Sólo El Santo nos puede salvar de los vampiros

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De Nosferatu a Blade
¿Por qué Dios ha desaparecido del mundo? A mí me parece que el punto de inflexión de este galopante ateísmo no procede de la ciencia experimental ni de la filosofía, sino del cine y, en especial, del cine de vampiros.
Los vampiros, enseñan los expertos, temen cuatro cosas: (1) el ajo, razón por la cual los vampiros escasean en España; (2) la plata, fobia que comparten con los hombres lobos o licántropos; por este motivo, Taxco y Guanajuato no son pueblos de vampiros. Los problemas de Guanajuato son de otro tipo: los borrachines del Cervantino y las momias que resucitan de vez en vez, y contra las cuales la única arma efectiva es la pistola lanzallamas que utilizan Santo, Blue Demon y Mil Máscaras; (3) la luz de sol. Por ello, el Caribe y, en general el trópico, es un territorio libre de vampiros; en las playas caribeñas, en cualquier caso, hay que tener cuidado con los zombis, muertos resucitados por las artes del vudú. Claro que alguien podría aducir la película Vampiros en la Habana (1985), pero incluso en este filme queda bien claro la aversión de estos seres al sol; (4) pero sobretodo, los vampiros le temen a la cruz, y más si se trata de una cruz de plata.
Aunque algunos autores hablan de la mandrágora, su eficacia anti-vampírica no está confirmada. Para colmo, la raíz mandrágora en forma de hombre se encuentra prácticamente extinta. No olvidemos, por supuesto, el recurso a la estaca de roble clavada en el corazón del vampiro mientras descansa en su féretro. Es la mejor forma de acabar con él para siempre; la dificultad consiste en acercarse al vampiro, pues ellos saben esconderse muy bien. Finalmente, queda el recurso a la cremación y que, a juzgar por su creciente práctica, terminará con acabar con los descendientes de Drácula de la misma manera que hemos acabado con los pumas, los jaguares, los quetzales y otros animales.

La cruz
argéntea
Durante siglos, la humanidad sobrevivió a los vampiros con el sencillo truco de un crucifijo en el cuello y una cruz en cada habitación de la casa. La lógica de esta estrategia era contundente: los vampiros, seres sobrenaturales, debían combatirse con armas sobrenaturales. En aquella época, sólo los descreídos y los iconoclastas eran víctimas de los vampiros.
Lamentablemente, el cine creó una raza de vampiros naturales: vampiros mutantes y ateos, inmunes al poder de la cruz. Desde entonces la raza humana está amenazada de muerte. Aunque quisiera culpar a Hollywood de esta terrible mutación, mi amor a la verdad me lo impide. Antes de que Entrevista con el vampiro (1994) declara que estas criaturas no se asustaban ante los crucifijos, una película mexicana puso las bases para el vampirismo materialista.
Esta joya de la cinematografía universal se llama La invasión de los vampiros (1961). El doctor Alvarán (Rafael del Río) llega a la Hacienda de las Ánimas que, a juzgar por las huizacheras, debe quedar por el rumbo de Apam. La habita un viejo marqués, suegro del conde Frankenhausen (Carlos Agosti). La condesa consorte, hija de marqués, murió recientemente y el esposo, el malvado conde, desapareció sin dejar rastro. El conde es, en realidad, un cruel vampiro que se oculta detrás de los libreros de la biblioteca de la finca; el marqués, por supuesto, no lo sospecha. El malvado cuenta con la complicidad del ama de llaves de la mansión, la fiel frau Hildegarda, cuyo acento teutón es digno de un capitán de la SS.
El marqués cuida de la nieta que le dejaron los condes. La pobre chica, además de imbecilidad, padece una enfermedad congénita que la obliga a beber sangre. El viejo, quien por lo visto es el trasmisor del gen de la estulticia, ignora que los vampiros se alimentan de sangre y piensa que su nietecita padece una enfermedad rara, de esas que aquejan a la nobleza mexicana.
Por suerte, el doctor Alvarán, alquimista consumado, conoce el antídoto contra el vampirismo. Esta grave dolencia es causada por la vampirina que sólo puede curarse inyectando una extraña sustancia llamada ácido bórico. Por si fuese poco, nuestro joven héroe se tiene que enfrentar con el cura del pueblo, un retrógrado que supone que el vampirismo es cosa del diablo. ¿Ven el espíritu ilustrado del filme?
Gracias a las mandrágoras negras, el doctor mantiene a raya a los vampiros mientras trabaja a marchas forzadas en un laboratorio que había en el sótano de la hacienda. Tras muchas vicisitudes, el héroe consigue el ácido bórico y libera a la humanidad del peligro que la amenazaba. De esta suerte, el vampirismo que tanto temieron rumanos y húngaros, queda reducido a una enfermedad tan vulgar como la amibiasis, una dolencia que puede tratarse en cualquier centro de salud. Este es el verdadero hito de la desacralización del mundo.

