Autismo informático

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Nadie duda que la revolución informática tiene una relevancia fundamental en nuestro tiempo. Importantes sociólogos y analistas consideran que nuestra época, más que de cambios, es realmente todo un cambio de época debido, en buena medida, al efecto que las ciencias computacionales y la mentalidad informatizada provocan en gruesas capas de la población mundial.
Los analistas que conciben este planteamiento postulan que, así como la integración de ingenios hecha por Gutemberg -que simplificó el proceso de impresión y con ello la divulgación masiva de escritos y documentos- , influyó en el cambio de la edad media a la edad moderna, la computación ha incidido en el cambio de la edad moderna a la postmoderna (dado que hasta ahora tampoco se ha encontrado una denominación precisa al cambio de época que vivimos).
Aunque carezca de nombre oficial, algunos investigadores la denominan era de los servicios; otros, era de la información, y algunos más, era de las comunicaciones. Para los primeros, la principal característica de esta nueva etapa de la historia social es la migración intensiva de los campos tradicionalmente demandantes de mano de obra humana -agropecuario e industrial- al sector terciario de la economía o sector de los servicios, que en los países más desarrollados ocupa alrededor del 90% de la población económicamente activa.
Los otros argumentos hacen referencia al hecho de que este desplazamiento de mano de obra al sector de servicios, se acompaña de la revolución informática y sus aplicaciones en el campo de la robótica o la producción programada, por lo que el trabajo humano en el área de los servicios es fundamentalmente una labor donde la informática y el manejo de la información son determinantes. De ahí que, sin prescindir de la primera consideración, y siendo más precisos, señalaremos que se trata de un trabajo cuyo componente primordial es el manejo de información a través de los instrumentos técnicos que la informática ha puesto al alcance de un cada vez mayor número de usuarios.
Esto conlleva toda una transformación cultural equivalente, quizá, al cambio de cultura presentado a finales de la edad media cuando la difusión masiva de la obra impresa hizo necesario saber leer y escribir como medio básico para inscribirse en los procesos naturales de socialización. El modo de acceder a dichos procesos en los períodos previos a la invención de la imprenta era la comunicación oral; a través de largas conversaciones en los vastos periodos invernales, donde la labor agropecuaria no demandaba tiempos ni esfuerzos, la sabiduría popular fluía de abuelos a padres y a hijos, sin necesidad de saber leer ni escribir.

