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En la actualidad, un buen número de adultos en el mundo tiende a permanecer en la casa de sus padres. ¿Hay cierto miedo a enfrentar el mundo fuera de ella? En Italia, por ejemplo, 70% de los varones de hasta 30 años vive aún con sus padres . Y esta es la tendencia en otros países de Europa.

Durante 1997, 75% de los españoles entre 20 y 29 años seguía en la casa paterna, y 36% de los holandeses entre 18 y 30 años tampoco habían cortado el cordón umbilical . Aunque en México no existen estudios similares, la situación que se vive en Europa refleja un cambio en el comportamiento de los jóvenes.

Es cierto que en ocasiones el desempleo obliga a algunos a vivir bajo el techo de mamá y papá. La incorporación al status adulto se retrasa cada vez más, por la dificultad de encontrar el primer empleo. No hay que olvidar que las empresas también demandan más preparación en los aspirantes, por lo que los estudios se alargan. Hoy no basta una licenciatura para conseguir trabajo.

El llamado «síndrome del egresado» se basa en el temor de los jóvenes a no encontrar trabajo, por lo que buscan prolongar sus estudios o cualquier otra excusa para mantener la «beca familiar».

Evidentemente esto no es normal. Gerardo Castillo profesor de Pedagogía en la Universidad de Navarra apunta causas y ofrece soluciones a este fenómeno .

UN PASO MÁS ALLÁ

Es indudable que la vida humana es un proyecto, algo por hacer. Incluso, ese carácter de inacabamiento es lo que nos distingue de los animales. La conducta del animal le viene dada por naturaleza. «Su vida es necesariamente así; no puede elegir entre diferentes vidas posibles» .

Pero «aunque la planificación de la propia vida es permanente, hay una edad en la que cobra más sentido y tiene más trascendencia: la adolescencia» ; es el momento de programar no sólo una etapa de la vida, sino el porvenir entero.

La adolescencia está estrechamente ligada al desarrollo de la identidad e intimidad personales. A diferencia del niño, el adolescente se muestra más reflexivo, tiene un «yo hacia adentro». Hay una conciencia más personal y por eso se pregunta quién es, hay un deseo de ser él mismo. «Las típicas conductas de autoafirmación están al servicio de ser él mismo, de encontrar y defender su identidad personal».

Según los estudios de Erikson , el desarrollo de la identidad en la adolescencia sigue cuatro posibles situaciones: encaminarse a proyectos vitales bien definidos, adoptar un proyecto vital por imposición, aplazar el proyecto o la indecisión para definirlo.

Los hijos, a medida que crecen, necesitan una autonomía progresiva, que se concreta en la posibilidad de adoptar decisiones personales. Si los padres no animan esa autonomía la capacidad de autogobierno los adolescentes no verán con claridad que el hogar en el que viven no es suyo.

Un adolescente que vive bajo la imposición de sus padres como si fuera un niño no podrá autogobernarse. Es el caso de adultos con mentalidad infantil. Al respecto, Castillo señala que «en una época en la que se oyen tantas quejas referidas a los hijos mayores de 25 años que no están dispuestos a emanciparse, sorprende encontrarse con que esa dependencia está siendo favorecida, en muchos casos, por la sociedad y por bastantes padres» .

El hecho es que prolongar la tutela en la adolescencia favorece que los jóvenes evadan responsabilidades y compromisos de acuerdo a su edad: serán adultos sin un proyecto vital firme.

EL CULTO A PETER PAN

La exagerada adoración a la juventud ha hecho que los mismos jóvenes sean incapaces de crecer. ¿Quién querría salir de una edad en la que todo se permite, todo se solapa por el sólo hecho de ser joven?

Para el periodista español Jaime Campmany, el «no pasa nada, todos fuimos jóvenes», de algunos adultos, esconde una «excesiva permisividad, malos ejemplos, mala educación. Los adultos hemos incitado a los jóvenes al sexo sin amor, educados en la desvergüenza, en la desobediencia, sin respeto ni límites» .

