Justicia ¿sólo para ricos?

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«Abre tu boca, juzga con justicia, y defiende la causa del desvalido y pobre»

Proverbio 19, 9

«Donde no hay justicia, es peligroso tener razón…»

Francisco de Quevedo

Hace unos meses, regresando de una cena navideña, dos patrullas del DF intentaron extorsionarme con un pretexto de lo más burdo. A las dos de la madrugada a uno lo pueden acusar de cualquier cosa: en mi caso yo era «sospechoso». ¿De qué? Nunca lo supe. Por fortuna, istmo me salvó. Tras una hora de estar detenido por aquellos patanes en una calle oscura, se me ocurrió mostrarles a mis captores –eso eran realmente– un ejemplar de la revista: «Soy escritor», declaré. Como por ensalmo me soltaron; eso sí, con la cortés recomendación: «Maneje con cuidado». Soy un privilegiado. ¿Qué hubiese sido de mí sin istmo?
En el diálogo Gorgias, Platón ataca duramente a un personaje –Calicles– que defiende la tesis: «Justo es lo que hace el más fuerte». Según Calicles, justicia y poderío son equivalentes. Me temo que la práctica del derecho en el mundo, y en especial en México, ha tomado este derrotero. La justicia es patrimonio de los poderosos. Los pobres, los menos instruidos y los no influyentes, están condenados de antemano. La justicia primigenia –la que no está contaminada por tecnicismos ni por deshonestidades– se ha alejado de las personas ordinarias. Sé que muchos se molestarán por esta afirmación. Lo siento.
La justicia más elemental –«dar a cada quien lo suyo»– se desvanece entre los laberintos de la burocracia occidental y los tecnicismos del «Derecho» (detesto escribirlo con mayúscula). No nos hagamos tontos. La justicia es un bien elitista, del que gozan muy pocos; como un Ferrari o el caviar del Caspio.
El derecho es una disciplina de expertos. Esto es algo malo, pues la justicia nos concierne a todos. Este es el quid de mi artículo. Mis amigos abogados se indignarán. Ya les invitaré unos whiskies, pero mi tesis es que el esoterismo jurídico aleja de la calle el ideal de justicia. ¿No les llama la atención, por ejemplo, el uso de arcaísmos como fojas? Eso es tan sólo un indicio del hermetismo al que me refiero.

