Cómprate una vida… aunque sea virtual

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Nuestra realidad cuesta. Dinero para una casa, esfuerzo y dedicación para una carrera y una relación duradera, pero sobre todo, tiempo. Ese que nunca tenemos y que cuando al fin llega, no queremos. ¿Cuánto dedicamos a cada factor de nuestra vida? Depende del modus vivendi que adoptemos.
Actualmente, cualquiera que sea nuestra actividad, la computadora se ha convertido en lo más cercano a un cómplice, nos acompaña en la mayor parte del día; le debemos la rapidez para hacer nuestro trabajo y el valor agregado de sus servicios: telefonía internacional sin costo, chats de todo tipo, información ilimitada. ¿Qué tal si también le debiéramos la vida? Quizá una más productiva, tal vez una más agresiva. Una donde pudiéramos ser y hacer todo lo que deseáramos. Pero quizá no sería real.
Con un clic aterrizo en las gráficas y pixeles de Second Life, la comunidad virtual más grande del mundo. Philip Rosedale estaba quizás aburrido o un poco harto del mundo real, así que se creó un «mundito» aparte, un lugar donde la gente podría realizarse, convivir y conocer lo que de origen parecería inimaginable. Lo llamó Second Life y es justo lo que ofrece. Philip Linden, su personaje virtual, lleva una apretada camiseta negra y un tatuaje que dice «siempre joven». Mientras Rosedale trabaja en San Francisco, California, Linden comparte su «vida» con casi un millón de habitantes en un mundo de ensueño.
Entrar a esta comunidad, –que tiene una tasa de crecimiento de siete mil a ocho mil habitantes por día– es gratis. Pero la vida en Second Life, como en todos lados, cuesta. La moneda local es el dólar Linden, el tipo de cambio por cada dólar americano es de aproximadamente 250 DL, que se pagan con tarjeta de crédito y son válidos únicamente en SL.
Los colonos, como en la vida real, compran propiedades y pagan por ello con la moneda virtual, pero en sus estados de cuenta resulta ser dinero muy real.
¿Por qué adquirir propiedades en un lugar que ni siquiera «existe» realmente? La respuesta es muy sencilla: todo mundo quiere una casa frente al mar, una mansión en el acantilado y una vista espectacular. Aunque sea sólo de manera virtual.
Este ilimitado nuevo mundo permite crear una identidad personal; la gente invierte hasta siete horas diseñando su «avatar» o personaje. Y sí, todos pretenden ser lo que no son y tener lo que no tienen: tez blanca o morena, ojos claros, cuerpo atlético y por supuesto mucho, mucho dinero. «Crearse una identidad», asegura Rosedale, es lo que atrae más gente a esta comunidad, «en el mundo real no puedes cambiar [por completo] la forma en la que te ves».

MERCADO EN FRANCA EXPANSIÓN

La plataforma creada por Rosedale permite ganar dinero real. Muchos entran queriendo ser artistas y SL les da esa oportunidad. Otros, que lo son de verdad, como Duran Duran, dan conciertos pixeleados y cobran dinero real por tocar de manera virtual. Los habitantes ganan dinero ofreciendo sus servicios. «Lo primero que la gente pregunta cuando entra a SL es cómo hacer dinero. Lo segundo es saber donde está el sexo». Este esquema permite relacionarse, casarse e incluso hacer negocios a través de la promesa de venta del avatar en cuestión.
Muchas instituciones están iniciando sus operaciones a través de Second Life para ofrecer sus servicios y ganar, a fin de cuentas, más dinero. Tal es el caso de Ailin Graef, ejecutiva china que ganó más de 100 mil dólares reales vendiendo tierras muy cotizadas en el mundo de Rosedale. Después de haber dado una imagen al personaje, se procede a la compra de tierras para comenzar la construcción de una casa si se quiere, 500 metros cuadrados cuestan alrededor de 10 dólares mensuales de renta. Escuelas y compañías como Reuters, IBM y otras están ahora utilizando este escenario para modelar problemas reales y estudiar la eficiencia de los servicios por ofrecer.
Muchos gadgets tecnológicos son creados en el interior. El motivo de que SL se haya convertido en un mercado real es que la gente tiene la necesidad de crear, pero no todo lo que se crea es tangible –al menos no fuera de la conexión de banda ancha.
SL no es un juego, es una comunidad real que ofrece todo lo existente con el valor agregado de la manipulación de cada evento y la seguridad de no sufrir los reveses de la realidad. No se trata de un juego virtual o de video como los Simms Online, sino de crear una vida alterna, tener una segunda cara en caso de que la que vemos al espejo no sea suficiente.

