¿Por qué soy mexicano?

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Yo soy mexicano, al igual que ustedes. Pero no me cabe duda de que el origen de nuestra mexicanidad no es el mismo. Un determinado día ustedes nacieron en México. Tal vez se asomaron a la vida en un hospital o en una alcoba de esas casas solariegas de un pueblo de Jalisco. O puede que, con todo respeto, fueran sorprendidos por la emergencia con la que brota la vida, y su madre los alumbró en la parte trasera de un carro con la ayuda de un marido nervioso y un taxista enojado.
Yo no. Lo mío no fue así. Bajé hace tiempo de un avión procedente de Madrid. Por eso, tan sólo de unos meses a acá, y por medio de un tedioso proceso de naturalización, soy legal, afectiva y orgullosamente mexicano. Así pues, lo que sigue es una humilde reflexión sobre México, hecha por un paisano que decidió serlo por propia voluntad, con todo lo que ello significa.
Les cuento algo sencillo pero de contenido profundo. Al recibir la carta de naturalización, mis amigos y conocidos reaccionaron de formas diferentes. Hubo de todo. Algunos extremos: «Miguel, ¿es cierto que ya eres mexicano? Me da mucha alegría. ¿Cuándo nos ponemos una guarapeta pa´ celebrarlo?» Alguien observó, utilizando argumentos etílico-jurídicos, que hasta la tercera cruda la mencionada carta no entraba en vigor. La reacción de otros me «sacó de onda»: «¿Te naturalizaste, Miguel? ¿Qué te pasa? ¿Te has vuelto loco? Este país es un desastre. Aquí no funciona nada: el Presidente no tiene pantalones, los políticos son una bola de corruptos, el “Tri” pierde hasta en los entrenamientos…» Y la pregunta guinda del pastel: «¿No habrás hecho la babosada de perder tu nacionalidad española?»
Les voy a contar por qué me hice mexicano. No me nacionalicé por el potencial económico de México ni por su increíble crecimiento. Tampoco por su influencia sobre las decisiones de la ONU. Ni siquiera por su nivel cultural (el promedio de lectura aquí, como ustedes bien saben, es de medio libro por ciudadano al año) o por la medalla de plata que, a duras penas, Ana Guevara nos trajo de Atenas. Para mí eso no importa. Lo hice por otros motivos.
Dice un escritor con apellido de ex-futbolista del Real Madrid, Cuninnghan, que amigos son aquellos seres extraños que, cuando a uno le preguntan cómo está, se quedan a escuchar la contestación. Por eso me siento mexicano: por Male, Mari, Abraham, Gabriel, Rocío, Daniela, Agustín, Arizti, Carlos, Fer, Ivabelle, Vero, Dixie, Toño, Ligia, Pepe, los Pichardo, los Mayordomo, Lennon, Paulina, Sevilla, el Gordo, Carlos, Javier, Mario Tantos, que no cabrían ni en diez columnas más, como cientos de alumnos y compañeros de trabajo. Cada uno de ellos, de diverso modo y en diferentes situaciones, ha ido bordando fibra a fibra con sus vidas el injerto de mexicano que traigo en el corazón.
Mi México, una de mis patrias, una de las muchas que pueden caber en el espíritu de un hombre, no es una abstracción metafísica repleta de símbolos y héroes de bronce quién sabe si todos con historias verdaderas. México es mis amigos, los que me quieren y quiero. La patria de las pequeñas cosas, formada por pequeños relatos y grandes amistades. En eso reside la grandeza de nuestro maravilloso país.
Cuando se publique este artículo ya habrá transcurrido la noche del «grito». Lo pasaré en casa de mi entrañable Memo Gatt. Ahora, con nuevas razones, me tomaré más folclóricamente el famoso: «¡Mueran los gachupines!», que siempre alguien me grita en la oreja como si estuviera tapado. Luego, un día en que disponga de tiempo y pasee por Chapalita paladeando la cálida noche mexicana, seguiré pensando en las cosas increíbles que aquí tenemos y que desgraciadamente a veces deben venir a recordarnos los extranjeros.

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