El Papa de cada quien

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Cuando Juan Pablo II falleció todos sintieron la muerte de su Papa. Cada país, cada región, cada ciudad aseguraba ser la predilecta del difunto pontífice. Las diversas comunidades, y aún las personas, consideraban que este Papa las amaba a ellas en especial. No, no era un amor abstracto a la humanidad o a la cristiandad; la gente hablaba de un amor particular y concreto. Fenómeno que sorprende a todos.

Los fans de un cantante se resignan a mendigar una sonrisa fría, un beso rutinario, un autógrafo impersonal. Son capaces de esperar horas y horas para robar una mirada del artista en turno. Coleccionan artículos y colocan fotografías en la cabecera de sus camas, pero los fans saben que no son Alguien para el famoso; son eso, un colectivo, una multitud, fans.

El fenómeno Juan Pablo II sorprendía porque sus fieles se sentían confortados personalmente. Durante las celebraciones litúrgicas con miles de personas, la sotana blanca era apenas un punto perdido en el horizonte. Pocos afortunados lo veían de cerca, pocos, muy pocos, intercambiaban algunas palabras con él. Y, sin embargo, las muchedumbres se sentían interpeladas personalmente. Abundan las historias de quienes, al veloz paso del papamóvil, aseguran que el Papa los miró. La empatía era uno de los rasgos definitorios de la personalidad de Wojtyla. Toda una generación no conoce sino a este Papa. Los mayores recordamos vagamente a Paulo VI, muy pocos, guardan algún recuerdo de Juan XXIII. Para la inmensa mayoría, la palabra «Papa» no evoca un título o una función, sino una persona de rostro expresivo: Juan Pablo II.

La inevitable comparación

Lo queramos o no, el nuevo Papa será comparado durante su reinado con el anterior. El sucesor será inseparable de su predecesor. No hay que asustarse. Acontece en cualquier institución que ha sido gobernada por un individuo sobresaliente. Toda una generación mirará hacia Roma con un deje de nostalgia, buscando en vano a Wojtyla.

A pocos días del deceso, Alberto amigo y colega me comentaba con preocupación «Con el sentimentalismo de los mexicanos, si los medios no hacen una campaña para decirnos que debemos querer al nuevo Papa, la gente se la pasará comparando Capaz de que ni lo quieren. Ojalá Juan Pablo II hubiera dejado una carta pidiendo que quisiéramos a su sucesor, porque si no».

Aunque no comparto el pesimismo de Alberto, en parte tiene razón. Si no se orienta, la ola de sentimentalismo desatada por la muerte de Wojtyla puede ser contraproducente. Para los católicos, Juan Pablo II fue un papa entrañable, pero, no olvidemos, la vida de la Iglesia no se agota en una persona, ni siquiera en un individuo de tal talla.

Las comparaciones serán inevitables. En eso tiene razón mi amigo. Cuando el predecesor tuvo una personalidad tan nítida, delineada y sólida, al sucesor no le queda sino definirse como continuador o innovador. El nuevo papado delimitará paulatinamente su estilo. Las conjeturas resultan prematuras.

Eso sí, inevitablemente muchos dirán «mira cómo se le parece este nuevo papa » o un tímido comentario, «¿Ves?, tiene otro estilo».

Comparaciones sin importancia siempre y cuando no menosprecien ni afecten la relación con el nuevo pontífice. El sentimentalismo puede ser peligroso en la medida que la admiración por Juan Pablo II la perjudique.

El Papa y los medios

Se ha repetido hasta la saciedad que Wojtyla fue un Papa mediático, se sentía cómodo frente a las cámaras de TV y, lo que es más importante, hizo que San Pedro fuese noticia siempre. Con su estrategia, dotó de un rostro visible a la Iglesia en esta civilización del homo videns. Sabía que una Iglesia sin presencia en los mass media equivalía a una Iglesia ausente del mundo.

Conocimos el carisma de Juan Pablo II a través de la televisión. Sus encíclicas y diarios se discutieron en noticiarios con mayor o menor profundidad. Un cortejo de reporteros lo acompañó en sus viajes. Se manejaba con soltura frente a cámaras y reporteros, pero no era un papa histriónico.

Uno de los primeros retos del nuevo Papa es colocarse en los medios de comunicación. Sony, Fox, CNN son los maestros del mundo contemporáneo. Desde Hollywood nos educan y deseducan. Ellos pontifican y declaran qué es lo bueno y lo malo.

Visto sólo con ojos escépticos y descreídos, la suerte del cristianismo depende del talante de los personajes en los programas de moda. No, los intelectuales no son los críticos más duros de los valores cristianos. Son las series de televisión y las películas premiadas con Óscares las que de verdad modelan las mentalidades postcristianas. Puede más Mar adentro en pro de la eutanasia que la disertación de un filósofo liberal.

Juan Pablo II detectó el reto y se hizo presente en las pantallas. Cada minuto que él ocupaba era, por así decirlo, un minuto ganado a la desacralización del mundo. El nuevo Papa tiene frente a sí la tarea de mantener a la Iglesia como un asunto público, algo que concierne a cualquiera que enciende la televisión, un agente más en la formación de mentalidades.

