Las dos caras de la globalización

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El complejo problema de la globalización, del que tanto se escribe y se habla, no siempre con acierto, fue abordado en el seminario La globalización y las opciones nacionales que auspició el Fondo de Cultura Económica cuya tarea editorial ha tenido muy en cuenta, mediante diversas obras, este moderno fenómeno.
La inauguración del seminario tuvo lugar con una conferencia: La globalización de la economía: límites, contradicciones y oportunidades de Víctor Urquidi, quien estuvo muchos años a la cabeza del Colegio de México y es autor del libro México en la globalización.
Su actitud ante el hecho de la globalización fue ambivalente, pero, en caso de apurarnos a una toma de partido, diríamos que se cargó del lado pesimista. Uno de los resultados innegables de este suceso contemporáneo es la estandarización de la sociedad humana. Nosotros podríamos apostillar que los movimientos globalizadores no son sólo económicos, y, aunque lo fueran, tienen una repercusión cultural no siempre positiva: la pérdida de los rasgos culturales de pueblos enteros, con su pátina de tiempo, para entrar en un camino gris de homogeneización que hace introducir no ya a esos pueblos, sino a los mismos hombres que los componen, en un ámbito monótono de anonimato.
La contrapartida económica no sería en ningún caso compensatoria; pero menos aún si no es claramente positiva. Junto con la globalización se da un suceso contrario, en el juicio de Urquidi, consistente en que las riquezas en cada nación se concentran cada vez en menores manos, y la disparidad de los sectores socioeconómicos es progresivamente mayor. Este suceso, que acaece en cada una de las naciones, tiene una reproducción planetaria: la riqueza del mundo, a su vez, se concentra cada vez en menos naciones y la diferencia entre las naciones es cada vez mayor.
Como un ejemplo, expuesto con el tono de dudoso valor de exactitud, hace mil años la nación más rica del mundo era China; pero su diferencia con la paupérrima Europa considerada en general se medía con un índice de 1.2 contra 1. En cambio, hoy el ingreso per capita de las naciones más poderosas se mide, respecto de los más desfavorecidas, con un índice gigantescamente mayor: 9 a 1.
Podemos añadir nosotros que, así presentadas las cosas, la disparidad socioeconómica, globalizadamente considerada, resulta geométrica o exponencial: a la concentración de la riqueza en el interior de cada nación se sobreañade, multiplicándola, la concentración de la riqueza de las naciones que componen el globo terráqueo.
Nunca se dijo, es verdad, que estas llamativas y dramáticas disparidades tuvieran lugar por causa de la globalización, pero resulta indiscutible que se dan junto con ella. Por lo menos, puede asegurarse, que el fenómeno de la globalización no ha disminuido la disparidad en los países en desarrollo.
Tal estado de cosas podría verse en camino de solución, por medio de la esperanza liberal de la apertura de los mercados, la cual, en hipótesis, habría de elevar el nivel de los pueblos, como podría quedar manifestado, a sensu contrario, en los países del Este europeo, en donde el control y aun desaparición oficial del mercado generó no ya una disparidad pero sí una miseria pareja. Sin embargo, para Urquidi esta esperanza no es tan clara, porque, si bien parece que el grupo de los siete alienta el comercio internacional en todo el mundo, no ve con buenos ojos las tempranas competitividades que están apareciendo de una manera para ellos no del todo funcional.
Como quiera que sea, no podemos oponernos a la globalización. Aunque nos resultara negativa lo cual no puede afirmarse la oposición es inútil. La postura que cabe, dice Urquidi, más con sentido común que con estricto sentido económico técnico, es intentar beneficiarnos de la red mundial que inevitablemente se está tejiendo. O, para decirlo de una manera más brutalmente realista, la única actitud sana no es la de oponerse a esa globalización, con medidas proteccionistas hoy endebles e impotentes, sino la de oponerse a nuestra impreparación frente al fenómeno globalizador.

