El hombre y la dirección según Carlos Llano

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Rafael López. Ediciones Ruz. México, 2007
La tarea  más importante de un director es ser forjador de carácter, empezando por el propio. Para Llano la clave está en preocuparse más por «los hombres que tienen que hacer las cosas que por las cosas que tienen que hacer los hombres».
El autor realiza un trabajo de síntesis sobre la antropología de la acción directiva centrada en el hombre que fue propuesta por Llano Cifuentes. La obra se estructura en tres capítulos. El primero presenta el análisis antropológico de la empresa y de la acción directiva. El segundo aborda los estilos de mando en la empresa. Y en el tercer capítulo se analiza el racionalismo en la dirección de la empresa.
La perspectiva antropológica ayuda a entender el desarrollo de la inteligencia, la voluntad y el carácter que debe tener quien dirige una organización. Para Llano, la importancia no radica en el oficio de dirigir sino en la capacidad de la dirección como forjadora de carácter. De ahí que sólo la dirección que suscita autodominio, síntoma de un carácter formado, podrá coordinar a otros: «para formar el carácter de otro se necesita tener carácter». En otras palabras, el director en su rol de líder se sirve de las personas para poder ayudarlas, las escucha, está a su servicio: «se preocupa más por los hombres que tienen que hacer las cosas que por las cosas que tienen que hacer los hombres». En el análisis de Llano, la acción de dirigir consiste en tres actividades fundamentales: diagnóstico (conocer objetiva y humildemente la situación en cuestión), decisión (actuar con magnanimidad en la orientación de las acciones futuras) y mando (sobre uno mismo y sobre los otros para alcanzar una meta común).
En el capítulo sobre los estilos de mando se distinguen dos tipos de procesos: uno en el que la dirección está centrada en el hombre y otro en el que la dirección está centrada en la tarea o trabajo que se debe realizar. El directivo tiene que resolver tanto los problemas de orden humano como los técnicos, pero López González subraya que para Llano el defecto endémico del empresario actual es «sacar poco partido del recurso más importante con que cuenta: los hombres que conforman la empresa».  Desde la perspectiva de Llano, la confianza de la organización en la capacidad de sus hombres es uno de los valores que configuran el desarrollo de la misma. Por lo tanto, el problema reside en la capacitación del director como «líder» de esos hombres: «la capacidad de dirigir no es monopolio de unos cuantos, sino que es comunicable».  Sin embargo, de todas las actividades que pueden ejercerse en el mando, la de dirigir hombres es la más complicada y difícil (aun cuando a veces el director piense que por su intuición, cualidades o experiencia es la más sencilla), y debe encararse diariamente.
En resumen, la función central de un director de empresa es: «dirigir hombres para obtener de ellos resultados justos y eficaces». Llano insta por una dirección basada en la colaboración y en objetivos comunes claros y que se difundan correctamente en toda la organización. En el liderazgo de «inclusión» sugerido por Llano: «no se puede ayudar a los hombres haciendo permanentemente lo que ellos pueden  y deben hacer por sí mismos».
En el último capítulo –sobre el racionalismo en la dirección– Rafael López explica la diferencia entre el pensamiento para la acción y el pensamiento para la especulación. Desde esta visión, y siguiendo la línea antropológica centrada en el hombre, el énfasis del modelo de acción directiva se focaliza en el acierto y la actuación del director y se juzga por la consecución de los objetivos propuestos.

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