Heinrich Schliemann: el hombre que descubrió Troya

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«En más de una ocasión, la lectura de un libro ha hecho la fortuna de un hombre y decidido el curso de su vida».

Ralph W. Emerson


La mayoría de los lectores empedernidos tiene tres, cuatro o hasta cinco libros de cabecera. Pero, contrario a lo que mucha gente piensa, tales libros no son los que se guardan junto a la cama, sino los que se instalan en la cabeza del lector y definen, en buena medida, sus opiniones, anhelos, concepción estética del mundo y, quizá, su destino.

Los libros de cabecera pueden estar revueltos entre sí o acomodados jerárquicamente; en ocasiones metidos a empellones o recortados e incomprendidos, también invisibles pero presentes; algunos mantienen su lugar de por vida y otros son reemplazados u olvidados. En cualquier caso, sean cuales fueren estos libros, optimistas o pesimistas, morales o inmorales, buenos o malos, siempre habrá esperanza para la cabeza que no cierra definitivamente su estantería y, sobre todo, para la que no alberga un solo libro.

El peligro que un libro de cabecera trae consigo es que un buen día termine por reemplazar a la cabeza. «Timeo hominem unius libri» frase medieval que nos previene contra aquél sobre cuyos hombros no hay ya boca, nariz, ojos y encéfalo, sino un «conjunto de muchas hojas de papel u otro material semejante que, encuadernadas, forman un volumen» .

Y SE PROPUSO ENCONTRAR TROYA

Tengo noticia de dos personajes que desobedecieron esta sabia recomendación e involucionaron hasta el biblocefalismo. El uno, cuando «frisaba con los cincuenta años», cambió su cabeza por un lote de libros de caballería y descubrió la relatividad del tiempo en la cueva de Montesinos; el otro, trocó a los ocho años su privilegiada mollera por La Ilíada y, medio siglo después, tras una vida absolutamente homérica, descubrió Troya. Este hombre fue Heinrich Schliemann, hombre de un solo libro.

Cuando el pequeño Henry tenía ocho años, su padre le regaló un libro ilustrado de Historia Universal. Al hojearlo, el niño encontró una imagen en la que se veía a Eneas huir con su padre e hijo entre las llamas que abrasaban Troya. Esta imagen lo cautivó poderosamente. Consiguió una edición alemana de La Ilíada y la devoró de principio a fin. Desde entonces consideró cualquier otro libro una nota al pie de página de La Ilíada (incluida La Odisea). Y cuando más tarde le dijeron que Troya era un lugar fantástico, creado en la imaginación de un heleno ciego y chocho, se rehusó a creerlo, se planteó persuadir al mundo de que Homero había sido, además de un excelente poeta, un soberbio historiador. Se propuso encontrar Troya.

Su empresa se antojaba épica, porque él no era más que el pobre hijo de un pastor heterodoxo a quien sus vicios, deudas e irresponsabilidades habían conducido a la más ignominiosa desgracia. El señor Schliemann, en efecto, tuvo que abandonar su ministerio tras una serie de escándalos que involucraron a la criada y a ciertos dineros escurridizos. Fue así que el desdichado niño, luego de haberse mostrado como un estudiante excepcional (escribió a los 11 años un ensayo en latín sobre la guerra de Troya), se vio privado de toda instrucción y obligado  a trabajar día y noche como tendero, sin el menor respiro para hojear su Ilíada.

Añádase a eso la siguiente desgracia: a los nueve años se había enamorado perdidamente de una tal Minna, a quien conociera en la clase de baile. Naturalmente, fue correspondido. Pero la familia de Minna se opuso a la relación por razones evidentes, y tras la dolorosa separación, al pobre de Henry le invadió una cólera semejante a la de Aquiles, tal que no habría cambiado a su novia ni por todos los ofrecimientos de Agamenón. Quedó desconsolado e «indignado en el alma por la mujer bien ceñida que a fuerza, oponiéndose él, le quitaron» . Se dio cuenta de lo que significaba ser un pobre diablo para la sociedad de su tiempo, y se convenció de que para llevar a cabo la empresa que se había propuesto, era menester hacer fortuna.

Transcurrieron varios años, que él vivió entre cargas de trigo, azúcar y café; quizá habría recuperado la cabeza y olvidado su Ilíada de no ser por un suceso que reavivó en su espíritu el fuego troyano encendido en la infancia. «Nunca, mientras viva, podré olvidar la noche en la que un molinero borracho(…) vino a nuestra tienda», escribió. Aquella noche, un tipo recién expulsado del Gymnasium, que sin duda había aprovechado sus lecciones de griego, franqueó la puerta de la tienda en estado «dionisiaco». Y, ante la mirada y los oídos atónitos de Heinrich, comenzó a recitar de memoria unas líneas de la Ilíada… en griego.

