Miedo, ¿una necesidad mediática?

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¿Cuáles son los efectos de los contenidos de miedo? ¿Por qué atraen y repudian al mismo tiempo?
Existe una distinción entre efectos voluntarios e involuntarios. Si elegimos géneros aterrorizantes lo hacemos voluntariamente y si vemos una noticia alarmante quedamos expuestos sin intención.
El terror provoca ciertos efectos –muy estudiados– clasificados en dos grandes líneas: la primera habla de la catarsis de arrojar, a través de una observación vicaria, las tensiones y los propios temores. La segunda se refiere a la adrenalina y excitación que produce ver algo espectacular y poco usual.
Existen gran variedad de subgéneros: películas que generan miedo por suceder en escenarios fantásticos que nunca ocurrirán en el mundo real. Representaciones en las que los acontecimientos se desenvuelven en la realidad cotidiana de las personas, cuestión que produce efectos concretos que desencadenan conductas de alerta y temor por lo visto en la televisión o en el cine.
¿Por qué las imágenes aterrorizantes impresionan tanto a las personas, especialmente a los niños?
El exorcista es un clásico entre los estudios que tratan los efectos de los medios de comunicación en las personas; nos sumerge en un territorio misterioso y real, pues los seres espirituales existen. Hay gente que no lo cree, pero aun así, resulta potencialmente creíble. Lo aterrorizante de la película es la representación del demonio, además de escenas fuertes como las distorsiones en el rostro de la protagonista. Lo sobrenatural sobrecoge a las personas y las transporta a una dimensión difícil de comprender, existente y que puede causar problemas no solucionables fácilmente.
La distinción entre ficción y realidad soporta un componente relevante a la hora de tomar decisiones sobre qué ver. Los niños son un público especialmente vulnerable. Hasta los siete años, no son capaces de hacer esta distinción. La profesora Joan Cantor investiga este tema en la comunicología siguiendo las etapas de evolución de un niño de acuerdo a las teorías de Jean Piaget. Afirma que cualquier imagen y representación, incluso distorsión de seres humanos o rostros, causan en los más pequeños un gran temor porque no terminan de comprender las situaciones. Las imágenes repercuten y resultan perturbadoras.
Cuando los niños empiezan a mostrar síntomas de nerviosismo lo mejor es seguir la estrategia «no cognitiva», es decir, apagar la televisión.
¿Cuál es la relación entre los contenidos violentos y de miedo?
La violencia provoca miedo en la medida en que un contexto se parece a mi vida y por tanto puede sucederme. Las personas piensan: «yo vivo en esa ciudad, en esa calle, yo paso todos los días por ese sitio».
La violencia también puede acarrear efectos estimulantes, tiene un grado catártico denominado «efecto de la tercera persona»: puede sucederle a otros pero a mí no; y si ya le sucedió a alguien, existen menos probabilidades de que me pase a mí.
Provocar temor puede tener algunos efectos positivos, por ejemplo: es común ver autos chocados, totalmente destrozados en las carreteras para recordar a los conductores que los accidentes sí acontecen. El mecanismo de defensa ante este tipo de medidas es la inmunidad: «le sucederá otros pero no a mí».
¿Por qué los medios de comunicación ponen exagerado énfasis en mostrar imágenes violentas, asaltos, asesinatos y tragedias por desastres naturales en lugar de destacar lo positivo de las distintas organizaciones?
El investigador George Gerbner habla de una sobre-representación de un mundo violento en las noticias y en la ficción, que produce el «síndrome del mundo malo». Así, la sociedad considera que el mundo es mucho más malo de lo que en realidad es. Los medios, en su afán de ganar audiencia, exageran las noticias violentas. El efecto: sociedades horrorizadas que se ven a sí mismas mal representadas por los medios de comunicación.
Las consecuencias son bastas tanto en el punto de vista económico como cultural, además impiden las actividades al aire libre.
La línea es muy delgada, los medios tienen la obligación de dar a conocer la delincuencia que existe para alertar a las personas. Aún así, se tiende a distorsionar la realidad.
¿Qué ganan con estas prácticas: manipulación, rating, publicidad, popularidad?
El sensacionalismo y el morbo atraen, no olvidemos que aproximadamente 60% de la población mexicana pertenece al nivel socioeconómico D y E, tiene un salario y una preparación cultural muy baja. Ese porcentaje pesa mucho en cuanto a la programación sensacionalista; a gran parte de la sociedad no le gusta pensar demasiado y quizá padece estos problemas, quiere verlos representados porque se identifica y piensa «yo me salvé de esta».
¿Cree que con tanta violencia la sociedad se vuelve inmune o, por el contrario, sigue siendo fácil alarmarla?
Depende del contexto individual, siempre tendremos miedo a las situaciones que no podemos controlar: la muerte, alguna enfermedad desconocida, al encuentro con un delincuente o con alguien que nos asalte y dañe.
En el caso de los niños, los temores más frecuentes son perder a sus padres, perderse en una gran ciudad, caerse de un edificio muy alto, la muerte y encontrarse con una araña o un animal venenoso. La película Bambi es un clásico en la literatura de los efectos del temor en los niños, la muerte de la mamá provoca en los más pequeños una enorme ansiedad y un temor terrible porque se identifican con el personaje.
¿Quién se aprovecha de esos temores? ¿Podemos aprender a controlarlos y manejar el grado de manipulación al que somos sujetos por los medios de comunicación? El terror colectivo es una estrategia que pueden seguir determinados grupos para dominar una sociedad. Narcotraficantes y terroristas lo utilizan para conseguir un objetivo político, desacreditar un país o una religión. Los mismos gobiernos recurren a esta estrategia de generar terror, como la forma conspiratoria que ha seguido el gobierno de George Bush para mantener a la sociedad americana en una permanente situación de posibles ataques terroristas y terminar por decir: «tienes que confiar en nosotros».
¿Cómo es que antes el miedo era producido por factores externos y ahora es posible autogenerarlo?
El problema radica en lo que Gerbner llama «efecto de cultivo», es decir, la sucesión de imágenes que recibimos desde nuestra infancia y que cultivan nuestra forma de entender el mundo.
Sentir miedo es algo natural: tenemos temor al ridículo, al rechazo social o a no conseguir determinado objetivo. Los medios aprovechan estos temores, ya no en el ámbito de la ficción ni en la información noticiosa, sino en un tercero: la persuasión. En publicidad, la manera más fácil de transmitir un mensaje es apelar al temor natural de la persona: no verse inserta en la sociedad y fracasar ante los estándares marcados por el consumismo, que impone sus propios parámetros de lo que es una persona triunfadora.
De este temor, surge la comunicación persuasiva que crea la «disonancia cognoscitiva». El fin, lograr un desbalance psicológico: pensar que no cumplo con lo que debería tener o ser, porque las representaciones de las personas exitosas, ricas y famosas tienen determinadas características y yo no las cumplo todas.
Los medios explotan esa variante por los modelos que presentan, crean una tormenta artificial y luego venden el paraguas que «soluciona» el miedo infundido.
¿Las nuevas maneras de atacar a las personas en su lado más vulnerable nacen con el capitalismo?
El capitalismo las aprovecha al máximo, pero siempre ha existido la envidia, el deseo de no ser excluido y las personas que gustan de adornarse más que otras; la publicidad lo potencia.
Identifico dos principales formas de explotar la «disonancia cognoscitiva» o los temores internos: por un lado los miedos que existen como parte de nuestra naturaleza: ser excluidos socialmente. Por otro lado, hay elementos psicológicos que producen inseguridad: determinado color de piel o algunas facciones no características de los modelos de triunfo.
El desbalance psicológico se presenta con modelos inalcanzables de belleza, en ese sentido, se crea el temor a carecer de artículos que utiliza el modelo ideal: un vehículo, joyas, ropa de moda, accesorios, etcétera. Esta disonancia afecta sobre todo a los adolescentes.
Juan Pablo II hablaba en la Centesimus Annus de cómo el concepto de alienación, propio de la teoría marxista, se aplicaba al capitalismo. Alienarse significa «estar en otro», lo que el otro puede producir en mí. Con todos los modelos de belleza y éxito la gente quiere identificarse; una manera de «vencer» nuestros temores implica imitar a los que ya «triunfaron». Al final, el miedo que predomina radica en no ser feliz y/o ser considerado un loser.
¿Qué poder ganan los medios alrededor del miedo?
El poder de manipulación absoluta. El miedo quizá sea el principal factor con el que juegan los medios para convencernos y persuadirnos de cómo es «bueno» actuar.
Volvemos al «síndrome del mundo malo», en la medida en que percibamos el mundo como atemorizante y alguien ofrezca un refugio, (corriente política, partido, candidato, administración, etcétera) sentiremos que resuelve el problema; sin embargo, también dejamos que ejerzan control sobre nosotros. Una persona con miedo no es libre, depende de factores externos para resolver sus temores.
En ocasiones somos cómplices de las situaciones de alienación y de la codependencia hacia determinados productos y situaciones, ya que es la manera más fácil de sentirnos seguros. Reflexionar, ser críticos, pintar nuestra raya y decir «yo no necesito este producto, no voy con la masa» nos complica la vida y lo más fácil es seguir la moda.
¿Qué efecto produce que alguien ejerza violencia virtual, videojuegos por ejemplo?
Antes los comunicólogos se preocupaban por estudiar el efecto que producía ver la violencia en televisión. Ahora vive la generación de los videojuegos. Los investigadores actuales estudian los efectos y consecuencias que produce realizar actos violentos de manera virtual. Se busca analizar qué efecto es más poderoso: ver violencia en televisión o ejercerla virtualmente matando gente en videojuegos.
En ambos, invariablemente hay un caso entre mil en el que alguien representa tal cual lo que vio; a esta representación exacta se le llama copycat. Siempre habrá personas más susceptibles a imitar la violencia ficticia en el mundo real, estos casos seguirán dándose.
Entrevistaron Isabel Ibáñez y Roberto Rivadeneyra

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