El espejo. De la vanidad al autoconocimiento

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Con mayor frecuencia de lo que creemos, rehusamos mirarnos en un espejo. Ciertamente, a todo mundo le gusta contemplar su apariencia cuando uno se ha esmerado en lucir bien y en vestir elegantemente, pero en ocasiones no nos encontramos tan a gusto con nosotros mismos. Hay mañanas en las que uno luce desangelado, ojeroso y apático. Contemplamos con horror y preocupación el paso del tiempo en el propio rostro: como si todas las canas y arrugas de la humanidad se hubiesen concentrado en nuestra cara ese lunes. Quisiéramos arreglar de la mejor manera posible ese lastimoso espectáculo. Hay otras mañanas –suele ser el domingo a eso del mediodía– en las que sabemos que nos vemos fachosos y que nuestra figura se ve descompuesta, pero no nos importa. Cuando sabemos que no saldremos a ningún lado ocurre un fenómeno curioso: todo eso nos vale.
Resulta interesante observar cómo ejecutamos muchas de nuestras acciones en función de la presencia de otras personas. Esto no necesariamente se reduce a un nivel tan básico como el del «qué dirán». Hay amigos, por ejemplo, con los que entablamos un tipo de trato que sería inapropiado con otras amistades. Adoptamos posturas distintas cuando estamos en una reunión formal, en una cena de negocios, o en una charla de café con un conocido. Solemos adecuar nuestros gestos, expresiones y ademanes al entorno social en donde nos encontramos. Por el contrario, cuando sabemos que nadie, absolutamente nadie nos ve, nos sentimos como si pudiéramos hacer todo lo que nos viniera en gana.

DE BLANCANIEVES A DORIAN GREY

¿Es algo positivo esta libertad?
Seguramente nos sentiríamos asfixiados si nunca la tuviéramos. Cuando observamos por mucho tiempo un riguroso protocolo, tarde o temprano se nos antoja romperlo y eliminar la tensión acumulada. Deseamos relajarnos y vivir cómo si nada ni nadie pudiera interpelarnos.
Este efecto liberador se vuelve peligroso cuando pensamos que lo mejor para nosotros es vivir sin reflexionar sobre nosotros mismos, y nos dejamos ir por la vida sin reparar mucho en ella. Las consecuencias de esto suelen ser terribles como se ve en el caso de la salud. Quien no cuida su cuerpo adecuadamente suele desarrollar con el paso de los años malestares silenciosos y mortíferos. Cuando decidimos por fin mirarnos en el espejo –el médico, en este caso– resulta en ocasiones que ya es demasiado tarde y lo único que nos queda por prever es la funeraria en la que nos gustaría ser velados.
No sólo nos rehusamos con frecuencia a examinar nuestro cuerpo sino que también somos renuentes a examinar nuestras acciones, nuestras actitudes y nuestros propósitos. Si acaso lo hacemos es con vistas a nuestros intereses más inmediatos. No nos complicamos mucho la vida: nos congraciamos fácilmente con lo que hacemos y ocultamos con presteza nuestros defectos. No toleramos ver nuestras fallas expuestas.
Ahí está el caso de la madrastra de Blancanieves, quien siempre se complace cuando su espejo le dice que es la mujer más bella del reino, pero cuando el mismo espejo le informa que hay alguien más bella lo convierte en añicos. Otro caso es el de Dorian Grey, el joven y apuesto personaje de la novela de Oscar Wilde. Este dandy es retratado en un cuadro que captura excelsamente su belleza. Sin embargo, cada vez que comete una falta moral el rostro de la pintura cambia, su sonrisa se vuelve una mueca, su piel se arruga y su pelo encanece. Dorian Grey no soporta contemplar un retrato tan horrible, y termina por arrumbarlo en el desván, lo cubre con una manta, y pretende cándidamente que ninguna de sus acciones tiene consecuencias. La corrupción en él, no obstante, prosigue y cada vez con mayor gravedad.
Y es que, como reza el refrán,«no se puede tapar el sol con un dedo». Existen remedios falsos y remedios verdaderos contra los males corporales y espirituales. El peligro de los remedios falsos es que su comodidad inmediata nos obnubila. Sólo tapan malestares internos que después resurgen con mayor fuerza. Embriagarse con riquezas, intoxicarse con el poder, entregarse a las adicciones son algunos de los paliativos con los que uno cubre necesidades mayores. Son sustituciones. Evasiones.
Procurar una vida ordenada y reflexiva, en cambio, nos acerca más a salir de nuestros propios errores y nos conduce a una existencia más plena. Tal como a nadie le gustaría sumar 2 + 2 toda la vida mal, tampoco a nadie le gustaría tratar injustamente a sus propios familiares o compañeros de trabajo. Paradójicamente, solemos tratar mal a los demás, descuidar nuestra salud y llevar una existencia indiferente con una frecuencia mayor que con la que nos equivocamos en una operación aritmética.

LA AUTOCOMPLACENCIA: UN ESPEJISMO

La solución que hemos heredado de la filosofía griega para estos problemas es el autoconocimiento. Sócrates adoptó la frase escrita en el oráculo de Delfos, «conócete a ti mismo», como la máxima que describía el propósito mismo de la ética. ¿Cómo lograr esto? Existen tradiciones del autoconocimiento tan amplias y diversas como las meditaciones cristianas o el psicoanálisis. Todas ellas, sin embargo, tienen un común denominador: evaluar los actos propios como si fueran los de un tercero. Resulta curioso observar que cuando más nos conocemos a nosotros mismos es cuando nos juzgamos como si fuéramos una persona distinta.
Suspender por unos momentos el propio punto de vista para adoptar otra perspectiva es la manera idónea de comprender la relevancia y las implicaciones de nuestras acciones. Cuando uno está enfurecido en el tráfico y le toca el claxon a la persona adelante de él como si llevara en el asiento de atrás a un herido de guerra, esa persona debería preguntarse lo que sentiría si alguien más atrás de él estuviese haciendo lo mismo. Vernos como un tercero –salir de nosotros– nos desengaña y nos saca de nuestras falsas seguridades. Frecuentemente nuestras acciones pueden convertirse en normas universales de conducta. Lo vio Kant. Es, en última instancia, la ley áurea: trata al otro como te gustaría ser tratado.
Contemplarse a sí mismo en un espejo es una virtud que madura con el tiempo y la experiencia. Todo mundo rehúsa en principio hacer este ejercicio. Quien decide emprenderlo aparta la mirada rápidamente, o bien, actúa como el joven Narciso, que queda enamorado de su propia imagen reflejada en el lago. La tarea de la ética es luchar contra el Narciso que habita en nosotros y que se enamora fácil y peligrosamente de su apariencia, del espejismo de su yo. Viene a cuento aquello de que el mejor negocio posible es comprar a una persona en lo que vale y venderla en lo que cree que vale.
Quien se planta firmemente ante un espejo con una actitud ética busca salir del propio error y apartarse del mal. Esto no quiere decir que nuestras acciones no puedan satisfacernos. El ejercicio de autodistanciamiento sólo nos revela constantemente que siempre podemos mejorar. En vez de caer al lago como Narciso enamorados de nosotros mismos, debemos reparar en nuestros errores y procurar enmendarlos para que nuestra imagen externa e interna sea mejor; quizás no sea perfecta nunca, pero al menos será más auténtica y menos borrosa.

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