DOBLE CARA, DOBLE VIDA

La libertad de expresión, como todo mundo sabe, es derecho inalienable del ser humano. Este y otros derechos, como el orden público y la integridad «física» y moral están estipulados en la «constitución virtual» de Second Life, que debe ser respetada por todos los usuarios, ya que de lo contrario se corre el riesgo de la expulsión definitiva de la tan cotizada comunidad.
Pero, ¿por qué entrar a vivir una segunda vida? La respuesta es variada y con matices diversos: algunos lo hacen para disfrutar del tiempo libre y conocer gente nueva en lugar de «perder el tiempo viendo televisión». Otros quizá huyen de su patética realidad, del insufrible disgusto por todo lo que les rodea, o tal vez simplemente porque quieren levantarse el ego virtual si logran ser un personaje top para la comunidad.
Yo, estimado lector, soy estudiante, voy a trabajar en las mañanas y a clases por las tardes. Mi tiempo no da para más. En las noches hago tarea, escucho el ruido de la televisión y chateo con mis amigos. Pocas veces uso el teléfono, sólo lo hago cuando la gente no utiliza los medios virtuales de comunicación. Sueño mucho, creo universos paralelos y sé que son irreales, pero es bueno, de vez en vez, escapar a esos lugares.
En mi universo paralelo soy un poco más viejo, mantengo los rasgos físicos con los que en realidad nací, pero me pongo diez centímetros más de altura. Marco mi abdomen y me muevo en un Aston Martin. Vivo en un penthouse tipo loft y salgo con lo más parecido a una modelo. Soy un escritor reconocido, doy conferencias y me dedico a viajar por el mundo.
Increase your status, «eleva tu estatus», es uno de los ofrecimientos principales de la comunidad, se vale calificar a otros residentes, ganar comentarios positivos y obtener recompensas financieras por ello. El estatus social en SL es todo lo que importa. Cambiar, mejorar, evolucionar. ¿Quién no lo desea?
Puedo dejar de soñar que manejo un auto deportivo y comprarlo. Puedo tener un noviazgo real y otro virtual; incluso casarme con Liv Tyler (o un avatar muy parecido) y hasta tener un hijo con ella. Todo mientras mi jefa me pide que no pierda el tiempo en un mundo irreal.
Aunque la pregunta obligada es ¿qué es más real? Si a fin de cuentas la persona crea ambas redes sociales. En una, hay altibajos, relaciones difíciles, picos de alegría y momentos de desesperanza y dolor; dependemos del trabajo para sobrevivir y de los días de quincena para tener un trocito de cielo y poder disfrutar de una comida fuera, siempre bajo el presupuesto, rodeados de amigos platicamos sobre «cómo estuvo la última quincena». En la otra, todos los días son de fiesta, relaciones públicas y venta de tierras; ir a visitar el «mundo de los samurais» y decir buenas noches cuando estemos aburridos. Al día siguiente todo cambia y no hay rutina. ¿O sí? Al final del día las redes sociales urgen eso, sociedad, orden, libertad, que luego pueden crear la rutina.
El uso de SL es para muchos un juego, conocer gente por medio de un chat común, entablar una conversación privada con alguien interesante y terminar por aceptar que se tiene una doble cara. Lo que no puedo tener en esta vida, lo puedo en la otra; y no precisamente en la muerte.

¿POR QUÉ NO SER OTRO?

