El secreto de La rosa blanca. Jóvenes por la libertad

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El 22 de febrero de 1943 fueron decapitados, en la prisión muniquesa de Stadelheim, Cristoph Probst y los hermanos Hans y Sophie Scholl, estudiantes universitarios. La sentencia los condenaba por incitar a la rebelión y desmoralizar a las tropas alemanas que se batían en el frente.
El régimen nazi, como ocurre normalmente en los gobiernos tiránicos cuando pierden popularidad, estaba apretando las tuercas: la reciente derrota de Stalingrado (enero de 1943) manchaba el impecable currículum de la Wehrmacht: en pocas semanas, los incendiarios discursos del Führer tronaban a favor de la guerra total, pidiendo al pueblo alemán el sometimiento para afrontarlo decididamente, y los mecanismos policiales alzaban sus antenas para acentuar las medidas ante posibles movimientos disidentes.
El grupo capitaneado por Hans Scholl y sus amigos Alexander Schmorell y Willi Graf -su hermana Sophie no había sido incluida, pero cuando descubrió las actividades del grupo insistió en participar- se dedicaba desde meses antes (junio de 1942) a producir y distribuir hojas sueltas (volantes y pasquines) en los que se denunciaban los abusos del régimen y, sobre todo, se argumentaba contra la continuación de una guerra sangrienta e inútil que socavaba los fundamentos morales y materiales de toda Europa. La persecución contra el grupo de La rosa blanca, como la habían llamado ellos mismos por el título de un poema de Clemens Brentano, tuvo un saldo de siete condenas a muerte y una docena de penas «menores». Entre los ajusticiados se encontraba Kurt Huber, profesor de filosofía de la Universidad de Munich.

¿A QUIÉN SE LE OCURRE?

Hans Scholl había encontrado en el buzón de su casa, en el invierno de 1941-42, una copia de las homilías en las que el obispo Graf von Galen, «el león de Münster» denunciaba las atrocidades del régimen nazi en materia de eutanasia y de ataques a las instituciones religiosas: por fin alguien se atrevía a hablar claro, ¡habría que difundir esos materiales!
Poco tiempo después, una serena discusión con el Profesor Huber inspiró la idea de producir material original y pasar a la acción, distribuyéndolo anónimamente.
La familia Scholl, en Ulm, había desarrollado anticuerpos contra el régimen como reacción natural. La censura de las obras de algunos de sus autores favoritos, como Stefan Zweig, había suscitado un rechazo decidido; en familia y con amigos organizaban encuentros literarios para repasar las obras condenadas y discutir sus contenidos.
Ya antes de la guerra, varios de los hermanos Scholl -tres de los cinco, incluido el menor, Werner- habían conocido los interrogatorios y las prisiones del sistema por añadir a sus actividades subversivas la publicación de un folletín cultural con veladas críticas al gobierno.
Tocó la misma suerte a Otto Aicher, amigo de la familia que hizo incluir en los menús literarios a Platón, Aristóteles, San Agustín… Los contertulios establecieron, sin planes precisos, un férreo núcleo de resistencia intelectual contra la presión externa. No los animaba el gusto por lo prohibido, sino la necesidad de respirar en medio de ese ambiente enrarecido.

MENTORES INTELECTUALES

Aicher provenía de una familia católica, a diferencia de los Scholl, que eran protestantes. Su párroco en Söflingen, en las cercanías de Ulm, le había hecho descubrir las obras de Jacques Maritain y la renovación del mensaje cristiano que se llevaba a cabo en Francia: parecía que en Europa el cristianismo estaba en retirada desde hacía décadas, y en concreto en Alemania la Kulturkampf había sido una campaña programática para evitar su difusión.
En esa línea destaca la participación de dos intelectuales de la época, Theodor Haecker y Carl Muth, que compartían la inquietud por la reactivación de los valores cristianos en la sociedad alemana.
Muth conoció a los jóvenes de La rosa blanca en 1941 y los apoyó moralmente, aconsejándolos sobre cómo cultivarse intelectual y humanamente. Son tan interesantes como conmovedoras las cartas en las que los Scholl y Aicher intercambian sus experiencias sobre cómo llevar a la práctica los consejos de Muth, o el esfuerzo por asimilar los textos de San Agustín en los poco serenos dormitorios de una fábrica de material bélico.
Probst provenía de una familia de ideas liberales, que en los años 30 se había acercado al catolicismo. Su participación en las actividades del grupo lo llevaron a asimilar las verdades del cristianismo, y fue bautizado en el brevísimo tiempo que pasó -unas cuantas horas- desde la condena a muerte hasta la ejecución. Su tercer hijo había nacido pocas semanas antes.

