¿Quiénes me trajeron al mundo? Ser padre o madre no es intercambiable

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Para un niño –al menos durante sus primeros años de vida–, las personas más relevantes son, sin duda, los padres. Su ausencia provoca en él un menor desarrollo cognitivo, pero un fuerte grado de dependencia podría derivarse en «inmadurez de la personalidad». El autor analiza la colaboración activa de ambos progenitores y replantea la importancia de la figura masculina en la formación de los hijos.
Hay hechos obvios, sobre los que apenas reflexionamos. Uno es la cuestión acerca del origen. Es evidente que nadie se ha hecho a sí mismo, que ninguna persona es el origen de ella misma, sino que procede de otras personas.
En la práctica es imposible contestar a la pregunta elemental ¿quién soy yo?, sin que simultáneamente comparezcan los padres como los seres preexistentes de los que procedo que, constituyen lo elemental del acto fundacional de lo que soy.
Es lógico que la cuestión del origen atraviese de forma ininterrumpida, como eje vertebrador de la propia existencia, el proyecto biográfico de cada persona. Por eso, la pregunta acerca de uno mismo remite siempre a la pregunta acerca de los padres, de la procedencia en el origen.
La vinculación entre el ser del hijo y el ser de los padres, con independencia de que los olvide o no, es tan natural y obligada que no parece renunciable, es radical por estar en la base y el inicio del ser de cada persona.
Hay numerosos indicios verificables de esta vinculación radicada en el propio ser. Es impensable que desde la intimidad humana se pueda hablar de uno mismo con total independencia de los padres, que se desvincule de su origen y se omita el sentido de procedencia respecto de ellos.
La psicología y la psiquiatría confirman este hecho a través de mil y una manifestaciones y consecuencias en que, más tarde, cuando adulto el hijo se desvela.
La pregunta acerca del origen queda casi siempre insatisfecha por las respuestas del primer análisis. Emerge cierta insatisfacción que lleva a formular nuevas indagaciones. Esto motiva, por ejemplo a investigar el árbol genealógico del que procede cada persona, asunto no siempre fácil. Se diría que en esa búsqueda crece el anhelo de saber de sí, no sólo de la mera corporalidad sino de la forma del propio ser y del alma de la persona.
Es un camino que partiendo de la corporalidad la trasciende y se cuestiona sobre la esencia de lo humano. Y sigue un itinerario que parte del propio ser y se eleva a la búsqueda del Ser, un camino que podría llamarse onto-teológico.
UNA DEPENDENCIA MENOR Y RELATIVA
El término origen procede del sustantivo origo y del verbo latino orior, nacer, aparecer, levantarse. Podemos distinguir dos acepciones diferentes aunque relacionadas entre sí: como principio real y como fundamento o causa.
Como principio real, origen indica aquello de lo que algo procede, el comienzo de algo, alguien, un acontecimiento o suceso. En la paternidad humana, el término está más cerca del orden real que del lógico, aunque su significado es mucho más restringido que el de principio. Como fundamento o causa, el término origen designa el principio real del cual algo o alguien procede con relativa dependencia en el ser.
En el caso de la paternidad humana, los padres son el principio real e ineludible del que procede el hijo, pero como no son ni su causa formal ni final, no se puede establecer la dependencia (causal) del hijo respecto de sus padres. Es cierto que los hijos dependen en muchas cosas de ellos, especialmente en las primeras etapas de la vida (alimentación, cuidados, prácticas de crianza, salud, crecimiento y desarrollo, afectividad, etcétera) pero a medida que crecen emerge en ellos la autonomía necesaria para valerse por sí mismos –lo que comporta mayores grados de libertad–, ni siquiera en los aspectos aludidos puede sostenerse que sigan siendo dependientes de sus padres.
El que los padres no sean la causa final y formal de sus hijos es señal clara de su sana y natural independencia. Cuando por distintas razones se mantiene un fuerte grado de dependencia entre hijos y padres –lo que sucede cuando no se les educa en la libertad–, se les hace un flaco servicio, se tergiversa su naturaleza, se distorsiona el desarrollo de su personalidad hasta un extremo enfermizo y, en definitiva, no se respeta el ser que cada uno es.