DESARROLLO SUSTENTABLE Y EQUITATIVO

Para Urquidi, la globalización mundial que está creciendo bajo nuestras plantas cumpliría su objeto si contribuyera a un desarrollo sustentable y equitativo.
Estos epítetos del desarrollo fueron mencionados de manera solamente enumerativa, lo cual nos da lugar a unas afirmaciones que, aunque no hayan sido mencionadas, constituyen el núcleo duro de la cuestión. La cuestión es que, para nosotros, el desarrollo no será sustentable si no es equitativo: pronto será detenido, y aun revertido, por el reclamo social. De manera que estas dos cualidades del desarrollo no deben exponerse de manera solamente enunciativa, sino de modo conjuntivo: han de darse al unísono las dos. Ya se sabe que sin desarrollo no habrá equidad (pues no habrá riqueza para todos, sino para unos cuantos;pero debe saberse también algo que ahora se olvida: sin equidad no puede haber desarrollo. El reclamo social pondrá un abrupto tope a toda pretensión de desarrollo que se polarice en el beneficio de unos cuantos (individuos en cada nación, o naciones en el planeta).
Hemos vivido unas décadas según las cuales la progresión del desarrollo económico se atribuía de manera principal a la iniciativa privada, mientras que la redistribución equitativa del mismo sería tarea principal del Estado. Si consideramos en serio que las cualidades de sustentabilidad y justicia no deben mencionarse sólo de manera enumerativa, la una después de la otra, sino conjuntiva la una con la otra esta separación de atribuciones pierde sentido. No es la empresa privada la que tiene que sustentar el desarrollo, ni el Estado quien tiene que procurar su equitativa distribución, ni tampoco ha de darse un enroque o cruce de papeles. El Estado debe promover la sustentabilidad del desarrollo, apoyando a la empresa particular, y la empresa privada debe procurar la justa distribución del desarrollo, en sintonía con las tareas estatales, no sólo permitiendo las necesarias medidas de redistribución, sino exigiéndolas.
Independientemente de estas observaciones hechas por nosotros, pensamos que Víctor Urquidi se encontraría concorde con ellas, pues afirma que si la globalización, como parece, es indiscriminada en naciones y en sectores no se creará una capacidad endógena para aprovecharla con fruto. Esta capacidad interna imprescindible en nuestro país para sacarle partido al inevitable suceso de la globalización es, nuevamente, tarea conjunta de la empresa y del Estado.
Por esto, una vez más debe afirmarse que la globalización actual no es un asunto ni meramente ni principalmente económico. El factor productivo y el factor educativo deben entreverarse estrechamente si no queremos quedar afectados por la tendencia globalizadora, y más aún si deseamos servirnos de ella.
El caso es que hoy la globalización es coyunturalmente indiscriminada. Alejandro Dabat, en una fase posterior del seminario, echará de menos en el momento actual el que no haya nuevos niveles de regulación que den estabilidad a estas nuevas relaciones de globalización.
Mientras ello llega, será prudente tener en cuenta la aguda observación de Urquidi: lo coyuntural tiene la manía de convertirse en estructural. Pensamos nosotros que será ilusorio esperar una discriminación reglamentada venida desde fuera. Tendremos que nadar en este río revuelto de la indiscriminación de la globalización, aunque no necesariamente seamos nosotros los pescadores de la ganancia.

GLOBALIZACIÓN NO ES INTERNACIONALIZACIÓN

Como observaciones a la conferencia de Víctor Urquidi, Alejandro Dabat considera que, aun con las debidas distinciones, Urquidi concibe la globalización actual como una prolongación o intensificación de las tendencias internacionales del siglo pasado. A su juicio, la diferencia entre globalización e internacionalización es más profunda que la manifestada por Urquidi. La internacionalización tiene manifestaciones preferentemente cuantitativas (hay más intercambio entre los países;la globalización, por su parte, presenta aspectos más cualitativos (hay otros intercambios, y no ya entre los países).
La globalización es un acontecimiento complejo y actual cuyas notas características tratarán de dilucidarse. Son características diferenciales de este movimiento: el avance de la informática para las relaciones económicas y el ámbito neo-liberal mundial en que estas relaciones tienen lugar. El neoliberalismo que impera en la globalización no tiene, por primera vez en muchas décadas, el contrapeso de países con economías dirigidas totalitariamente o con severas restricciones. Finalmente, la bursatilización del crédito. Estas tres notas, que se retroalimentan sistemáticamente entre sí, constituyen en el mundo una nueva lógica de enganche, y una nueva configuración del mundo.
Esta configuración, a su vez, tiene perfiles fácilmente detectables. El más importante es que, al contrario de la internacionalización decimonónica, no subsisten imperios cerrados, en donde prevaleciera como antes el poder territorial. En efecto, las redes, más que internacionales son interempresariales lo que es para nosotros muy importante o, más aún, interpersonales, en las que el valor de contención de las fronteras se muestra débil e inerme.
Todo ello pone en crisis los viejos paradigmas de las relaciones internacionales, y exige como ya dijimos nuevos niveles de regulación, para evitar como quería Urquidi las coyunturas de la globalización indiscriminada.
En la exposición de Urquidi encuentra Dabat tres ideas centrales que son también de utilidad para nosotros:

