Albert Einstein y otros criminales «al bote». En defensa de la propiedad intelectual

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A principios de año, el Proyecto de Ley SOPA desató fuertes presiones por parte de millones de usuarios de Twitter. Ésta y otras iniciativas similares inquietan a la comunidad virtual y a artistas contemporáneos, quienes enfrentan el reto de demostrar la originalidad de sus creaciones.
 
Eso de robar está muy mal. Sea una hogaza de pan o un coche, también una canción, un experimento, una idea. «Piratear» es también, desde la invención del comercio marítimo y otras formas de navegación, una forma de robo.
Galileo Galilei, Thomas A. Edison, Albert Einstein y Mark Zuckerberg  enfrentaron acusaciones por haber «robado» el concepto del telescopio, la bombilla eléctrica, la teoría de la relatividad y Facebook, respectivamente. Habrá quienes aseguren que el «robo» del telescopio fue en realidad una transformación del juguete creado, un año atrás, por Dutchman Hans Lippershey en una verdadera máquina potenciadora de la vista, y que Facebook alcanzó su valor entre el elitismo de Harvard y no en la red que los hermanos Winklevoss inventaron meses antes, pero ¿qué saben ellos de cuánto vale una idea? ¿cómo se llama su abogado?
Por ello, en el noble ánimo de la búsqueda de la verdad, le pregunté sobre el tema a un experto en propiedad intelectual (IP), Brad Smith, vicepresidente legal de Microsoft, durante su visita a México. Me contestó lo siguiente: «Para que algo califique como IP debe ser una expresión original. En general, la gente piensa que es un modo de incentivar la creatividad, y así es».
Ni cuatro siglos atrás, ni en el más reciente, se desarrollaron leyes de propiedad intelectual como las que promueven hoy la Asociación de la Industria Discográfica (RIAA) y la Asociación Cinematográfica de Estados Unidos (MPAA), compañías que poseen más de 90% de la mediateca global (AOL Time Warner, The Walt Disney Company, Viacom, News Corporation) y contenidos con Copyright en Estados Unidos.
Aunque sus propuestas no han sido aprobadas, estos grupos presionan continuamente a instancias legislativas de todo el mundo para aprobar tratados internacionales como el Acuerdo Comercial Anti Falsificación (ACTA) o, más cercana la fecha, el «Acto para Detener la Piratería en Línea» (Ley SOPA) y, en México, la iniciativa para reforma de la Ley Federal de Propiedad Intelectual (Ley Doring), publicada en la Gaceta del Senado el 15 de diciembre de 2011.
Desprendido de ACTA y SOPA, los gobiernos del mundo podrían obligar a proveedores de internet (ISPs) a «verificar» que los contenidos compartidos entre inter­nautas estén libres de Copyright.
«No creo que entrar en este tipo de acuerdos contra el contrabando implique que necesariamente los gobiernos vayan tan lejos como para vigilar cada paquete de información que entra y sale de tu  computadora», dijo Brad Smith, de Microsoft.
¿Es paranoia suponer que, con la bandera de Copyright, las empresas presionarán a proveedores de servicios de internet a hacer lo que se les indique?
A finales de noviembre, Google cedió a presiones gubernamentales y de los dueños masivos de propiedad intelectual para eliminar de sus lista de auto compleción, sitios de almacenamiento que supuestamente «propician» violaciones de Copyright. Las reservas de los que ven en estos tratados una puerta de entrada a la censura prueban no ser tan paranoicas, después de todo.
La suspensión del sitio megaupload.com a finales de enero, por cargos de lavado de dinero y piratería a su fundador Kim Schmitz (conocido como Dotcom), tampoco contempló a los millones de usuarios que legalmente usaban el servicio para compartir archivos a través de la red.
Estos tratados proponen cerrar servidores, sitios e incluso vigilar a los usuarios. Sus soluciones serían análogas a la siguiente: solicitar a las constructoras de caminos y puentes a que los vigilen, y en caso de que se cometan delitos en ellos, que los destruyan.
 
