Primero pensar ¿por qué?

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coloquio3 Se aprende a pensar pensando. Lo que pone en marcha el pensamiento es una idea, un concepto, tal vez la explicación que se busca a un hecho concreto. Esto significa que la acción de pensar está vinculada a la de preguntar o, mejor aún, a la de preguntarse a sí mismo.

Cuando nos preguntamos acerca de lo que es pensar, estamos formulando una pregunta, acaso una de las preguntas más difíciles que la persona puede hacerse. Sin embargo, si se continúa indagando acerca de ello, al filo de la mera acción de indagar en eso comienza ya a emerger el pre-pensamiento.

No soy capaz de definir con precisión y rigor en qué consiste esa compleja y misteriosa acción de pensar. La mera formulación de esta cuestión, «qué es pensar», hace que me ponga a escudriñar en mí mismo acerca del pensamiento que concibo respecto de lo que sea pensar.

«VER» PENSAR A OTROS
Estoy de acuerdo con dos buenos profesores y filósofos, amigos con mucha experiencia, que sostienen que la mejor manera de aprender a pensar es ver cómo otras personas piensan. Si no se comparte esa experiencia con otra persona, que de verdad piense, es muy difícil aprender a pensar.
A la gente hay que enseñarle a pensar, aunque no sepamos muy bien lo que es pensar. De la misma forma que no sabemos qué es el alma y, sin embargo, podemos dar argumentos para que la persona se cuestione acerca de si tiene alma o no. Mis viejos amigos tienen mucha razón: si uno ve pensar a otra persona, se acerca al aprendizaje de lo que es pensar.
La capacidad que tiene nuestra mente de pensar es casi ilimitada. El uso que hacemos de ella es muy escaso. Cualquiera de nosotros quedaría asombrado de la capacidad que tiene de pensar y de resolver problemas? No se trata de plantearnos el pensamiento a nivel teórico. Se trata, más bien, de experimentar con asombro esa poderosa capacidad que las personas tienen de resolver importantes problemas, cuando se atreven a pensar.
UN ETERNO PREGUNTARSE
Preguntar no es una tarea fácil. Se ha dicho que es más propio del filósofo preguntar que responder. Hacerse preguntas inteligentes es el modo de plantearse el conocimiento de la realidad, un conocimiento que será tanto más radical cuanto mayor profundidad tenga la pregunta que nos hagamos acerca de la realidad.
De lo acertado de la pregunta depende el vigor y la densidad del conocimiento que se nos desvela a través de las respuestas. Ahora bien, la estructura de la pregunta determina en algún sentido la estructura de la respuesta. No es, pues, una cuestión baladí el modo en que se estructuren las preguntas.
De aquí el interés que tiene el estudio del modo en que hoy nos cuestionamos las cosas, es decir, la pregunta acerca del modo en que nos preguntamos. Un diagnóstico muy común y generalizado, que caracteriza a la sociedad actual, es el «pensamiento light», una forma de pensar, un nuevo estilo de pensamiento que consiste más en repetir lo que se oye que en pensar por cuenta propia acerca de lo que se ha oído.
PENSAMIENTO «LIGHT»
Lo paradójico es que el «pensamiento light» es muy compatible con el «pensamiento dominante» y «políticamente correcto», del que constituye una especie de eco o epifenómeno residual. En realidad, al «pensamiento light» le sobra lo de «pensamiento», pues hasta su mismo origen y presencia es apenas una consecuencia del «pensamiento dominante».
De acuerdo con ello, cuanto más «pensamiento dominante» haya, mayor será el número de personas afiliadas al «pensamiento light», lo que sin duda alguna contribuye a reafirmar el «pensamiento único».
Esto comporta una paradoja, además de una ruinosa pérdida para todos. Si lo que más nos diversifica e individualiza es el pensamiento, si toda la creatividad y el progreso dependen de él, ¿cómo es posible que se inhiba la acción de pensar hasta el punto de la repetición, la imitación, el mimetismo y la simulación del comportamiento humano?
