La hora de la reflexión: soledad y serenidad

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LA VIRTUOSA TORTUGA

Pierre Sansot publicó hace poco una pequeña y bella obra, Del buen uso de la lentitud. El ensayo, políticamente incorrecto en la sociedad de la prisa y la eficacia, ha sido un paradójico éxito mundial con innumerables reimpresiones en Francia y traducciones a múltiples lenguas. En cuanto tuve noticia del título, me precipité a la librería en su búsqueda.
Fiel a su espíritu, lo leí sin prisa y lo tengo por relectura frecuente, manantial a cuyas aguas vuelvo para serenarme o retomar el ánimo de contemplación: «A mis ojos, la lentitud era sinónimo de ternura, de respeto, de la gracia de la que los hombres y los elementos son capaces».
La propuesta de Sansot no justifica una actitud o un carácter pasivo, adormilado, holgazán. Para él, la lentitud «no es un rasgo de carácter, sino una elección vital: convendría no precipitar el tiempo ni dejarse atropellar por él, una tarea saludable, urgente, en una sociedad que nos acucia, a menudo con nuestro consentimiento».
Vienen a mi memoria ese animal emblemático y un cuento breve: la tortuga siempre ha caracterizado la lentitud. Quizá sea ésta la razón por la que me atrae y me despierta una especial debilidad; desde hace no pocos años procuro tener una figurita de ella en alguno de mis lugares de trabajo.
En este mismo orden se sitúa el cuento «La Tortuga y Aquiles», de Tito Monterroso, que por ser breve (como todo en él, según sus propias palabras) lo transcribo:
Por fin, según un cable, la semana pasada la Tortuga llegó a la meta.
En rueda de prensa declaró modestamente que siempre temió perder, pues su contrincante le pisó todo el tiempo los talones.
En efecto, una diezmiltrillonésima de segundo después, como una flecha y maldiciendo a Zenón de Elea, llegó Aquiles.
El cuento, además del triunfo de la tortuga frente al veloz Aquiles y su delicioso sentido del humor, encierra una ironía filosófica, otro motivo por el que me deleita. De nuevo, paradójicamente, la filosofía silenciosa y reflexiva por excelencia me trajo a un mundo de velocidad, prisas, ruido y escasez de tiempo: la Ciudad de México. Sin ser campirano de nacimiento, la naturaleza y el campo siempre me han atraído; en términos generales, implican soledad, silencio, lentitud, contemplación y admiración.
EL SILENCIO A LA BAJA
En esos años universitarios se escuchaba una de las llamadas canciones de protesta, de Atahualpa Yupanki, aquel burgués radicado en París desde donde componía cantos revolucionarios. «Los ejes de mi carreta», uno de esos cantos, decía más o menos así: «No necesito silencio/ yo no tengo en quién pensar/ tenía pero hace tiempo/ ahora ya no tengo na… /los ejes de mi carreta/ no los voy a engrasar…».
Por desgracia, me temo que no son las razones de Atahualpa las que han acabado con el hoy mítico silencio y paz de los pueblos y rancherías de nuestro campo. Más bien, el culpable ha sido un afán de imitar los patrones de conducta transmitidos por los medios de comunicación. A través de ellos se nos impele a no estar en silencio ni en soledad.
Parece ser el triunfo de la sociedad pragmática, por definición opuesta a la actitud contemplativa y al mundo interior. Todo en ella ha de ser actividad y resultados. Es el reino de la eficacia, de lo material, de lo sensible e inmediato. Es el reino del consumismo. Los reclamos al tener se elevan a niveles ensordecedores a través de la prensa, el radio, la televisión y la publicidad callejera…
Esto me recuerda una de las reglas fundamentales que daban consistencia al mundo feliz de Aldous Huxley: «La inducimos [a la gente] a odiar la soledad; disponemos sus vidas de modo que resulte imposible estar solos alguna vez». Son palabras de Mustafá Mond uno de los cuatro interventores que gobiernan el mundo feliz en su discusión con John, «el salvaje».
