Umberto Eco: Cinco escritos morales

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El muro de Berlín cayó y trajo consigo un nuevo mal: las llamadas «limpiezas étnicas». La nueva geografía ha sido y continúa siendo labrada a bayoneta calada, con sangre de inocentes. La OTAN se abroga el papel de pacificador humanitario pero, ¿realmente es posible evitar guerras con guerras, crímenes con muertes? Han vuelto los nacionalismos intolerantes. Sí, pero ambas partes utilizan el mismo calificativo «fascista» para referirse al otro; ambas partes se acusan de crímenes de guerra; ambas partes tildan de intolerantes a los demás; ambas partes reclaman el derecho a la misma tierra y a expulsar a los otros. ¿Quién tiene la razón? A todas luces es urgente aclarar los términos, definir y delimitar palabras y acciones, acabar con los nuevos sofistas, emprender una nueva cruzada socrática que coloque las cosas en su lugar.
Como pensador actual y hermenéuta, ésa es la tarea emprendida por Umberto Eco en su libro Cinco escritos morales. Así, enfrenta cinco problemas acuciantes: guerra, fascismo, prensa, la relación con el otro, y la intolerancia ante las migraciones en la Europa finimilenaria. Propuestas de vida para el futuro.
Estos escritos surgieron por diversas razones y en distintas fechas. Como en la introducción Eco se encarga de situarlos, sólo mencionaré ahora dos de esos casos: el artículo Pensar la guerra fue motivado por la intervención de la OTAN ante la invasión de Kuwait (la Guerra del Golfo), y resulta actual por la situación similar en Yugoeslavia a raíz de los acontecimientos de Kosovo; Las migraciones, la tolerancia y lo intolerable es, en palabras de Eco, un collage que abre perspectivas para vislumbrar algunas soluciones a esos problemas frente al tercer milenio. Los aspectos circunstanciales de los cinco capítulos y, en algunos casos, un inevitable contexto italiano, no los demeritan. La profundidad con que son tratados tampoco impiden su claridad y valor divulgativo.
Eco ejerce con fuerza su función de intelectual y lo hace con una declaración de principios: «la lealtad es categoría moral y la verdad es categoría teorética» (p.16), que recuerda aquel dicho atribuido a Aristóteles: «soy amigo de Platón, pero más amigo de la verdad».
Insisto: para Eco es indispensable aclarar los términos, saber sobre qué discutimos, con cuál base y cuáles límites. «La función intelectual consiste en excavar las ambigüedades y sacarlas a la luz» (p.15): en definir. Así procede en cuatro de los cinco escritos: sólo queda fuera Sobre la prensa, pero en éste lo que no aparece de manera explícita se encuentra en el trasfondo. No podríamos esperar menos de un semiótico, se me dirá. En efecto, mas la cuestión aquí no estriba en una posible revelación sensacional: ante la evidencia no caben revelaciones. La pregunta, más bien, es si una opinión moral (aquí presenta cinco) se puede fundar sobre un saber, la semiótica, que se define como ciencia de los signos. No nos compliquemos la vida antes de tiempo. Veamos primero aquellos aspectos de la tarea emprendida por Eco que, en mi opinión, son benéficos para todos.

