Emergen héroes de carne y hueso

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El futuro ya llegó. Es 2010 y nos hallamos en plena celebración del bicentenario de la guerra, que no sólo dio la independencia a nuestro país sino también la posibilidad de dejar de ser Nueva España para transformarse en México.
Festejamos la emancipación patria, recordamos los nombres de sus «héroes» –los insurgentes– y conmemoramos las batallas libradas contra sus «enemigos» los realistas. Sin embargo, éste también es, o debería ser, tiempo de reflexión sobre el pasado y las formas en las que lo construimos y lo concebimos. Una puerta generosamente abierta para transformar la «historia de bronce» fría e impersonal con protagonistas «buenos o malos», en una más precisa, imperfecta y, en consecuencia, más humana.
De la independencia se ha dicho mucho y escrito más en los últimos meses; no intento una revisión pormenorizada en estas líneas; aspiro sólo a compartir algunos datos y reflexiones curiosas, por llamarles de alguna manera, sobre este hecho fundamental en la historia nacional.
1. La conspiración de Querétaro de 1810. Se nos ha dicho en reiteradas ocasiones que fue el germen del movimiento de independencia. En esa ciudad, y bajo el disfraz de «tertulias», se celebraban reuniones a las que asistían personajes cuyos nombres nos resultan familiares: Ignacio Allende, Mariano Abasolo, Juan Aldama, el corregidor de la ciudad José Miguel Domínguez, su esposa Josefa Ortiz de Domínguez y el sacerdote Miguel Hidalgo, entre otros. Hidalgo fue el último en incorporarse a la conjura –pocos lo saben– gracias a la petición expresa de Allende, militar con quien mantenía amistad entrañable.
2. De Miguel Hidalgo. Podemos señalar que entró al seminario obligado por su padre, administrador de una hacienda en el actual estado de Guanajuato, dadas sus pocas habilidades para desempeñar ese oficio. Su falta de vocación se manifestó en su interés por las mujeres, la celebración de tertulias y conciertos en su casa, la cría de gusanos de seda y la lectura de los autores ilustrados –las dos últimas actividades prohibidas por la Corona española.
A pesar de lo que afirman los libros de texto y algunas autoridades, Hidalgo no fue el iniciador de la independencia. Si bien es cierto que en la madrugada del domingo 16 de septiembre de 1810 tocó las campanas de su templo para congregar a las personas del pueblo de Dolores –debían ser muchas por ser día de mercado– y las incitó a unirse a su causa, jamás usó el término «independencia».
Quienes lo escucharon y dejaron testimonio escrito de su discurso improvisado, coinciden en que gritó: Muera el mal gobierno, ¡Viva Fernando VII! y ¡Viva la Virgen de Guadalupe! De perseguir la libertad de estas tierras, ¿tenía sentido reconocer a Fernando VII, entonces encarcelado en Francia, como su gobernante legítimo? No. Para Hidalgo el mal gobierno era el que encabezaba en España el francés José I, hermano de Napoleón Bonaparte y apodado por el pueblo «Pepe Botella» aunque, dicho sea de paso, ha quedado en evidencia su naturaleza abstemia.
La empresa de Hidalgo aspiraba a establecer en la ciudad de México una junta de gobierno criolla que rigiera el virreinato hasta la liberación de Fernando VII.
Otro detalle importante sobre Hidalgo es que jamás se le realizó un retrato en vida. El origen de su imagen tradicional, un sacerdote como de setenta y tantos años –cuando en realidad tenía 58 al morir–, tiene dos explicaciones. Algunos señalan que tras consumarse la independencia, el Congreso tomó a uno de sus hermanos como modelo para hacer un retrato del héroe patrio en función de su gran parecido. Otros, atribuyen a Maximiliano de Habsburgo la realización de la pintura, pero tomando como patrón a un sacerdote de origen belga.
3. Del capitán Ignacio Allende, otro de los conspiradores queretanos, se debe subrayar su carácter temerario y su gusto por el esfuerzo físico. Producto de ello fue una fractura prominente en el rostro causada por un toro. Como una de las características que la historia oficial atribuye a sus héroes es la belleza, todas las representaciones iconográficas posteriores a la independencia hicieron caso omiso de ese notorio detalle.
4. La amistad entre Hidalgo y Allende se truncó poco después del inicio del movimiento pues en la ciudad de Celaya se acordó que Hidalgo ostentara el cargo de capitán general del ejército insurgente –en gran medida por su condición sacerdotal– y Allende fuera teniente general. Allende jamás perdonó a Hidalgo haberle quitado el control de las milicias. Desavenencia que duró hasta el final de sus vidas, como lo evidencian los juicios de infidencia que les fueron seguidos, en los que ambos afirmaron estar arrepentidos por lo hecho y no dudaron en responsabilizar al otro por todo lo sucedido.
