a quien le explota el problema y no de quien lo causa. Sin embargo, está probado por analistas y sustentado estadísticamente, que la devaluación de 1994 fue resultado de políticas económicas adoptadas durante la gestión de Salinas de Gortari.
Ante los riesgos que para la estabilidad y seguridad nacional entrañan algunos aspectos de la herencia que recibe Fox urge atender a fondo la inflación en nuestro país.
TRES PREMISAS SOBRE LA INFLACIÓN
Para abordar el reto del control de la inflación conviene compartir el mismo lenguaje. Podemos definirla como el alza generalizada y sostenida de los precios en una economía. Esto permite distinguirla de los aumentos en los precios; por ejemplo, un alza en los salarios, en la gasolina, o una devaluación, que a pesar de que encarecen muchos bienes, son ajustes de una sola vez y no sostenidos en el tiempo. Estos fenómenos, llamados en economía ajustes en los precios relativos, aunque afectan a otros precios, no son la inflación (o inflacionarios), pero casi siempre la manifiestan o son su consecuencia.
La inflación, en cambio, es un hecho fundamentalmente monetario, es decir, muy relacionado con la política monetaria del banco central, cuya principal responsabilidad, entre otras funciones, es su eficaz control (para eso cuenta con los instrumentos suficientes y directivos calificados).
Repasemos tres aspectos empíricamente comprobados que ayudan a entender el concepto de inflación:
1) A largo plazo, todo exceso de crecimiento en el circulante (monedas, billetes y cuentas de cheques en poder del público) no respaldado por un crecimiento equivalente en la producción nacional de bienes y servicios finales (PIB) se convierte en inflación que no se corrige mientras no cambie la política monetaria. La gráfica 1 nos permite contrastar dos políticas monetarias aplicadas en México: la primera, en la década de los sesenta, corresponde al llamado desarrollo estabilizador, y la segunda, a una parte del período conocido como desarrollo populista.
2) Siempre se da un lapso de entre seis y doce meses de desfasamiento entre la aplicación de la política monetaria y el momento en que rinde sus efectos en la inflación. Esto se ve claro, por ejemplo, al instrumentar una política (que aumenta o disminuye el ritmo de crecimiento de la oferta monetaria) con la finalidad de incrementar la demanda agregada para salir de alguna recesión, o para disminuirla, controlar la inflación o reducir el riesgo cambiario.
Como veremos más adelante, El Banco de México utiliza con maestría los desfasamientos entre la instrumentación de una política monetaria y el momento en que se presentan sus efectos.
3) El papel esencial que juegan las expectativas de los actores económicos (consumidores, empresarios, ahorradores, inversionistas, etcétera) sobre las variables más importantes de la economía, para sus procesos de toma de decisiones. Y también la inducción y el manejo discrecional de estas expectativas por parte de las autoridades gubernamentales, hasta el punto de crear falsas esperanzas en el público, encausándolo a tomar decisiones que pagarán a un alto costo con sus empresas o empleo.
Por ejemplo, si todos esperáramos para el siguiente año una inflación de 65%, nuestra conducta colectiva impactaría a la economía nacional de manera muy distinta que si esperáramos una inflación de 4%. En el primer caso, en que el poder de compra del dinero parece esfumarse, seguramente nos lanzaríamos a proteger nuestro esfuerzo y patrimonio comprando de inmediato bienes y servicios. En el segundo, la toma de decisiones de empresarios y particulares sería diferente, al igual que su impacto en la economía nacional.
Con estos antecedentes evaluaremos la eficacia del Banco de México en el cumplimiento de su función más importante en los últimos dieciocho años, cuando se aplicó el llamado modelo de desarrollo neoliberal, que comprende los sexenios de Miguel de la Madrid, Carlos Salinas y Ernesto Zedillo.
BANCO CENTRAL: CICLOS SEXENALES Y FLUCTUACIONES EXTREMAS
Para cumplir su misión estabilizar los precios para un desarrollo económico sostenido y sustentable el Banco de México debe proveer a los actores de la economía los medios de pago (dinero en circulación, entre otros) para realizar, interna o externamente, sus transacciones financieras o de bienes y servicios.