1. PENSAR EN LA GUERRA

Como ya dije, el primer escrito (Pensar la guerra) define la función intelectual y la distingue de la posición tomada por quienes pertenecen a o se autositúan en los «intelectuales como categoría». De ahí la necesidad de la declaración de principios: no confundir la lealtad con la verdad. Es la manera de evitar las acusaciones con etiquetas. Al referirse al caso de la Guerra del Golfo, recuerda que «si alguien se pronunciaba de forma contraria a las expectativas del otro, se le tachaba de intelectual traidor, ya fuera belicista filocapitalista, ya fuera pacifista filoárabe» (p.14). Bien recuerda Eco que antes, la guerra era un modo de aplicar determinadas políticas. Hoy, por los diversos intereses, grupos sociales y elementos que intervienen «la guerra es un juego autófago». Ya no hay posibilidad de llegar al jaque mate. Ahora todos pierden. De ahí que «es deber del intelectual proclamar la imposibilidad de la guerra» (p.28), lo que no le impide a aquél evitar las declaraciones «en caliente» a los medios de comunicación social, pero sin olvidar que los medios no son territorio neutral, sino uno de los instrumentos de la guerra: se trata de evitar la guerra de mutuas acusaciones con calificativos, a la que páginas después nuestro autor calificará de «verborreas de Taberna».
Para evitar esas verborreas de taberna, Eco define y distingue los términos. Es una manera de eliminar la ambigüedad de los (des)calificativos actuales frente a los otros. Por eso nos remite a una noción por demás negativa, la etiqueta negativa más socorrida en la segunda mitad de nuestro siglo: «fascismo». Esta necesidad proviene de las confusiones (intencionadas o no) sobre distintas situaciones histórico-políticas: «Le sucede a la noción de “fascismo” lo que, según Wittgenstein, acontece con la noción de “juego”. Un juego puede ser competitivo o no, puede interesar a una o más personas, puede requerir alguna habilidad particular o ninguna, puede poner dinero en el platillo o no. Los juegos son una serie de actividades diferentes que muestran sólo un cierto “parecido de familia”.
1          2          3          4
abc    dcd      cde       def
»Supongamos que exista una serie de grupos políticos. El grupo 1 se caracteriza por los aspectos abc, el grupo 2 por bcd, etcétera. 2 se parece a 1 en cuanto comparten dos aspectos. 3 se parece a 2, y 4 se parece a 3 por la misma razón. Nótese que 3 también se parece a 1 (tienen en común el aspecto c). El caso más curioso es el de 4, obviamente parecido a 3 y a 2, pero sin ninguna característica en común con 1. Sin embargo, en razón de la serie ininterrumpida de parecidos decrecientes entre 1 y 4, sigue habiendo, por una especie de transitividad ilusoria, un aire de familia entre 1 y 4» (pp.46-47). De aquí que Eco califique al fascismo de ser «un totalitarismo fuzzy. No era una ideología monolítica, sino, más bien, un collage de diferentes ideas políticas y filosóficas, una colmena de contradicciones» (p.42).

2. FASCISMO ETERNO

En el escrito El fascismo eterno tiene la paciencia de ir desmenuzando catorce notas de una nueva noción que nos propone, la de «Ur-Fascismo» o «fascismo eterno». La tarea de miniaturista obtiene como resultado una mayor claridad en la discusión intelectual y en las posiciones políticas.
Esta nueva noción de «Ur-Fascismo» es digna de ser estudiada y discutida con seriedad y, a la vez, la actitud de Eco es un ejemplo de auténtica «función intelectual», en la línea de la búsqueda de argumentos y lejos de la pereza del ataque con adjetivos. Para quienes aplican habitualmente el adjetivo «fascista» vendrá muy bien conocer sus raíces y alcances: tal vez se sorprendan con que sería más justo dárselo a ellos mismos.
La claridad en los términos evita la guerra de los calificativos, esta dinámica de la provocación, de la agresión verbal (o física), que es carnada que buscan permanentemente los medios de comunicación social. No es otro el contenido de los reality shows y también del resto de los medios. Quienes participan en estos «debates»que muchas veces parecen verborreas de taberna olvidan que, cuando concluyen, el precio pagado por este protagonismo es muy caro: la falta de credibilidad ante el público, pues con frecuencia requieren desmentidos, disculpas públicas y rectificaciones. El problema es que, al final, «lo que queda y crea hábito es el tono del debate, la convicción de que todo está permitido» (p.86). Y esto, desde luego, no es una actitud responsable. Los medios deben replantearse su postura ética ante el público y ante sí mismos.

3. SOBRE LA PRENSA

De aquí la tercera propuesta: la «invitación, tanto para la prensa como para el mundo político, a que miren más al mundo, y a que se miren menos en el espejo» (p.98). Ésta viene no como una mera opinión de un crítico de los medios, sino también por los resultados obtenidos en las encuestas sobre ellos: en términos generales, la gente común y corriente («las amas de casa de Voghera», en el ambiente italiano) ignoran lo más elemental del contexto noticioso: no son capaces de distinguir y, muchas veces, ni les interesa entre un candidato y otro, o de acertar a cuál partido pertenece cada uno, y mucho menos saben acerca de los ataques verbales entre ellos.
En Sobre la prensa, Eco hace un análisis detallado de dos aspectos de ella: contenido y forma. La politización del espectáculo mediático, la dependencia que los medios tienen de las declaraciones políticas e ideológicas, de los escándalos de la vida privada de los hombres públicos Y la forma, la influencia de la televisión (e Internet) en la radio y la prensa escrita. Este doble análisis se fundamenta en el principio de que «vivimos en un país donde una prensa libre y sin prejuicios es capaz de procesarse a sí misma» (p.63). De ahí viene también la invitación con que concluye. Pero el contenido de las treinta y cinco páginas de este escrito es mucho más rico. Resulta de interés general. Las ideas de Eco sobre el futuro de los medios, su visión sobre el papel de la prensa escrita (periódicos y revistas), radio y televisión, perfilan un futuro diferente para cada uno de ellos, y las razones están expuestas aquí de una manera por demás atractiva.

