La santidad en medio del mundo

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DEJAR OBRAR A DIOS
Joseph Ratzinger. Preecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe
Siempre me ha llamado la atención el sentido que Josemaría Escrivá daba al nombre Opus Dei; una interpretación que podríamos llamar biográfica y que permite entender al fundador en su fisonomía espiritual. Escrivá sabía que debía fundar algo, y a la vez estaba convencido de que ese algo no era obra suya: él no había inventado nada: sencillamente el Señor se había servido de él y, en consecuencia, aquello no era su obra, sino la Obra de Dios. Él era solamente un instrumento a través del cual Dios había actuado.
Al considerar esta actitud me vienen a la mente las palabras del Señor recogidas en el evangelio de san Juan: «Mi Padre obra siempre» (5,17). Son palabras pronunciadas por Jesús en el curso de una discusión con algunos especialistas de la religión que no querían reconocer que Dios puede trabajar en el día del sábado. Un debate todavía abierto y actual, en cierto modo, entre los hombres -también cristianos- de nuestro tiempo.
Algunos piensan que Dios, después de la creación, se ha «retirado» y ya no muestra interés alguno por nuestros asuntos de cada día. Según este modo de pensar, Dios no podría intervenir en el tejido de nuestra vida cotidiana; sin embargo, las palabras de Jesucristo nos indican más bien lo contrario. Un hombre abierto a la presencia de Dios se da cuenta de que Dios obra siempre y de que también actúa hoy; por eso debemos dejarle entrar y facilitarle que obre en nosotros. Es así como nacen las cosas que abren el futuro y renuevan la humanidad.
Todo esto nos ayuda a comprender por qué Josemaría Escrivá no se consideraba «fundador» de nada, y por qué se veía solamente como un hombre que quiere cumplir una  voluntad de Dios, secundar esa acción, la obra -en efecto- de Dios. En este sentido, constituye para mí un mensaje de gran importancia el teocentrismo de Escrivá de Balaguer: está en coherencia con las palabras de Jesús esa confianza en que Dios no se ha retirado del mundo, porque está actuando constantemente; y en que a nosotros nos corresponde solamente ponernos a su disposición, estar disponibles, siendo capaces de responder a su llamada.
Es un mensaje que ayuda también a superar lo que puede considerarse como la gran tentación de nuestro tiempo la pretensión de pensar que después del big bang, Dios se ha retirado de la historia. La acción de Dios no «se ha paradon en el momento del big bang, sino que continúa en el curso del tiempo, tanto en el mundo de la naturaleza como en el de los hombres.
El fundador de la Obra decía yo no he inventado nada, es Otro quien lo ha hecho todo, yo he procurado estar disponible y servirle como instrumento. La palabra y toda la realidad que llamamos Opus Dei está profundamente ensamblada con la vida interior del Fundador, que aun procurando ser muy discreto en este punto, da a entender que permanecía en diálogo constante, en contacto real con Aquel que nos ha creado y obra por nosotros y con nosotros.
De Moisés se dice en el libro del Éxodo (33,ll) que Dios hablaba con él «cara a cara, como un amigo habla con un amigo» Me parece que, si bien el velo de la discreción esconde algunas pequeñas setiales,hay fundamento suficiente para poder aplicar muy bien a Josemaria Escrivá eso de «hablar como un amigo habla con un amigo», que abre las puertas del mundo para que Dios pueda hacerse presente, obrar y transformar todo.
En esta perspectiva se comprende mejor qué significa santidad y vocación universal a la santidad Conociendo un poco la historia de los santos, sabiendo que en los procesos de canonización se busca la virtud «heroica» podemos tener, casi inevitablemente, un concepto equivocado de la santidad porque tendemos a pensar «esto no es para mí»; «yo no me siento capaz de practicar virtudes heroicas», «es un ideal demasiado alto para mí».
En ese caso la santidad estaría reservada para algunos «grandes» de quienes vemos sus imágenes en los altares y que son muy diferentes a nosotros, normales pecadores. Esa seria una idea totalmente equivocada de la santidad, una concepción errónea que ha sido corregida -y esto me parece un punto central- precisamente por Josemaría Escrivá.