El comportamiento de la llamada base monetaria o algún agregado monetario (M1, M4) nos permite conocer cuál fue, en la realidad y no en la intención, la política monetaria de estabilización del Banco de México; además, analizando los indicadores inflacionarios podemos evaluar la eficacia de su gestión.
La gráfica 2 muestra las características más importantes de política monetaria aplicadas por el banco central y la inflación efectiva, es decir, la calidad de su gestión durante los últimos tres sexenios, correspondientes al desarrollo neoliberal.
Una primera evidencia es que la política monetaria ha sido muy inestable, con claros ciclos sexenales y fluctuaciones extremas en el crecimiento anual del circulante; con porcentajes de variación entre +145.69% (abril 1988) y -13.76% (marzo 1995).
Esos ciclos y los rangos de fluctuación de la política monetaria fueron en repetidas ocasiones incongruentes con el objetivo de controlar con eficacia la inflación y se convirtieron en origen, primario o indirecto, de inestabilidad en precios, tasas de interés, paridad, competitividad, actividad productiva, riesgo cambiario y otros fenómenos negativos.
Lo más penoso es que tan pobres resultados aparecen cuando el Banco de México dispone, como dijimos, de excelentes recursos humanos y técnicos para lograr una política monetaria estable.
Con mucho menor tecnología, pero con un alto sentido común, durante el período 1955-1970 las autoridades monetarias consiguieron que México fuera uno de los países con menor tasa de inflación en el mundo inferior incluso a la de Estados Unidos y con una tasa de crecimiento del PIB que figuraba en el cuarto lugar mundial. Ambos indicadores eran estables y sostenidos en el tiempo.
Para los propósitos de este análisis interesa señalar que la política monetaria del período del desarrollo estabilizador, tuvo características perfectamente opuestas a las adoptadas durante los últimos 18 años: el crecimiento del circulante era estable, alrededor de 10.3% anual, sin ciclos sexenales marcados, altibajas pequeñas y con las naturales variaciones estacionales. Esta política fue medular para los impresionantes logros que conformaron lo que se conoció mundialmente como «el milagro mexicano».
Uno de los arquitectos de este modelo de desarrollo fue don Rodrigo Gómez, Director del banco central, estadista que antepuso su responsabilidad, conocimiento y sobre todo su sentido común a la seguridad del puesto, cuando los dictados del Ejecutivo le parecieron incongruentes con la trascendente misión del organismo a su cargo. Más tarde, al integrarse a la Secretaría de Hacienda y Crédito Público, don Antonio Ortiz Mena reforzó con su política fiscal (de ingreso, gasto y déficit públicos) un marco de estabilidad macroeconómica que propició las mayores tasas sostenidas de crecimiento económico y empleo para México en el siglo XX.
La segunda conclusión que arroja la gráfica es la ineficacia del Banco de México para controlar la inflación durante el período de desarrollo neoliberal. Como consecuencia de la inestable política monetaria adoptada, la inflación presentó siempre uno o dos ciclos por sexenio y fluctuaciones extremas que van de 179.8% (febrero de 1988) a 6.7% (septiembre de 1994;además, siempre que parecía acotarse la inflación, finalmente el resultado era espurio, nunca sostenido.
Conviene destacar que la aparente eficacia alcanzada en el control de la inflación en algunos lapsos del gobierno de Salinas y Zedillo no siempre obedeció a una solución de raíz debida a una política monetaria congruente y estable. Ambos controlaron la inflación artificialmente. Destaca en especial el régimen de Salinas, quien desde antes de asumir la Presidencia, introdujo los famosos «pactos», renovados muchas veces (por ejemplo el PECE), que redujeron la inflación a pesar de una política monetaria ilógica instrumentada durante 27 meses en los que la tasa de crecimiento anual del circulante aumentó de 22.5% (julio de 1989) hasta ¡135.3%! (octubre de 1991).
La política de pactos sociales fue reforzada con la inducción y el manejo altamente profesional, de falsas expectativas en el público, además de que utilizaron con ejemplar maestría a la paridad del peso y los salarios mínimos y contractuales como anclas para controlar la inflación.