La forma más eficaz de resolver un problema es conocer las causas que lo originan. La ciencia ha sido definida desde Aristóteles, como «el conocimiento cierto de las cosas a través de sus causas». Pero el modo de preguntarse por las causas es el porqué y no el cómo. De aquí que sea pertinente, si de verdad se quiere resolver este problema, hacerse la pregunta acerca del por qué del «pensamiento light» y no acerca del cómo de tal estilo de pensamiento.
LOS CÓMOS DEL PENSAMIENTO CALCULADOR
El desarrollo tecnológico experimentado en las últimas décadas, especialmente en lo que se refiere a las telecomunicaciones e informática, está modelando un nuevo estilo en el modo en que las personas se enfrentan a la realidad. Por supuesto que ese desarrollo ha contribuido a facilitar ?y mucho? el acceso a la información y la incorporación de millones de personas a una cierta cultura. Pero también ese mismo progreso tecnológico está configurando nuevas formas de «pensar» que empobrecen el desarrollo del potencial humano.
El pragmatismo funcionalista que de aquí resulta es obvio. Las personas se interesan ahora más por el cómo que por el porqué de las cosas.
Se trata de resolver con el mínimo esfuerzo el mayor número posible de problemas. Naturalmente, para ello es necesario saber cómo hacerlo. Lo que hoy importa es cómo obtener el dinero que se necesita; cómo comunicarse a través del móvil con esta o aquella persona; cómo comprar algo sin salir de casa; cómo vivir con mayor comodidad; cómo conocer el saldo de la cuenta corriente o si se ha recibido o no una determinada transferencia; cómo conocer las calificaciones obtenidas en el último examen; cómo conocer nuevas personas sin tener que dar la cara o exponerse a ellas; cómo encontrar la oferta más barata de viajes para las próximas vacaciones…
De acuerdo con Heidegger, estas formas de pensamiento ?que él denominó «pensamiento calculador»? no deberían considerarse pensamiento.
Estamos en la cultura del cómo, del cómo consumir más y mejor ?a pesar de la crisis? y, además, con el señuelo de que así somos más felices, nos realizamos mejor y empleamos menos tiempo y esfuerzo. Los criterios etiológicos han sido sustituidos por los criterios pragmáticos y utilitaristas y, por el momento, nada más.
Esto tiene la ventaja añadida de que el cómo se aprende con mucha facilidad: basta con emitir una simple respuesta motora ?el dedo que pulsa el teclado. ¡Y basta! ¡Enhorabuena, señor! ¡Usted ya ha obtenido su premio!
En verdad el aprendizaje del cómo es gratificante, instantáneamente gratificante. De esta forma se ha abolido el tiempo intermedio, el tiempo de espera entre la acción y su efecto, entre el pensamiento la decisión y el resultado. Las recompensas son cada vez más rápidas, tan veloces como sean capaces de hacerlas llegar al interesado los procesadores más veloces de la última generación. Pero también la espera humana ?las expectativas y la misma esperanza? se hace más corta e intolerable, también más frustrante y ansiosa.
El cómo, a pesar de ser sólo un medio, está sofocando algo que está relacionado con el fin de la vida humana, la temporalidad y el mismo proyecto de la vida personal. Hoy los proyectos grandes y ambiciosos apenas si interesan. El hombre moderno se desespera si tarda más de una semana en ver el fruto de su trabajo. Como un adolescente, quiere todo, ya y ahora. Y no se conforma con menos.
La vida se acelera en idéntica medida que los fines de la vida se alejan y oscurecen. Parece como si no conviniese ya preguntarse por el fin del vivir humano.
Al hombre moderno le basta con los medios para sobrevivir en esta sociedad mediática. Para qué preguntarse por el porqué de lo que se vive, por el porqué acerca de cómo se vive, cuando todo lo que a la persona se le antoja lo tiene al alcance de la mano (sabe cómo obtenerlo), y en apenas un segundo.
Se está siguiendo la política del «aquí te agarro y aquí te mato», del automatismo de las decisiones, de la impulsividad cerrada a la razón, del mero comportamiento instintivo, del imperio del deseo, de la obtención instantánea del placer apenas este es deseado.
HUMANIZAR EL PENSAMIENTO