Virtud heroica no quiere decir que el santo sea una especie de «gimnasta» de la santidad, que realiza unos ejercicios inasequibles para las personas normales. Quiere decir, por el contrario, que en la vida de un hombre se revela la presencia de Dios, y queda más patente todo lo que el hombre no es capaz de hacer por sí mismo.
Quizá, en el fondo, se trate de una cuestión terminológica, porque el adjetivo «heroico» ha sido con frecuencia mal interpretado Virtud heroica no significa exactamente que uno hace cosas grandes por sí mismo, sino que en su vida aparecen realidades que no ha hecho él, porque él sólo ha estado disponible para dejar que Dios actuara. Con otras palabras, ser santo no es otra cosa que hablar con Dios como un amigo habla con el amigo. Esto es la santidad.
Ser santo no comporta ser superior a los demás, por el contrario, el santo puede ser muy débil, y contar con numerosos errores en su vida. La santidad es el contacto profundo con Dios es hacerse amigo de Dios, dejar obrar al Otro, el Único que puede hacer realmente que este mundo sea bueno y feliz.
Cuando Josemaría Escrivá habla de que todos los hombres estamos llamados a ser santos, me parece que en el fondo está refiriéndose a su personal experiencia, porque nunca hizo por sí mismo cosas increíbles, sino que se limitó a delar obrar a Dios. Y por eso ha nacido una gran renovación, una fuerza de bien en el mundo, aunque permanezcan presentes todas las debilidades humanas.
Verdaderamente todos somos capaces, todos estamos llamados a abrirnos a esa amistad con Dios, a no soltarnos de sus manos, a no cansarnos de volver y retornar al Señor hablando con Él como se habla con un amigo sabiendo, con certeza, que el Señor es el verdadero amigo de todos, también de todos los que no son capaces de hacer por sí  mismos cosas grandes.
Por todo esto he comprendido mejor la fisonomia del Opus Dei: la fuerte trabazón que existe entre una absoluta fidelidad a la gran tradición de la Iglesia, a su fe, con desarmante simplicidad, y la apertura incondicionada a todos los desafíos de este mundo, sea en el ámbito académico, en el del trabajo ordinario, en la economía, etcétera
Quien tiene esta vinculación con Dios, quien mantiene un coloquio ininterrumpido con Él, puede atreverse a responder a nuevos desafíos, y no tiene miedo, porque quien está en las manos de Dios, cae siempre en las manos de Dios. Es así como desaparece el miedo y nace la valentía de responder a los retos del mundo de hoy.


EL REALISMO DE LA SANTIDAD
Joaquín Navarrol-Vals. Director de la Oficina de Prensa de la Santa Sede
La palabra santidad es hoy una palabra enigmática. Esto es en parte consecuencia de la crisis de modelos que caracteriza nuestra cultura. Al héroe se le reconoce vigencia sólo en la Iiteratura, y al santo sólo en la penumbra inofensiva de los templos. En la vida, es decir, en nuestra realidad inmediata, ambos viven sólo como sombras irreales, como arquetipos más cercanos al mito que a un modelo del que se puede aprender o al que se debe imitar.
Probablemente la noción de santidad, tal como la solemos entender, nos ha llegado primeramente a través de las artes plásticas la iconografía y la imaginería religiosa; y en segundo lugar, a través de la Iiteratura en su género hagiográfico y apologético. En realidad,ninguna de estas artes, me parece, hace honor a lo que fueron las vidas de los santos.
El santo -la santa- que aparece en la mayor parte de la iconografía y de la imaginería católica responde sobre todo -y esto parece lógico- a los criterios del simbolismo plástico, que trata de representar al personaje en un momento paradigmático de su existencia.
El arte -sobre todo el barroco- hace abstracción de lo habitual, de lo cotidiano, que es precisamente lo que ocupa la mayor parte del tiempo y de las energías espirituales de una persona, y se concentra en lo episódico y grandioso, quizá también porque en el arte lo excepcional parece ofrecer más posibilidades expresivas que lo cotidiano.