Esto trajo dos consecuencias: redujo sensible y artificialmente las tasas de inflación e interés y provocó la transferencia masiva de recursos de la sociedad al sector público. Cuando al final la realidad el «error de diciembre», las crisis de crecimiento, pagos y liquidez y la desaparición de patrimonios, empresas, empleos y buena parte de la banca mexicana se impuso a la fantasía económica, la sociedad pagó lo insostenible con altísimos costos patrimoniales. El gobierno de Zedillo instrumentó políticas similares y las transfirió al nuevo régimen.
POR QUÉ EL BANCO DE MÉXICO NO CONTROLÓ LA INFLACIÓN
Pasada la época del desarrollo estabilizador, el Banco de México no siempre ha controlado con eficacia la inflación. Insisto que no por falta de capacidad o recursos, más bien, parece que algunos de sus directivos cedieron la misión institucional, quizás persuadidos por brillantes funcionarios del Ejecutivo, con novedosas teorías de que las cosas funcionan de manera diferente, aun en contra del sentido común. O bien, creyeron que el banco central opera por estatutos o en los hechos como una dependencia más del Ejecutivo en turno. O, quizá, como resultado de conveniencias personales, subordinaron la política monetaria a intereses de grupos de poder político o económico.
No puedo menos que plantear estas hipótesis, surgidas a partir de observar las siguientes situaciones:
1. El descamino del banco central inició con el abrupto aumento del gasto público durante el desarrollo populista (1972- 82), cuando se convirtió en obediente tesorería que financiaba, con emisión de circulante, los déficits del gobierno federal.
2. Desde el sexenio de López Portillo, Hacienda se encaraba de obtener los ingresos y financiamientos necesarios, mientras que la recién creada Secretaría de Programación y Presupuesto (SPP) era responsable de administrar el gasto público. Esto eliminó el equilibrio y prudencia que existía entre ingreso y gasto público cuando ambas funciones correspondían a una sola dependencia.
Como secretario de Programación y Presupuesto, Salinas de Gortari era el «señor de los dineros», administraba el gasto; y desde Hacienda, Jesús Silva Herzog de alto prestigio en círculos financieros nacionales e internacionales proveía lo que gastaba el primero.
La gráfica 2 muestra cómo, para contrarrestar la crisis e inflación heredada de López Portillo, la política monetaria adoptada por De la Madrid disminuyó la tasa de crecimiento anual del circulante monetario del 54.8%, (diciembre de 1982) a 27.9%, once meses después.
La inflación, de 117.65% (abril de 1983), disminuyó a partir del quinto mes de instrumentada la política antiinflacionaria, una respuesta rápida debida quizá a la confianza del público en el gobierno entrante. Por otro lado, el indicador de la producción industrial empezó a recuperarse casi en vertical, a pesar de la crisis de liquidez, de divisas y económica en que había dejado al país el presidente López Portillo.
Sin embargo, ante la recesión que se vivía, sucedió algo extraño: un aumento sin razón aparente en el crecimiento del circulante monetario. En ciertos círculos se repitió la expresión dicha al Presidente de la República: «Señor, nos pasamos de rosca», culpando a la política monetaria de la recesión, fruto de la crisis que dejó López Portillo. En ese momento no se informó a De la Madrid lo que otros analistas ya conocían: la actividad industrial ya estaba en franca recuperación. Por lo que a partir de diciembre de 1983 el Banco de México implantó una política expansiva, provocando que la tasa de crecimiento anual del circulante aumentara de 27.97% (noviembre de 1983) hasta 57.42% en sólo siete meses (junio de 1984), el crecimiento anual del circulante se estabilizó alrededor de 59% durante 27 meses.
Parecía que el Banco de México hubiera aceptado la teoría de que control inflacionario y crecimiento económico se contraponen en el mediano y largo plazos. El público, sin embargo, no percibió este viraje de la política monetaria durante veintiún meses en los que la inflación continuó disminuyendo hasta alcanzar un mínimo de 55.98% (agosto de 1985). En septiembre, la inflación se elevó hacia niveles congruentes con la política monetaria expansionista.