4. MIGRACIONES, LA TOLERANCIA Y LO INTOLERABLE

Esa misma actitud intelectual la encontramos en el escrito, las migraciones, la tolerancia y lo intolerable. Primero define y distingue el sentido de las palabras inmigración como fenómeno proporcionalmente reducido y relativamente programable, mientras que la migración es el traslado incontrolable (pacífico o violento) de todo un pueblo (o la mayoría de él) que modifica radicalmente la cultura del territorio al que llega. Así, trata de aclarar los términos de un problema político social; sobre esta base parecería que nos daría la clave acerca de la intolerancia racial de algunos grupos extremistas europeos (igualmente aplicable a nuestro país con los problemas del indigenismo y el racismo, entre otros). Pero no, vuelve a distinguir y definir, en este caso entre fundamentalismo e integrismo: «En términos históricos el “fundamentalismo” es un principio hermenéutico, vinculado a la interpretación de un libro sagrado […] El fundamentalismo, ¿es necesariamente intolerante? Lo es en el plano hermenéutico, pero no necesariamente en el político [] Se entiende, en cambio, por “integrismo” una posición religiosa y política por la cual los principios religiosos deben convertirse al mismo tiempo en modelo de vida política y fuente de las leyes de Estado. Si fundamentalismo y tradicionalismo son, en línea de principio, conservadores, hay integrismos que se quieren progresistas y revolucionarios» (pp.126-127).
Al tocar el tema del fundamentalismo y dar ciertas opiniones negativas sobre religión es cuando aparecen poderosas dudas sobre las propuestas de Eco. Nadie puede pasar por alto sus antecedentes, concretamente esas dos novelas que fueron best-sellers mundiales, El nombre de la rosa y El péndulo de Foucault. Un escritor que se dice realista y a cuyas obras pretende otorgar un carácter verdadero, no puede pretender convertir sus fantasías en realidad. El mundo descrito en cada una de esas novelas dista mucho de ser real. Un ambiente de un monasterio medieval donde lo que no aparece para nada es el carácter religioso, el aspecto sobrenatural; o un mundo de intriga (al igual que en la anterior) suscitado esta vez por un escrito aparentemente esotérico proveniente de los viejos Templarios, acarrea varias muertes, y en donde al final se descubre que el tal escrito no es sino una vulgar lista de lavandería, resultan demasiado retorcidos y complicados, ajenos a esto que llamamos mundo. ¿A qué se debe esta actitud de Eco? ¿Por qué retorcer tanto el mundo? Él mismo, en otro escrito, muestra cómo la semiótica corre el riesgo de acudir fácilmente a interpretaciones herméticas en una cadena ad infinitum, en las lecturas de escritos por demás naturales y sencillos.