Muchos trastornos psicopatológicos en el adulto conocidos como «inmadurez de la personalidad» equivalen a diagnósticos tipificados como «trastornos de la personalidad» y están relativamente condicionados en su inicio por una dependencia patológica de los hijos respecto de los padres.1
En psicología y psiquiatría es relevante considerar la cuestión del origen de las personas porque les va en ello su libertad. Por eso la dependencia de los hijos respecto de los padres debiera manifestarse siempre como una dependencia menor, relativa y transitoria. Nadie puede vivir su vida al dictado o por encargo de lo que otras personas decidan. Cada quien ha de alcanzar su propio destino y para ello precisa de la libertad, nunca delegable ni renunciable.
OLVIDO DEL SER, DEL ORIGEN Y DEL DESTINO
Nada tan cierto como el olvido del ser en la vida cotidiana de los hombres. Y, sin embargo, nada tan obvio y misterioso como el ser.  Se comprende este olvido porque la vida humana está inmersa en el activismo del mero «hacer». Ni siquiera la relación del hombre con las cosas lo lleva preguntarse acerca del ser, porque no le interesa conocer la esencia de las cosas, sino conocerlas para dominarlas. Justo este conocimiento subordinado al dominio y a la utilidad, impide conocer su ser, siempre relegado en la indiferencia que alimenta el olvido.
La persona, extraviada en su relación con las cosas se ha olvidado también de su propio ser. Hoy, la principal amnesia de la persona es el olvido de la «casa del ser», que es el propio hombre.
El olvido de este necesario fundamento ha impactado gravemente en la paternidad humana. Si la persona olvida su origen es porque desconoce la participación gratuita del ser, el hecho de que el Ser dona el ser. El olvido del ser supone también la extinción del recuerdo del propio origen así como del sentido, dirección y destino de la propia vida.
Es lógico que el hombre amnésico de nuestro tiempo no haga pie en su propia existencia y perciba amenazada su identidad personal, que se haya quedado sin fundamento para asentar su paternidad y que incluso renuncie a ella.
Es urgente recuperar la facultad de la memoria. «La memoria –escribe Giussani2–, es la continuidad de la experiencia de algo presente, la continuidad de la experiencia de una persona presente, de una presencia que no tiene ya las cualidades y la inmediatez de cuando uno agarra la nariz de otro y tira de ella (…) La memoria es la conciencia de una Presencia».
LA VINCULACIÓN PADRES-HIJOS
El concepto de apego infantil tiene una larga historia y un breve pasado. Antes que el padre del psicoanálisis, otros autores insistieron en la importancia del vínculo afectivo madre-hijo, pero en Freud (1938) alcanza relevancia y el concepto queda en deuda con el psicoanálisis.
Lo que parecía más plausible, según Freud, era que el niño se apegaba a la madre por el mero hecho de que ella lo alimentaba. Esta teoría jamás pudo apoyarse en datos empíricos. Las nuevas teorías que atribuyen mayor importancia al ambiente y a la situación familiar que el niño vive como fuente de seguridad, tienen mayor alcance explicativo.
Hoy los investigadores no admiten que el niño se apegue a su madre sólo porque sea la fuente de sus gratificaciones fisiológicas (alimentación, higiene, etcétera). Parece que el alimento desempeña sólo un papel marginal en el apego, que se manifiesta de forma más intensa durante el segundo y tercer años de la vida, justamente cuando el niño mayor necesidad tiene de protección.
Quizá por eso, hoy se prefiere hablar de «apego», «confianza» y «autoconfianza», en lugar de «dependencia» e «independencia», términos imprecisos para calificar las interacciones entre el niño y su madre.
En realidad, es muy difícil que un niño llegue a confiar en sí mismo si antes no ha experimentado la confianza en sus padres. Y es que la confianza en otros y en sí mismo forman parte del sentimiento de confianza básico, son dos ingredientes imprescindibles de un mismo proceso.
La autoconfianza, como la confianza en otro, no sigue la ley del «todo o nada», admite cierta gradualidad que permite intervenir para acrecerla u optimizarla. Ahora se habla de «modelos prácticos del mundo y de sí mismo», que cada niño «construye», en virtud de la interacción que haya tenido con sus padres. Esta experiencia condicionará en el futuro sus expectativas y planes de acción, sus proyectos.