Su discurso es elocuente, por lo que recojo varias frases entresacadas de distintos momentos de esa discusión: «¿Degradarle de qué posición? En su calidad de ciudadano feliz, trabajador y consumidor de bienes, es perfecto… En todo caso, animales inofensivos».
La regla es muy clara: embotamiento de los sentidos para alejar la mente de la reflexión propia, imposibilitar la contemplación de la naturaleza mediante la saturación de lo artificial, incrementar los estímulos externos para olvidar la posibilidad de la riqueza interior. Sensaciones táctiles, gustativas, visivas, auditivas y olfativas, cada una con el fin de manipular a las personas para transformarlas en individuos, la base de una sociedad masificada, fácil de conducir.
Bastante de ello nos proporciona y exige el mundo de hoy con su ruido y sus imágenes por doquier. Incluso, nosotros mismos seguimos esas exigencias de la manera más torpe, al introducir ese ambiente en nuestro propio hogar con un uso excesivo e indiscriminado que no selecciona momentos ni contenidos del radio y la televisión. El contagio es paulatino pero eficaz.
Nos vamos transformando en seres que se identifican con su exterioridad: se desnuda el cuerpo a través de las imágenes de la televisión, el cine y la publicidad, tanto como las modas que exigen cubrirlo lo menos posible.
EL «ESPECTÁCULO» DE LA INTIMIDAD
De manera semejante se desnuda el alma al convertir en espectáculo aquello que antes era íntimo: el dolor de quienes pierden un ser querido o sufren un accidente aparece sin pudor sin intimidad en las pantallas. Y el amor, valor personalísimo, ahora parecería no ser lo que es si no se muestra como espectáculo callejero, ante los amigos, en una parada de autobús y, en definitiva, en la plaza pública.
Antes denominábamos íntima la ropa más próxima a nuestro cuerpo, que hoy se luce por las calles como en un desfile de modas (si el tiempo no lo impide). Con ello se pretende centrar la felicidad en los estímulos sensibles y sensuales. Pero la felicidad no se obtiene por el número de sensaciones agradables y placenteras que se es capaz de acumular, tal como indica la Ley de Weber-Fechner, según la cual los incrementos de placer decrecen conforme aumentan los incrementos del estímulo: D Respuesta = k D log Estímulo
EL LUGAR DE LA REFLEXIÓN
En definitiva, el placer sensible no se identifica con la felicidad, que es la premisa sobre la cual se sustenta el orden ciudadano de Un mundo feliz. Y es esta premisa la que hoy se quiere elevar como máxima de la conducta de los hombres. Es tanto como situar la esencia humana en la periferia: vivir en la exterioridad, carecer de lo íntimo al igual que de la riqueza interior que nos permite ser nosotros mismos, distintos de los demás.
Los estímulos externos distraen de la búsqueda de ese algo propio que se encuentra dentro de nosotros. Se despiertan los sentidos y se anestesia la inteligencia. Sin encauzar y educar la propia sensibilidad es imposible captar el mundo invisible de la intimidad, de esa zona interior donde se puede llegar a coincidir con uno mismo, ser uno mismo.
Para alcanzar ese lugar se necesita recoger los sentidos, colocarnos en la soledad y el silencio. «Hablar de intimidad supone hablar de espacios interiores, de lugares recónditos, de cosas queridas, de vivencias personales: es decir, de toda una analítica existencial cuyo perímetro gira en torno al ámbito más nuclear del yo personal», es decir, «de la zona espiritual reservada de una persona».
Silencio, soledad, zona espiritual y reservada, son palabras y realidades incompatibles con muchedumbre, ajetreo, ruido, imágenes y, en general, estímulos sensibles y sensuales de carácter público.
La soledad y el silencio son necesarios para la reflexión y, sobre todo, la auto-reflexión que posibilita el autoconocimiento, ese sumergirse en el propio «dentro», en la interioridad, para saber quiénes somos.
El campo y, en especial, la montaña suelen ofrecer estos dos elementos. Una ascensión no necesariamente en solitario permite pensar en uno mismo mientras se camina (si no aturdimos nuestros oídos con un walkman), ya que los sonidos que oímos de la naturaleza (pájaros, otros animales y viento) no son ruido, sino armonía del mundo.
