La clase media da la cara

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«La comunidad política tiene por causa la práctica
de las bellas acciones, y no simplemente la convivencia;
y de aquí que quienes contribuyen más a una comunidad
de esta especie deben recibir más de la ciudad…»
Aristóteles, Política III, 5
La cólera de Héctor
Estoy hasta las narices de pagar impuestos. La seguridad social carece de las medicinas que necesito. Mi familia requiere de atención médica; las citas se conceden a cuentagotas, según el aletargado ritmo de la burocracia. Hace tres años, mi tío Sergio murió, a fin de cuentas, por falta de recursos en el hospital público donde infortunadamente fue a dar.
Los baches siembran las calles del DF. Los microbuses conducen como les pega la gana, verdaderos micro-obuses, frente a la abulia de la policía cómplice. El narcotráfico tan campante: cualquiera de mis estudiantes podría nombrar varios lugares donde se venden drogas.
¿Violencia? Un recuento de mis conocidos asesinados en los últimos años: Gabriel, colega de la Panamericana y Jorge, profesor del ICAMI, que se resistieron a entregar su automóvil, recibieron un balazo en la cabeza; Alfonso, el padre de un buen amigo, fue asesinado en la puerta de su casa, y Yolanda, con quien colaboré para la edición de un libro sobre adicciones, murió secuestrada durante su fallido rescate. Hace unos meses robaron mi casa; se llevaron mi agenda electrónica, mi computadora y el daguerrotipo de mi tía bisabuela. Ingenuamente intenté denunciar; el ministerio público era una sucursal del infierno de Dante.
Salgo de la ciudad. Donde antes había bosques, ahora sólo hay montes pelones. Mi abuelo materno, militar, se jugó la vida defendiendo los bosques de este país. Su esfuerzo resultó vano. Durante el verano entrevisté a media docena de campesinos, nacidos a principios de siglo, y me hablaron de manantiales de agua, venados y armadillos donde hoy no hay sino ratas, huizaches y envases de plástico.
Sí: estoy hasta las narices de pagar impuestos, porque ciertas obras públicas hicieron inhabitable mi departamento. No debería extrañarme. Durante su juventud, mi padre perdió un terrenito por el rumbo de Santa Úrsula –literalmente un lote de pocos metros– porque lo invadieron unos delincuentes comandados por un politiquillo. A otro familiar le expropiaron su casita, por allá por el rumbo de Cuautitlán, para construir un parque industrial. Por supuesto, con el dinero que le dieron no le alcanzó ni para el enganche de su nueva vivienda. Lástima que los vecinos de la región no tuviesen machetes para cerrar la autopista México-Querétaro. Así somos los de la clase media, desconoce más el arte de bloquear carreteras.
No. No me estoy quejando del gobierno municipal, estatal o federal. No me quejo de un partido específico, ni de un personaje en concreto. Me estoy quejando de todo el gobierno, pues como decía mi abuela: «tan lindo es Jesús como es María», no hay a quién irle.
LA CLASE MEDIA: COMODÍN SOCIAL
No soy rico como para poder pagar un fiscalista que me defienda de la Secretaría de Hacienda. Con dificultad logro pagarle al contador que lleva mis modestas cuentas y evitar la cárcel por evasión fiscal. Estoy seguro de que si pudiese contratar a uno de esos despachos copetudos de expertos fiscales podría mitigar los impuestos. En términos prácticos, dedico un día y medio de mi salario semanal para pagarlos. ¿Cuánto pagaban los campesinos egipcios para sufragar la construcción de las pirámides de sus faraones?
Para bien y para mal, soy clasemediero. No tengo la suficiente caradura como para robar la energía eléctrica y evadir el molesto recibo de la luz. El otro día salí a Puebla: sorprende la cantidad de casas que cínicamente se cuelgan de la red eléctrica, los mentados diablitos. A juzgar por el tamaño y los materiales, muchas de esas familias no eran miserables.
Somos un país de muchos pobres, muy pobres, y de pocos ricos, pero muy ricos. En ese escenario, la clase media no pinta ni cualitativa ni cuantitativamente. Nuestro voto no es redituable en política. ¿A quién le importa nuestro voto cuando las elecciones se definen por la sumatoria de los millones de desposeídos y de las decenas de poderosos? Y claro, como no contamos, se nos puede castigar con más impuestos.
