El dilema de la diversión: evasión o aturdimiento

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Puestos a hacer cosas, en cuestión de entretenimiento las grandes ciudades no tienen rival. Incluso, la medida de la diversión es el movimiento: a mayor efervescencia más alegría, y vaya si la hay en Nueva York, Madrid o el Distrito Federal. Sin embargo, el hombre no es pura acción.
Ciertamente, el hacer se vincula con su proyecto laboral, que en la actualidad (leáse privatizaciones, fusiones y recesión) le reclama casi doce horas diarias. De este modo, hoy como nunca el trabajo cobra un carácter esencial para el hombre y el desempleo se vuelve perjudicial en dos sentidos. Primero, impide que la persona pueda sacar adelante su proyecto familiar con éxito y, segundo, la detiene en su contribución a la sociedad por su escaso desarrollo personal.
El hombre que no tiene un qué-hacer aunque suene paradójico tampoco se mueve para divertirse. El no hacer nada sea por imposición o propia decisión supone esconder las capacidades y talentos personales. Es una actitud existencial que hiere gravemente la esencia del ser humano.
Actividad febril en el trabajo, actividad febril para el descanso. En la primera se espera agudeza de los sentidos para cumplir con eficacia la labor encomendada. En la segunda, los sentidos son expuestos a tal carga de aturdimiento que terminan por no distinguir colores, olores ni sabores. De esta manera, con el descanso se licencia al pensamiento y a las sensaciones, para luego en el quehacer solicitarles actividad eficiente. Después de una «paliza corporal festiva», el descanso, cuyo fin es reparar las fuerzas, tiene poco sentido.