Aparentemente entonces, aprovechando que la inflación crecía, se instrumentó el golpe magistral en la lucha por el poder: en octubre de 1986 inició una política monetaria absurda, como si tratara de «echarle gasolina al fuego». El circulante creció casi en vertical, de una tasa anual de 49.68% (septiembre de 1986) a 145.69% en siete meses.
Al inicio de esa política expansiva, sin precedente en la historia posrevolucionaria de México, algunos analistas privados nos reunimos con destacados funcionarios de la SPP y preocupados les comunicamos la hipótesis del desbordamiento injustificado del gasto público. Lo más significativo de la reconstrucción después del terremoto de 1985 ya había pasado y el Banco de México había conseguido mantener una tasa estable de crecimiento del circulante durante más de un año luego de la tragedia; estabilidad que se rompía entonces sin justificación aparente.
Muy enojados, los altos funcionarios afirmaron desconocer el porqué del aumento del circulante y que equivocábamos nuestra apreciación: que el sector público vivía una austeridad única con el firme propósito de controlar la inflación y estabilizar al país.
Sin embargo, pronto se supo que aun con sus mejores oficios Hacienda no captaba suficientes impuestos y financiamiento interno e internacional para satisfacer la exigencia de recursos y solventar la paridad y el gasto y déficit públicos. Como resultado del descontrol de las políticas adoptadas, la inflación alcanzó un nivel inusitado de 179.81% (febrero de 1988).
A Silva Herzog, también responsable del Banco de México, se le atribuyó el fracaso de la política macroeconómica nacional y fue despedido súbitamente del sector público. Salinas, con el entonces director del banco central y otro funcionario, viajó para renegociar con los países miembros de la Trilateral, que sólo aceptarían tratar con las personas «correctas» del siguiente gobierno. Acordaron la reestructuración de la deuda y el nuevo modelo de desarrollo que se establecería en nuestro país, en momentos de plenitud de la influencia de Thatcher y Reagan.
3. Finalmente, la instrumentalización reciente del banco central ilustra cómo se consigue la meta política de sembrar en los votantes una sensación de bienestar y satisfacción previa a las elecciones. En 1999 comenté en El Informador de Guadalajara cómo el Banco de México implantó una política monetaria expansionista que aumentaba la tasa de crecimiento de la base monetaria de 20.8% anual (diciembre de 1998) a 30% (marzo de 1999). Más tarde, alcanzó 43.48% (diciembre de 1999), ¡el incremento más alto de la base monetaria en los últimos nueve años! Advertí también cómo se sometió a la economía nacional al consiguiente sobrecalentamiento en el período previo a las elecciones de 1999.
Para octubre y noviembre sorprendía que analistas y expertos económicos del sector privado no revisaran sus pronósticos de crecimiento del PIB, significativamente a la alza ante la implantación de esa política expansionista. Se repetía cronométricamente el «patrón de política monetaria preelectoral» observado en sexenios anteriores (cronométrico por el conocimiento preciso de las autoridades del desfasamiento entre la implantación de la política monetaria y su impacto en el crecimiento del PIB y la tasa de inflación).
Más tarde, autoridades hacendarias e INEGI anunciaron un crecimiento anual del PIB para el primer trimestre de 2000, «por encima de todas las expectativas». La sensación de bienestar en el público, consecuencia de la súbita recuperación de la actividad económica, las remuneraciones reales y una campaña en los medios promoviendo un panorama irreal, constituyeron el preludio óptimo para el momento electoral.
Era claro que la actividad económica se fortaleció en los últimos tres semestres debido a la política instrumentada desde abril de 1999. Hay que subrayar que esta dinámica de la base monetaria, en el mediano plazo es inconsistente con una inflación de un dígito. Así las autoridades lograron inyectar en el público la sensación de bonanza y optimismo, tan útil frente a las elecciones.
Estos hechos ponen en entredicho la autonomía del Banco de México, al repetir el mismo patrón de política monetaria preelectoral de otros sexenios. Pareciera que para algunos de sus actores en la lucha por el poder, lo menos importante es la suerte que después corra el la sociedad y el país.

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