La pólis y Presunto culpable
Supongo que todos los lectores vieron ya Presunto culpable. El documental denuncia la incompetencia y brutalidad del sistema judicial mexicano. Pero hay otra denuncia más sutil: la justicia debe impartirse con base en argumentos sencillos y contundentes –que cualquier persona pueda comprender– o con base en pruebas científicas al modo de los CSI de la televisión. Lo inválido es la creación de un lenguaje artificial, que ni tiene la exactitud de las ciencias duras, ni goza de la transparencia del lenguaje coloquial.
Los griegos lo tenían muy claro. Participar en la impartición de justicia era, para ellos, un rasgo esencial del ciudadano. Los jurados populares son un invento ateniense. Esto exige que las leyes deban pensarse de tal manera que el mayor número posible de personas pueda utilizarlas.
Salgo al paso de una objeción: «La medicina tampoco es para los legos». La afirmación revela una confusión. La medicina es una ciencia que atañe a los particulares; la práctica jurídica, en cambio, es asunto público: es política. No hay república cuando la práctica legal es el monopolio de un gremio. El personaje central de Presunto culpable, Antonio Zúñiga, contempla como un espectador externo lo que el sistema legal hace con su vida. Nada más contrario al espíritu democrático. Aplicar e interpretar la ley es un quehacer público.
Sin discusión pública no hay república
Presunto culpable me provocó algunas inquietudes que se entrelazan con el Gorgias y con la concepción republicana del derecho.
¿Qué hubiese sido de Toño si el abogado Heredia –el segundo defensor; el que entra al quite– hubiese cobrado los honorarios acostumbrados? Aquí salta otra liebre. Cada vez dudo más del «libre mercado». Ciertos bienes no deben comercializarse: no son mercancías. La justicia y la salud son los ejemplos por excelencia. Por ende, cualquier sistema que privilegia a los ricos en cualquiera de estos ámbitos es un sistema inmoral. ¿La solución? Para la salud, la receta es clara: fortalecer la seguridad social. (Debemos mirar, por ello, hacia Canadá y los países escandinavos, no hacia Estados Unidos).
Respecto al tema de la justicia, confieso que no sé cuál es el camino correcto. En cualquier caso, cuando en la práctica un sistema judicial privilegia a quien puede pagar más, estamos ante un gravísimo problema de injusticia social y, de paso, se desmantela a la vida republicana. Inocencia y culpabilidad deben desvincularse de la posición económica. Con un buen abogado, Jean Valjean –encarcelado por robar un pedazo de pan– hubiese dejado a Víctor Hugo sin trama para Los miserables. ¿No?
Otra inquietud. La historia de Presunto culpable da un vuelco con la presencia de las cámaras. Cuando se comienza a grabar la historia, la causa se transparenta. Se abre la posibilidad de exponer frente a la opinión pública los rostros de los involucrados. La justicia republicana debe ser transparente. Incluso en un nivel físico: los espacios deben abrirse y someterse al escrutinio público. El Estado, la burocracia y, en general, cualquier institución vertical, tienden espontáneamente a blindarse contra la crítica y a sentirse más cómodos en la opacidad. La transparencia republicana es uno de los pocos recursos para mitigar esta autocomplacencia de la autoridad.
Ahora bien, no basta con poner a los jueces en una vitrina. Deben, además, hablar un lenguaje dirigido a los ciudadanos. A veces pensamos que el lenguaje republicano consiste en utilizar el título de «ciudadano» a diestra y siniestra. No: el lenguaje republicano procura que el gobierno de la comunidad sea un asunto verdaderamente público. Concedo que necesitamos algunos tecnicismos. Sin embargo, deben ser instrumentos, herramientas; por no decir «males necesarios». Si no hay discusión pública no hay república. Ésta es la diferencia entre la medicina y la política. La medicina es objeto de investigación científica; la política, de deliberación. Por ello, es un contrasentido blindar con un lenguaje hermético la deliberación que debería ser pública.
Medicina, derecho y justicia
Los mejores médicos se precian de sanar al enfermo por medio de pocos análisis y consultas. Resuelven el problema y, luego, se desvanecen. Curan. En ello se basa su reputación. Los malos médicos no curan; los peores, generan más males con sus medicinas. Los médicos pésimos fabrican problemas para ganar más dinero. El éxito del médico consiste en que no lo necesitemos. ¿En qué consiste el de los abogados y jueces?
Ojalá quienes saben de leyes –jueces, legisladores, litigantes, académicos– examinen críticamente el quehacer jurídico. El refinamiento y sofisticación de las ciencias produce mejores condiciones de vida. Yo no tengo nada en contra de aquellos tecnicismos útiles. Cuestión de visitar un hospital de primer nivel.
Lanzo una conjetura provocativa. Sospecho que el tecnicismo jurídico tiene más de argot e instrumento de poder, que de ciencia o deliberación política. Las complejas fórmulas y cálculos de los ingenieros y biólogos resuelven problemas. Sus aportaciones legitiman la complejidad de su discurso especializado. El homo sapiens vive, en un país desarrollado, alrededor de 76 años: el doble del promedio en la Roma Imperial. El avance es innegable. Se lo debemos, sobre todo, a la ciencia dura.
¿Vivimos hoy en una sociedad donde la justicia se imparte mejor? ¿Va el quehacer jurídico por el camino de hacer justicia para la gente de a pie? No lo sé. ¿Ustedes qué piensan? En una república, el poder de interpretar las leyes no debe convertirse en una mercancía; esto equivale a convertir a la justicia en un artículo de lujo. ¿Qué hacemos si, siendo inocentes, carecemos de recursos para pagar un buen abogado?
Espero no haber escrito demasiadas insensateces sobre el Derecho. Si lo hice, ofrezco mis disculpas; sería una prueba más de que el orden legal se aleja de la gente común y corriente.

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