Lenguaje, entre lo prohibido y el deleite

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EXPRESIÓN CON ESTÉTICA

Si hoy en día tenemos la libertad de expresar lo que pensamos y sentimos de manera abierta, ¿por qué no hacerlo estéticamente?
No está de más asentar las siguientes evidencias: la escritura, sus normas y procedimientos cambian como todo lo humano, lo que hoy es obligatorio y deseable, mañana puede ser objeto de rechazo; el lenguaje es convencional, una cualidad del hecho social y que, si bien un emisor (escritor, comunicador, orador) debe trabajar en un marco de libertad, esta no puede ser tanta que se caiga en el absurdo de volver oscuro, turbio o ambiguo su mensaje. Debe respetar, al menos, un número mínimo de reglas que permitan el entendimiento de un sentido y la posibilidad de establecer un puente entre el emisor y el receptor.
Si los criterios del lenguaje son manifestaciones de las reglas culturales y de normas que prescriben lo correcto y lo incorrecto, lo permitido y lo prohibido: no existen modelos tan rígidos ni permanentes que garanticen la perfección en la palabra, pero podemos aspirar al mejor conocimiento y manejo de gran cantidad de ideas y razonamientos que puedan servir como herramienta útil durante el proceso de la comunicación.
En cuanto al fondo –sentido, profundidad y cualidad estética– no hay fórmulas, se requiere vivir, leer, comprometernos con nuestra lengua, leer otra vez, y sobre todo, ser un crítico despiadado e inmisericorde de uno mismo. Por ser el español nuestra herramienta comunicativa de uso cotidiano, pensamos que podemos usarlo hábilmente. Pero aún el más experimentado escritor o el más elocuente orador tienen dudas en cierto momento.

¿DÓNDE ESTÁ EL DETALLE?

Entonces, si es un hecho social que cambia constantemente ¿qué está prohibido en el lenguaje? En lo personal no establecería reglas, sino un seguimiento a tres aspectos: respeto, aprendizaje y compromiso. Incurrir en falta con ellos sería lo prohibido.
Respeto: su falta lleva a disminuir la calidad del mensaje, lo convierte en una torcida interpretación y redunda en una disminución de nuestro bagaje lexicológico. Recordemos aquello de «¡Cállate, cha-cha-la-ca!», dos palabras que pudieron estar sustituidas por otras igualmente plenas de ironía, pero sin ese rasgo prosaico que quedó plasmado en nuestra memoria. ¿Cuál es la necesidad de presentar notas periodísticas, entrevistas y reportajes con toques de vulgaridad y malsonancia? Lo grave es que cada vez se acostumbra más, es un hecho tan cotidiano que llega al extremo de no parecer reprobable. Por desgracia, sectores de la población toman como ejemplo estos modelos de expresión, los hacen suyos y comienzan a usarlos hasta reducir su propio lenguaje.
Aprendizaje: debe convertirse en una obligación de todos el hecho de instruirnos cada día más en el uso de nuestra lengua. No me refiero a tomar cursos, sino al autoaprendizaje: aprender a aprender. La Real Academia Española de la Lengua, a través de su sitio en internet (www.rae.es) pone al alcance la consulta no sólo de su diccionario actualizado, sino de otras herramientas que permiten acceder en pocos minutos a explicaciones que ayudarán a hacer un mejor uso de la lengua. Disponemos también de diccionarios de dudas y dificultades del español, publicados por diferentes editoriales a bajo costo. También podemos acercarnos a la lectura y fomentarla en quienes nos rodean. Retomar la costumbre casi ancestral de leer a nuestros hijos, recordemos que, de acuerdo con el maestro Felipe Garrido «el buen lector no nace, se hace».
Compromiso: es común leer o escuchar las explicaciones que solucionan una duda, pero también es común no ponerlas en práctica: «lo leí pero no me acuerdo», «no sé cómo se dice, pero me entendiste, ¿no?». Aplicar las reglas investigadas ayudará a aprenderlas y mejorar nuestra forma de hablar o escribir. ¿Cuántas veces tenemos la sensación de que se nos agolpan las ideas pero no podemos verbalizarlas o escribirlas? Esa es la práctica a la que me refiero, el ejercicio de la voz precisa para expresar exactamente lo que queremos. Deleitémonos en el uso de la palabra, entablemos conversaciones usando lo aprendido, sin comida ni celulares de por medio, aprendamos a escuchar y escuchemos lo que los demás tienen que decirnos, pues algunas veces pareciera que sólo se emiten monólogos al unísono. El compromiso de la práctica es una parte vital en el uso de la lengua.

EL DELEITE DEL LENGUAJE

Existe otro aspecto importante, que es particularidad de toda lengua y que cada hablante deberá decidir cómo abordar: las palabras tabú. Aquellas que designan algunas partes del cuerpo, hechos o acciones a los que generalmente no se alude por su lexema original, sino con otro más «suave», menos procaz, y que en muchas ocasiones, si lo escuchara un extranjero que está aprendiendo nuestra lengua, no entendería. Ahora bien, ¿qué sucede con esas palabras? Al no usarlas o al darles otras connotaciones se van creando enormes huecos lingüísticos que ya no pueden llenarse, pues no sólo es la palabra tabú la que se omite, sino todo lo relacionado con ella.
Por lo tanto, en mi opinión, lo único realmente prohibido en el lenguaje sería la autorestricción en el ejercicio del habla, vetado estaría el hecho de expresar al azar nuestras ideas, sin puntualizar con los vocablos exactos todo lo que queremos decir.
Como hablantes nativos, nuestro reto podría ser la constante búsqueda de una expresión plena de respeto, claridad, y matizada con rasgos estéticos. Optemos por la crítica constructiva, sobre todo, aplicada a nosotros mismos. Si detectamos los errores en el discurso, en la expresión escrita, una manera de aprender sería investigar ¿cómo se dice…? Recuerde: el lenguaje es una de las delicias de la vida.

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