Hospitalidad en lata

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Ciudad de México. Un jueves cualquiera, noche de ópera. Asistimos a una función de La valquiria, segunda parte de la legendaria tetralogía de Richard Wagner El anillo de los nibelungos. Mientras los músicos de la orquesta tañen sus instrumentos y se escuchan las primeras notas de la obra, nos acomodamos buscando el mejor ángulo para la función.
Inicia el primer acto. Un hombre, Siegmund, irrumpe en escena. Jadeante y asustado entra a una casa ajena y desconocida en busca de cobijo. La propietaria lo descubre tirado en el suelo, exhausto; asustado, huye de un grupo de hombres enfurecidos que lo han perseguido a través del bosque. Ella, Sieglinde, se compadece del fugitivo y lo acoge como huésped. Le brinda al desgraciado esos pequeños servicios que todos agradeceríamos en tales circunstancias: comida, el calor del fuego, la seguridad de un techo, y la afabilidad que tanto necesita quien sufre.
Al cabo de un rato aparece Hunding, el esposo. Él también viene cansado del bosque. La visita le sorprende. ¿De quién se trata? El joven declara su nombre y refiere su pasado. Ambos caen en la cuenta: Hunding pertenecía a la expedición persecutoria que Siegmund evadió. Fijamos la mirada. Esperamos lo peor. Inesperadamente, el involuntario anfitrión invoca las normas de hospitalidad y exime a Siegmund del duelo que creímos inminente. Habrán de esperar al amanecer para enfrentarse. Por ahora el fugitivo es huésped.
El público, incrédulo, califica la salida como un ardid teatral para acrecentar la tensión dramática. Nos parece inverosímil, un recurso fácil, casi ridículo. Cualquiera de nosotros hubiese aprovechado la ocasión para aprehenderlo. Sin embargo, esa situación no resultaba del todo extraña a quienes asistieron al estreno de la obra en 1870.
Al fin y al cabo, ese público estaba familiarizado con las tradiciones judeocristiana y grecorromana, cuya literatura se desborda en episodios relacionados con la virtud de la hospitalidad. Seguramente ellos la habían practicado, pues en el siglo XIX, dada la excepcionalidad de los viajes y la solidez de los vínculos de parentesco, pobres y ricos ofrecían y recibían los dones de la hospitalidad, que no es sino extender el techo del hogar a un tercero.

LA HOSPITALIDAD SE APRENDE EN CASA

En nuestro siglo la hospitalidad ha sido desplazada por la hostelería; cuando encontramos la palabra en letra impresa o la escuchamos en boca de alguien, aparece siempre en el contexto de la oferta mercantil: ya sea el paquete vacacional, el servicio hotelero o el trato que nos dispensa la azafata. La hospitalidad se ha vuelto una mercancía, de lujo por cierto, un servicio que se provee cuando se paga al contado o, mejor aún, cuando se garantiza con el voucher firmado de una linajuda tarjeta de crédito. En este mundo del intercambio económico quedamos desprotegidos si carecemos del escudo de American Express, MasterCard o Visa.
Hace algún tiempo, un apagón eléctrico dejó varados en Roma a miles de turistas. Al principio, el contratiempo parecía un inmejorable pretexto para alargar las vacaciones por unas horas, pero pronto se convirtió en tragedia. Sin energía eléctrica, las tarjetas de los turistas carecían de poder; de privilegiados pasaron a la categoría de parias; nadie les daba un mendrugo si no había dinero de por medio. Las prácticas hospitalarias de la antigüedad, al contrario, brindaban protección y lo hacían sin exigir nada como compensación. Se sostenían en la donación y la entrega.
La hospitalidad es una virtud intrínsecamente vinculada al hogar. El huésped participa de algún modo de la vida doméstica, a pesar de ser un extraño, se le acoge como a un íntimo y se le trata como tal. Por eso entre los antiguos, la traición al huésped clama a los dioses. Dante no se tienta el corazón y coloca, en su famoso esquema del infierno, a quienes traicionaron a sus huéspedes muy cerca de lugar donde el mismísimo Satán atormenta a Judas y a Bruto, los traidores por excelencia. Quien falta a los deberes de la hospitalidad está muy cerca de faltar a los deberes familiares y merece un castigo proporcionado.
En un mundo plagado de piratas y asaltantes, se explica que la hospitalidad fungiera como un valor casi familiar. A la fecha, sentirse integrado y emparentado depende de un depósito bancario.
Pero la modernidad no deja de mostrarnos de continuo su peor rostro. La solidaridad, la compasión, la simpatía parecen desplazadas por la competencia, la eficacia y el individualismo. Las relaciones humanas, incluso las más elementales, se convierten en artículos intercambiables, en pactos comerciales que pueden romperse siempre y cuando se indemnice a la parte afectada.
Horkheimer no andaba muy errado cuando vaticinó que las sociedades burguesa e industrial terminarían por trivializar el matrimonio hasta el punto de asimilarlo a un contrato puramente comercial. Pero los habitantes de este mundo seco, agresivo, violento echan de menos la calidez del hogar y ni tarda ni perezosa, la burguesía, siempre atenta a las oportunidades de negocios, ha lanzado un nuevo producto: «la hospitalidad en lata», «franquicias de calor de hogar», que se compra (sic) con los números mágicos de una tarjeta de crédito. Un nuevo fenómeno emerge. Ahora sólo los ricos pueden acceder a una hostelería hospitalaria.