El ser humano es perfectible, al menos los griegos así nos lo transmitieron. Su fin último es la felicidad y estamos en constante aprendizaje. Somos responsables de nuestro existir, del camino que tomamos para desarrollarnos en todos los ámbitos. Podemos ponernos a dieta e ir al gimnasio, leer a los clásicos y ser más cultos, estudiar durante varias décadas para conseguir el trabajo deseado; podemos seguir al pie de la letra nuestras creencias para llegar al cielo y tener una vida paradisíaca cuando llegue el momento. De hecho podemos acudir al cirujano plástico, remover las arrugas, mejorar el aspecto de nuestra nariz y ponernos implantes. Pero no podemos ser lo que no somos. «Aunque la mona se vista de seda, mona se queda».
La teoría de la comparación social es bastante clara: las personas nunca están satisfechas. Los hombres idealizan la belleza, una modelo de moda se convierte en su objeto y terminan por comparar a su pareja con el ideal de cierta revista, mientras las mujeres quieren parecerse cada vez más al estándar de moda, pretenden alcanzar ese prototipo de belleza y niegan su propia imagen. Cargamos con el estigma de ese deber ser que la sociedad nos impone para poder ser.
En Second Life no existe la comparación social, hay una línea directa con Dios. Y él responde casi al instante. Si los usuarios creen que algo debería ser diferente, avisan a Philip Linden, el avatar de Rosedale, para que él cambie el código y el mundo se modifique; «están presentes todas las analogías míticas y bíblicas» afirma la cuasi deidad y creador de SL.
Michael Buckbee es una persona real que vive en Virginia, Estados Unidos; pero es también un comerciante en la comunidad virtual, se dedica a materializar a los «avatares» de los usuarios. Quienes desean tener a su otro yo hecho de polímeros y plásticos van a una sesión fotográfica en el estudio de Hal9k Andalso, el avatar de Buckbee. Varias tomas de diversos ángulos permiten que la imagen de pixeles se vaya materializando en un proceso de gestación aproximado de siete días. Tal parece, entonces, que la vida virtual que se puede llevar se está haciendo realidad. Pequeños «Frankensteins», que por el momento se mantienen tranquilos en su vitrina, hasta que un soplo divino los haga caminar y su alter ego los guíe por el mundo real –y fantasioso, como ya lo hacen. El costo: 100 dólares americanos. La falacia: jamás te verás así, pero podrás tener un busto de lo que quisieras ser y no serás. Qué bien, «más limón a la herida».
Con una aproximación psicológica, SL es un medio catártico y un foro de expresión. Es el espacio donde la mente puede «materializar» sus deseos; los límites de la imaginación son autoimpuestos y lo único a respetar son los derechos inalienables del hombre, en un mundo virtual, irónicamente. Pero esto sólo en lo superficial. Se corre el riesgo de enajenación por una especie de socio fobia, la interacción se hace necesariamente virtual y la realidad se confunde con lo que conocemos como verdad.
Al final, todo, literalmente todo, es posible en el mundo de Second Life, entonces, ¿qué más da en qué parte del mundo vivamos? La seguridad personal es el pan de cada día, no estar expuestos y sabernos vulnerables es algo que SL brinda a sus usuarios.
Está bien, se vale querer vivir en una burbuja, pero esa burbuja no será una cápsula que proteja de todo, el mal radica en el rompimiento de los lazos. En la mentira de «querer y saberse querido», en el hecho de que todo lo conocido no se conoce y que la realidad se limita a un disco duro conectado a un extenso universo. Es cuestión de equilibrar, abrir la puerta y decir «bienvenidos a mi mundo: este soy yo, tal cual soy».
Sin afán de ser extremista, estar frente a un monitor tiene sus ventajas, como mencioné, pero las desventajas no se anulan. La comunicación personal es todo menos comunicación a través de gigas y bytes, la gente chatea con todos su contactos pero no existe la transmisión directa de los estados anímicos. Sin embargo, en SL es posible hacer todo lo real en otra realidad artificial que avanza vertiginosamente ya no sólo dentro, sino también fuera de los monitores.
No es tan disparatado asegurar que pronto tendremos un chip integrado para conectarnos directamente con ese «otro lugar»: donde estemos «seguros» y podamos sentir en el cuerpo las sensaciones reales –virtuales– y sencillamente bajar un interruptor cuando el control de la vida se nos vaya de las manos. «Game over. Restart?… Y/N».
Recomiendo un filtro para la pantalla y un chequeo de la vista cada seis meses, únicamente como precaución contra las emisiones de luz de su computadora conectada con banda ancha a una segunda vida, a una «segunda realidad» diferente, distinta, y a la vez tan igual a la habitual.

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