Por eso es lógico que los adultos se disfracen de adolescentes, que oculten su irresponsabilidad tras una máscara de juventud, ante el halo de perfección que cubre la adolescencia. ¿Por qué habría que empeñarse en ser otra cosa (profesionista, padre o madre de familia) cuando se tiene un presente tan «fácil y satisfactorio»?

No se trata de casos aislados, la sociedad entera adquiere matices de juventud, «es la que adopta un falso juvenalismo, invitando a los adultos a que no sean tan responsables y a que se liberen de sus deberes. Hablando con más precisión: la sociedad se está haciendo adolescente» .

Nos acompleja no ser jóvenes, como si ser viejo fuera una ofensa. Los eufemismos que se emplean para referirse a la vejez son un claro ejemplo. La juventud tiene su verdad y belleza mientras dura. Si se intenta estirarla más allá de sus límites, se hace crónica, a la manera de las enfermedades.

Al querer aferrarse al fugitivo brillo de la juventud se corre el riesgo de caer en el estado semineurótico que los psicoanalistas llaman «fijación del pasado», y de ahí a no saber acoger los preciosos dones de la madurez y de la vejez. Hay una cosa más importante que conservarse: cumplirse.

Para Castillo, «instalarse de modo permanente en la juventud equivale a instalarse en el inmovilismo y en la inmadurez. Vivir como si uno fuera joven exige representar cada día ese papel, llevar una doble vida. Y eso suele ser agotador. Añádase a ello las frustraciones que se obtienen y el ridículo que se hace por no poder dar la talla en ciertas situaciones (aquellas en las que se requiere una energía que ya no se posee)» .

Los adultos suelen denunciar que a la mayoría de los jóvenes sólo les interesa el disfrute de lo instantáneo, de lo que ocurre en cada instante y dura únicamente un instante. Por eso reducen la temporalidad al presente: el pasado ya no existe y el futuro aún no es.

Nos referimos a lo que algunos autores han llamado presentismo: valorar únicamente el presente y excluir lo que no sea actual. Aunado a esta inmediatez va el placer. No es sólo un presente, sino un presente placentero.

Así surge un individualismo peculiar que huye del compromiso y cuyo comportamiento está regido por la complacencia y el disfrute. La norma moral a respetar, señala Ricardo Yepes, es la espontaneidad de mi deseo, que pueda fluir sin trabas ni imposiciones. La norma es la ausencia de toda norma .

EDUQUE ADOLESCENTES ETERNOS

Si los adultos permanecen en la adolescencia es debido, en parte, a que su educación en la niñez fue defectuosa. Ante un afán de cuidar y proteger a sus hijos, los padres caen en lo que Castillo llama «amor equivocado»: desear sólo que disfruten de la vida y tengan éxito en lo material.

En el fondo, este tipo de padres ven a sus hijos como una posesión, no como seres autónomos, y se limitan a proyectar en ellos los propios intereses e insatisfacciones. Castillo ofrece tres fórmulas infalibles para hacer de los hijos adolescentes eternos :

1. Quiéralos mucho: resuélvales todos los problemas y evíteles cualquier sufrimiento (sobreprotección), de este modo sus hijos no sentirán la necesidad de buscar respuestas o soluciones a sus propios problemas, ni estarán preparados para afrontar dificultades por sí mismos, con iniciativa y esfuerzo personal; de hecho, tenderán a rehuir cualquier tipo de proyecto de vida futura autónoma y temerán vivir por su cuenta, sin la protección de mamá y papá.

2. Hágalos felices: no contraríe ninguno de sus deseos y procure que nunca les falte nada (permisivismo educativo), es la mejor manera de habituarlos a vivir para sus deseos inmediatos y dificultarles una vida fundada en valores que los perfeccionen en el futuro. Los deseos sofocarán cualquier posible proyecto.

3. Aconséjelos bien: que vayan a lo suyo sin distraerse ni perder el tiempo con los problemas de los demás (utilitarismo educativo), al centrar la vida en sí mismos de forma individualista, no elegirán lo mejor, sino lo que más les convenga en el corto plazo, sin aceptar consecuencias ni dar cuenta de ello a los demás.