5. CUANDO ENTRA EN ESCENA EL OTRO

Si ésa ha sido su posición ante el mundo medieval o ante las actitudes esotéricas, ello no le permite hacer de esas interpretaciones la verdad. Esto último nos conduce directamente al cuarto escrito, que a propósito he dejado para el final.
Cuando entra en escena el otro, es el artículo más importante. Y vale la pena señalar que se trata de la inclusión de una parte del diálogo que sostuvo con Carlo María Martini en la revista italiana Liberal y luego fue publicado como libro. El porqué de esta inserción la veo en que es el escrito que da sentido a los otros cuatro: donde encontramos la base de la ética de Eco. Ahí expone claramente los fundamentos de su «religiosidad laica»: «Quisiera abordar el asunto desde lejos. Algunos problemas éticos se me han vuelto más claros al reflexionar sobre algunos problemas semánticos [] Mi problema consistía en si existen “universales semánticos”, esto es, nociones elementales comunes a toda la especie humana, que pueden ser expresadas por todas las lenguas» (pp.102-103). ¿La ética fundada en palabras comunes a todos los hombres? Sorprende, pero en el ya citado libro Interpretación y sobreinterpretación afirma: «En “Interpretación e historia” [capítulo anterior de ese libro] repasé un método de interpretar el mundo y los textos basado en la individualización de las relaciones de simpatía que vinculan entre sí el microcosmos y el macrocosmos. Tanto una metafísica como una física de la simpatía universal tiene que basarse en una semiótica (explícita o implícita) de la semejanza». Está claro: primero la semiótica y después la metafísica y la física. Éste es el trasfondo de la discusión ética con Eco. ¿Quién tiene prioridad, el mundo (la física y metafísica) o su interpretación (la semiótica)? Vayamos por pasos.
Al principio, Eco halla los «universales semánticos» por lo más elemental y primitivo en el hombre: su cuerpo y las relaciones espaciales derivadas de él, es decir, ideas comunes en todas las culturas (como pueden ser: izquierda-derecha, arriba-abajo, frente-atrás). Sin embargo, estos «universales semánticos» no son capaces de fundar una ética. «La dimensión ética empieza cuando entra en escena el otro. Toda ley, moral o jurídica, regula siempre las relaciones interpersonales, incluidas las relaciones con ese Otro que la ley la impone» (p.104). Los universales semánticos esas «nociones elementales comunes a toda la especie humana» que se refieren exclusivamente a mí, al hombre aislado, «a una especie de Adán bestial y solitario», no conforman una ética, según Eco, porque no hay relación con un otro: no habría nada que regular. Esta posición no coincide con una ética realista siempre basada en el carácter creatural del hombre y, por tanto, en la relación antropológica con su Creador, ese Otro que lo pone en el ser y al cual se debe; se basa en el reconocimiento de que Adán fue creado y no es «bestial y solitario». Pero la ética laica de Eco parte de la posición de un no creyente y, por tanto, sólo cuando se postula o aparece el otro (u Otro) puede haber leyes morales y jurídicas. Entonces ese «Adán bestial y solitario» «puede llegar a entender, no sólo que desea hacer ciertas cosas y que no desea que se le hagan otras, sino también que no debería hacer a los demás lo que no quiere que le hagan a él» (p.105). La base kantiana de esta ética queda a la vista (p.107).
Eco reclama para esta ética un carácter universal, por partir de esos «universales semánticos», pero también objetivo: «ante lo intolerable caen los distingos sobre las intenciones, la buena fe, el error: existe sólo responsabilidad objetiva» (p.139). Sin embargo, queda en el aire una duda no pequeña ni intrascendente: ¿puede fundarse la objetividad de una ley ética tan sólo en el carácter universal de esos «universales semánticos», en esas nociones elementales reconocidas por todos los hombres? Eco no debe olvidar que estas nociones, conceptos o ideas son de algo. En sus propias palabras, «si hay algo que interpretar, la interpretación tiene que hablar de algo que debe encontrarse en algún sitio y que de algún modo debe respetarse». Aquí nuestro autor se refiere a la interpretación de textos: si tal libro o documento quiere decir esto o aquello. Pero de acuerdo con la cita previa del mismo libro, el sentido de estas palabras es más profundo, es metafísico.
Si hay algo de qué hablar, si me puedo entender con todo el mundo con otros signos que no son palabras porque la noción que éstas nombran es universal (la seña que indica «a la izquierda» o «a la derecha», «arriba» o «abajo»), se debe a que la noción se refiere a la realidad, a que existe una izquierda, una derecha, un arriba, un abajo, siempre con relación a algo o alguien, pero siempre algo real. Si la discusión fuera sobre estos conceptos meramente espaciales y relativos, se parecería a aquellas famosas del medioevo decadente sobre el número de plumas de las alas de los ángeles. Pero no es así. Hay mucho más de fondo.