LA CLASE MEDIA, MEDIO INCÓMODA
El republicanismo –que nada tiene que ver con el partido republicano de EU– es el punto medio entre la demagogia y la oligarquía. La esencia del republicanismo es una abundante clase media, es decir, un segmento sobrio, trabajador, emprendedor, que está ahí no porque heredó su fortuna, sino porque se levanta diariamente a tiempo para llegar a la oficina, que se esfuerza por ahorrar, por formar un patrimonio. Mi abuelo paterno fue minero (murió de silicosis) y mi abuela sacó adelante a sus hijos lavando ropa ajena. Mi padre estudió en el Politécnico, contó con una modesta beca, consiguió empleo y salió adelante. Aquí estoy yo: fruto del empeño de dos generaciones.
La clase media es un perpetuo estadio de aspiración. Somos una clase incómoda para los políticos profesionales: no se nos puede comprar con atole y tamales, y, por otra parte, somos tan exigentes como la clase alta.
En su origen, las democracias griegas reservaban la ciudadanía para quienes a) pagaban impuestos, b) participaban en los cargos públicos sin remuneración y c) cumplían el servicio militar. Sólo quien contribuye a sustentar la ciudad merecía considerarse ciudadano. Evidentemente no defiendo este concepto restrictivo de la ciudadanía; sin embargo, me parece que hay un deje de razón en tal posición. La esencia de la república es, precisamente, el carácter público del gobierno. Democracia es el gobierno del pueblo y para el pueblo, pero también significa, y esto es importante, que es por el pueblo. Es un camino de ida y vuelta: la condición ciudadana es un derecho y una obligación.
Cuando trabajé para la asistencia social pública, escuché de boca de un perito en discapacidad una fórmula que me pareció particularmente afortunada: «Únicamente podemos decir que una persona discapacitada está integrada plenamente a la sociedad cuando ella puede pagar todos sus impuestos, sin ningún tipo de concesiones, es decir, cuando la estructura social es tal que le permite ganarse la vida como cualquier otro, sin subsidios ni exenciones».
Mutatis mutandi, la plenitud de la ciudadanía se da cuando asumimos la carga equitativa que nos corresponde de lo público. Aquí la palabra mágica es equidad. La verdadera justicia es distribución proporcional. El que gana más, paga más. Pero también, por equidad, quien contribuye cabalmente al mantenimiento del Estado tiene derecho cabal a todo aquello por lo que está pagando: seguridad social, paz, medio ambiente limpio, educación y un largo y tupido etcétera.
CLASE MEDIA, CIUDADANOS A MEDIAS
A todas luces, la clase media lleva a cuestas un fardo desproporcionado. Somos nosotros quienes, teniendo el derecho a educación pública, relevamos al Estado mexicano de su obligación, pues preferimos pagarla de nuestro bolsillo dada la baja calidad de la que él nos proporciona. Y lo mismo sucede con la medicina y, el colmo, con la seguridad física. Cuando colocamos rejas en nuestras casas, estamos supliendo con nuestro dinero la seguridad que el Estado debería garantizarnos.
Republicanismo es transporte público cómodo, parques para los niños, pensiones dignas para el retiro, hospitales eficientes y hospitalarios, bibliotecas y museos, aire limpio. Estoy seguro de que la clase media mexicana cumple con su parte. Mi duda es si los demás hacen la suya. El problema es que los clasemedieros tenemos mucho quehacer; no podemos asistir a manifestaciones en horas de trabajo y, mucho menos, dedicarnos a cabildear en las penumbras de los palacios de gobierno. Estamos en las manos de los políticos profesionales quienes no están excesivamente preocupados por la clase media; eso sí, nosotros cubrimos el sueldo que quincenalmente, con puntualidad matemática, reciben para su regocijo.
Estoy hasta las narices de pagar impuestos. Desde que tengo uso de razón, México cae una y otra vez en crisis. ¿Y quién saca al país del atolladero? ¿Quién paga los platos rotos? ¿Quién recoge el tiradero y paga la cuenta de las fiestas de ricos y pobres? Nosotros, la heroica clase media.

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