Las cuestiones últimas ?la cuestión, por ejemplo, acerca del sentido de la vida? han sido sustituidas por los medios penúltimos. La tarjeta de crédito, el fax, el teléfono móvil, los ordenadores, las cámaras digitales, etcétera, hacen que la vida del hombre gire sobre ella misma y cada vez más deprisa. Es la instalación en el vértigo lo que nos hace suponer que progresamos. Pero con sólo el uso de estos medios no es como la persona alcanza la mayor altura de su dignidad personal.
¿Acaso es más feliz quien que se entera por un correo electrónico que se ha quedado sin trabajo, que se han roto sus relaciones de pareja o que su madre ha muerto? ¿Es este modo de proceder más humano? ¿Podrá consolarle en su sufrimiento la velocidad con que ha sido informado? ¿Puede sustituir el cómo ha recibido esas noticias al definitivo por qué, que está en su origen?
Lo más probable es que el destinatario de tal información emplee el mismo procedimiento para tratar de resolver sus problemas. Pero al proceder así, ¿no se estarán deshumanizando las personas?
De hecho, son hoy muchos los que no son capaces de dar la cara porque, en estas circunstancias, no se atreven a sostener la mirada del otro. Sé de algunos que han llegado a eludir sus compromisos, vía Internet, rehusando incluso el empleo del teléfono. A lo que se ve, les avergüenza, por faltarles el necesario valor, que quienes les escuchan puedan percibir algún titubeo, un cierto carraspeo, si quiera sea el hilo de voz que se quiebra en el discurso gárrulo porque, sencillamente, cuesta afrontar la verdad.
DEL «CÓMO» AL «POR QUÉ»
Creo recordar que fue Kant quien sostuvo que «cuando se tiene un por qué vivir se soporta cualquier cómo». Lo más frecuente hoy, sin embargo, es que se busque o se disponga de un cómo vivir, pero sin hacerse cuestión acerca de su por qué.
Pero el porqué es desde luego primero y fundamento necesario de cualquier cómo. La suma de todos los cómo es menor que uno sólo de los porqué de cualquiera de ellos. El cómo nunca será fundamento último del porqué de una vida.
Si la persona se instala en sólo el cómo vivir, sin hacerse cuestión alguna acerca del porqué vivir de esta o aquella forma, la vida misma deja de alcanzar su sentido.
Cuando la persona habita sólo en el ámbito del cómo ?aunque su razón instrumental parezca vigorosa?, su propia vida se desvitaliza y deshumaniza. A pesar del extraordinario valor de la cultura informatizada, si las personas renuncian a pensar acerca del porqué de sus vidas, es posible que sepan y hagan muchas cosas, pero ni saben ni hacen la fundamental.
La renuncia a la razón genera siempre tremendas consecuencias. Si se ignora por qué se vive todavía mayor será la ignorancia acerca de por qué se muere. Pero si se desconoce lo uno y lo otro, lo que resta es un puro medio, la vida mediada, de espaldas a la inteligencia por cuya ausencia se extingue el origen, término y sentido de ella misma.
La pregunta acerca del porqué de las cosas ?también del propio vivir? dilata e intensifica el horizonte personal, hunde las raíces de la persona en la realidad, vigoriza y robustece su propia inteligencia, hambrienta como está de verdad, y adensa la razón acerca de su ser y de su razón de ser.
Es preciso remontarse al porqué de la propia vida y confiar en que si la vida tiene sentido, el cómo vivir se nos dará por añadidura. Esto es confiar en la razón humana que naturalmente tiende, como apetito inteligente que es, al encuentro con la verdad.
Si se sustituyera el cómo por el porqué ?especialmente en lo que atañe a la vida personal?, es posible que disminuyera también el número de personas que militan hoy en el «pensamiento light», lo que debilitaría el totalitarismo y la presión del «pensamiento dominante», al tiempo que se acrecería la diversidad, complejidad y creatividad de la acción humana irrenunciable de pensar y solucionar los problemas que nos aquejan. Un proceso como este, en el que nos jugamos la libertad de pensar, por cuya virtud todos ganamos sin que nadie pierda.

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