Hace poco, la Unión Europea discutía si debe reconocer al cristianismo, junto con la cultura grecolatina y el espíritu ilustrado, como una de las raíces comunes. Cualquier historiador sabe que Europa lleva la marca cristiana. Que lospolíticos se negaran a reconocerlo, revela cuán avanzado está el neopaganismo del que habla el entonces cardenal Ratzinger. El nuevo papa no puede bajar la guardia. Debe intentar conservar el rating de Juan Pablo II.

En el contexto de una Europa que cuestiona si le debe algo al cristianismo, la presencia en los medios de la cabeza de la Iglesia Católica no es fútil ni banal, es cuestión de sobrevivencia (insisto, hablando sólo de un modo «humano y descreído», sin la perspectiva de la fe).

El Papa conservador

A Juan Pablo II se le adjetivó como «conservador». De ordinario, el calificativo venía de sus críticos y cargaba un tinte peyorativo. Tenían razón: era un conservador. En realidad, lo es todo cristiano, pues su misión es conservar y transmitir un mensaje que no le pertenece. Repito: no-le-pertenece. El cristianismo no es la palabra de la humanidad sobre Dios; es la Palabra de Dios a la humanidad. Carecemos del derecho de manosear y manipular el mensaje. Hemos de mantenerlo y entregarlo a las generaciones venideras.

Por eso, en la conciencia cristiana no sólo en la católica está muy arraigado un sentimiento de responsabilidad, el de quien sabe que ha de entregar a sus descendientes una mercancía preciosa, que fácilmente se va de las manos. La tradición es algo muy propio del talante cristiano. Sí, Juan Pablo II era un conservador y por eso en algunos campos sus principios eran firmes, no negociables. No le pertenecían; no tenía derecho a cambiarl
os.

Esta firmeza, la de quien está convencido de estar en lo cierto, le fue muy criticada, y también muy admirada. Juan Pablo II fue un «mal político». Cuando Clinton le dio la bienvenida, el Papa no dudó en defender la cultura de la vida en contra de las prácticas abortistas. Cuando Castro se afanó por dar su mejor cara, el Papa no dudó en reprocharle la falta de libertad religiosa. Cuando Bush hijo invadió Irak, el Papa no dudó en cargar la conciencia de quienes declaran la guerra. Sus encíclicas, particularmente las de índole social, fueron olímpicamente ignoradas por los plutócratas por una razón muy sencilla. Condenó enérgicamente las innumerables injusticias del sistema económico y financiero mundial. Curioso que quien tanto contribuyó a la caída del muro de Berlín, haya sido tan contundente al condenar una economía de mercado «sin rostro humano».

Juan Pablo II no estaba en terreno de nadie; carecía de esos compromisos ideológicos tan comunes entre los poderosos. Su independencia de pensamiento se basaba en principios no negociables.

A partir de la concepción cristiana de la persona articuló todo un discurso más allá de las transacciones del mercado de ideas. Cuando las diferencias entre izquierdas y derechas se difuminan y las convicciones no pasan de ser un mero protocolo convencional y vulnerable, Juan Pablo II vino a recordar que no todo está sujeto a ese mercado del poder y de lo «políticamente correcto». Era un conservador irredento, conservador del valor de la persona, por mucho que ahora esté de moda decir que todos tienen precio.

Sin embargo, en su estilo el Papa fue profundamente comprensivo. Otro amigo me contó una anécdota. El pontífice saludaba a algunos estudiantes de Norteamérica. Uno le mostró la foto de una mujer y un niño para que la bendijera. El papa preguntó: Your wife? El muchacho respondió, acaso un poco sonrojado: No, my fiancé. El Papa lo miró unos segundos y luego, con cariño, bendijo la fotografía

El nuevo Papa habrá de conservar esta firmeza y, al mismo tiempo, saber envolverla en ese empaque de cariño y amabilidad.

Lo humano y lo divino

No todo lo que dice un Papa pertenece a Dios. Los católicos creemos que en la Iglesia convive lo humano y lo divino. Ha habido papas santos y «menos santos» (por así decirlo). El título no garantiza su perfección, ni su inteligencia, ni su ingenio. La expresión Su Santidad no se refiere a la vida personal del papa, sino al carácter sagrado del cargo.

El título «los papas ya no usan tiara» garantiza que Dios lo quiere como cabeza de la Iglesia, que Dios lo elige. Dios eligió a Alejandro VI, el papa Borgia. No me pregunten por qué. Los designios de Dios son misteriosos. Quizá aquí vienen a cuento las palabras de San Pablo: «Dios escoge a lo necio del mundo para confundir a los sabios».

Creemos en Dios, y por Él, tenemos fe en el papa, en cualquier papa. Simpático o no, sagaz o menos sagaz, culto o menos culto, la Iglesia está más allá de las cualidades personales de quien la gobierne. Su historia es la mejor muestra de estos vaivenes. Una fe madura está más allá de las figuras de la historia eclesiástica, mejor dicho, se funda en una sola figura de la historia: Jesús.

Existe una generación que ni siquiera recuerda la primera vez que el Papa estuvo en México, que no conoció un Papa distinto a Juan Pablo II y para quien la Iglesia tenía esa cara. Esos jóvenes tendrán que aprender a distinguir un nuevo rostro. Aprender que la fe nunca se agota en los carismas personales de un ser humano. Eso no sería una religión sobrenatural, una Iglesia, sino un club de admiradores.

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