LA DIVERSIÓN DE MODA

Hasta para descansar o divertirse, en las grandes urbes modernas se ha ido perdiendo la capacidad de asombro y deleite con las cosas sencillas. El citadino ha sofisticado su diversión al depender de las ofertas de terceros, quienes lejos de brindar una alternativa solaz, buscan denodadamente incrementar su cuenta bancaria a costa de «entretenernos».
La diversión pagada tiene sus límites en cuanto a la variedad. Por eso, para tener más demanda las empresas uniformizan la oferta. Toda la diversión es igual en la estridencia urbana: salas de cine, bares, fiestas, centros comerciales. Al cabo de cuatro o seis semanas, mirándose a los ojos y con el tedio que comienza a dibujarse en sus rostros, la gente se pregunta ¿ahora qué hacemos?
Es curiosa nuestra sociedad. Por un lado, se enarbola la bandera de la libertad y por otro, se nos violenta impunemente al colocarnos en situaciones de extrema homogeneidad, sin ningún resquicio de escape a lo singular. Es comprensible que en el centro de trabajo exista un horario y una rutina. Pero pretender imponer un estilo de comportamiento o una rutina en el campo de la diversión es demasiado.
En las discotecas, por ejemplo, las opciones personales se limitan en extremo. Irremediablemente se tiene que «bailar», y no como uno quisiera. Todo está dispuesto de tal manera que si uno no se «contonea» al ritmo de la música propuesta por el ánimo del disk jockey se siente looser. Elegir en el tiempo y con arreglo a la insinuación que produce subjetivamente la melodía no es posible. Intentar cruzar palabras más o menos hilvanadas supone elevar la voz por encima del sonido que emiten bocinas de última generación. La decodificación del mensaje siendo optimistas es alimento para el ingenio intentando adivinar o interpretar la última palabra con el propósito de hacer lógica la conversación. En el peor de los casos, dos temas distintos que se entrecruzan con sonrisas y gestos en otra frecuencia, dando pie a que cada interlocutor siga hablando con arreglo a su propia versión. Los ingredientes propios de una relación interpersonal quedan entre paréntesis.
Algo similar ocurre cuando se busca un lugar para comer, como pretexto para dialogar o efectivamente para degustar el platillo favorito. Entorno: una banda de rock tocando en vivo, televisores de no menos de 27 pulgadas que muestran el logotipo del lugar en llamativos colores, media luz, muros saturados de «reliquias» de artistas, hamburguesas, cerveza.
Preocupado por mi percepción particular y temporal, hice una encuesta entre un grupo de jóvenes de ambos sexos, entre 11 y 13 años. Les pregunté su opinión sobre el alto volumen de la música de un conocido fast food. Para sorpresa mía 50% pensaba que estaba bien y 50% no estaba de acuerdo.
No pretendo, obviamente, validar mi tesis con encuestas informales. Lo cierto es que aun entre los jóvenes hay discrepancias radicales. Lo que abona a favor de que la diversión de moda no es característica sólo de la juventud, aunque a ella se le quiera achacar el actual modo de divertirse. El asunto es más serio y profundo de lo que nos imaginamos.
«ARMAR» EL TIEMPO LIBRE
Divertirse hoy es sinónimo de aturdimiento, de rutinas hechas a la medida de la moda. Así las cosas, es difícil que su objetivo el descanso se logre. El ocio, el tiempo libre, navega a buen puerto en el barco de la libertad.
El hombre se autodermina para encontrar la manera más personal de reponer las fuerzas gastadas durante jornadas intensas de trabajo, donde primó el deber. Si el deber, la rutina y en cierto sentido el reglamentarismo se filtran en la diversión, en el descanso, capacidades como autonomía, inventiva, gusto y querer, se eclipsan: divertirse agobia.
La sociedad de consumo ha matado la diversión que conduce al descanso y ha privilegiado aquella que tiene mucho de evasión. Viktor Frankl, psiquiatra vienés, acuñó el concepto «neurosis dominical» para referirse a la sensación de vacío existencial que aparecía los fines de semana. La razón: al hombre habituado durante una semana a un horario y agenda propuestos desde fuera, se le imponía la tarea personal de «armar» su fin de semana proponiéndose un horario y actividades novedosas.
La libertad fundamental característica del hombre remite a un fin o sentido. Al carecer de él, el hombre no elige activamente, al contrario, es elegido por aquellos acontecimientos, situaciones o acciones que por su intemperante intensidad le evitan encontrarse cara a cara con su angustia o vacío existencial.
El aburrimiento, la superficialidad y la frivolidad son las piezas clave de una sociedad que hace de la diversión una industria que vende algarabía, alegría, y un efímero pasarla bien. Toda una arquitectura artificial „opoco fundamentada, pero consistente por los efectos que logra„o hace que los ánimos y las emociones cambien abruptamente hacia estados de euforia y exultación. Los estados de ánimo se suceden con locuaz nitidez, hecho apetecible para los actores de no pocos directores de escena.
NO HUYA, DIVIÉRTASE
Montada en el vértigo de esta sociedad, la diversión se vende y se compra. Al pagar por ella nos sumergimos en el mundo de lo útil, del consumo.
La diversión, entonces, no es sucedánea del disfrute, del gozo, de compartir momentos agradables con amigos. Más bien obedece al imperativo categórico del hacer por hacer, de salir para «estar en el ambiente de moda» sin más afán que ser visto por los demás y luego comentar con aire de ser actual e importante: «estuve en el Hard Rock con Fulano de Tal». Al interlocutor en turno, que se quedó en casa haciendo zapping hasta altas horas de la noche, le brillan los ojos entre envidioso y admirado pensando en sus adentros: «éste sí que sabe divertirse». (Pero su amigo no ha dicho toda la verdad, se ha guardado un pequeño detalle: con él había otras doscientas personas y una de ellas era Fulano de Tal. Entre coincidir y estar con una persona media una distancia considerable.)
La diversión reglamentarista y altisonante, propia de nuestra sociedad, es una expresión del afán por huir de uno mismo y de la propia realidad. El valor de la diversión, del solaz, se está perdiendo porque no convive ni con el aburrimiento ni con la superficialidad, es mucho más que evadir el trabajo y, lejos de poder comprarla, supone imaginación y libertad.

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