  1. El reconocimiento, en la globalización, de un hecho histórico objetivo, del que ningún país puede retraerse.
  2. Los países que entran en la corriente globalizadora no encuentran ningún resultado preciso sino fortuito: todo depende de su destreza para desarrollar su propia capacidad endógena a fin de moverse en ese nuevo mundo.
  3. La globalización requiere propuestas integrales de desarrollo, no sólo en lo económico.

Esto último se subraya con otro hecho que debe acentuarse: además de las relaciones inter-empresariales antes señaladas, se da una progresiva multiplicación y un creciente acercamiento de asociaciones no necesariamente gubernamentales.
En apoyo a nuestros personales intereses, nosotros enfatizaríamos, por nuestra parte, el hecho de que en la tendencia globalizadora mundial se han señalado dos puntos básicos: la importancia adquirida por la relación globalizada de las empresas, y la importancia de la capacitación para moverse con agilidad en esta nueva red de relaciones. La educación, decimos nosotros, debe globalizarse a la par que la economía, so pena de desastre.

DESAFÍOS INÉDITOS

Por su parte, Rolando Cordera, el conocido director del programa Nexos, se refirió, con la viveza que le es característica, a la doble cara de la globalización y a la necesidad no del todo conseguida de que México se relacione con la cara buena del fenómeno.
En efecto, México, como muchos otros países, pero en forma peculiarmente singularizada, por sus características (nos limitamos nosotros a señalar la frontera de casi tres mil kilómetros con el país de mayor poderío en el mundo), debe acertar a encarar provechosamente estos desafíos inéditos de la globalización, con la conciencia de que se convertirán en históricos.
La globalización es como lo dijo Urquidi un resultado de las operaciones internacionales del Siglo XIX, pero combinado con saltos tecnológicos y situaciones de inestabilidad como lo dijo Dabat.
Por ello necesitamos un cambio de visión: una visión mexicana de largo plazo que estamos muy lejos de poseer y una visión mexicana de ámbito mundial, en la que apenas nos estamos iniciando. Hemos de adquirir la conciencia de que el mundo no ha evolucionando linealmente, sino que se han dado en esta evolución cambios estructurales que nos obligan a nosotros a un cambio consonante de trayectoria, es decir, a cambios también estructurales internos. Ese cambio estructural nacional que necesitamos es el boleto de entrada en la globalización.
Como el cambio es inexorable, debemos examinar la capacidad para modularlo, para que no nos arrastre. Esta capacidad nuestra se ha visto degradada por los últimos acontecimientos internos. Nuestras fuerzas de inserción en la corriente comercial mundial son débiles. Gracias a la exportación del petróleo hicimos una entrada indolora, pero, al faltar las exportaciones de nuestros productos manufacturados, nuestra posición en el ámbito de la globalización se volvió dolorosa.
Y esto es más grave aún por dos razones: la primera, porque como también ya se dijo hay un reclamo social existente, aun cuando todavía silencioso. El ruido de este reclamo, cuando tenga lugar, podría constituir un grave retroceso en la buena cara de nuestra globalización; el segundo motivo de gravedad lo encuentra Rolando Cordera en la miopía de nuestra democracia. Dijo irónicamente que la democracia mira sólo al día de mañana, y a veces brota el deseo de un cierto nivel de totalitarismo que vea por nosotros para pasado mañana. Hay personas que votan con los pies. No explicó el sentido de esta singular expresión, que podría significar o bien que no lo hacemos con la cabeza, o bien que nuestro voto consiste precisamente en marcharnos.
Con su chispa tradicional, Cordera aludió a la afirmación hecha por Urquidi en el sentido de que lo coyuntural tiene la manía de hacerse estructural, y nos recordó, como podría corroborar más de un psiquiatra, que las manías desembocan en depresión.
De cualquier manera, ese cambio de visión de plazo y de amplitud geográfica tiene que ser nacional, porque yo no puedo hacerlo solo. La doble cara de la globalización, a la que Cordera aludió en su interesante intervención, nos trae a la memoria un peligro que fue denominado por nosotros hace años con el término de ubicuidad inversa. En efecto, si no sabemos encontrarle a la globalización la buena cara no sólo perderemos la oportunidad que con ella se nos ofrece de hacer que nuestra actividad sea ubicua: que podamos estar en muchos lugares. No sólo no aprovecharemos esta oportunidad, sino que nos amenaza, además, el peligro de su inversión: que muchos puedan introducirse en nuestro lugar.
Esta es la doble corriente de la globalización: debemos colocarnos en la dirección favorable de ella.