Asimismo, que ser santo sea una meta para todos los cristianos no ha sido un pensamiento común en los escritos de los autores espirituales, al menos en los últimos diez o doce siglos. Y menos común todavía es en esos autores la idea de que las realidades que hoy llamamos «civiles» y que en los escritos espirituales quedan catalogadas como «mundo» -es decir, todo lo que constituye la profesión, la familia, las relaciones sociales, etcétera- no sólo pueden ser escenario de la santidad, sino que son de hecho el medio,
el instrumento y la materia de la santidad.
Se solía afirmar que, a pesar de esas circunstancias humanas, el ideal cristiano era posible; pero que esas mismas circunstancias fueran precisamente el lugar y la ocasión del encuentro con Dios no era, ni de lejos, tenido en seria consideración.
En el siglo XX hemos asistido a la clarificación del papel del cristiano común en la Iglesia. Un elemento fundamental de esa obra de clarificación es la conciencia de su llamada a la plenitud de la vida cristiana en y desde las circunstancias de su vida, en el contexto de sus actividades corrientes. Documentos decisivos del Concilio Vaticano II, que se clausuró en 1965, recogen ya esa ampliación de la teología del laicado. La aportación de Josemaría Escrivá a esa nueva conciencia, desde que en 1928 fundara el Opus Dei, ha sido inmensa.
La imagen plástica de la santidad, tal como ha sido presentada con frecuencia desde hace muchos siglos, nos puede hacer pensar que sólo unas circunstancias excepcionales son adecuadas para encuadrar la vida del santo. Sin embargo, cuando de verdad hemos conocido a un santo, cuando nuestra propia vida se ha cruzado con la suya, tenemos que modificar esa idea de la santidad.
La tenemos que cambiar porque, posiblemente, a aquella idea de la santidad le faltaba realismo, consistencia, proporción. En la contemplación de aquellas imágenes quizá habíamos buscado señales de lo extraordinario, y al encontrarlas nos pudo parecer que la santidad radicaba fundamentalmente en aquello que era completamente distinto del orden de lo natural. Del hecho de que la santidad tiene que ver con Dios inferíamos, en definitiva, que no tiene nada que ver con la realidad material y con lo humano.
Josemaría Escrivá, por el contrario, nos hace ver que el santo no se mueve en un mundo de sombras y de apariencias, sino en este mundo nuestro de realidades humanas y concretas, en el que hay un «algo divino» que está ya ahíesperando que el hombre sepa encontrarlo.
Ese mundo real es precisamente la materia que se ofrece al cristiano para ser santo. La misma materia con la que cada uno de nosotros ha de enfrentarse a diario en su propia existencia, que por tanto puede estar llena, en todos sus momentos, de trascendencia divina.
CONTEMPLACIÓN EN EL MUNDO
Javier Echevarría. Obispo Prelado del Opus Dei
Entre las características que me parecen más adecuadas para describir la figura del beato Josemaría Escrivá sólo consideraré una: la unidad de vida. En el lenguaje de la teología espiritual, con esta expresión se suele designar el ideal, ya presente en muchos Santos Padres, de la armonía entre Marta y María, la fusión de acción y  contemplación, de oración y trabajo (término que uso aquí en sentido amplio, y que comprende los deberes profesionales, familiares, las relaciones sociales, las tareas civiles en general).
(…)
La exhortación apostólica Christifideles laici subraya la importancia de la unidad de vida en el contexto de la santificación de la vida ordinaria (cfr. n. 17): sólo cuando se consideran a la luz de esa unidad, las tareas cotidianas se revelan como otras tantas ocasiones de unión con Dios; más aún. Esas tareas se revelan como transfiguradas por la gracia.
Cuando nos dejamos absorber por la dimensión horizontal de la existencia, la cotidianidad -si no por otro motivo, por los ritmos impuestos por las exigencias que la fragmentan- genera dispersión: prisa, distracción, urgencia de encontrar soluciones a problemas tan urgentes que no dejan espacio para otros pensamientos…
Las obligaciones del trabajo tienden a quitar tiempo a la vida familiar; los modelos de la sociedad consumista querrían apagar la fuerza de un ideal que comporta austeridad y sacrificio; las necesidades económicas absorberían por sí solas toda la energia, a costa de otros deberes más altos. Y así, el corazón del hombre, expuesto a estas enormes presiones, corre el riesgo de disgregarse. En cambio, cuando hay unidad de vida, las tensiones a las que estamos cotidianamente sometidos se combinan en armonía.
