Carta de un profesor decrépito y aburrido a un joven reventado e hiperactivo

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Querido (a) barbaján:
La adolescencia tiene muchas ventajas. Puedes comer como náufrago sin engordar, no padeces insomnio, eres capaz de dormir con los ojos abiertos en clase de álgebra, si te vas de farra entre semana puedes salir del «antro» directo a clases, sabes ser ahorrativo cuando estás en la playa, puedes ir a bailar con poco dinero y los regaños no te provocan migrañas.
Las desventajas son pocas: necesitas falsificar la cartilla para entrar al bar o llorarle a tus papás para que te dejen llegar tarde, y la peor de todas te quedan seis o siete años de estudios y tareas.
Los adolescentes o sea tú y tus amigos han descubierto que vale la pena ser felices, que los seres humanos ansiamos la felicidad. Por eso quieres pasarla bien: «puentes» para ir a la playa, bares de moda, profesores «barcos», palco en el Azteca No me parece mal tu afán de entretenimiento, a excepción del futbol. En todo caso, sólo debes cuidarte de las deshidrataciones (se curan con Gatorade) y del cáncer de piel y ojo por el sol.
Las personas ancianas como yo añoramos la salud de nuestra juventud pasada, aunque agradecemos que ya no estamos obligados a ir a clase de siete. ¡Pásala bien! Aunque dudo que te haga falta el consejito.
Lo que sí te recomiendo es utilizar tus neuronas (y si tienes alma, también), aunque tus profesores duden que poseas unas y otra. Si quieres ser feliz, piensa cómo vas a resolver ese asunto. Esfuérzate por decidir racionalmente qué vas a hacer con tu vida, pues sólo tienes una.
Resulta curioso, madrugas para aventarte 200 abdominales en el gimnasio o ayunas para estar esbelta. Te sacrificas, no comes grasas para evitar los barros, sudas, y al fin y al cabo sabes que terminarás por ser dueño (a) de una venerable «pancita» y nunca serás más guapo bonita por mucho tiempo que inviertas en el espejo (a menos que te operes).
Eso sí, llega alguien en este caso yo y te grita: «oye, ¡piensa, sé libre! Deja de actuar esclavizado por tus instintos y vanidad que usurpan el papel de tu (menguada) inteligencia», e inmediatamente murmuras:
¡Qué rollo!
¡Es un reprimido! Narrow minded.
¡Chin! Es peor que mi papá.
Seguro me van a dejar leerlo en la escuela.
Seré agresivo y cursi. Voy al grano.
Llevo muchos años tratando con gente joven y no conozco ninguna «barbaridad» ellas y ellos son igual de gamberros que un adolescente no pueda cometer. Tus padres las padecen cada fin de semana y tú te ufanas de ellas los lunes por la mañana. ¿Nos entendemos?
Te culpo (no es error de imprenta). No eres tonta ni tu novio un bobalicón (aunque a veces lo parezca). Si un chico es capaz de matar a una familia por conducir borracho y una muchacha se droga, es porque son libres y, por tanto, más o menos responsables de sus actos.
Eres adolescente, te da pereza pensar y prefieres vivir el momento olvidando que nuestros actos traen consecuencias. Si te embriagas un fin de semana, y otro, y otro, terminarás con el hígado destrozado y lo peor de todo es que no serás más que un «teporocho» o una alcohólica. En otras palabras, habrás hecho de tu existencia, de tu persona, un fracaso ambulante. Por el contrario, si trabajas y eres responsable, leal, transformarás tu persona positivamente.
El asunto más importante que tenemos entre manos es nuestra felicidad y, por desgracia, reflexionamos poco sobre la manera adecuada de buscarla. Dejamos que sea la televisión, los amigos o la moda quienes decidan por nosotros. Queremos convertir nuestra vida en un eterno «sábado en Cancún» pero, aunque no queramos, existen las mañanas de los lunes. Todos queremos ser felices, incluso tu profesor de matemáticas, la bronca es que hay que aprender a serlo.
He sido profesor de Filosofía durante varios años. Sorprende el número de bachilleres que no estudian lo que quieren, sino lo que sus padres o la presión social mandan. Si esto sucede con una decisión supuestamente meditada y libre, qué no pasará con nuestro proyecto vital.
Muy pocas personas intentan averiguar dónde y cómo alcanzar la felicidad. La mayoría sigue la corriente del momento. Hace algunos años insisto, soy un viejo un colega me dijo que su proyecto vital era ser un semental fino. Sus objetivos en la vida eran el sexo y la comida. Ignoro en qué establo habrá terminado mi compañero, sin embargo, algo admiro de él: su valentía de decidir lo que quería ser.
Muchos aspiran ser algo muy parecido a un semental sin siquiera darse cuenta (si el establo está en Nueva York o en Tepeapulco, lo mismo da). Son hijos de su tiempo, veletas de los comerciales, hojas que arrastra el viento de los mass media. ¿Quieres ser como mi colega?
Quizá tus padres no te han ayudado de la mejor manera (ni modo padres, cuando los hijos tienen broncas la mitad de la culpa es de ustedes). A los 15 años eres lo suficientemente mayor como para percatarte de sus defectos.
«Ahorita» estarás haciendo una lista de cosas que te desagradan de tus papás (consienten a tu hermana, tu papá te grita, tu mamá te trata como bebé, quieren ser tus «amigos» en lugar de ser tus papás). Tal vez trabajan mucho y no tuvieron tiempo para estar contigo en tus aburridas «clases abiertas» del kinder.
Seguramente ya te diste cuenta que tu madre trata a la chica de servicio como esclava o que tu padre ha violentado tu libertad cuando «te obliga» a confesarte los domingos. Conozco casos así (otra cosa es que te sugiera acudir al sacerdote respetando tu decisión).
Como no eres ingenuo, ya sospechas que esa empresa familiar que te da de comer (y para ir de shopping a Houston) no parece pagar muchos impuestos. Todo esto «mete ruido» en tu sistema pues, adolescente al fin y al cabo, te molesta la hipocresía.
Desde 1968 ya había nacido yo los jóvenes se rebelaron contra la moral burguesa e hipócrita que proclamaba la santidad del matrimonio y poblaba el mundo con hijos naturales (¿que hay hijos antinaturales?). Lo penoso es que en la revuelta juvenil contra la hipocresía tú has tomado «el rábano por la hojas» o, como repetía mi abuela, «por ponerle Pedro Ramos, le pusimos la amolamos». Para que me entiendas, indignado contra la moral hipócrita has arremetido contra la ética.
Al contemplar la hipocresía de tantos (la tuya también, no te hagas), has decidido que la moral es su causa, cuando lo que habías de hacer era decidirte a llevar una vida plena, virtuosa y coherente. Además, criticar a los hipócritas es más cómodo que intentar ser virtuoso. Así de cursi es este negocio, no hay de otra.
Para colmo, ya olvidaste la idea es de Séneca, retomada por Oscar Wilde que la hipocresía es el tributo que el vicio rinde a la virtud en la sociedad burguesa. En otras palabras, el problema de la hipocresía no es afirmar que el fraude es malo, sino que a pesar de que el defraudador así lo reconoce, el hipócrita no duda en engañar a sus socios.
A cualquier persona sensata la hipocresía le provoca vómito (aunque también se nos antojen sus ganancias). ¿Por qué no actúas en consecuencia? Intenta ser persona de una pieza.
Tu problema es que en lugar de luchar por ser recto, avientas la toalla y dices que el bien es un invento de viejitas, curas y «traumados».
Aparentemente es cómodo resignarse a ser «normal» (léase «destrampado moderado»), pues la virtud exige esfuerzo. ¡Sí!, ¡virtud! La gente sonríe cuando escucha esta palabra. Santa Claus, los Reyes Magos y la vida virtuosa parecen ir de la mano. ¿Has intentado tener una voluntad sólida?
El resultado salta a la vista: tu visión es chata y tu horizonte vital gris. Yo no creo en contra de la opinión de algunos amigos tan ancianos como yo que la humanidad del siglo XXI sea peor que antes. Siempre han existido personas rastreras, capaces de vender a sus hijas por unos pesos, y siempre ha habido individuos generosos. En la antigua Roma se practicaban abortos, adulterios y prostitución infantil.
La diferencia es que antes no había Internet, televisión o imprenta y el marketing tampoco estaba tan desarrollado. Hoy por hoy existen más facilidades para comportarnos de una manera incorrecta, hay más recursos técnicos y contamos con el coro de una «opinión pública» dispuesta a aplaudir cualquier disparate «por cadena nacional». (Diego y Facundo improvisando un strip-tease, Niurka en «Aventurera»). Nuestras idioteces repercuten en un mayor número de personas gracias al correo electrónico y otros medios de comunicación.