LAS PARADOJAS DE LA GLOBALIZACIÓN

El sentido práctico ante el hecho de la globalización quedó manifiesto en la ponencia de Carlos Slim, no en vano el hombre de negocios más importante de México en nuestro tiempo. Slim sabe ir al grano. Para él, la globalización posee tres manifestaciones: en el trabajo, en el comercio y en el capital; y en las tres se dan paradojas notables que nuestro país debe saber conjurar.
a) En el terreno del trabajo, la globalización ha sido sin duda favorable para México: los integrantes de países en desarrollo, como en nuestro caso, pueden encontrar buenas oportunidades de trabajo en países más avanzados. Pero enfrentamos también la paradoja de que los operarios de otras naciones en rezago mayor que el nuestro, desplacen a su vez nuestra fuerza laboral, sea con sus propias personas, sea con los productos por ellas elaborados.
b) Por lo que respecta al comercio, hallamos la paradoja de que la importancia dada hasta hace años a la tierra y a la mano de obra, ha sido suplantada por la que ha adquirido el mercado. No son ya la productividad de la tierra ni el bajo costo de la mano de obra (por salario reducido o por eficiencia), tanto agrícola como industrial, los elementos clave de la economía, sino el descubrimiento y penetración de los mercados.
Hace cincuenta años el 60% de la población se dedicaba al cultivo agrícola. Hoy, en los países más avanzados, sólo el 2%.
Aunque Slim no lo haya dicho pues su intervención era forzosamente resumida flotaba en el escenario la sombra de la empresa virtual, que es otro de los fenómenos de la globalización que no asomó siquiera su cabeza en esta exposición, siendo no obstante una cabeza a destacar. La virtualidad de las empresas (prestar un servicio o abastecer un producto sin tener elementos reales para hacerlo) tiene su gozne en el mercado: quien descubre el mercado y cuenta con la llave para entrar en él, puede comprar el producto, o allegarse al servicio gracias a la globalización, aunque carezca de ellos de propia mano, aunque no sean suyos. La virtualidad a diferencia de la realidad es un producto de las redes conectivas de los mercados donde quiera que se hallen con los productos y servicios donde quiera que se encuentren. El único factor verdaderamente real es la inteligencia directiva de quien hace la empresa.
Pero la paradoja de la globalización en lo que a los mercados se refiere, es que siendo éstos según dijimos un elemento crucial, se encuentran deprimidos precisamente en el momento en que la globalización surgente pediría extensas demandas mercantiles. El asunto principal de la globalización el mercado es precisamente el que ahora se diluye y desfallece, justo por falta de empleo o trabajo.
La postura de Slim ante esta paradoja es, finalmente, optimista: los países en desarrollo, como México, pueden abocarse a la elaboración de productos y prestación de servicios que los países avanzados están abandonando, sea por su alto costo, sea para dedicarse a servicios o productos más sofisticados: se ve aquí una esperanza para que la globalización nos resulte beneficiosa. Las plantas de diversas partes automotrices que funcionan en múltiples países en desarrollo son una prueba de ello. Y lo mismo ocurre con la proliferación de las maquiladoras, muchas de las cuales no son, para Slim, meramente maquiladoras.
La importancia de la comercialización, como la globalización misma, ha sido potenciada por la telefonía, lo cual, a más de verdadero, no es extraño que sea manifestado por quien tiene el dominio de los teléfonos en México.
Este hecho da la oportunidad a los países en desarrollo de brincarse etapas por las que han tenido que pasar los países hoy más avanzados. La cualidad inventiva del mexicano es una diferencia de nuestro país que debe ser aprovechada. Podemos entrar en la etapa de la información y del conocimiento de manera abrupta y directa.
c) Finalmente, en lo que se refiere al aspecto financiero se da en el seno de la globalización una paradoja digna de tenerse en cuenta. El capital internacional está en buena parte constituido por fondos que se destinan para afrontar los problemas de jubilación y de enfermedad. Es decir, se trata de reservas de seguridad. No obstante y ésta es la paradoja se invierten en campos de especulación: este fenómeno mereció de Slim el calificativo de irracional. A ello hizo referencia nos parece, con otros términos, Alejandro Dabat, cuando se refirió a la bursatilización del crédito.
Esta contradicción entre las finalidades perseguidas por los fondos internacionales y los medios de inversión que se utilizan para su logro, produce la perjudicial volatibilidad de los capitales. Ello no puede ser contraversado más que suscitando hacia nuestro país flujos de capital para inversión directa, en lo que Carlos Slim, en medio de su laconismo, puso el máximo énfasis, añadiendo que esa inversión directa en bienes productivos se está ya dando, gracias al fenómeno de que nuestro país comienza a producir lo que otros por las razones apuntadas están abandonando, siendo no obstante necesario que alguien lo produzca.
Pero ¿no hay acaso en México un claro rezago tecnológico? En esta cuestión Slim se mostró también optimista: la tecnología se ha globalizado.
Queda, sin embargo, en el tintero el modo como México pueda acceder a esa tecnología globalizada, en su aplicación práctica, sin entrar en dependencia de quienes ya la tienen experimentadamente aplicada. Aparece, otra vez, el requerimiento de esa capacidad endógena, a la que ya nos referimos, gracias a la cual nosotros podríamos ocupar muchos lugares en vez de que muchos ocupen el nuestro.