Cuando se permite y anima una vida así, los hijos serán unos adolescentes satisfechos y conformistas, polarizados en el presente placentero, sin actitud de superación personal y sin la mirada puesta en el futuro que requiere cualquier proyecto vital.

En el mismo sentido, existen seis tipos de padres que propician que los hijos no se emancipen a tiempo del hogar paterno .

1. Impositivos: fomentan conductas excesivamente dependientes. Los hijos se habitúan a actuar como simples ejecutores de las órdenes de sus padres. Por eso les asustan las situaciones en las que nadie dicta lo que deben hacer o cómo hacerlo.

2. Permisivos: no prohiben, no corrigen, dan a los hijos cosas y más cosas sin merecerlas. Acostumbrados a hacer sólo lo que les apetece, los hijos huyen de las situaciones que exigen esfuerzo y sacrificio.

3. Proteccionistas: evitan o resuelven los problemas de sus hijos. Los llevan siempre de la mano para que no les pase nada. Siempre bajo ese techo protector, los hijos no se atreven a andar la vida solos.

4. Asistentes: dedicados al servicio de sus hijos. Creen encontrar su identidad en esa función. Afecta más a las madres, ellas pretenden realizarse siendo muy eficaces en el cuidado del hijo, quien terminará por acostumbrarse a tener una esclava. Irse de casa significaría perder un brazo o una pierna.

5. Débiles: incapaces de enfrentarse a sus hijos, suelen encubrir y evadir sus errores. Su falta de carácter se refleja en una actitud apática por parte de sus hijos.

6. Posesivos: ven a sus hijos como algo que poseen para su propia satisfacción. Los quieren con egoísmo, su amor sólo busca «disfrutar» de ellos.

Los hijos que desean emanciparse en ocasiones se topan con el freno de sus padres, a quienes les angustia que se marchen porque no los consideran capaces de afrontar la vida solos.

LA FAMILIA HOTEL

El problema de la adolescencia perpetua se incuba en las «familias refugio», donde los padres asilan a los hijos sin exigirles mayores responsabilidades. Desde pequeños los hijos deben saber que su casa no es un asilo sino una comunidad. Quien se considera miembro de una comunidad se siente vinculado con los otros miembros y acepta una vida en común con las exigencias consecuentes.

Si los padres hacen ver a sus hijos que la familia es una tarea conjunta, algo que se construye entre todos, los prepararán para una vida responsable. Salir de casa supone resolver las cosas por uno mismo, vivir con menos comodidades.

Cuando algunos padres, por ejemplo, esconden problemas a sus hijos para que no se preocupen, crean un mundo irreal en torno a ellos, donde las dificultades no existen. No hay peor error en la educación de los hijos, una actitud así no forma adultos responsables, sino adolescentes incapaces.

A los hijos hay que hablarles siempre con la verdad de sus deberes y obligaciones. Porque la familia no son sólo los padres, los hijos tienen responsabilidades dentro de ella: ayudar en las tareas domésticas, evitar gastos superfluos, etcétera.

Sin embargo, existen padres blandos quienes por comodidad o ignorancia no saben exigir a los hijos una actitud esforzada, responsable y sacrificada en la familia.

Aunque la sociedad actual se empeñe en hacernos creer lo contrario adelgace, aprenda, gane, triunfe, todo sin el menor esfuerzo, para ser feliz en la vida hay que esforzarse: el que quiera azul celeste, que le cueste. Pero se olvida con facilidad que la familia es donde las personas se preparan para la vida.

En algunos casos, el desempleo ofrece una salida fácil a los jóvenes. Los padres deben, entonces, hacerles ver que la casa no es hotel ni asilo para desempleados, que tienen obligaciones que cumplir y afrontar en el hogar.

SALTAR DEL DESEO AL PROYECTO

En la emancipación de un hijo es tan importante la actitud de los padres como la del propio muchacho. Por eso es necesario que los padres examinen su comportamiento para darse cuenta si de verdad ayudan a sus hijos a ser independientes.

