El excavador de tumbas. Una conversación con Rafael Rojas, a propósito del exilio intelectual cubano

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El investigador del CIDE y aguerrido co-director de la revista Encuentro de la cultura cubana, alza nuevamente la voz en reclamo de la libertad y el ejercicio de la inteligencia civil.
En la introducción profetizas: «justo cuando la transición a la democracia se acerca más por las leyes de la biología que por la historia, la ciudad cubana parece desabastecida del mínimo civismo que solicita una reconstrucción nacional». ¿Es tan desolador el estado actual de las cosas en Cuba?
Creo que sí, aunque lo digo hipotéticamente, no afirmo de un modo contundente, uso el pretérito de podría, pudiera, parece, porque es difícil afirmar algo tan rotundo.
Sin embargo, no hay mucho interés de parte de las élites en conducir una transición a la democracia y en abrir el orden político o incluso abrir el campo de la cultura por medio de una flexibilización. Así que creo que sí, mi pesimismo está decidido de un modo por una observación sobre el presente político en Cuba.
No sólo las élites, sino el propio campo intelectual y la sociedad cubana se han construido y moldeado de acuerdo con un régimen y una idea de la cultura que es bastante ajena al civismo como lo entendemos en la tradición republicana: que haya ciudadanos conscientes de sus derechos y de que ejercerlos los hace mejores.

¿Te refieres a la acción de los ciudadanos?
Sí, a la acción espontánea, la idea de que los asuntos de una sociedad te importan y de que eres un ciudadano con una noción más o menos clara de lo que desea un país y estás dispuesto a luchar por eso.
¿A qué obedece esa ausencia de carácter ciudadano? ¿A la opresión, al tedio, al «me da igual»?
Es una mezcla de todo. Por un lado, el tipo de ciudadano que produce el socialismo no es igual al de una democracia y, sobre todo, es un ciudadano que con el tiempo, como se demostró en Cuba y la Unión Soviética, se aparta del ejercicio de derechos y deberes de la tradición republicana.
Al final de cuentas, se produce un tipo de sociedad en la que los resortes de acción del ciudadano son muy distintos y eso es lo que sucede en Cuba. Lo hemos confirmado en estos meses. En los actores gubernamentales y en los sectores sociales amplios no hay deseos de cambio o, más bien, hay deseos de cambio pero no la disposición. No hay incentivos, las élites sienten que no hay razones y son sólo unos pocos quienes están interesados en producir un cambio.
En mi libro no me refiero tanto a la situación política como a la relación cultural y, sobre todo, a la manera en cómo ese civismo o energía cívica –los ciudadanos involucrados en los asuntos públicos– se refleja en el campo intelectual.
¿La intelectualidad cubana está adormecida?
No me gusta esa palabra, pero algo así. Son muy pocos los que están dispuestos a hacer una crítica plena.
Un intelectual como tú, que habla desde el exilio, ¿es más fácil que encuentre el equilibrio entre responsabilidad y memoria, usando la expresión de Edward Said?
Sí, el exilio facilita las cosas, pero también las complica. En el exilio es muy fácil dejarse llevar por la nostalgia, por la idealización del pasado de un lugar de origen, también existe el riesgo de la incomunicación o de la distorsión del presente. La visión del presente del intelectual exiliado se distorsiona fácilmente y puede convertir el pasado en un idilio.
¿Cómo ha instrumentalizado el sistema actual el mito del pasado cubano?
Primero presentan ese pasado como si fuera una guerra a muerte, una guerra basada en la mutilación de unos por otros y al final la revolución es el triunfo. Los malos, finalmente, acaban expulsados del campo intelectual.
Antes de la revolución no era así. Los comunistas, por ejemplo, tenían una forma de comportarse respetuosa y de reconocer a intelectuales de otras doctrinas, crearon un campo intelectual sobre pluralismo y democracia.
Eso desapareció después del triunfo de la revolución. En la Cuba del último medio siglo es inconcebible un liberal, no existe; puede existir el católico siempre y cuando sea un opositor.

¿Cómo es el tránsito de Alejo Carpentier, en este vaivén del intelectual en una Cuba donde está iniciando la revolución y no acaba de asentarse?
Alejo Carpentier es el narrador cubano más importante del siglo XX y probablemente de toda la historia de la literatura cubana –aunque en el XIX hubo narradores importantes. A diferencia de otros comunistas, él vivió poco en Cuba y, además, fue un intelectual más ligado a la literatura y a la crítica de arte.
El caso de Carpentier es muy interesante porque regresó después del triunfo de la revolución y su visión como escritor moderno que ha vivido en París, ligado a las vanguardias europeas, es muy clara.
Es un comunista muy poco ortodoxo y por lo tanto se mantiene en su literatura aunque, desde enero del 59, ofrece sus servicios al gobierno revolucionario. Hay una discordancia entre la forma en que la revolución es representada en sus libros y en sus novelas y en su lealtad al gobierno revolucionario.
Citas El siglo de las luces para aludir la llegada de la guillotina a América, ¿cómo llegó la guillotina cultural a Cuba?
Muy buena pregunta. Lo que sucedió no llegó de golpe el 1º de enero de 1959. La revolución que triunfó fue nacionalista y republicana; de hecho, fue una revolución democrática. Fidel Castro derrocó una dictadura que se desentendió de la constitución y él quería restablecer. Reestablecer la libertad republicana y el orden democrático.
A lo largo del camino el régimen se radicalizó, la confrontación con Estados Unidos y la oposición contribuyeron a ello y la alianza con los soviéticos surgió como una opción, casi por selección natural.
La incorporación de los principios que regían la cultura en los países socialistas fue gradual. Durante los primeros ocho años la cultura y el campo intelectual cubanos sondearon la posibilidad de un socialismo alternativo, pero a finales de la década de los sesenta la alianza con los soviéticos se fortaleció y se incorporaron principios de la organización de la cultura de la URSS.
No es sino hasta 1968 o, incluso unos años después, que podemos hablar ya de la incorporación de una guillotina cultural, cuando empieza el realismo socialista y la cero tolerancia frente la disidencia, frente a los discursos críticos. En este punto, el arresto del poeta Heberto Padilla es emblemático y el proceso en su contra, significativo.
¿Qué hacer con la «herencia inasible» –la expresión es tuya– de Cabrera Infante, con el choteo como un modo de rebajar la realidad hasta poder mofarse de ella?
Es un caso muy curioso el de Cabrera Infante. Construye todas sus propuestas literarias a partir de una especie de culto al estilo y un alejamiento deliberado de los grandes relatos, de esos discursos de la nación que han sido tan predominantes en el resto de los intelectuales cubanos.
El propio Carpentier tenía un discurso de la historia cubana y latinoamericana muy fuerte en su obra, Lezama Lima, Nicolás Guillén… todos los clásicos cubanos habían llegado a la literatura después de construir una plataforma simbólica muy reverencial y mítica en torno a la historia de Cuba.
Cabrera Infante viene de otro lado, viene de la escritura y del estilo con una actitud desafiante frente a esa obra ceremoniosa; él sigue siendo un caso único, porque los escritores más jóvenes de las generaciones siguientes han vuelto a armar sus literaturas a partir de esos discursos mitológicos. No hay en ninguno un culto tan despiadado, tan desenfrenado en estilo como en el caso de Cabrera Infante, estoy pensando en Sarduy, Reinaldo Arenas…
Cabrera Infante es otra cosa, en él está el desencanto de la ficción, esa desconfianza de la ficción, incluso, como mecanismo creativo. Los escritores que podrían ser sus discípulos han terminado reconstruyendo poéticas más parecidas a las de Carpentier; entonces, él queda como un eslabón perdido de la tradición de la literatura cubana.
¿Cómo, inalcanzable?
Sí, porque está en el aire, no está conectado con esa tradición. Antes sí, porque él leyó a los escritores que lo precedieron. Pero después no deja una escuela; los escritores que lo siguen buscan reconciliarse con los maestros anteriores y él no. Cabrera Infante se acerca a la literatura para parodiar, no para ubicarse en una tradición o cuestionarla, sino con otra actitud.
¿De desprecio?
No, de distancia, es una colocación fuera de extrañamiento, podríamos decir, amplio. Él pensaba que los grandes temas de una tradición literaria están en la lengua y cómo esa lengua se escribe, para Cabrera Infante no era un problema pertenecer a una tradición porque su manera de hablar el castellano –la manera cubana de hablar en los 50– y, sobre todo, su manera de escribir ya eran una encarnación de esa tradición.
Cabrera Infante es el más plenamente exiliado de todos los escritores cubanos, porque logra una experiencia de distanciamiento mayor con la cultura cubana, y en el fondo la personifica. Eso también tiene que ver con su estrategia narrativa: considerarse un testigo y cronista de un momento de La Habana, de una Habana congelada en el tiempo, como una disposición de una patria simbólica que ya desapareció y ya nunca volverá y su relación, por tanto, es con una entidad que no existe.
