Los sabores de Cuba en la novela Paradiso

0
1663

En 2006 el azar juntó el trigésimo aniversario de la muerte de José Lezama Lima y el cuarenta de la publicación de Paradiso. Hoy, más que nunca, la obra de Lezama aboga por la re-fundación de los mitos cubanos, su permanencia bajo otros cielos y el rescate de la cultura nacional en cualquier latitud. La lectura de sus textos es una invitación a la búsqueda del ser cubano y sus raíces.
En 1937 aparece su primera publicación, el poema «Muerte de Narciso». Aunque sólo contaba con 27 años, a partir de ese momento la obra lezamiana –tanto poesía como prosa– estará signada por la concepción de su sistema poético y la presencia de una cubanidad latente en cada uno de sus textos.
Entre 1936 y 1976, Lezama publicó cinco libros de ensayos: Analecta del reloj (1953), La expresión americana (1957), Tratados en La Habana (1958), La cantidad hechizada (1970) e Introducción a los vasos órficos (1971;cuatro de poesía: Enemigo rumor (1941), Aventuras sigilosas (1945), La fijeza (1949), Dador (1960) y, de manera póstuma, Fragmentos a su imán (1977).
Sólo dos novelas escribiría Lezama: Paradiso, publicada en 1966 y Oppiano Licario, en 1977. Como promotor cultural, su labor incluyó las revistas Verbum (1937), Espuela de plata (1939), Nadie parecía (1942) y Orígenes (1944). En cada publicación Lezama presentó, a través de su escritura, elementos de la cubanidad que lo colocarían como uno de los escritores del siglo XX cubano interesados en la re-formulación y rescate de la cultura nacional.
Paradiso es la obra más conocida de Lezama. Ensalzada por muchos, vilipendiada por otros, la novela transcurre en La Habana de los años treinta del siglo XX, donde un niño inicia su aprendizaje por el mundo de la poesía, de las leyendas habaneras y de la historia de su familia que será, también, la de Cuba.
La cubanidad latente en el texto se vislumbra en numerosos elementos, donde las mezclas culturales –y no meramente raciales– entre españoles, negros, chinos y mulatos propician un acercamiento al complejo mundo del ser cubano.
La nacionalidad cubana es fruto de la influencia y conjunción de intermigraciones étnicas y del cruzamiento de múltiples discursos culturales, que llevan implícitos una heterogeneidad manifiesta. No se puede abordar como un asunto sencillamente racial, porque es un proceso mucho más complicado. Cuba llegó mezclado desde afuera y la propia geografía insular –a veces casi mística en la concepción europea de búsqueda de nuevas tierras para enriquecerse– favoreció la continuidad de las múltiples mezclas.

MESTIZAJE: RAZA Y CULTURA

El surgimiento del criollo, que ya no era español, ni indio, ni negro, ni chino, es también el nacimiento de lo cubano y el resultado de un proceso de «acriollamiento». La unión de las diversas culturas y la transculturación,1 como camino hacia la conformación del cubano, posibilitaron que los criollos confrontaran la cultura legada por sus padres, al nacer y educarse en un contexto cultural diferente al de ellos.
De esta forma, se evidencia que el origen de la nueva nación no es étnico sino cultural, e implica un cambio en todos los aspectos de la vida humana. A este pueblo nuevo lo define su carácter multicolor, multicultural y multiétnico que genera una cultura y un modo de pensar diferente: cubano.
La labor de estudiosos del tema de lo cubano –como Argeliers León, Jesús Guanche o Fernando Ortiz, entre otros– permitió establecer las bases conceptuales de la cubanidad. De las múltiples definiciones que el siglo XX aporta, la de Ortiz es la más completa en su lucidez conceptual y metafórica, capaz de conjugar lo etnológico con la propia tradición de los escritores.
«Se ha dicho repetidamente que Cuba es un crisol de elementos humanos. Tal comprensión se aplica a nuestra patria como a las demás naciones de América. Pero acaso pueda presentarse otra metáfora más precisa, más comprensiva y más apropiada (…). Hagamos mejor un símil cubano, un cubanismo metafórico, y nos entenderemos mejor, más pronto y con más detalle: Cuba es un ajiaco.
¿Qué es un ajiaco? Es el guiso más típico y más complejo, hecho de varias especies de legumbres, que aquí decimos “viandas”, y de trozos de carnes diversas; todo lo cual se cocina con agua en hervor hasta producirse un caldo muy grueso y suculento y se sazona con el cubanísimo ají que le da el nombre.
»Lo característico de Cuba es que, siendo ajiaco, su pueblo no es un guiso hecho, sino una constante cocedura. Desde que amanece su historia, hasta las horas que van corriendo, siempre en la olla de Cuba es un renovado entrar de raíces, frutos y carnes exógenas, un incesante borbotear de heterogéneas sustancias. De ahí que su composición cambie y la cubanidad tenga sabor y consistencia distintos según sea catado en lo profundo, en la panza de la olla, o en su boca, donde las viandas aún están crudas y burbujea el caldo claro».
Ajena a un discurso meramente racial, esta definición permite acercarse a un proceso complejo a través del discurso culinario y la metáfora precisa. Y es precisamente la culinaria y los aspectos sinestésicos vinculados a ella, lo que mejor definen la cubanidad en Paradiso.

