Yo no fracasé 1000 veces

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Corría el año de 1879 cuando la primera lámpara incandescente, cuyo componente esencial era un filamento de bambú carbonatado, pudo brillar durante 48 horas continuas proveyendo de la luz del éxito a uno de los inventores más grandes y prolíficos de la historia. Por supuesto me refiero a Thomas Alva Edison, quien por contraste en su infancia fue catalogado por un maestro de primaria como un alumno «estéril e improductivo».
Edison comprobó a lo largo de su carrera científica, que como él sostenía, «el genio es uno por ciento de inspiración y noventa y nueve por ciento de dedicación». Retomando esta frase, surge la interrogante en mi mente de por qué en México no avanza la ciencia como nosotros esperamos. ¿Nos hace falta inspiración o dedicación?
Para responder a esas preguntas, reflexionemos sobre la situación actual del hombre frente a la sociedad y sobre la priorización de sus principios. En México, como en muchas otras partes, los seres humanos estamos inmersos en la corriente de pensamiento que sugiere el tratar de vivir una vida plena basada en la ley del menor esfuerzo.
Las ideas rebozan en todo el mundo, existen tantas soluciones a los problemas como hombres y mujeres habitando el planeta; sin embargo, la ley del menor esfuerzo exige elegir soluciones momentáneas a dilemas duraderos. Asimismo, el gran afluente de información proveniente de los medios masivos de comunicación hace que la curiosidad del ser humano se reduzca a satisfacer lo más con lo menos. De esa forma, será difícil lograr 99 % de dedicación.
De la misma manera, existe una deficiente capacidad de fomentar el pensamiento orientado a la imaginación. Albert Einstein sentenció: «La imaginación es más importante que el conocimiento». Y es cierto, saber no valdría de nada si los conocimientos no encontraran una aplicación práctica. ¿De qué sirve saber cómo funciona el cuerpo humano, si no se va a aplicar ese conocimiento para mejorar su calidad de vida?
 
MIL FORMAS DE CÓMO NO HACERLO
Es difícil encontrar en la infancia actual, niños y niñas cuya imaginación salga de los límites establecidos por la televisión y el asfixiante entorno social que los rodea, que en vez de estimularlos a razonar para solucionar, les enseñan a solucionar sin razonar. Evidentemente la tecnología, aunque es una herramienta que nos ayuda para el desempeño de nuestras actividades cotidianas, limita la capacidad de raciocinio debido a una solución momentánea para un problema duradero. Así ¿cómo se va a encontrar ese 1% de inspiración?
Si la invención de la bombilla eléctrica hubiese dependido de esta filosofía, probablemente hubieran transcurrido muchos más años hasta que se perfeccionara su modelo. Afortunadamente, Edison pudo aplicar sus conocimientos, pero sobretodo su tenacidad para llegar a la solución esperada. ¿Cuántos de nosotros no nos hemos rendido después del segundo o tercer intento? Sería complicado hallar a alguien que actualmente persista después del décimo o vigésimo intento. Pero el invento del foco, a Edison le tomó 1001 pasos. Él mismo dijo: «Yo no fracasé 1000 veces, la invención del foco me enseñó 1000 formas de cómo no hacerlo».
La conclusión obligada es que hay que fomentar el conocimiento y la curiosidad en la infancia y en la sociedad en general. Estamos muy lejos de llegar a conocerlo todo. Hay que salirse de los esquemas pre-establecidos y aprender a pensar como individuos. No hay ideas equivocadas, solamente diferentes.
Si todos pensáramos igual, nadie pensaría mucho. Por lo tanto, hay que imaginar nuevas soluciones y reconocer que la vida no premia al que más sabe, sino al que más persevera. Así que retomemos el ejemplo de Edison como un pensador que con su estilo de vida nos enseñó que el trabajo arduo basado en la aplicación del conocimiento permitirá que el progreso tecnológico y social eleve nuestra calidad de vida.

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