Vivir junto a Josemaría Escrivá ha sido para mí una constante lección de unidad de vida: cada uno de sus gestos, cada una de sus palabras, todos los proyectos que emprendía, estaban explícitamente orientados hacia el Señor. Nacían de la fe, tomaban forma con la esperanza de su ayuda, manifestaban el deseo de servirle. En él se veía encarnado el programa expresado por estas palabras de Camino «Decía un alma de oración en las intenciones, sea Jesús nuestro fin, en los afectos, nuestro Amor, en la palabra, nuestro asunto, en las acciones, nuestro modelo» (n. 271)
Josemaría Escrivá enseñaba que del mismo modo que en la persona de Jesucristo se unían lo humano y lo divino, así debían unificarse existencialmente en el cristiano -llamado a convertirse en otro Cristo: más aún, el mismo Cristo (alter Christus, ipse Christus)- los aspectos humanos y sobrenaturales de su propia vida.
La coherencia entre la fe y las obras
Además de la práctica personal, una asidua reflexión le llevó a individuar con gran lucidez las implicaciones de la unidad de vida. Antes que nada, comporta la coherencia entre la fe y las obras, el pleno respeto de la ley moral, sin restricciones ni componendas, en todas las situaciones (familiares, profesionales, etcétera) que el cristiano está llamado a vivir. Como conocía hondamente el valor ejemplar de esa coherencia de fe, el fundador del Opus Dei nos hacía observar cómo de ella dependía, en gran parte, la contribución de los fieles cristianos a la edificación del Reino de Dios sobre la tierra.
Precisamente en este contexto, la Christifideles laici (n. 59) recuerda la claridad con que el Concilio llama a los laicos a superar cualquier fractura entre fe y conducta, «guiados siempre por el espíritu evangélico» en el cumplimiento de las obligaciones terrenas (Gaudium et spes, n 43).
En relación con esa característica de la unidad de vida se comprende mejor la insistencia con que el Fundador del Opus Dei explicaba que la primera condición para  santificar el trabajo es trabajar bien, es decir, no sólo con diligencia, sino sobre todo con sentido de justicia y de caridad con el prójimo -colegas o clientes, colaboradores, subordinados o superiores-: «Hemos de trabajar mucho en la tierra, y hemos de trabajar bien, porque esa tarea ordinaria es lo que debemos santificar» (Amigos de
Dios, n. 202)
Una actividad desarrollada con el sello de la improvisación, de la superficialidad, de la desgana, no aporta ningún beneficio al bien común, no sólo por su vaciedad sustancial, sino, en primer lugar, porque no puede ofrecerse al Señor.
Fusión de trabajo, apostolado y oración
«Unir el trabajo profesional con la lucha ascética y con la contemplación -cosa que puede parecer imposible, pero que es necesaria, para contribuir a reconciliar el mundo con Dios-, y convertir ese trabajo ordinario en instrumento de santificación personal y de apostolado. ¿No es éste un ideal noble y grande, por el que vale la pena dar la vida?»  (Instrucción, 19-III-1934, n. 33)
Este párrafo, procedente de uno de los primeros escritos del fundador del Opus Dei, refleja la enorme distancia que separa su visión de la existencia cristiana de concepciones de sabor intimista.
Esa distancia me aparece evidente, en particular, por el acento en el apostolado («reconciliar el mundo con Dios »), como uno de los elementos que deben concurrir en la articulación constitutiva de la vida cristiana. El ejercicio de la participación activa en la misión redentora de Cristo, propia de cualquier bautizado y por tanto intrínseca a cada uno de sus actos, no sólo debe coexistir con la oración y con las normales ocupaciones cotidianas, sino que tiende a unificarse con ellas.
(…)
En el mensaje de Josemaría Escrivá, el trabajo -entendido, vuelvo a repetir, en sentido amplio- se hace una sola cosa con el apostolado (ofrece constantes ocasiones de apostolado personal) y esta simbiosis viene consolidada por la exigencia de combinar ambas realidades -en cada una de sus expresiones- con la lucha ascética y la oración.
