WikiLeaks. ¿Hasta dónde debemos conocer?

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En la globalización ya no existen secretos. En la posmodernidad ya no existe privacidad. Lo privado dejó de ser personal, hoy ya nada es de nadie, ni la historia personal o social, menos la política. El «gran hermano» atomizado todo lo observa, todo lo lee, todo lo interpreta, y además, paradójicamente, nada censura.
Hoy, los contrapesos son políticamente incorrectos. El matiz ya no es de gente inteligente. El detalle sólo lo destaca y ejercita aquél anticuado individuo que tiene referentes al comportamiento social. Todos tienen derecho a todo. Hasta la información que le pertenece a quien la genera ya no tiene propietario. En el mundo de WikiLeaks todos somos dueños de toda la información.
Como es sabido, a finales de 2010 se publicó que en un sitio de la red estaban concentrados cerca de un cuarto de millón de documentos secretos –cables– del gobierno de Estados Unidos, y que los patrocinadores de ese sitio estaban distribuyendo selectivamente dicha información a medios de comunicación de ese país, Inglaterra, Alemania, España y Francia. La información –como dicen algunos reporteros para no asumir responsabilidad– habría llegado a ese sitio porque otro individuo la sustrajo ilegalmente de algún centro de inteligencia de aquel país.
Es casi obvio señalar que este caso no podría haberse generado en las dimensiones que hoy en día se manifiesta sin el desarrollo tecnológico correspondiente. La digitalización de los contenidos e internet, así como su innegable y correspondiente avance, hacen posible que estos sucesos se puedan dar a conocer prácticamente en tiempo real a todo el mundo. Por tanto, la tecnología y su desarrollo no es la causante por sí misma de lo que hoy podemos conocer. Hasta conocer, tal vez, aquello que no debiéramos conocer. La tecnología es un medio. ¿Internet no es la carretera de la información?
¿TENGO DERECHO A SABERLO TODO?
Los hechos, comentarios, análisis y sucesos que de ahí se han generado llaman la atención por lo menos en los siguientes aspectos: la calidad de la información secreta hasta ahora difundida; el control que se tiene sobre esa información; los autores y los protagonistas que solicitan y que procesan esa información; el derecho que tiene el gobierno de un país sobre otros para recabar esa información; y, aún más importante, el derecho que tiene cualquier persona sobre la información toda.
Que una presidenta tiene estrés. Que un general opina que el ejército está mal preparado. Que un presidente dice que otro financió a su opositor electoral… Es interesante saber que los gobernantes se preocupan por el perfil psicológico de otros colegas suyos. Pero más interesante es la reacción social, mediática y del llamado círculo rojo sobre el tema. En una cultura autoritaria todo es sospechoso. Es asombroso cómo el lugar común del análisis correspondiente es que ya se sabía todo y que todo se explica porque el poderoso –léase Estados Unidos– maneja los hilos de la realidad nacional. Y como la cultura autoritaria nunca asume responsabilidad alguna, claro está que a nosotros siempre nos va mal por alguien más, nunca por las acciones de nosotros mismos.
Igualmente resulta curioso que el contenido de muchos de los mensajes hasta hoy conocidos tenga un nivel de subjetividad tan grande y que no resistan ningún tipo de análisis factual. Mucho del contenido se mueve entre la superficialidad vestida de profesionalismo hasta la ingenuidad pasmosa y sorprendente de la élite política del país más poderoso del mundo. ¿De verdad se toman decisiones con esa calidad de información?
Es obvio que de manera exclusiva esa información no sirve de mucho y por lo tanto es o se sugiere que es complementaria. Según esos contenidos podría inferirse a quién o a quiénes les podrían ser útiles esos documentos. El sistema plutocrático de los Estados Unidos no sólo sirve a intereses geopolíticos de largo alcance, sino que también es «usado» por el gran capital para la toma de decisiones económicas y comerciales en todo el mundo. Tal vez no sea una exageración sostener, como alguien ha dicho, que dado el nivel de intervencionismo e injerencia de los EUA en muchos países, todo ciudadano del planeta debiera poder elegir a sus gobernantes.
Pero la veta más importante de este caso podría estar en el derecho a la información que todo individuo tiene. Sí, todo ser humano tiene derecho a la información, pero no a toda. Toda persona tiene derecho a la información que le corresponda, y no a otra. Un miembro de un consejo de administración tiene derecho a la información estratégica de la empresa u organización, pero un operario no. Un operario tiene derecho a la información estratégica que le compete por y para la función que desempeña. El operario tiene derecho a la información estratégica de la empresa que tenga que ver específicamente con sus responsabilidades.
La información que proviene del sector público por definición es pública. La información de los gobiernos dada su representación popular debe ser transparente a la ciudadanía en general, por la simple y llana razón de que el gobierno es de la sociedad. Sin embargo, cuando hablamos precisamente de información estratégica –verdaderamente estratégica– entonces debemos acudir al razonamiento del bien superior, o el bien común.
UN NUEVO SISTEMA DE CONTRAPESOS
Por razones de bien común podría ser no conveniente que la población en general tuviera acceso a toda la información de los gobiernos. El «exceso» de transparencia puede ser altamente riesgoso para un Estado o para una sociedad en general –pensemos en conflictos geopolíticos o de seguridad nacional. En ese sentido, inclusive a nivel público, no todo mundo tiene derecho a toda la información. Todos tenemos derecho sólo a aquella información que nos compete para nuestras responsabilidades económicas, profesionales, sociales o políticas.
Ciertamente el fenómeno de la globalización en todos los aspectos es un fenómeno de apertura. Apertura comercial, apertura política, apertura informativa… La globalización es y representa un proceso de liberalización en todas las esferas de la actividad humana. Proceso de liberalidad que en principio favorece la creatividad, la innovación y el progreso humano, pero que si no se acota a nivel internacional con la construcción de un nuevo sistema institucional de contrapesos, no podrán estructuralmente optimizarse todos los beneficios que nos puede traer la mundialización.
Suponiendo que todavía falta mucho por ver en este proceso global lleno de contradicciones, la comunicación y la información se muestran como aspectos clave para el apuntalamiento de nuevas etapas en las relaciones sociales con el Estado nación y con las instituciones internacionales.
WikiLeaks, en ese sentido y paradójicamente, hoy le dice al ciudadano que debe estar mejor informado y debe ser más participativo ante sus gobiernos. Igualmente WikiLeaks, hoy plantea retos a la institucionalidad tanto local como global para mejorar los procesos de producción y manejo de la información estratégica. En el mundo de WikiLeaks todos somos dueños de toda la información, y nadie es responsable.

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