APEGO: VINCULACIÓN AFECTO-COGNITIVA
El modo en que el niño autoconstruye el modelo de sí mismo, a partir de las interacciones con sus padres es vital para su futuro. El modelo práctico de sí mismo será tanto más seguro, vigoroso, estable y confiado cuanto mejor apegado haya estado a sus padres, cuanto más accesibles y dignos de confianza los haya experimentado, cuanto más disponibles, estimulantes y reforzadores hayan sido sus conductas. Por contra, será tanto más inseguro, débil, inestable y desconfiado si percibe o atribuya a la interacción con sus padres rasgos de hostilidad, desconfianza, rechazo o dudosa accesibilidad.
De estos modelos prácticos que el niño autonconstruye dependerá el modo en que más tarde supone serán los modos en que los otros respondan a su comportamiento, dependiendo de ello su valía personal, su estilo emocional, en una palabra, su autoconcepto y autoestima.
Podemos definir el apego como la vinculación afectivo-cognitiva, que de una forma estable y consistente se establece entre un niño y sus padres, como consecuencia de las interacciones sostenidas con ellos. Esa vinculación depende del repertorio de conductas innatas del niño (temperamento) y de cuáles sean sus conductas de apego (llanto, risa, succión, etcétera), pero también y principalmente de la sensibilidad y conductas de sus padres.
El apego describe la necesidad básica que experimenta todo niño de buscar, establecer y mantener cierto grado de contacto físico y cercanía con las figuras vinculares, a cuyo través moldea y configura las experiencias vivenciales de seguridad, confianza, emocionabilidad y estima, referidas tanto a sí mismo como a los otros y al mundo.
Algunos autores sostienen que el apego es estable, consistente e irreversible, pero es prudente admitir –contra todo determinismo– la posibilidad de que cambie a lo largo de la vida porque está también naturalmente abierto al cambio a lo largo de las etapas evolutivas y de los mil y un aconteceres con que se entreteje la trayectoria biográfica de la persona. Esto de ningún modo niega su natural relevancia para el desarrollo de la entera personalidad infantil.
 
UN ERROR DE GRAVES CONSECUENCIAS
Es curioso que todavía hoy se hable del apego infantil en clave sólo materna, como si el padre estuviera «naturalmente» condenado a no establecer ningún tipo de vinculación con los hijos. Hace dos décadas este sesgo ha comenzado a corregirse y se ha valorado la naturaleza de las primeras relaciones padre-hijo y el impacto que el padre desempeña en el desarrollo del niño.
El olvido del padre en la interacción con el hijo en la temprana infancia no tiene justificación. En cierto modo lo causó el priorizar la función de la madre en la crianza de los hijos, error que se produjo con cierta aquiescencia de los padres, porque socialmente estaba bien visto que delegaran estas funciones en las madres.
Este error se montó sobre la convicción cultural, sin fundamento, de que la influencia paterna es relevante sólo a partir de los primeros seis o siete años de vida. Sin embargo, la proliferación de familias monoparentales (en las que el único padre es el varón), ha demostrado que esa convicción carece de apoyo natural. Es consecuencia del reparto arbitrario y artificial con que la cultura occidental ha moldeado los roles paterno y materno.
Para la teoría freudiana el padre sólo juega un papel importante en el desarrollo del niño a partir de la segunda infancia; la relación padre-hijo se consideró un papel moderador de la relación madre-hijo, en lugar de constituirse por derecho propio en un núcleo alternativo más del apego y, por tanto, irrenunciable.
El padre facilita el proceso de separación-individuación del niño con su madre, fomentando su autonomía, competencia y fortaleza, decían algunos estudiosos. Es una figura alternativa de apego, especialmente cuando la relación con la madre es problemática y conduce a una relación niño/a-padre más gratificante y positiva.
Recientes estudios destacan el importante papel que el padre desempeña en el desarrollo evolutivo de los hijos, lo que contribuye en gran medida a su desarrollo.
Como afirman Parke, Power, Tinseley y Hymel (1981), «el padre desempeña una importante e insoslayable función en los comienzos de la infancia. Las pautas de la primera interacción entre padre e hijo tienen un impacto identificable en el desarrollo cognitivo y social del niño». Esa relación influye notablemente en las posteriores relaciones sociales del niño fuera de su ámbito familiar, el rendimiento escolar infantil y la competencia cognitiva.
