A propósito de Ernestina de Champourcin

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1768

Ernestina de Champourcin, la de noble cuna, la niña y jovencita a quien sus institutrices educaron trilingüe, la joven lectora de Verlaine, Victor Hugo y Maeterlinck, la inquieta poeta de la Generación del 27, la enamorada del poeta republicano Juan José Domenchina que más tarde fuera su marido, la exiliada española que se prendó de México nada más pisar nuestra tierra, la eximia traductora, ésa, es la Ernestina que conocí y traté con entrañable amistad. Y nos unió, más que nada, la pasión por México, por su paisaje, por su arte y cultura. Todo lo de México la entusiasmaba: su gente, sus calles, su pasado prehispánico y colonial, sus novedades y, muy especialmente, sus tradiciones. ¡Cómo gozaba las Posadas! ¡Cómo admiraba los altares de Dolores y las ofrendas del Día de Muertos! ¡Cómo le divertían los versos de «las calaveras», lanzándose ella misma a improvisar unos cuantos! Una vez que, en el 72, regresó definitivamente a Madrid, esos recuerdos la acompañaron constantemente y sus cartas venían siempre impregnadas de nostalgia.
Pero lo que pocos sabían era que esta mujer que tenía semanales tertulias con León Felipe, Juan de la Encina y Moreno Villa, entre otros brillantes intelectuales paisanos suyos, dedicaba el tiempo que su trabajo de traductora le dejaba libre, a frecuentar una barriada humilde anexa a la parroquia de la Santa Veracruz (frente a la Alameda), donde enseñaba catecismo a niños paupérrimos y daba clases de higiene, cocina, doctrina y formación a señoras de las vecindades aledañas. Y hubo ocasión en que le tocara amortajar y sacar de su cuarto cerrado, a una viejecita que había muerto sola tres días antes. De ese contacto humano, de ese derroche de cariño y entrega, brotaba por las noches el raudal de inspiración que convirtiera en verso.
¡Y pensar que ese México, al que tanto quiso, apenas conoce la riqueza de su poesía!

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