El bicentenario mexicano y los católicos

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APATÍA CULTURAL

Se acerca el 2010. Los católicos mexicanos han prestado poca atención a los aniversarios que celebraremos ese año. Una vez más –toda generalización es enfadosa– el catolicismo nacional se muestra tibio y sin iniciativa en el mundo de la cultura. La inteligencia católica mexicana cultiva la reacción desabrida, la respuesta tardía, la contestación insípida. Este cristianismo no propone la agenda cultural; se acopla pasivamente a la que viene de fuera. El panorama desértico contrasta con el optimismo de los ambientes eclesiásticos, donde califican a México de «reserva espiritual de la Iglesia». Mejor hablar de reserva sentimental, pues nos sobra folclor espirituoso y escasean las cabezas vanguardistas.
Al comienzo del verano, cené en casa de una escritora. Convidó a la reunión a un grupillo de catedráticos que merecen –yo incluido– el adjetivo de conservadores. Repasamos los temas de rigor: la familia, el trabajo, el futbol, el tráfico en la ciudad. Cuando nos disponíamos a quejarnos del consabido calvario de las dietas (colesterol y triglicéridos), alguien aludió a las celebraciones del septuagésimo cumpleaños de Carlos Monsivaís. Como decía mi abuela, ¿a quién se le ocurre mencionar la cuerda en casa del ahorcado? Los comensales, indignados, despotricaron contra dicho personaje con adjetivos que la moral cristiana, la corrección política y mi ética personal me impiden repetir. Nadie se refirió a su obra. Nadie comentó su crónica urbana, sus disertaciones sobre la lucha libre o el cine de Joaquín Pardavé. Mucho menos hubo referencias a su crítica social (que comparto en algunos puntos).
Con la impertinencia que me caracteriza, pregunté, Bueno, ¿y de qué intelectual católico podemos celebrar su cumpleaños a escala nacional? Silencio en la sala. Silencio incómodo. Me extrañó que nadie respondiera prontamente: ¡Gabriel Zaid! Los silencios también revelan el estado del alma. En el horizonte cultural de mis colegas Zaid no existía y Monsivaís era una especie de genio del mal. Quiero que se me entienda bien. Lo que llamó mi atención fue el griterío frente a un apellido, y el silencio frente al otro. Nadie discutió si la obra de Zaid es emblemática del catolicismo mexicano, o si Monsivaís «no es un hombre de ideas, sino de ocurrencias», según expresión de Octavio Paz. Los católicos –al menos los de aquella cena– no leen ni a Zaid, ni a Monsivaís, ni al Marques de Sade, ni a Santa Teresita del Niño Jesús.

IGNORANCIA Y ESPIRITUALIDAD

Seguiré con las anécdotas. En otra ocasión, charlaba con un brillante filósofo, judío practicante, hombre de una pieza. Comenzamos discutiendo sobre la ilustración escocesa y terminamos hablando de la cultura judía. Me tomé la libertad, entonces, de plantearle una inquietud. ¿Por qué los judíos destacan con tanta frecuencia en las profesiones liberales? Medicina, ciencias, Historia, Literatura, Filosofía? La cultura occidental está hecha por ustedes. Conocía la explicación clásica: durante siglos, los judíos tuvieron vedado el acceso a los espacios públicos; la discriminación los llevó a desarrollarse en ámbitos donde lo esencial son los conocimientos y habilidades personales. Mi colega añadió: Cierto, pero la razón fundamental, creo, es que sabemos leer desde hace miles de años.
Recién egresado de la licenciatura –soplaba todavía el viento de la Guerra Fría– asistí a una conferencia en contra de la teología de la liberación. Gutiérrez y Boff representaban el adversario en turno de cierta inteligencia católica mexicana. La lección me fascinó y aplaudí con fervor. Recuerdo que, en opinión del conferenciante, la teología de la liberación no arraigaría en México porque los curas mexicanos no tienen tiempo para leer, porque mucha gente está haciendo cola para confesarse. Celebré el desplante con ingenuidad (por no decir imbecilidad) juvenil.
Meses después fui a dar a España. Conocí a otro tipo de intelectuales (de los que leen y escriben libros). En un momento dado, comenté la escasez de tiempo para el estudio del clero mexicano. Los contertulios me miraron asombrados. Uno de ellos exclamó: ¡Que miedo! Los sacerdotes ignorantes son muy peligrosos. Un médico ignorante puede dañar gravemente el cuerpo, precisamente porque confiamos en él. Pensemos en un pastor de almas ignorante… va de por medio la salud espiritual y mental.
En la historia de México abundan los episodios donde el cristianismo mostró su grandeza: hospitales, universidades, orfanatos… Si somos valientes, identificaremos, también, capítulos oscuros, donde la ignorancia y la intolerancia usurparon el lugar del Evangelio.

IDENTIDAD CRISTIANA, IDENTIDAD MEXICANA

La identidad mexicana se construyó utilizando como ladrillos la lengua, la religión, las razas. La violencia fue, con frecuencia, la argamasa. En la Plaza de Tlatelolco hay una placa conmemorativa de la caída de México-Tenochtitlán. Reza algo así como no fue triunfo ni derrota, fue el doloroso nacimiento del pueblo mexicano. La frase, aunque ampulosa, enuncia una gran verdad.
Evidentemente, existe una deuda histórica con los pueblos indígenas. Debemos pagarla. Pero el hecho es que noventa por ciento de los mexicanos, racial y culturalmente, somos mestizos. Más que una retrospectiva, el bicentenario es un magnífico pretexto para dirigir el futuro. Hoy por hoy, Cortés no asedia Tenochtitlán, ni el general Worth invade Monterrey, ni los franceses bombardean Veracruz. Sin embargo, el México tradicional sufre el embate de la globalización. Conozco campesinos que hablan mixteco, inglés y, poco o nada de español. Vivimos en una sociedad plural. Nuestra identidad está en remodelación. Los católicos mexicanos deberían preguntarse por el papel que el Evangelio debe jugar en los próximos doscientos años ¿Caminaremos hacia la era pos-cristiana?
Descreo de las identidades duras. No existe, pienso, una esencia metafísica y monolítica del cristianismo mexicano. Existen, eso sí, principios cristianos, aplicables a circunstancias concretas de México. Soluciones de los cristianos mexicanos a los retos de la política, la economía, la cultura.
Entre tales principios, hay uno de enorme actualidad. Lo enuncia San Pablo de manera lapidaria: Ya no hay judío ni griego, ni esclavo ni libre, ni hombre ni mujer porque todos sois unos en Cristo Jesús. Leo este versículo en clave social. Los mexicanos más privilegiados tenemos un deber con los menos favorecidos, con los pobres, con los menos instruidos, con los discriminados por cualquier motivo. Con ocasión de los aniversarios en puerta, los católicos mexicanos debemos examinar y enmendar nuestras faltas y omisiones en materia social. De lo contrario, seguiremos manoseando valores gaseosos: una dignidad de la persona, intraducible en justicia social.
Sin esta reflexión, seguiremos apostando a un catolicismo sentimental, reaccionario, ayuno de praxis y de letras. México llegará al tricentenario como una nación donde alguna vez los católicos fueron mayoría y, a pesar de ello, nunca se notó, ni en política, ni en economía, ni en cultura.

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