Odiseo y la muerte de los dioses
No obstante, Theodor Adorno y Max Horkheimer remiten a la Odisea. Según la interpretación de tales filósofos, Ulises preludia la Ilustración; él reúne las cualidades del burgués ilustrado. Al fin y al cabo, fue él quien urdió la construcción del caballo de Troya, un truco que soslayó la ineficiente valentía guerrera para privilegiar la sagacidad estratégica. No contento con quemar Troya gracias a su maña, el héroe también vence a Polifemo y a las Sirenas valiéndose de su técnica.
Por ello Homero gusta referirse a él como Odiseo, fértil en recursos. Su talento técnico lo libra de las fuerzas sobrenaturales. Ulises simboliza la modernidad: saber es poder. Extirpa el misterio de la naturaleza; es un desencantador del mundo, por utilizar la expresión de Max Weber. El resultado –dicen Adorno y Horkheimer– es que Ulises se queda solo, con su coraza, barco y lanzas, arrojado en una tierra despoblada de dioses, de misterios y de sentido. Sus ansias de seguridad se vuelven contra él; vive en un espacio hostil, donde, si bien ya no se le teme a los dioses, tampoco se les puede implorar ayuda.
No obstante el héroe griego no es un ilustrado agnóstico; vence, cierto, al cíclope, pero no le niega a Polifemo su estatus de hijo de Poseidón. Odiseo cegó a un dios, pero no mató a los dioses.
En cambio, lo que nuestro joven doctor hace es más radical; despoja al vampirismo de cualquier referencia sobrenatural. Lo coloca en el mismo nivel que la influenza o la disentería. De ahí a Blade, el exterminador, no hay sino un paso. La tecnología prescinde de la cruz, porque podemos combatir a los vampiros con granadas de fósforo que simulan la luz solar.
De nuevo el Enmascarado de Plata
Sólo me queda un consuelo: saber que Santo no sucumbió al embrujo de la Ilustración. El Enmascarado de Plata nunca tuvo problemas para conciliar los avances científicos más prodigiosos con los misterios más sobrenaturales. Fue un héroe que lo mismo luchó contra la reina de las vampiras (1962) y la invasión de los marcianos (1966), que contra los villanos del ring (1966) y la mafia del vicio (1970). ¿Verdad que un tipo así es admirable?
Hace algunos años alabé en esta revista la lucha libre mexicana, porque sus vidas no son atormentadas ni esquizofrénicas, a diferencia de Batman, Superman y el Hombre Araña. Noto ahora otra cualidad encomiable de nuestros luchadores: Santo, Blue Damon y Mil Máscaras son capaces de enfrentar el mal valiéndose de la tecnología más sofisticada (todos recordaremos los focos de 100 watts que se encienden y apagan en sus laboratorios secretos), pero el dominio de la técnica no les impide aceptar que hay algo más allá de la ciencia empírica.
Confieso que envidio a los enmascarados del cine mexicano porque son capaces de realizar una feliz síntesis entre lo natural y lo sobrenatural, la gran aspiración del cristianismo romano. Confieso, también, que me tienta el vampirismo materialista. La fascinación de la ciencia empírica es fuerte. Confieso, finalmente, que echo de menos entre los grandes científicos mexicanos la presencia de cabezas cristianas. Seguro es una falsa impresión. Lo que me queda muy claro es que la cultura católica necesita de hombres que dominen las ciencias exactas. No me resigno a que el vampirismo se cure con ácido bórico, y la nostalgia de Dios, con prozac…

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