5. De igual forma, la historia de bronce es un tanto injusta con algunos participantes de esta trama, y pareció olvidarlos una vez cumplida su «función histórica». Es el caso de los corregidores de Querétaro, de quienes poco se sabe tras «El grito». Miguel Domínguez siguió ocupando su cargo hasta 1813, cuando fue detenido junto con su esposa y encarcelado. A él lo liberaron pocos días después, en cambio a Josefa la trasladaron al convento de Santa Teresa en la capital novohispana; como en la época virreinal no existían cárceles para mujeres, los conventos hacían las veces de éstas. Finalmente la corregidora fue liberada en 1817 por intervención de su marido, quien justificó su petición alegando que era un hombre pobre, enfermo y obligado a mantener… ¡14 hijos!
6. El sacerdote José María Morelos y Pavón, alumno y sucesor de Hidalgo a partir de 1811, es uno de los personajes más importantes del movimiento insurgente, entre otras  razones, porque fue el primero en hablar de la independencia de Nueva España, en proponer una república como forma de gobierno y en suprimir la tortura. A reserva de su constante defensa de éstos y otros principios, lo cierto es que en su vida hay curiosidades dignas de mención.
Una primera incógnita es su origen étnico. Él decía ser de origen criollo, lo que se entiende por las ventajas que ser español reportaba en el sistema social sobre los otros estamentos. Sin embargo, los retratos existentes lo presentan en ocasiones con rasgos de mestizo y, en otras, de mulato.
Como Hidalgo, su ingreso a la vida sacerdotal se debió más al interés que a la vocación. Entró al seminario en 1791 a los 24 años –cuando lo habitual eran 13 o 14– para cobrar la herencia de su bisabuelo. Por ello, no resultan extraños los amoríos que sostuvo con Brígida Almonte, con la que procreó varios hijos por los que siempre veló pero a quienes no pudo darles su apellido por ser sacerdote. Entre ellos destaca Juan Nepomuceno Almonte, quien de pequeño solía vestir de militar y acompañar a su padre al campo de batalla y que, con los años, fue uno de los mayores promotores de la Segunda intervención francesa (1862-1863) y del Segundo Imperio Mexicano (1864-1867).
Pese a carecer de formación militar formal, Morelos alcanzó grandes triunfos entre 1811 y 1814. Sus campañas trascendieron las fronteras novohispanas y se cuenta que el propio Napoleón Bonaparte expresó en 1812: «con cinco hombres como él, conquistaría el mundo».
Hay que reconocer que ello se debe también a la habilidad del Siervo de la nación para hacerse acompañar por hombres que eran, además de sus amigos, hábiles en el campo de las armas. Cuando Mariano Matamoros, sacerdote y brazo derecho del insurgente, fue aprehendido, Morelos no dudó en ofrecer doscientos prisioneros a cambio de la libertad de su estratega, oferta que rechazaron los realistas.
En 1814 cambió la suerte de Morelos en el campo de batalla y los fracasos superaron a los éxitos. En 1815 lo apresó el ejército realista, lo degradaron como sacerdote y lo declararon hereje, además de obligarlo a retractarse de todo cuanto había dicho y hecho a partir de 1811. Murió fusilado en Ecatepec el 22 de diciembre de 1815. Su última comida fue un pan acompañado con café.
7. A partir de ese año, ninguno de los insurgentes tuvo la fuerza para ocupar el liderazgo del movimiento. Vicente Guerrero, oficial insurgente de origen mulato (combinación de español y negra) o zambo (producto de indio con negra) se hizo famoso por acuñar la frase La Patria es primero y por las continuas pérdidas de efectivos sufridas en sus enfrentamientos contra el ejército realista, lo que dificultó en gran medida su labor de resistencia en el estado actual de Guerrero.
8. En la región que hoy es Veracruz, el criollo José Miguel Ramón Adaucto Fernández y Félix encabezó por años la lucha por la independencia con un pequeño contingente de soldados. Quiso cambiar su nombre por el de Guadalupe Victoria en honor a la Virgen de Guadalupe, en una decisión que sabía atraería más voluntarios a su causa. Lamentablemente la contienda pasó factura a su salud pues, a partir de 1817, empezó a padecer ataques de epilepsia y desarrolló la enfermedad de Chagas –una parasitosis crónica y mortal en el largo plazo.
9. Otra figura importante, cuya participación ayudó a levantar los ánimos, fue el español Mina. Su nombre era Martín Xavier Mina pero, por razones desconocidas, en México se le suele confundir con el de su tío: Francisco Xavier Espoz y Mina. Conocido en España como «el mozo», por su lucha contra los franceses; nuestro Mina tuvo una vida un tanto azarosa. En 1810 lo aprehendieron los franceses y fue liberado en 1813, un año más tarde, perseguido por Fernando VII por sus ideas liberales se refugió en Inglaterra, entonces santuario de todos los perseguidos políticos europeos.