LA ÉTICA PUESTA EN VOTACIÓN

Está detrás, como ya dije, la discusión sobre la prioridad entre la metafísica y la semiótica o, en términos más vulgares, entre las cosas reales y los signos o palabras. ¿Qué es más importante: el animal que maúlla y pasa su lomo por mi pierna, o la noción o el nombre gato, cat, «Misifús», su dibujo, su foto, etcétera? El ejemplo es trivial con todo propósito. Ahora volvamos a la ética.
¿Los derechos del otro lo son porque en todas las culturas hay conceptos aceptados universal y eternamente (arriba-abajo, derecha-izquierda, vigilia-sueño), o se tienen y aceptan porque hay una base en la naturaleza, una base o­ntológica? Aquí encontramos la fuerza y la debilidad de la moral semiótica: los universales no fundan la moral por gozar de un reconocimiento general, más bien manifiestan la naturaleza esencialmente común del hombre que es la base de la ética natural. En otras palabras, todos los hombres poseen una misma naturaleza real, de la que derivan unas responsabilidades éticas, que son (o deberían ser) aceptadas universalmente a través del conocimiento de los conceptos universales. Los conceptos obedecen a una realidad. Como ésta es objetiva, todas las culturas la aceptan.
¿Cuál es la diferencia esencial entre ambas posturas? Muy sencillo. En la de Eco las responsabilidades éticas se deciden: «Hay que asumir la responsabilidad de decidir qué es intolerable y después actuar, dispuestos a pagar el precio del error Cuando aparece un intolerable inaudito, el umbral de la intolerabilidad ya no es el que fijan las antiguas leyes. Hay que legislar de nuevo. Desde luego, debemos estar seguros de que el consenso sobre el nuevo umbral de la intolerabilidad es lo más amplio posible, supera las fronteras nacionales, está garantizado de alguna manera por la “comunidad”: concepto inaprensible, pero que está en la base incluso de nuestro creer que la tierra gira. Pero luego es preciso elegir» (p.138). En resumen, para Eco las leyes éticas se deciden de acuerdo con un consenso, sin que quede claro si este consenso se establece por mayoría, por lo que casi todos creen, piensan o desean, pero sí eligen. La situación es seria.
Decía antes que la ética realista busca una naturaleza común, una base real y objetiva por sí misma, no por consenso. Ciertamente en ambos casos existen las violaciones a esas leyes. Pero Eco nos recuerda que «la fuerza de una ética se juzga por la conducta de los santos, no de los incipientes cujus deus venter est» (p.108). La fuerza de esta aseveración se encuentra en su objetividad, no tanto en su belleza literaria. Más aún, me atrevería a descomponer esa belleza para señalar que el ejemplo arrastra, pero no es la razón ni el fundamento de la ética. La debilidad de una ética por consenso, como acabamos de ver es la de Eco, se encuentra en su misma universalidad condicionada a su aceptación por todos o la mayoría. Es una ética relativista. Esto es más notorio cuando ese consenso es el de unos cuantos, como un Consejo de Seguridad de la o­nU, o especímenes gemelos. La arbitrariedad de ciertas intervenciones bélicas en países juzgados criminales va a la par de participaciones humanitarias. ¿Por qué intervenir en Kuwait y no en Timor? ¿Por qué decidir políticas «universales» sobre la mujer en contra de culturas ancestrales y no siempre objetivamente violatorias de los derechos humanos?
Esta situación coloca en dificultades a la ética laica semiótica. ¿Basta que entre en escena el otro para que aparezcan las normas morales? «¿Cómo es posible entonces que haya o haya habido culturas que aprueban la matanza, el canibalismo, la humillación del cuerpo ajeno? Sencillamente, porque restringen el concepto de “otros” a la comunidad tribal (o a la etnia) y consideran a los “bárbaros” como seres inhumanos» (p.106). Bien, es verdad que algunos grupos humanos restringen el concepto de otros, pero como se ve por los ejemplos de la ONU no sólo son tribus retrógradas o etnias bárbaras. Debemos reconocer, más bien, que es el peligro del consenso.