LA PARADOJA DE LA INTERNET

En las intervenciones de Urquidi, Dabat, Cordera y Slim, quedó oculto no voluntariamente, sino tal vez por obvio, el papel de la internet, en la globalización.
Dado que se dijo que la globalización no era un fenómeno sólo económico, sino que abrazaba muchos importantes aspectos (aspectos humanos), nosotros hemos de acentuar aquí un trasfondo cultural de la internet, que no puede silenciarse al hablar de la globalización.
La globalización es posible, en buena parte, como quedó implícitamente dicho, gracias a la red de comunicación mundial. Esta telecomunicación en el sentido más estricto del término, ha provocado los fenómenos de la erosión del ubi o su equivalente de la muerte de la distancia: nuestro planeta se ha empequeñecido, teniendo las mismas dimensiones, porque no importa ya el lugar donde nos encontramos ya no hay lejanías.
Pero estas afirmaciones, profusas cuando se habla de la globalización (la globalización parece consistir de ellas), resultan engañosas: las distancias se acortan, los lugares se acercan; pero las personas, en cuanto tales, se encuentran progresivamente distantes. Mientras cada uno se encuentra individualmente navegando en el vasto mundo de la internet, se aleja de aquéllos que pertenecen a su mundo personal (familiares, colegas y amigos), a pesar de la libertad cronológica que nos ofrecería para acercarnos a ese mundo personal.
La paradoja es que la globalización individualiza. La relación entre las personas no es un problema técnico de comunicación o incomunicación, sino ético de generosidad y egoísmo.
Por ello es posible, al mismo tiempo, estar presente en todo el mundo, planetariamente considerado, mientras nos encontramos ausentes de nuestro propio mundo, considerado domésticamente. Estamos acercando lo que nos era lejano, mientras nos alejamos de aquello que habría de sernos entrañablemente próximo.
Esta es otra doble cara de la globalización que no puede desatenderse, porque acarrea consecuencias antropológicas también inéditas y a la par históricas.

CONSENSO NO ES UNANIMIDAD

Esta sesión inaugural del seminario del Fondo de Cultura sobre el fenómeno globalizador fue presidida y coordinada por su director general, Miguel de la Madrid. No cabe duda de que fue su poder de convocatoria más que el indudable interés mismo del tema el que logró la reunión de tan destacados pensadores en esa casi irrepetible discusión.
Las intervenciones de De la Madrid fueron, como siempre, discretas y eficaces. Se refirió, de un lado, al requerimiento de abandonar, aun en el tema de la globalización, los planteamientos macroscópicos para hacer planteamientos realistas sectoriales: ¿qué pasa con la globalización en cada uno de los sectores reales de la economía de nuestro país?
Pero, al mismo tiempo, para que su propuesta no resultase atomizadora, apuntó, de otro lado, la necesidad de abocarse al problema no partidistamente, no orientados por intereses particulares, pues nos encontramos ante problemas gigantescos que exigen un consenso nacional. Consenso no es unanimidad: consenso es apoyo a posturas viables, aunque sean diferentes de las nuestras. Es, decimos nosotros, otra manera de globalizar.

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