Diversas investigaciones han comprobado que los niños, cuyos padres están frecuentemente ausentes, tienen menos simpatías y gozan de relaciones menos satisfactorias con sus compañeros,3 al tiempo que presentan un menor desarrollo cognitivo,4 respecto de los niños que gozan de la presencia regular y estable del padre.
La ausencia del padre se define aquí en función de su permanente falta de presencia en el hogar, debido a fallecimiento, divorcio o abandono de la familia. Pero no son las únicas ni todas las causas de tal ausencia. Padres que incluso continúan siendo miembros presenciales en sus
familias se muestran frecuentemente distantes e inasequibles a sus hijos, a causa de su dedicación laboral, viajes, ausencia de interés o cansancio.
En definitiva, que no se puede concebir la educación de un niño sin la colaboración activa de ambos progenitores, ya que los dos están llamados a desempeñar el mismo protagonismo, aunque modalizado de forma diferente, según su sexo.
PADRE Y MADRE GENERAN SEGURIDAD Y AUTOCONFIANZA
Podemos representar mejor al matrimonio como una elipse que como una circunferencia porque la familia no es monárquica, sino bicéfala. En la circunferencia sólo existe un centro al que son referidos todos los contenidos que engloba. En la elipse disponemos de dos centros a los que se refieren todos sus contenidos e incluso la misma forma de la elipse, por ejemplo, de acuerdo a la distancia que haya entre los focos.
Algo similar acontece en la familia. En función de cómo sean las relaciones entre el padre y la madre serán las relaciones de apego entre ellos y sus hijos. Es preciso que se den recíprocamente entre sí los cónyuges, de manera que luego puedan darse de una forma parecida a sus hijos. La metáfora de la elipse es útil para explicar la necesidad de que los padres se den a los hijos, que necesitan a ambos y ninguno es renunciable.
Es curioso que apenas ahora se atiendan como deben las implicaciones que las relaciones padre-hijo tienen respecto de su desarrollo moral y formación ética. Si los hijos se sienten afirmados en su valer,5 es lógico que la inseguridad y la experiencia de su debilidad cesen también. Entre otras cosas, porque para un niño –al menos durante sus primeros años de vida–, las personas más relevantes e incluso investidas de una relativa «omnipotencia» son, sin duda alguna, los padres.
Si los padres aprueban el comportamiento de sus hijos, mediante esa aprobación de su conducta, aprueban también el valor de su ser. En cierto modo, la seguridad y autoconfianza que el niño puede alcanzar respecto de sí mismo proceden de sus padres. Cuando esto sucede, el niño actúa como si dijera: «Mi padre confía en mí; ninguna debilidad mía me puede detener; mi padre no se equivoca; lo intentaré otra vez, no puedo defraudarlo».
Esta autoconfianza básica es algo que necesita, aunque le haya sido prestada por su padre. Gracias a ella se atreve a acometer actividades, tareas, funciones, que sin ella jamás se atrevería. Una vez que las realiza, la autoconfianza inicial es real, consecuencia de haber realizado bien una tarea determinada y saber que lo ha hecho.
Aún así, el hijo sigue necesitando el reconocimiento y aprobación del padre que juzga sus acciones. Al manifestar bondad ante lo que el niño realiza, el juicio del padre confirma su valía personal, expresa el afecto y constituye un asentamiento sólido y bien fundado en el que puede arraigar el comportamiento ético.
De hecho, la conducta ética no se limita sólo a cumplir las normas vigentes, sino que hunde sus raíces en el núcleo afectivo, en el querer que las sostiene y fundamenta. Las normas se asumen e interiorizan –una vez que se conocen–, no por ellas mismas, sino por el amor al autor en que se fundan. De aquí que, como dice Giussani, «la fuente de la moral es querer a alguien, no cumplir leyes»6.

 
AUSENCIA DE UNA PRESENCIAY PRESENCIA DE UNA AUSENCIA
La ausencia del padre es, ante todo, la ausencia de una presencia necesaria, cuyas consecuencias condicionan en muchos casos la aparición de trastornos psicopatológicos y generan déficits en el desarrollo emocional, cognitivo y social del hijo.
A través de
la relación paterno-filial el comportamiento paterno provee al hijo del marco normativo que le permite percatarse de la realidad, es el vehículo del que se sirve para socializarse, aceptar y asumir las normas que regulan la convivencia humana, a las que habrá de adaptarse en el futuro.