Sin embargo, siempre ha dado pereza portase bien (a mí me da) y siempre han existido las parrandas, los ladrones y las competencias deportivas «arregladas». Me caen en el hígado, como a ti, las personas que se la pasan quejándose de la decadencia del mundo. «¡Qué barbaridad!» «¡Qué horror!» «¿Oíste qué boquita tiene fulanita?, parece cargadora de la merced».
El mundo actual tiene aspectos negativos y positivos. La fidelidad de un CD es una maravilla, «chatear» es divertido y la Autopista del Sol nos permite llegar rápidamente al mar. Si algunos van a la playa para comportarse como «coyotes» rabiosos no es culpa ni del mar ni de la autopista.
El meollo del asunto es que si no tienes clara tu meta y tu naturaleza, estás perdido (a). Hace siglos Sófocles escribió un diálogo conmovedor. Una jovencita, Antígona, es condenada a ser enterrada viva por seguir los dictados de su conciencia. Antígona explica su posición contra el tirano: «Yo no sabía que siendo tus pregones de mortal, pueden ir contra la ley que no es ni de hoy ni de ayer, sino que siempre y en todos los corazones está».
En la antigüedad ni modo, ahí va el rollo de profesor el corazón se consideraba como la fuente de las grandes acciones, de los deseos firmes, de los ideales. No era el «pastel de merengue» de quinceañera llorona ni el «masacote de puberto» inmaduro; el corazón era la fuente de las acciones nobles.
Ignoro quién sea el poseedor de más defectos, si tú o yo. A los viejos se nos olvida que fuimos jóvenes. El punto crucial, ese sí, es que tengas ideales, que tu corazón no sea sólo una glándula o una laptop de segunda mano. Careces de ideales más allá de ser millonario (pues bien sabes que nunca serás «la» modelo de Estée lauder, ni delantero de nuestro equipo tricolor, a pesar de que pierdas el tiempo imaginándote metiendo un gol al portero brasileño en el mundial), y los ideales marcan la grandeza de una persona.
Sin duda es molesto y almibarado que alguien venga a «predicarte» que debes aspirar a ser algo más que un semental elegante (con doctorado, master, coche de lujo y hablando cinco idiomas, «aunque la mona se vista de seda, mona se queda»). Pero «la verdad es la verdad, dígala Agamenón o dígala su porquero». Todos somos un poco bestias, un poco (un mucho) egoístas y prepotentes. La derrota consiste en no presentar la batalla: «ni modo, soy así, qué se le va hacer» o un cómodo «todo mundo lo hace».
Tener ideales no consiste en ponerse metas irreales («mañana voy a inventar la vacuna contra el SIDA», «cuando sea presidente acabaré con la pobreza», «a partir del domingo seré siempre paciente»). El gran ideal es buscar la felicidad racionalmente.
No creo que en este planeta y menos en la ciudad de México, con sus 4 millones de perros y 5 de vehículos se pueda alcanzar la felicidad: enfermedad, angustias económicas, cansancio, muerte, son nuestro patrimonio.
Ser feliz, lo que se llama feliz, feliz, es algo imposible de alcanzar en nuestra condición. No obstante, podemos intentarlo. Algunos piensan que el tequila, el fraude, la explotación sexual o humillar al prójimo conducen a la plenitud. El mal es atractivo, qué duda cabe. La Biblia «ya la citó este mocho» narra, entre otras cosas, la angustia de un justo a quien se le antoja la suerte y diversión del injusto.
¿A quién no se le antoja portarse mal de cuando en cuando? Por algo rezaba un niño, «Dios mío, que los malos sean buenos y que los buenos ya no sean aburridos». Y a decir verdad, «qué flojera» me dan algunas personas «decentes».
El reto tu reto es conciliar la «buena vida» con la «vida buena». Luchar para ser feliz no consiste exclusivamente en buscar más playas, más bares, más «antros», mejores autos. Para ser feliz hay que aprender a serlo, hay que pensar, razonar, adquirir virtudes y también asolearse y beber whisky.
Es más, hay que reconciliar la diversión con la virtud, el deber con el placer. Hace siglos, san Juan Crisóstomo reprochaba a los fieles que estuvieran mas pendientes de las carreras de cuadrigas que del evangelio. Hoy escuchamos el mismo reproche en los sermones dominicales. La frase es trillada, pero acertada.
Muchos de los supuestos enemigos de la ética son ignorantes, no inmorales. ¿Cuál es tu caso?
Saludos,

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