LA FUERZA DE LA VERDAD

El propósito de Eco va más allá: «donde se ve que lo que he definido como “ética laica” es, en el fondo, una ética natural, que ni siquiera el creyente desconoce. El instinto natural, llevado a justa maduración y autoconciencia, ¿no es un fundamento que da suficientes garantías?». Si por «instinto natural» hemos de entender el dictado de la razón natural, estoy de acuerdo. Sin embargo, por todo lo dicho en los párrafos precedentes no parece ser así. En realidad, Eco busca que aceptemos como ese «instinto natural» el consenso de los universales semióticos, el estar de acuerdo todos en algo, independientemente de su fundamento en la realidad, lo cual es algo muy distinto de la razón natural, porque ésta se funda como su nombre lo indica en el reconocimiento de una naturaleza común a todo hombre, algo objetivo, ajeno a la voluntad y consenso humano, esencia sobre la que no decide el mundo. Pero recordemos que la ambición de Eco es distinta: «Tanto una metafísica como una física de la simpatía universal tienen que basarse en una semiótica (explícita o implícita) de la semejanza». La metafísica realista contemporánea insiste en poner de manifiesto la necesidad de volver a la analogía como base para la comprensión de la realidad. Y la analogía es semejanza. Pero la semejanza expresada en los conceptos es tal porque se funda en la semejanza de las cosas reales. No a la inversa. La ética de los «universales semióticos» adolece de historicismo, decisionismo y, por tanto, de relativismo: el ejemplo del mismo Eco, sobre la necesidad de «ampliar» el umbral de la intolerabilidad porque ya no es el que fijan las antiguas leyes, no puede ser más claro.
Por eso este capítulo cuarto del libro es tan importante. Como propuesta de vida (y fundamento de las otras cuatro) la ética semiótica de Eco adolece de relativismo.
Finalmente, hechas estas aclaraciones no tan simples ni intrascendentes, me gustaría resaltar otro aspecto loable de este pequeño libro de gran fuerza moral. Quiero recordar que el origen del cuarto escrito, Cuando entra en escena el otro, lo encontramos en el citado diálogo entre dos personalidades bastante representativas del ambiente intelectual italiano: Umberto Eco, por parte de los pensadores laicos (no creyentes), y Carlo María Martini, Cardenal de Milán, por los católicos. Fue la revista quien los eligió y ellos participaron a nombre propio, no por encargo de grupos o instituciones. La fuerza de este intercambio de ideas consistió, en mi opinión, en el deseo y la actitud para entablar un diálogo sobre las cuestiones más candentes para el hombre actual. Y Eco lo dice con estas palabras: «No quisiera que se instaurase una oposición tajante entre quienes creen en un Dios trascendente y quienes no creen en ningún principio supraindividual» (p.110). Al proponernos en este nuevo libro cinco planteamientos éticos (diría que cuatro cuestiones y un fundamento) nos invita a continuar con ese diálogo. Un ejemplo a seguir. Para ello habría que recordar que la Summa contra gentiles, de Tomás de Aquino, fue escrita con un propósito similar: entablar un diálogo con los musulmanes sobre la base de una ética natural, reconocida por ambas partes cuando aplicaran la razón natural. No sé si Eco se encuentre más cerca de los escritores de la Patrística (aunque a la inversa). No sé tampoco si sea un resabio de su formación católica original (p.101). O quizá, como en el caso de Octavio Paz con su frase «alguien me deletrea», una vuelta no reconocida a sus raíces.
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1 Umberto Eco Cinco escritos morales Lumen Barcelona 1998, 140 pags.
2 En nuestro contexto la actualidad de esta queja de Eco viene a la palestra tras la muerte de Jaime Sabines y a polémica sobre los neozapatistas
3 “Usado actualmente en Lógica para indicar conluntos difuminados “, cuyos contornos son imprecisos el término fuzzy podria traducirse como difuminado, confuso, impreciso, desenfocado  (Esta nota aparece en el Iibro)
4 La analogía es de Eco
5 (Todo eso que llamamos la verdad en e mundo de la realidad puede ser cuestionado. Quizá un día descubramos que Einstein se ha equivocado mientras que -en la ficción- el hecho de que Emma Bovary muera es algo seguro. Eso es algo que no se discute), Umberto Eco Seis paseos por el bosque de la novela citado por Juan Jose Garcia Noblsjas en Comunicacion y mundos posibles EUNSA Pamplona 1996,  p. 146.
6 Umberto Eco: Interpretación y sobreinterpretación,  Cambridge, 2a ed, Madrid, 1997, pp. 33 55
7 Cfr. Istmo, No. 234, Enero-febrero, 1998, p.53
8 Umberto Eco: lnterpretación y sobreinterpretación, ed. cit. p. 56.
9 El final de la frase es terriblemente confuso por la traducción pero una consulta a la versibn del libro ¿En qué creen los que no creen? permite entenderla (que las impone) (que impone las leyes) Si solo incluyo estas tres ultimas palabras es porque esta versión tiene el inconveniente de tomar a ese Otro en minuscula creando otra  confusion no se sabe si la frase se refiere al legislador humano o abre la posibilidad de aceptar un Legislador Divino y es este- pienso- el sentido original de Eco.
10 Umberto Eco lnterpretación y sobreinterpretación, ed. cit. p 55.
11 Las cursivas las coloque para resaltar los puntos clave
12 Umberto Eco: Interpretación y sobreinterpretación, ed. cit. p 56.

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