Del mismo modo, la contemplación de los paisajes suele ofrecer motivos para la reflexión: la belleza natural, la inmensidad de la tierra y, por la noches, la infinitud del universo, nos hacen ver el valor de nuestro ser único. El Creador no sólo dio origen a lo que admiramos a nuestro alrededor, sino también a nosotros mismos con carácter exclusivo e irrepetible, y esto logramos captarlo con la ayuda de la naturaleza.
Escuchemos de nuevo a Sansot: el campo «me inclina más bien a la ensoñación, la cual no tiene nada que ver con los argumentos, con las objeciones, con los razonamientos. En él he podido conversar conmigo mismo. En efecto, el soliloquio se sitúa entre el diálogo filosófico y la ensoñación. Más que articular nuestros pensamientos, los mascullamos. Me he entregado a tales monólogos caminando por el campo, pareciéndome que una tercera persona era inútil para reflexionar. Habría retrasado con sus palabras el proceso de mi pensamiento y, por querer triunfar sobre mi amigo, habría perdido de vista la búsqueda de la verdad. []
»Confieso que, de vuelta a la soledad, a veces he cedido al énfasis. Cuando es sublime, el espectáculo de la naturaleza imprime a mis pensamientos una tonalidad religiosa. Medito sobre la fragilidad humana, sobre la gloria efímera de los imperios, sobre la inminencia de la muerte».
LA NATURALEZA SILENCIOSA
En ocasiones, la sublime montaña no nos pide permiso para enseñarnos acerca de nuestra fragilidad, la vida y la muerte. Nos puede sorprender una tormenta o una ventisca, hacernos sentir el frío y los elementos naturales como la lluvia y el rayo, la nieve y la oscuridad. Sin embargo, lo normal será que nos permita la introspección y el autoconocimiento sin sobresaltos.
La paz del campo y, de nuevo, especialmente de la montaña nos conduce al encuentro con el Creador y con nosotros mismos. Escuchar a la naturaleza, por otro lado, exige vigilancia, rechazar la pasividad y asumir una actitud educada en la cual nuestra atención le dice: «me importa mucho lo que tengas que comunicarme».
No sólo oímos al bosque y sus habitantes, también a la playa aparentemente sola y silenciosa con un mar embravecido o sereno, o al desierto, a un cactus muerto pero todavía de pie. Y para escucharlos necesitamos una «interioridad creadora para suscitar este espacio de acogida».
De esta forma establecemos un verdadero diálogo donde cada una de las partes la naturaleza y yo toma parte activa tanto al hablar como al escuchar. Le podemos plantear a la naturaleza mejor si es al Creador nuestros problemas e inquietudes, y ella nos orientará o nos proporcionará soluciones… si sabemos escuchar.
Por eso la naturaleza da serenidad, porque nos enseña a encontrarnos a nosotros mismos. Nos ayuda a meditar «sobre la fragilidad humana, sobre la gloria efímera de los imperios, sobre la inminencia de la muerte».
RECUADRO:
Buscar el silencio
Pasar unos días en silencio, lejos del ajetreo cotidiano, con tiempos de oración y en un clima que permite replantearse el horizonte vital. Esto es lo que ofrecen cada vez más monasterios y centros de espiritualidad en Estados Unidos, según cuenta The Economist (19-VIII-00).
Escribiendo en un buscador de Internet «retiro espiritual» se encuentran docenas de páginas donde se describen centros cristianos, judíos, budistas, hindúes y de new age.
El monasterio de Nuestra Señora de Mepkin, a 50 kilómetros de Charleston, tiene su propia página web donde se explica su historia, sentido religioso y servicios que ofrece. Viven allí 38 monjes trapenses bajo la regla de oración, estudio y trabajo.
A esta serena abadía llegan hombres y mujeres, de distintos credos y desbordados por una vida febril, en busca de paz. Pasan como media entre uno y seis días. Rezan con la comunidad, viven el absoluto silencio de los monjes y comen su comida vegetariana. Acogen tanto a personas solas como a matrimonios, y tienen reservaciones para los próximos seis meses. Según explica uno de los monjes, «muchos vienen por el silencio».
Aceprensa 144/00

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