Bradbury tenía razón

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Es extraño que se escriba tanto y se lea tan poco

Dr. Samuel Johnson (1783)

Casi 60 años después, hemos llegado al estado de las cosas predicho por Ray Bradbury (1920- ), destacado escritor americano del género de ciencia ficción, en Farenheit 451.
Recordará ese mundo perfecto donde el Estado consigue deshacerse de los libros (funesta herramienta para pensar); a cambio, la autoridad dispuso en cada hogar una pantalla en la sala para reproducir constantemente su señal. Dada la seguridad, los bomberos ya no apagaban incendios, sino que atendían emergencias de libros que rondaban por ahí, moviendo la mente de los incautos. ¿El epígrafe de la novela? «451°F. La temperatura a la que arde el papel».
Y aunque los bomberos aún no se dedican a quemar libros, la profecía de Bradbury se ha cumplido. Hoy, ya no hay libros (no fue necesario quemarlos, bastó dejar de leerlos) y la señal perpetua nos llega vía smartphone; el sueño totalitario se cumple: incapaces de reflexionar, nos convertimos en simples operarios.
¿Lo duda? Mírese y admítalo: para usted, concentrarse por una hora y memorizar el dato más ínfimo le resultan tareas imposibles. Ya sea dedicarle toda su mañana a una sola tarea o retener el nombre de quienes le acompañan en la junta, su atención prolongada es nula. Sí, usted pertenece al 72% de la población que se distrae fácilmente durante su trabajo, en especial, por culpa de cualquier cachivache conectado a internet1.
¿Por qué sentimos un ansia por saberlo todo; pero no conservamos nada en la cabeza? ¿Por qué no podemos leer de corrido 145 páginas sin divagar? ¿Por qué echamos mano de la calculadora para sumar 872 y 9321? ¿Por qué sentimos que se nos oxida el cerebro?
El ensayista Nicholas Carr se hizo estas mismas preguntas y confesó que, a diferencia de años atrás, su concentración se pierde apenas leer dos o tres páginas. Su ensayo «Is Google making us stoopid?» (The Atlantic 301) creció hasta convertirse en The Shallows: what the internet is doing to our brains?, un repaso de cómo las nuevas plataformas fortalecen ciertas áreas del cerebro en detrimento de otras, lo cual me lleva a concluir que ni la devaluación de la ortografía ni la estrechez del horizonte cultural de muchas personas son una coincidencia; dicho con Alessandro Barico, vivimos una nueva invasión bárbara.
Baricco apunta: «los bárbaros lo son respecto a aquello que se considera la civilización, una civilización que se siente devastada en sus valores esenciales: la duración, la autenticidad, la profundidad, la continuidad, la búsqueda del sentido de la vida y el arte (…). En lugar de todo esto, triunfan la superficie, lo efímero, el artificio, la espectacularidad, el éxito como única medida de valor (…). Vivir se convierte en un surfing, en una navegación veloz que salta de una cosa a otra como de una tecla a otra en internet».
El simulacro define los límites del territorio bárbaro que habitamos hoy y que rebasó con creces a la ficción de Bradbury; un espacio donde los únicos códigos válidos son los de la superficialidad, la rapidez y el espectáculo, donde, como se ha quejado Alejandro Llano, «lo que se valora es el brillo, la prestada claridad, el reflejarse y el resbalar de las luces artificiales por la superficie de objetos niquelados».
No sé si hoy somos más tontos; al menos parece que estamos convirtiéndonos en chimpancés amaestrados, cuyos pulgares danzan sobre las diminutas teclas de un teléfono para funcionar, impedidos para resistirse a los mandatos del amo. Las conversaciones claudican ante el poderío del iPhone y nuestra mayor obsesión, Twitter.
Recordará usted que en Farenheit 451, Montag, el protagonista, da con el grupo rebelde encargado de preservar a los libros del fuego, memorizándolos (uno es El quijote, aquel es la Ilíada y así). Al final, me parece que Bradbury seguirá teniendo razón: volveremos a la tradición oral, volveremos a nuestra memoria y empezaremos de nuevo.
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1 Energy: The x factor in engagement, productivity and performance. A white paper by the Energy Project. 2011.

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