VOLVIÓ LA VISTA A TROYA

Consciente de que la conquista de Troya era imposible para un hombre en sus circunstancias, se embarcó hacia América en busca de fortuna, pero Poseidón lo hizo naufragar en las costas de Holanda. No por ello desanimado, consiguió empleo en una importante firma holandesa y en cuestión de dos años se volvió un destacado agente. Invertía la mitad de su sueldo en su educación; estudió primero su propia lengua, el alemán, para hablarla y escribirla con toda corrección. Luego dominó el holandés. Para aprender inglés memorizó Ivanhoe de principio a fin y frecuentó un templo anglicano. No conforme, cultivó también el portugués, el italiano, el francés y el español. Sugirió a sus patrones expandir el negocio a Rusia, para lo cual aprendió también ruso en cuestión de semanas, con la ayuda de una gramática y una mediocre traducción de Las aventuras de Telémaco. Llegó a hablar y escribir un total de catorce lenguas.

Con un pequeño capital y ya con experiencia como comerciante, se independizó y viajó a América Central, en donde, después de sobrevivir dos accesos de fiebre amarilla y lidiar con cocodrilos, ladrones y asesinos, amasó una fortuna de 400 mil dólares.

Los años siguientes, se empeñó en multiplicar su capital y mejorar su educación. Trabajaba seis días a la semana y dedicaba los domingos al estudio. Pero una vez convertido en millonario, volvió la vista a Troya.

Escribió a un viejo amigo ateniense y le pidió que le consiguiera una esposa griega. Debía ser guapa y llamarse Helena. Su amigo pensó en Sofía Engastromenos, joven de 17 años. Schliemann la examinó en Homero y, satisfecho por las respuestas recibidas, se casó con ella. Tuvieron dos hijos: Agamenón y Andrómaca. Sofía sudó la gota gorda para que Heinrich accediera a bautizarlos; éste aceptó finalmente, pero a condición de que el sacerdote recitara durante el rito un par de versos de la Ilíada. También convenció a dos de sus criados para que cambiaran sus nombres a Pélope y Telamón.

DEL RELATO A LA REALIDAD

Entre 1871 y 1890, Schliemann excavó a sus propias expensas la colina de Hissarlik, en la actual Turquía. El único criterio que utilizó para decidir el lugar de la excavación fue, por supuesto, la Ilíada (aunque fue un amigo quien le sugirió excavar en Hissarlik, él decidió hacerlo sólo después de comprobar que no había contradicción alguna entre la geografía del lugar y la descripción contenida en el libro).

Y una mañana de 1873, tuvo lugar el descubrimiento arqueológico más importante del siglo XIX. Schliemann vio entre las rocas algo que brillaba, despidió inmediatamente a sus trabajadores y envió por Sofía. Una vez solos, desenterraron el tesoro de Príamo, y Heinrich adornó a Sofía con las joyas que alguna vez luciera Elena de Troya.

Las excavaciones continuaron y Schliemann perforó toda la colina. Se encontró con varias ciudades sobrepuestas que correspondían a diferentes períodos históricos.  destruyó sin cargo de conciencia, aun tratándose de ciudades más antiguas que la Troya de Homero. Finalmente, escogió las ruinas que más le satisficieron (según el relato homérico) y declaró al mundo que había encontrado Troya.

ANTES Y DESPUÉS DE SCHLIEMANN

Investigaciones posteriores revelaron que Troya VIIa (según la clasificación actual), una inmensa ciudad que existió entre los años de 1300 y 1190 a. C. en la colina de Hissarlik, fue destruida a causa de una violenta guerra. Entre sus ruinas se encontraron puntas de flecha y restos humanos con heridas de guerra. La mayoría de los especialistas le concede a Schliemann el haber encontrado, efectivamente, el lugar en el que tuvo lugar la guerra de Troya, hace tres mil doscientos años.

Aunque más tarde se comprobó que el «tesoro de Príamo» no era tal, sino que correspondía a otro período histórico, es indudable que en la historia de la arqueología moderna hay un antes y un después de Schliemann.

Pero, a todo esto… ¿Schliemann descubrió Troya? Dejemos que Víctor Hugo responda: «La historia tiene su verdad y la leyenda tiene la suya. La verdad legendaria es de otra naturaleza que la verdad histórica; es una invención que da por resultado la realidad. Por lo demás, la historia y la leyenda se proponen el mismo objeto: pintar en el hombre momentáneo al hombre eterno». (Víctor Hugo, El noventa y tres).

BIBLIOGRAFÍA:

EMIL LUDWIG: Schliemann, historia de un buscador de oro, Juventud, Barcelona, 1934. HOMERO: Ilíada, UNAM, México, 1996, trad. Rubén Bonifaz Nuño.

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