ATERRIZAR IDEAS CON UN SESGO OPERATIVO

Las proclamas teóricas de los primeros panfletos, escritos al principio por Hans y Alexander, se enriquecieron con informaciones de primera mano en el frente: los estudiantes de medicina fueron enrolados en unidades de sanidad militar y de julio a octubre de 1942 vieron directamente los estragos realizados por sus ejércitos en las zonas ocupadas de Polonia.
Por otra parte, las informaciones que mandaba desde Cracovia Manfred Eickemeyer, propietario del taller de Munich donde se imprimían los folletos, abrían los ojos sobre la transformación de los campos de concentración en campos de exterminio (la «solución definitiva», es decir, el exterminio de los judíos, se había acelerado desde el invierno de 1942, tras la conferencia de Wannsee).
Willi Graf había arriesgado mucho en el establecimiento de contactos con otros focos de resistencia. Su labor fue menor desde el punto de vista redaccional, pero su iniciativa y sus contactos supusieron un notable aumento en la difusión del material que producía el grupo. Fue detenido el mismo día que Sophie, Hans y Probst, y ejecutado meses más tarde.
En el intercambio con otros jóvenes que organizaban grupos de resistencia, Scholl y Schmorell entendieron que la presentación de los ideales que propugnaban debía tener un carácter menos teórico, y trataron de darle un sesgo más «operativo».
En este último periodo participaron en la redacción de los folletos Huber, el profesor de filosofía, y Probst, que fue incriminado por el borrador de su puño y letra de un volantín que tenía Hans en su poder cuando lo arrestaron.

LA CAMPAÑA FINAL

De los pocos centenares de copias de los panfletos que se distribuían antes del verano de 1942 -es decir, de los tres primeros volantes-, se pasó a unos cinco mil, entre enero y febrero de 1943.
Los estudiantes, además de ampliar sus contactos y radio de acción, empezaron a ilustrar los muros de Munich con sus ideas, proclamando la caída de Hitler y tachando cruces gamadas.
Los adolescentes que discutían de literatura antes de la guerra sin suscitar problemas, empezaban a dar en qué pensar a las autoridades. De hecho, Munich, cuna del nazismo, asistió con estupor a la pequeña revuelta estudiantil durante el discurso del gobernador de Baviera, el Gauleiter Paul Giesler, el 13 de enero. Su entusiasmo por el Führer no era compartido por el público, y la situación se tornó crítica cuando propuso a las chicas que dejaran de perder el tiempo en la universidad y que se dedicasen a procrear guerreros para defender a la patria. Este hecho, ocurrido pocos días después del anuncio de la derrota en el frente oriental, fue interpretado como la punta del iceberg de un malestar que ya no podía ser ignorado.

¿QUÉ FUE LO QUE FALLÓ?

Los hermanos Scholl fueron aprehendidos justo después de haber distribuido un buen número de remanentes de la última hoja en la Universidad. La distribución se había hecho hasta entonces por correo, usando listas de teléfonos para obtener direcciones, y aunque otras veces habían distribuido personalmente algunos sobres, nunca habían salido «a campo abierto» a repartirlas. Además, en esa última ocasión lo hicieron con el edificio central de la Universidad lleno, a sabiendas de que la vigilancia era cada vez más estrecha. Aprovecharon los últimos minutos antes de un descanso para dejar copias fuera de los distintos salones, y al final lanzaron desde el piso superior las últimas copias. Un conserje los vio y consiguió detenerlos cuando intentaban escapar confundiéndose entre los demás estudiantes.
Los historiadores no encuentran una explicación a esta nueva y arriesgada «táctica», y en la película Sophie Scholl. Die letzten Tage (Sophie Scholl: los últimos días) se plantea como el último recurso para acabar de distribuir el resto de las hojas del último panfleto.
La persecución que se desencadenó en esos días erradicó la resistencia. No hay continuidad con la operación Walkiria, con la que los altos oficiales del ejército intentaron matar a Hitler en 1944. El mensaje de La rosa blanca, sin embargo, tiene acentos perennes.

¿POR QUÉ EMPEÑARSE?

Vale la pena, como contrapunto, detenerse a evaluar un comentario de Hannah Arendt en Eichmann en Jerusalén.1 El libro es una brillante narración de la historia y del proceso de condena a muerte de Adolf Eichmann, funcionario del régimen nazi de quien dependieron actividades importantes en la deportación y eliminación de los judíos en toda Europa.
El relato está hilvanado con profundas reflexiones sobre las deformaciones de la tiranía nazi en la psicología individual, sobre todo en la de un funcionario medio que lo único que buscaba era mantener el puesto, como lo habría hecho en cualquier dependencia en tiempos de paz.
El criminal de guerra, en cuyas carnes se juzgaba al entero sistema de terror, además de ser un burócrata bastante normal, presentaba una notable incapacidad de pensar, no conseguía ponerse en el lugar de los otros, y durante buena parte de los interrogatorios se dedicaba a repetir frases hechas de la propaganda nazi: su mente vivía de eslóganes y clichés tras los cuales se escondía una adquirida incapacidad de razonar autónomamente.
Nuestro «problema» es que no estamos insertados en un sistema tiránico global, o en un despotismo «a la antigüita». La historia de los estudiantes muniqueses y la de Eichmann pueden engrosar los anaqueles de nuestra memoria sin hacernos la más mínima mella.
Cuando uno «se acomoda» cae, como preveía De Tocqueville, en el papel de custodio de sus vulgares placeres burgueses, y es capaz de renunciar al ejercicio de sus libertades con tal de que no toquen su esfera de molicie.
En puntos importantes, el funcionario del totalitarismo y el defensor de los propios placercillos, se parecen. La sistemática renuncia a emprender incide sobre las posibilidades de pensar, y viceversa. No se trata de convertirse en idiotas del todo, pero sí de la pérdida del «tono muscular» de la vida afectiva y cognoscitiva, cuya interacción es tantas veces ignorada.
En el lado opuesto tenemos una observación de Romano Guardini: los integrantes de La rosa blanca eran personas normales, que amaban la vida, y que podían oponerse continuamente a un clima adverso y confuso porque para ellos «el discernimiento de las cosas esenciales era un propósito importante. Estaban comprometidos en la superación de una infinita confusión de conceptos, la terrible tergiversación y ofuscamiento de los valores espirituales».
En esa comunidad de experiencias y valores se entrenaban para una empresa más grande que ellos, sin pensar que fuera algo «exagerado» o heroico. Sin embargo, estaban convencidos, como vuelve a enfatizar Guardini, de que «ninguna acción grande, ninguna obra auténtica, ninguna relación humana sincera es posible sin que el hombre arriesgue en ella su propio ser».
Para el pusilánime y el cínico -y todos lo somos un poco-, ¡qué difícil es entender «-la vida de un investigador, que ignora los placeres y la salud por encontrar una verdad desconocida! ¡Qué insensato es el sufrimiento de un artista que se consume por su obra! ¡Cómo resulta incomprensible la actitud de quien, llamado en una hora de la historia, hace lo que ésta le reclama, aunque por eso haya de sucumbir! ¡Y qué absurdo es para un observador indiferente el comportamiento de quien ama, cuando otra persona le ha confiado su vida, o cuando se siente obligado por la necesidad de quien está abandonado! Aquí también hay un orden, más potente que el de las cosas materiales, más rico en frutos si se realiza; un orden que es inmediatamente transparente sólo a quien ya vive dentro de él».
Hay historias dignas de ser conocidas y contempladas. Un buen ejemplo nos explica más que un discurso articulado. Reflexionar sobre hechos y personalidades notables no significa desmenuzarlos analíticamente, entre otras cosas porque nos topamos con la verdad recitada por los filósofos: la persona siempre tiene algo de indefinible, de misterioso. A veces resulta mejor contemplar y dejarse permear por las personas, que acudir a una lógica estricta. Si con esto consigo que alguien se acerque a la historia de los estudiantes de Munich, me doy por bien servido.

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