Por contra, la ausencia del padre y de su presencia en la familia deja al hijo desamparado, indefenso y anormativo, es decir, prisionero de su mero desear instintivo e instantáneo. Pero no es sólo eso, el padre también contribuye mediante el apego, la ternura y el afecto a moldear la afectividad del hijo y (a suprimir) la formación de su personalidad.
La vinculación con el padre proporciona al hijo la seguridad que tanto necesita y la confianza en sí mismo, elemento clave de su autoestima. Su ausencia, en cambio, lo hunde y hace que se perciba como un ser necesitante, ajeno a todo amor de predilección y fractura su desarrollo.
Ese amor de predilección es exigencia necesaria que facilita ponerse a la altura del padre, en la medida que le es posible, y corresponder al amor que le manifiesta. En esta correspondencia inicial se acunarán los principios éticos que luego constituirán el entramado axiológico inspirador del modo en que el hijo se conducirá a sí mismo.
La ausencia del padre genera inseguridad, inmadurez e infantilismo en los hijos. Se diría que se realiza en ellos esa sensación de vértigo que Kafka expresa con elocuencia al afirmar que «los hombres somos extranjeros sin pasaporte en un mundo glacial».
Si el hijo no percibe y realiza en sí mismo el concepto de filiación, por la ausencia del padre, es improbable que disponga de la necesaria madurez para asumir en sí mismo las exigencias propias de la paternidad al no disponer de un modelo con las oportunas referencias para diseñar y conducirse en el futuro.
Sin la presencia del padre, la génesis y formación de la identidad se pone en marcha, pero con muchas más dificultades y tal vez no llegue nunca a completarse. De hecho, el estilo educativo que caracteriza a cada familia está fuerte e inevitablemente modulado por la presencia del padre.
Las implicaciones sociales de este hecho, aunque sin llegar a ser determinante, es posible que tengan un carácter emblemático y explicativo de lo que acontece en la actual sociedad. Sin padre no hay familia, porque toda familia es bicéfala y exige la copresencia simultánea –y no sucesiva– del padre y de la madre.
Aunque hay familias monoparentales, con los actuales resultados de la psicología y psicopatología sabemos que ambos, padre y madre, son necesarios, que ninguno es más que el otro ni es substituible o canjeable por el otro. La ausencia de alguno condiciona gravemente el desarrollo de la personalidad de los hijos y su futuro comportamiento. Consideración grave si vemos los numerosos comportamientos más o menos desadaptados y/o patológicos que hoy configuran el tejido social.
Cualquier amenaza contra la familia, sea por la ausencia del padre o por cualquier otra razón, comporta siempre graves repercusiones sociales.
Aunque el padre solo busque proveer a su hijo de la seguridad que necesita, gracias a la donación que esta acción supone, el padre se configura como donante. Dar seguridad al hijo, transforma al padre en un ser seguro de sí mismo.
Del mismo modo, estar pendiente del hijo lo configura como padre. El hijo experimenta la filiación y el padre la paternidad. Todos ganan y nadie pierde, y eso a pesar de que el padre no busque el efecto de recuperar en sí mismo algo de lo dado, el agradecimiento, a través de una donación interesada.
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1 Confrontar: Vargas, T. Polaino-Lorente, A. La familia del deficiente mental. Un estudio sobre el apego infantil. Pirámide. Madrid. 1996.
2 Guissani ¿Se puede vivir así? Encuentro. Madrid. 1996.
3 Stolz, L. M. Father relations of war-born children: the effect of post-war adjustment of fathers on the behavior and personality of first children born while the fathers were at war. Standford University Press. 1954. Lynn, D. B., y Sawrey, W. L. «The effect of father absence on norwegain boys anf girls», Journal of Abnormal and Social Psycholoy, 59, 258-262. 1959; y Polaino-Lorente, A. «La ausencia del padre y los hijos apátridas en la sociedad actual». Revista Española de Pedagogía. Sep-Dic. Año LI, 196, 427-461. 1993
4 Pedersen, F. A.; Rubinstein, J. y Yarrow, L. J. «Infant development in father-absent families», Journal of Genetic Psychology, 135, 51-61. 1979
5 Polaino-Lorente, A. El manso y decidido afán de afirmar al otro en su valer. Themata, 9, 271-278. 1992
6 Giussani, op. cit. pág. 207.

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