La fusión de estos elementos viene requerida precisamente por el empefio de la búsqueda de la santidad en lo ordinario. En definitiva, viene requerida tanto por el fin (la santidad, a la que nada puede permanecer extraño) como por las circunstancias (la vida ordinaria) en las que el fiel común consuma su propia existencia.
Transformar todo en oración
Querría detenerme en este aspecto, porque aquí está el fundamento de todo. el deseo operativo de transformar toda actividad -así como el vastísirno mundo de los afectos, de los proyectos vitales, de los intereses que nos llevan más allá de nosotros mismos- en encuentro con Dios, en oración.
Si esta intención, este esfuerzo, viene a menos, entonces el trabajo del cristiano n presenta ninguna cualidad que lo pueda distinguir del de quien busca sólo la eficiencia de los resultados o el frío cumplimiento del deber. No trae frutos apostólicos «Es inútil que te afanes en tantas obras exteriores si te falta Amor. -Es como coser con una aguja sin hilo» (Camino n. 967). José María Escrivá nos hacía observar que es necesario trabajar siempre con los pies bien plantados en la tierra, pero con la mirada bien puesra en el cielo (cfr. Amigos de Dios, n. 75).
(…)
Todo esto es la unidad de vida. Pero el cuadro no estaría completo si no diéramos la vuelta a cuanto acabamos de ver y no afirmásemos que la oración, a su vez, es apostolado y es trabajo.
El apostolado
«El arma del Opus Dei -repetía Josemaría Escrivá de Balaguer- no es el trabajo, es la oración» (Alvaro del Portillo. Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei. Rialp. Madrid, 1993. p. 51).
(…)
En una de sus homilías leemos: «El apostolado es amor de Dios, que se desborda, dándose a los demás. (…) Y el afán de apostolado es la manifestación exacta, adecuada, necesaria, de la vida interior. Cuando se paladea el amor de Dios se siente el peso de las almas» (Es Cristo que pasa, n. 122).
En su oración, la adoración se entrelazaba ininterrumpidamente con la invocación de ayuda por la salvación de las almas, el agradecimiento por tantas intervenciones divinas en los acontecimientos humanos, y la contrición por lo que pensaba que era su propia ineptitud.
La oración, por fin es trabajo
Ya he precisado lo lejano que estaba del intimismo o del sentimentalismo. Esto se nota especialmente en la oración, que nada tiene que ver con un éxtasis momentáneo, con un fugaz sentimiento de dulzura o con un movimiento interior de emoción… La fatiga y un cierto esfuerzo son inseparables de la vida de oración.
Josemaría Escrivá era bien consciente de que dentro llevaba, como todos nosotros, el «hombre viejo», y se afanaba por hacer frente a sus sugestiones. Alguna vez pensaba que su respuesta no había sido plenamente generosa, y para recomenzar se refugiaba en la contrición, que es lo más conveniente a la condición de criatura, de quien sabe qu epuede y debe amar cada vez más. Por esto no caía nunca en desánimo cuando tocaba la mano -así decía- su propia nada. Y por esto en sus escritos está siempre presente, como lo estuvo en su vida, la llamada a la necesidad de buscar a Cristo.
Algunos recordarán aquel punto de Camino que reza: «Al regalarte aquella historia de Jesús, puse como dedicatoria: “Que busques a Cristo: Que encuentres a Cristo: Que ames a Cristo”. – Son tres etapas clarísimas. ¿Has intentado, por lo menos, vivir la primera?» (n.382)
(…)
Los textos podrían multiplicarse hasta el infinito, pero me parece que lo dicho basta para fundamentar la idea de que la unidad de vida -como todo lo que refleja simplicidad, armonía, ausencia de disgregación- lleva en sí un destello de lo divino, porque Dios es unidad.
Por esto, con todo derecho, puede considerarse un vértice de la vida espiritual. Me refiero a la contemplación en medio del mundo, que en definitiva representa el punto de convergencia de todo el mensaje espiritual de Josemaría Escrivá. A él le pido que nos ayude a todos nosotros, en estos días de gracia, a dar un decisivo paso adelante hacia esa meta de vida interior.
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* Los textos fueron publicados el 5 de octubre de 2002 en L´Osservatore Romano.

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