CUBA DESDE LA COCINA

Las recetas del mulato Izquierdo, el cocinero de la casa del Coronel, que estudió con un chino, el altivo Luis Leng, son muy diferentes a las que le quieren imponer. La escuela del chino, que había cocinado en París y en Carolina del Norte, sirven al mulato para afirmar: «a esa tradición añado yo? la arrogancia de la cocina española y la voluptuosidad y las sorpresas de la cubana, que parece española pero que se rebela en 1868». A partir de la comidas, Lezama va estableciendo un camino en la novela para clasificar la cubanidad y las diferencias entre los platos españoles y los cubanos. Constituye ya un pasaje antológico y referencia obligada, si de culinaria y relaciones sinestesicas en la novela se trata, el fragmento de la elaboración de la natilla, donde la tradición española marca la pauta.
«José Cemí recordaba como días aladinescos cuando al levantarse la abuela decía: –Hoy tengo ganas de hacer una natilla, no como las que se comen hoy, que parecen de fonda, sino como las que tienen algo de flan, algo de pudín (…)–. Preguntaba qué barco había traído la canela, la suspendía largo tiempo delante de su nariz, recorría con la yema de los dedos su superficie, como quien comprueba la antigüedad de un pergamino (…). Con la vainilla se demoraba aún más, no la abría directamente en el frasco, sino la dejaba gotear en su pañuelo, y después de ciclos irreversibles de tiempo que ella medía, iba oliendo de nuevo, hasta que los envíos de aquella esencia mareante se fueran extinguiendo, y era entonces cuando dictaminaba sobre si era una esencia sabia, que podía participar en la mezcla de un dulce de su elaboración o tiraba el frasquito abierto entre la yerba del jardín (…). –No vayan a batir los huevos mezclados con la leche, sino aparte, hay que unirlos a los dos batidos por separado para que crezca
n cada uno por su parte, y después unir eso que de los dos ha crecido–. Después sometía la suma de tantas delicias al fuego, viendo la Señora Augusta cómo comenzaba a hervir, cómo se iba empastando hasta formar las piezas amarillas de cerámica que se servían en un plato de fondo rojo».
Los ingredientes pasan bajo la mirada escrutadora de Augusta, quien intenta mantener la tradición y los rechaza si no se parecen a sus homólogos españoles, aquéllos que durante años y años de elaboración, perviven en la memoria de la familia porque para poder sostener el pasado es necesaria la persistencia de ciertos ritos. El contexto culinario no es –y Lezama se encargará de demostrarlo a lo largo de la novela– un mero complemento del cosmos cubano, sino mucho más, acciones que definen la vida de toda una familia, testimonio del acervo cultural español que persiste.
Por lo tanto, en un mismo capítulo se deja sentada la presencia cubana en el quimbombó de Izquierdo y la presencia española, que no significa una imposición de tradiciones, sino un pasado legado que José Cemí recuerda como «días aladinescos». El mulato Izquierdo, cubano legítimo por sangre y por saber mezclar las tradiciones, es el único capaz de lograr que la casa se desazone sin su presencia.
La cena pantagruélica del capítulo VII, recreada como «almuerzo lezamiano» en el cuento de Senel Paz (1950) «El lobo, el bosque y el hombre nuevo» –que sirvió como guión de la película Fresa y chocolate–, es la cúspide de la presencia culinaria en la novela. La sopa de plátanos con rositas –palomitas– de maíz, el soufflé de mariscos con «el pescado que llaman emperador», la ensalada de remolacha con mayonesa, el pavón sobredorado y, por último, el increíble postre de coco rallado, piña, leche condensada y anisete –con receta incluida–, recrean una sabiduría gastronómica donde el cosmopolitismo se funde con las frutas cubanas, en una secuencia colorida y saborizada. Para defender la «cubanía», Lezama apela a la comida, entre otros muchos aspectos, convencido que la tradición de los pueblos descansa también en los placeres de la mesa. Un viaje por Paradiso es siempre eso: acercarse al mundo de lo cubano, de los ancestros e historia, introducirse en un universo en el que mito, tradición, poesía y realidad van de la mano.

1 El término transculturación fue acuñado por Fernando Ortiz en su libro Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar, publicado por primera vez en 1940.

2 ORTIZ, FERNANDO Estudios Etnosociológicos. Editorial Ciencias Sociales. La Habana, 1991. p. 15.

3 LEZAMA LIMA, JOSÉ. Paradiso. Editorial Letras Cubanas. La Habana, 1991. p. 14.

4 Idem, p. 18-19.

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí