«La religión se concibe como un lujo privado que cualquiera, si lo desea, puede concederse a sí mismo, pero que no debe llevar a la vida de otros ni practicar
de manera que resulte incómoda o irritante a los demás».
J. H. Newman, Biglietto Speech

¿Qué tan sustentadas están nuestras creencias? ¿En realidad vivimos nuestra fe, o la tenemos ahí, como un colchón arrumbado para las emergencias? Un amigo mío, médico, me contó que la capilla del hospital en el que trabaja nunca está vacía. La enfermedad, la muerte, la soledad, el dolor llevan a muchas personas a buscar a Dios. No niego que las situaciones críticas fortalezcan el sentimiento religioso. El problema es que muchas veces se queda ahí: en un sentimiento.

La fe es el eje sobre el que se mueve la vida. No me refiero exclusivamente a la fe religiosa. Tenemos fe hasta en los detalles más nimios. Cuando el guardia del estacionamiento nos dice que todavía podemos retroceder en nuestro auto, le creemos. Cuando una ficha en el zoológico nos dice que la bestia detrás de la reja es un ornitorrinco, le creemos. (De hecho, por cierto, cuando por primera vez se exhibió en Europa un ornitorrinco disecado, se acusó al pobre descubridor de que había pegado partes de animales distintos para urdir el embuste). La vida ordinaria es una esfera de la fe en la que nuestra creencia rara vez tiembla; no abundan los casos del ornitorrinco. Nuestro día a día se construye sobre la fe, el crédito, el testimonio. Y hacemos bien, pues no podríamos sobrevivir sin creer en los demás.

El cardenal John Henry Newman (1801-1890), beatificado en 2010, es uno de los autores clave en temas de fe. Fue un gran teólogo del siglo XIX, un escritor agudo, un intelectual en toda forma, una persona íntegra. Es, sin duda, una figura señera del pensamiento cristiano en el siglo XIX.

La Gramática del asentimiento de Newman es un tratado filosófico sobre la forma en la que se arraigan las creencias humanas. No soy experto en el tema, pero entiendo que Newman analizó el concepto de asentimiento.

Asentimiento vital
Newman, familiarizado con el liberalismo político, puso en alerta a los cristianos contra un cristianismo de fachada, contra el riesgo de hacer del cristianismo un mero conglomerado de proposiciones teológicas o de ritos externos. Limitar la fe a un ritual de domingos y de emergencias es, en pocas palabras, pervertir el evangelio, despojándolo de su impacto vital. El asentimiento religioso va más allá del simple decir , asentir no es, simplemente, suscribir una proposición teórica del tipo «París es la capital de Francia».

Newman insiste en que la fe en su uso coloquial se limita a un asentimiento superficial, un asentimiento nocional. Nuestra vida no cambia si no le creemos al profesor de geografía. ¿Qué cambiará en nuestra existencia si creemos que Barcelona es la capital de Francia? Conozco a muchas personas que así lo creen. Pero sí hay un abismo entre la fe en el libro de geografía y la fe en que nuestros padres son quienes nos engendraron. Esta segunda es una creencia real, una creencia en sentido fuerte. Nuestra vida cambia de rumbo completamente si abandonamos esta clase de asentimiento.

No siempre sabemos sobre qué se sostiene nuestra fe. Si a un cristiano se le  pregunta por qué cree en un Dios en vez de varios, sólo podrá dar cierto número de argumentos. Tampoco es tan fácil presentar evidencias. Newman explica que el uso científico de lo evidente no alcanza para la vida práctica. Si exigiéramos una demostración clara de todo lo que se nos dice, seguramente quedaríamos insatisfechos. Nunca sería suficiente.

¿Esto significa que la fe debe prescindir de la razón? No. Significa que la razón tiene un alcance limitado, pero no que esté disociada de las creencias. La razón se limita a las nociones. La fe, en cambio, atañe a las raíces más profundas. La fe en sentido fuerte va más allá del asentimiento teórico de nociones, porque con la fe se empeña la propia vida. De ahí que Newman considera que la práctica religiosa no se debe agotar en un cúmulo de anécdotas y costumbres.

El punto crucial de Newman es la denuncia de la disociación entre asentimiento y práctica, entre fe y vida. Una persona que quiere pronunciarse como creyente de cualquier religión, debe rechazar la pusilanimidad. Newman pensaba que el siglo XIX era una época de creencias débiles. El liberalismo condenaba la religión en el espacio público,  porque implica la censura a las creencias ajenas. Algunos liberales pensaban, por ello, que practicar en público la religión equivalía a ser intolerante con las creencias de los otros ciudadanos.

Sin embargo, para Newman la práctica de la fe no es una condena de las creencias ajenas, porque la fe es una práctica personal, que no es lo mismo que una práctica arbitraria. Es decir, lo más importante de la fe religiosa es asentir a ella con la propia vida. Newman es contundente. Si la fe no se sostiene vitalmente en todo momento y bajo cualquier circunstancia, es mejor abandonarla.

Insisto: la fe no se limita a la religión. Nuestros conocimientos «duros» se limitan a una porción mínima de lo que sabemos. La mayoría de lo que suponemos en nuestro manejo cotidiano se sustenta en la creencia. No se trata de una fe ciega e ingenua. Quizá muy pocos de nosotros podemos demostrar matemáticamente el teorema de Pitágoras, pero sabemos que, de hecho, existe una demostración. Tal vez la olvidamos, porque no necesitamos el teorema de Pitágoras en todo momento. Esto no significa que la demostración desaparezca.

Frecuentemente, las razones y argumentos para creer se desvanecen  en la memoria, no así las creencias. La fe religiosa marca todavía más este aspecto. Los motivos que sustentan la religiosidad quizá estén algo difusos en determinados momentos de la vida, pero ello no desvanece la creencia.

Para Newman la fe se sustenta en una sumatoria de hechos, no en una demostración. No podemos localizar un evento en particular que catalice la fe porque tal hecho no existe. La narración de nuestras vidas, sugiere Newman, puede leerse como la historia de la fe. Los eventos –irrelevantes o definitorios– y nuestras acciones nos configuran como lo que somos. La fe se sustenta de nuestros actos y experiencias. Esto significa que la fe no es un puro conocimiento, sino una práctica. Y la religión es la práctica más radical.

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