Un padre pusilánime o ingenuo, por ejemplo, no anima a su hijo a enfrentar la vida con alegría y valor. Los padres han de hacerse violencia para echar fuera del hogar a sus hijos, prepararlos para esa salida inminente haciéndolos más dueños de sí mismos.

Aunque no existe un manual para evitar que los hijos se instalen indefinidamente en la adolescencia, Gerardo Castillo propone 9 recomendaciones para ayudar a los hijos a formarse un proyecto de vida .

1. Dejarles claro qué es un proyecto de vida, que no lo confundan con un sueño o un mero plan de actividades.

2. Ayudarles a encontrar temas y problemas que sean punto de partida de proyectos valiosos. Para ello es conveniente que lean buenos libros, frecuenten amigos que retroalimenten su formación, etcétera.

3. Enseñarles a elaborar proyectos cotidianos, preparar un examen o un viaje.

4. Que relacionen sus proyectos individuales con proyectos similares de otras personas.

5. Orientarles y animarles en las dificultades que surgen a medida que se desarrolla el proyecto.

6. Apelar a su sentido del deber, hacerlos conscientes de las grandes posibilidades que les ofrece su juventud, que el tiempo no regresa y deben sacarle provecho a esa etapa de la vida.

7. Formarlos en la elección para que aprendan a tomar decisiones por sí mismos, es decir, no elegir por ellos (sin dejar de aconsejarlos, que sean ellos solos quienes escojan su ropa, sus aficiones, en qué ocupar su tiempo libre). Esto los preparará para decisiones más trascendentes como la universidad o el matrimonio.

8. Hacer que den el salto del deseo al proyecto. La satisfacción inmediata de los deseos hace que le rehuyan a los plazos cortos o largos. Además, la polarización de lo instantáneo hace que los jóvenes anticipen mal el futuro, que caigan en utopías. El proyecto necesita tiempo para realizarse.

9. Fomentar su creatividad. El proyecto es un reto a nuestra inteligencia, a la inquietud de ver a futuro. La creatividad tiene un lugar especialmente indicado en la educación, en el proceso de autodesarrollo y autorrealización educativa. Está en la base de la iniciativa, el pensamiento productivo y la elaboración de muchos otros proyectos.

UNA SOCIEDAD ADOLESCENTE

Esta permanencia indefinida en la adolescencia es inédita en la evolución de la humanidad. Los adolescentes esperaban con impaciencia su mayoría de edad, querían demostrar que ya eran mayores y que podían valerse por sí mismos.

En otras épocas se mostraba un paso progresivo de la conducta adolescente a la adulta a través del plano inclinado de la etapa juvenil. Del autismo se pasaba a la apertura, del capricho al deber, del individualismo a la solidaridad, del miedo a la alegría de vivir.

Pero este proceso actualmente se interrumpe en la vida de muchos jóvenes, quienes no conciben la juventud como la etapa para proyectar su vida, sino como refugio permanente.

Esta situación genera nuevas tensiones al interior de la familia, pues existen problemas inesperados. No es lógico tener que seguir manteniendo a un hijo de más de 27 años.

Una de las mayores dificultades para los padres es sostener una armónica convivencia con otros adultos, quienes demandan mayor autonomía y a la vez dependen económicamente de sus padres.

La función de la adolescencia nunca ha sido instalar a las personas en una forma de vida perpetua, sino disponerlas para que diseñen su futuro. Sin embargo, los hechos ponen a los padres entre la espada y la pared: deben afrontar una situación nueva sin modelos ni soluciones previos.

Lo primero a reconsiderar es que si los adolescentes siguen refugiados en la casa paterna es debido también a una actitud complaciente por parte de los padres. Si les hicieran ver la emancipación como un reto, ellos mismos se convencerían de que la independencia es inaplazable.

Ayuda mucho que los padres compliquen la estancia de los hijos en casa. Así, los hijos entenderán que la estancia en casa es provisional, limitada. Un adulto que aún vive con sus padres debe ser apoyo, no carga.