¿Narrar sólo con forma, sin fondo?
Sí, es una gran estilización del exilio, porque no es el exilio común como el mío, que se relaciona con un país que está ahí y que de algún modo uno ha perdido y espera recuperar. En Cabrera Infante hay una relación con un país inexistente y por lo tanto irrecuperable.
¿En algún momento esta forma sin fondo criticó al régimen?
Sí, él tenía un activismo muy fuerte como intelectual público contra el gobierno de Fidel Castro, la mayoría de las veces de un modo bastante visceral. No creo que a Cabrera Infante le interesara mucho pensar políticamente el exilio, para él, el exilio era ya un gesto político y, si mantuvo un activismo permanente, yo creo que no fue del todo un activismo muy eficaz que digamos.
¿De qué sirven los movimientos para aclarar el pasado? Cuando muera Fidel, ¿servirá de algo hurgar en el tiempo?
Pienso que sí, al menos en Cuba. La reconstrucción del pasado y los dramas del mismo, sea por la vía de la justicia o la intelectual, ordena la historia. Los cubanos que viven en la isla están expuestos a una visión unilateral, teológica, de su pasado. Les han enseñado que la historia de Cuba tiene sentido sólo por la revolución. Eso parte de la noción de que la revolución es el presente eterno, infinito y eso, como sabemos, no es así.
Un orden social y político, el futuro de Cuba, deberá construirse con ciudadanos cuyas visiones del pasado sean distintas a la actual, ricas, diversas, plurales; en las que la memoria esté bien trazada, en las que la revolución no deje de ser un acontecimiento fundamental, no sólo de la historia de Cuba, sino de la historia Latinoamericana, pero en las que no se organice el tiempo antes y después de él.
Y, en el sentido de la justicia, también es importante revisar el pasado, porque ha sido una experiencia dramática y muy cercana a una guerra civil; ha habido muertos y crímenes de ambos lados. Está, sólo por poner un ejemplo, el caso de Luis Posadas Carriles, que contrató el gobierno cubano y es el responsable de la voladura de un avión de Cuba en 1976 donde murieron setenta y tantos civiles, un terrorista que está protegido por las leyes norteamericanas y el gobierno cubano exige justicia con mucha razón.
El reto de la justicia del pasado es que no se convierta en un pretexto para la venganza y el ajuste de cuentas. Lo que tendría que hacer un gobierno de transición es echar a andar una política de la memoria y esclarecer e incluso procesar los crímenes del pasado, pero que eso contribuya a la reconstrucción nacional, que no la entorpezca y la convierta en un elemento más de disputa y polarización, sino que ayude a establecer un clima de concordia para construir juntos un nuevo orden.
La metáfora del título del libro estremece. Tú no eres una tumba, pero, a leguas se ve que estás sin sosiego.
Sí, porque el de Cuba es un problema no resuelto, es realmente una situación a la que no se le ve salida fácil, sigue siendo un sistema político basado en un partido, en un líder, en una epopeya de la revolución con visiones muy violentas y muy unilaterales del pasado revolucionario, del presente revolucionario y por lo tanto una visión de clausura del futuro.
El tipo de crítica a un régimen como ese se vuelve una tarea angustiosa y sin sosiego; de algún modo, el debate por el legado de los muertos que yo retrato continuará como sucede en cualquier cultura, en una cultura democrática también hay una pelea por el legado. En México está el caso clarísimo de Juárez, Zapata, Villa? esa pugna y forcejeo son permanentes y son constitutivos de una democracia.
La diferencia con Cuba es la ausencia de una esfera pública donde existan esos discursos y constituyan su propia ciudadanía, eso agudiza la disputa por los muertos; en la Habana sólo hay un Martí.
¿Te duele Cuba?
Sí, aunque no lo traduzco ya como dolor, es una situación angustiosa y muy dramática, mi experiencia es la de un intelectual que se involucra en el debate sobre el presente y el futuro de un país desde el exilio. He aprendido a convivir y a vivir con la distancia y con esa experiencia tan desgarradora que es vivir muy lejos de tu país.
¿Qué extrañas?
Todo, lo que sucede es que me hago consciente de que lo que extraño no existe. Sé que cuando regrese voy a encontrar otro país, no el que dejé.

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