ANALFABETISMO POSMODERNO

La transmisión oral de conocimientos científicos y técnicos, modelos de vida y socialización, no se perdió por el hecho de que la imprenta reprodujera cientos o miles de libros en los que, ordenada y depuradamente, se daba a conocer esa información. El papel de la persona como comunicador de conocimientos y valores no se sustituyó por ese instrumental técnico impresionantemente valioso para su época como lo fue, y lo sigue siendo, el libro impreso. Sin embargo, esa transmisión de conocimientos encontró una nueva y útil vía que posibilitó la expansión de la ciencia y la cultura, y con ello, la revolución industrial y el salto cuantitativo de la humanidad hacia mejores cotas de bienestar aunque no necesariamente de bien ser, porque los valores, virtudes y modelos de vida pueden ser dados a conocer por medio de libros, pero requieren del refuerzo de la palabra humana y, sobre todo, del modelo personal para que sean atractivos a la inteligencia y la voluntad.
Todo ello no obstaba para que, ante el cambio de la edad media a la moderna, quien pretendía adquirir los medios culturales por la vía oral y no se preocupara por aprender a leer y escribir ya resultaba posible adquirir libros a precios razonables, quedara automáticamente marginado de ciertos procesos productivos, económicos y sociales que demandaban la capacitación exigida por los nuevos instrumentos.
De ahí que un analfabeta, que en la edad media hubiera podido ser reconocido como sabio, en la edad moderna y sobre todo después de la revolución industrial, acabó marginándose de los procesos culturales y, por ende, de un status socioeconómico.
Hoy en día estamos a punto de ingresar en una situación sin retorno: quien no esté capacitado para manejar con soltura los instrumentos técnicos proporcionados por la cibernética, estará en la misma situación que la del analfabeta que pasaba de la edad media a la moderna.
Sin embargo, habrá que recordar a quienes extreman esta posición al grado de establecer que quien no domine la técnica computacional será una especie de «paria» en el próximo milenio, y que las ciencias computacionales abarcarán todo y sustituirán otras formas de adquisición de conocimiento, que la llegada del libro no provocó, afortunadamente, que la conversación no tuviera ya razón de ser ante un nuevo y espléndido medio técnico para la transmisión de los conocimientos, por lo que es de esperarse que la invención de la computadora no hará desaparecer la conversación, ni la sosegada lectura de un libro.
¿NUEVO ELITISMO INTELECTUAL?
Para muchos, se empieza a gestar una especie de elitismo intelectual o tecnológico en el que el supuesto «experto» -nadie puede serlo absolutamente por la gran movilidad y obsolescencia de estos conocimientos- contempla por encima del hombro a quien no se encuentre en las alturas de su Olimpo tecnocrático.
El «experto» se llena la boca y desborda de orgullo con términos técnicos ingleses que pretenden ser impuestos como neologismos y que aquel osado que no los repita queda, automáticamente, sumido en una cápsula de ignorancia y minusvalía intelectual. Si no se «accesa» (sic) a esta «nueva cultura», la persona será tratada como el peor de los analfabetas proletarios que no lograba insertarse al ámbito de la burguesía ilustrada capitalista de los siglos XVIII ó XIX.
Otro efecto que empieza a vislumbrarse, es la forma novedosa de conformar el proceso de lectura, que la configuración de formatos cibernéticos presenta a través del llamado «hipertexto».
Muchos de los nuevos hombres y mujeres computarizados sólo se contemplan a sí mismos delante de una pantalla electrónica leyendo en ella e interactuando con esa lectura de manera activa a través del teclado. Por ello, la lectura sosegada de un libro, en donde la vista se posa sobre el papel impreso con palabras y frases interrelacionadas bajo las reglas de la gramática y la sintaxis, más que por reglas del diseño gráfico o la mercadotecnia, que deberán ser leídas de izquierda a derecha y de arriba hacia abajo de modo armónico y acompasado, marcado por el propio ritmo de la imaginación y la inteligencia, es algo que empieza a considerarse inoperante por el activista del hipertexto. Allí, las frases no pueden resultar demasiado largas y deben colocarse en puntos diversos de la pantalla para evitar el tedio y la monotonía del hiperlector. Ese ejercicio de gimnasia visual conlleva un activismo desordenado, por no decir caótico, en donde sólo se impone la frase más espectacular, el formato más novedoso, a cambio de despreciar la conceptualización profunda, la introspección intelectual, la reflexión trascendente.
Además de este fenómeno, propio de las élites informáticas, se da otro en quienes encuentran en la computación, no un maravilloso medio para recibir y ordenar información que sirva para mejores tomas de decisiones personales, institucionales y sociales, sino un fin en sí mismo; una obsesión que les captura, una referencia de la realidad que ya no puede concebirse sino a través del trasluz de la computadora.

REALIDAD VIRTUAL VS. REALIDAD REAL

Ése es el fenómeno que denominamos genéricamente como «autismo informático»: el efecto que provoca estar inmerso en una realidad virtual en la que cada vez que yo ordeno algo a la máquina, si el mando fue técnicamente correcto, ésta responderá a mi gusto, creándome la sensación de omnipotencia no corresponde con la realidad «real», ni a la relación con las demás personas.
Quien lo padece actúa, en múltiples ocasiones, como verdadero autista, perdido en su realidad virtual en la que se siente dueño y señor; sin embargo, al descender a la realidad cotidiana, de las relaciones familiares, laborales, de amistad, autoridad o subordinación, pierde el sentido de la proporción y la identidad: no se ajustan a los parámetros de su mundo virtual.
Para el autista informático, el gran problema es que, al salir de ese mundo irreal, fantástico, de la orden técnicamente bien dada e inmediatamente obedecida, de la respuesta pronta y certera al planteamiento realizado, y encontrarse con lo real pero no tan apasionante técnicamente, puede sufrir una crisis interior impredecible.
Esa crisis o cuando menos ese estupor ante dicha reacción, se constata en muchas reacciones externas del autista informático, quien en su relación social e interindividual sentirá el desamparo que produce no contar con su instrumento computacional como arma de defensa y acometimiento frente a las circunstancias cotidianas de la vida real.

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