Ahí conoció a Fray Servando Teresa de Mier, quien lo convenció de ir a pelear por la independencia novohispana para cobrarse venganza contra el rey español. Tenía varias anécdotas de Fray Servando, como la de que fue expulsado a España por cuestionar el 12 de diciembre de 1794 la aparición de la Virgen María; también la de ser «el amo de las fugas» pues logró escapar de la cárcel en siete ocasiones y la de negar la autoría de algunas de sus obras al descubrirse que había plagiado a autores europeos. Un último apunte sobre él. Al morir en 1827, sus restos fueron enterrados en el convento de Santo Domingo, pero con motivo de la aplicación de las Leyes de Reforma fueron exhumados y momificados en 1861. Vendieron su momia a un empresario italiano para ser exhibida en su circo…
Cuando Mina llegó a Nueva España en 1817 no era un completo desconocido pues ya le precedía la fama como guerrillero y héroe en la lucha contra los franceses; sin embargo, no le bastó para alcanzar el éxito y fue apresado ese mismo año. Era tal la admiración provocada entre sus custodios, que el virrey Apodaca dio la orden de apurar su fusilamiento. Pascual Liñán, acérrimo perseguidor de Mina y encargado de ejecutar la orden, escribió en el parte militar «[…] cayó herido por  la espalda, sintiendo sólo que se le diese la muerte de un traidor […]».
10. Suele afirmarse que la lucha por la emancipación se reanudó en 1820 cuando entró en vigor en todo el imperio español la Constitución de 1812 –a la que debe su nombre nuestra Plaza de la Constitución o Zócalo–, aunque en realidad no es cierto. Bastó la noticia de que los liberales habían llegado al poder, en España en enero de ese año, para que un pequeño grupo de peninsulares se reuniera en el templo de La Profesa con la idea de reavivar el movimiento independentista e impedir la llegada de dicho documento a Nueva España. ¿Quién nos iba a decir que, a final de cuentas, serían los propios españoles los encargados de llevar a cabo la independencia de la madre patria?
11. Al criollo Agustín de Iturbide se le encomendó ejecutar esta tarea. Si bien en el campo de batalla fue uno de los mejores exponentes del ejército realista, en otros campos su conducta no siempre fue ejemplar. Lo acusaron de malversación de fondos y de abuso de autoridad en Guanajuato, lo que ocasionó su separación temporal de la milicia.
Uno de los hechos más memorables y pintorescos de este tiempo fue el famoso Abrazo de Acatempan (en el actual estado de Guerrero) entre Iturbide y Guerrero. En tanto las tropas del primero iban perfectamente uniformadas, las del segundo vestían de civiles, y algunos de harapos, lo que sin duda debió ser una imagen bastante impactante para todos.
Iturbide también supo hacerse de los favores y la amistad de Juan O–Donojú, conocido como el último virrey en Nueva España y cuya tarea principal, según varios historiadores, era la de firmar la independencia. De él se dice que llegó muy enfermo, al extremo de haber perdido todas las uñas, como consecuencia de las torturas padecidas a manos del rey Fernando VII.
12. Sobre la consumación de la independencia hay algunos aspectos a destacar. Se celebró el 27 de septiembre de 1821 con un desfile militar a las diez de la mañana en la ciudad de México. A la cabeza se encontraba Agustín de Iturbide, considerado entonces como el libertador del país, mientras que Vicente Guerrero fue relegado a la retaguardia y Guadalupe Victoria ni siquiera fue invitado.
En el último momento Iturbide modificó la ruta de la procesión para pasar delante del balcón de María Ignacia Rodríguez de Velasco y Osorio Barba, alias la «Güera Rodríguez», famosa por los amoríos que mantuvo con Alejandro Von Humboldt, Simón Bolívar y, por supuesto, el propio Agustín de Iturbide.
Un día después se firmó el Acta de Independencia del Imperio Mexicano, evento al que no fueron invitados Guerrero ni Victoria –los insurgentes que por más tiempo habían peleado por la liberación novohispana. Curiosamente, hasta el 28 de diciembre de 1836 la reina Isabel II de España, hija de Fernando VII, reconoció a México como nación autónoma.
Desacralizar el pasado no significa ser irrespetuoso; por el contrario, implica entender que su protagonista por excelencia es el ser humano con todo lo positivo y negativo que posee. Celebramos doscientos años de vida independiente, la mayoría de edad al fin, pero seguimos divulgando una historia de niños que nos hace creer en héroes y villanos, en la bondad y la maldad puras, en mexicanos buenos en un lado y en el otro, traidores. Con ello no sólo dejamos de ver los matices que animan nuestra existencia día a día, también nos alejamos de lo que afirmó el poeta latino Publio Terencio hace más de dos milenios: «Hombre soy, nada de lo humano me es ajeno».

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