NOSTALGIA DEL HOGAR PERDIDO

Las ansias de hospitalidad son la nostalgia del hogar perdido. Los ámbitos hegemónicos de la vida profesional -universidad, empresa, Estado- han devenido desiertos inhóspitos, «junglas de asfalto», «guerras de negocios», donde la crueldad cínica y la prepotencia se tienen por virtud. Es muy lógico que se añoren las cualidades del hogar para hacer más llevaderos los sinsabores de la vida profesional. Todos somos extranjeros en el mundo del capitalismo.
La pregunta crucial es si en verdad se puede institucionalizar, si no se trata de un contrasentido, si podemos extrapolar las virtudes del hogar más allá del ámbito de la domus. Cualquier cultura de la hospitalidad debe plantearse, antes que nada, si puede existir al margen del hogar como núcleo duro y paradigma. En otras palabras, los profesionales de esta virtud deberían indagar si tiene sentido hablar de «huésped» al margen de la familia. El empobrecimiento de la noción de este término, hasta el punto de equipararlo con el de cliente de hotel indica lo que sucede cuando se prescinde de la raíz de la hospitalidad. Esta, por lo visto, tiene un límite -de crédito- y sin él las sonrisas desaparecen.
La hospitalidad se ha reducido a una colección de accesorios y servicios que o bien imitan externamente las costumbres de una casa (comida sana, decoración no estandarizada), o caen dentro de la gama de lo francamente suntuario. Partiendo del supuesto tayloriano -Taylor, el padre de la ingeniería- de que cualquier actividad puede imitarse si se analiza en sus pasos y movimientos, la hostelería ha disecado y reproducido esta virtud olvidando lo esencial, a saber, que se trata de una virtud y no de un procedimiento.
Se trata de una excelencia (arete) del carácter, para decirlo al modo de Aristóteles. En otras palabras, la hospitalidad supone ante todo la disposición de las personas a tratar al extraño como un íntimo, lo cual exige algo más que un voucher planchado, exige principalmente la generosidad de quien presta el servicio. ¿Y dónde se aprende a servir a los demás sino en el hogar? La cacareada cultura del servicio se ha convertido en una demagogia porque cuando las relaciones profesionales no se impregnan de valores como la solidaridad y la compasión, quedan reducidas a un pacto en el que ambas partes intentan maximizar el beneficio con el mínimo de inversión. Estos vínculos serán, por definición, hostiles: el otro es visto como una esponja a la que hay que exprimir, un cliente al que hay que extraerle todo el valor posible. Se trata de relaciones vampirizadas: al otro hay que sacarle toda la sangre y conservarlo en una relación de dependencia eterna. Nada más lejano, pues, de la verdadera hospitalidad.
Cada época carga con sus propias angustias, sus propias heridas. Nuestro siglo lleva una bien marcada: la fragilidad de los vínculos humanos, que inspira temor. Los individuos viven desesperados, pues se saben prescindibles. Anhelan con avidez la seguridad de la unión, del abrazo protector y la mano que los resguarde de las caídas, pero desconfían de las relaciones a largo plazo. Temen que coarten su «libertad». Vivimos la dialéctica del deseo que pretende estrechar «lazos» lo suficientemente flojos para poder desanudarlos con prontitud llegada la hora de la huída. Estas son las características de lo que se ha dado en llamar «sociedad líquida».
El reto de los profesionales de la hospitalidad consiste en demostrar que sí es posible establecer relaciones comerciales en un marco de solidaridad y compasión y esto es algo de lo que, sin duda, el mundo anda muy necesitado. Se trata de recuperar la hospitalidad en una sociedad temerosa del compromiso. No sabemos cómo llevar a cabo este ambicioso proyecto, pero estoy seguro de que fracasaría si se olvida que el hogar es la primera escuela de hospitalidad.

* Extracto de Sobre la hospitalidad, de Héctor Zagal Arreguín y Julián Etienne, Cuadernos de Persona y sociedad n. 15, Facultad de Filosofía, Universidad Panamericana, México, 2006.

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