¿SIMPLES CONSUMIDORES O COMPETENCIAS?
Como defensores de los derechos de propiedad intelectual, estos tratados y propuestas de ley declaran estar al servicio de los autores, la creatividad y la cultura.
El título completo de SOPA, en el archivo digital de la biblioteca del Congreso de Estados Unidos, aclara su fin último: «promover la prosperidad, la creatividad, el emprendedurismo y la innovación con el combate al robo de la propiedad estadounidense, y otros propósitos». Lo mismo hace la Ley Döring en la publicación del número 330 de la Gaceta del Senado.
Quizá no es obvio, pero es un hecho que las organizaciones que controlan la mediateca global están menos interesadas en la calidad moral de los usuarios de internet que en los billones de dólares que, de acuerdo con Reuters, genera cada una, en un año.
Aunque a ninguno de los ejecutivos de las distribuidoras de música, películas y «entretenimiento» le avergüenza admitir su interés por obtener ganancias, no ha sido ése el eje de su campaña, sino el ataque a «la inmoralidad del robo», al menos en el ámbito mediático.
La filiación de intereses más cercanos a las distribuidoras que a los autores es patente, por ejemplo, en el siguiente extracto de la propuesta Ley Döring:
«Por ejemplificar de manera sencilla esta situación, si encontramos que se comparten más de siete mil millones de canciones mediante a la puesta a disposición, y a esa cantidad le hacemos una división de 10 canciones por fonograma, tenemos entonces que existen 700 millones de fonogramas disponibles para descargar sin que exista un ánimo de lucro, pero esto ocasiona indudablemente una afectación a la normal explotación de la obra y una competencia imposible de vencer para los titulares de derechos. La industria fonográfica en este caso, no puede competir contra particulares que comparten sus producciones a un precio cero…»
De manera que hay un cambio radical en el modelo de negocio introducido por internet. Los usuarios pasan de ser simples consumidores, a la competencia directa de la industria fonográfica, en el ejemplo que usa el senador Döring. Más aún. Los usuarios de internet que hayan descargado una copia de una canción, son los verdugos de la creación y el arte.
«De un total de 30 millones de usuarios de la red, 26 millones descargan ilegalmente contenidos protegidos por los derechos de autor de manera frecuente. Se hace evidente así, la falta de un marco jurídico que permita que las ventajas de las innovaciones tecnológicas no signifiquen pérdidas de empleos, productividad, ni la violación de los derechos elementales de quienes consagran su vida a la creación artística y cultural en todos sus ámbitos».
 
¿Derechos elementales? Parece que, indefensas, las disqueras están a merced de nosotros los usuarios. Concedamos este punto. Aún así, la pregunta es: ¿por qué el legítimo y elemental derecho de dichas compañías a generar miles de millones de pesos, dólares o euros al año tiene que atropellar el también -quiero pensar- legítimo y elemental derecho del usuario a mantener su privacidad y del creador a tener la capacidad de re mezclar la cultura para generar una manifestación artística nueva?
Estas propuestas de ley dicen abanderar la creación cultural. Pero de haber avanzado, siglos atrás, tanto como hoy intentan los esfuerzos legislativos sobre la propiedad intelectual, hubiésemos visto en la cárcel a estos grandes criminales de la historia: Galileo,  Einstein, Walt Disney1 y Los Rolling Stone, entre otros.
 
¿QUÉ EXIGIMOS LOS QUE EXIGIMOS?
Existen alternativas de licencia a Copyright, como Creative Commons y Open Source, donde es el autor, y no las distribuidoras, quien decide si permite la distribución de su obra y bajo qué condiciones. No es de extrañar que estas iniciativas ni siquiera se mencionen en tratados como ACTA y SOPA.
Artistas contemporáneos que re mezclan productos chatarra de la industria del entretenimiento para crear mensajes críticos de esa estética son actualmente perseguidos como piratería, aún cuando su objetivo no es distribuir, ni siquiera consumir, dichos productos. Esos artistas prefieren el uso de licencias alternativas.
Así que, como robar está muy mal, sáquele punta a su lápiz, que un puñado de corporaciones va a dictar cómo debe ser internet. Copyright, ACTA, SOPA, ISPs mirarán tus correos y descargas, un dominio público que languidece como fuente de material para creadores.
Escriba, filme y use licencias alternativas como Creative Commons, descargue la cultura del pasado (otros lo llaman tradición) incorpórela, entreviste a alguien, cítelo, re mezcle, reduzca al absurdo, comparta, transforme, piense, cree.

BIBLIOGRAFÍA
1 La primera animación sonora donde aparece Mickey Mouse, Steamboat Willie, es idéntica a una escena de una cinta de la época (Steamboat Bill, Jr, de Charles F. Reisner, 1928), que pudo haber sido censurada y perseguida por violación a las leyes de Copyright.

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LA DELGADA LÍNEA ENTRE COPIAR Y CREAR
Lo que unos argumentan que es robo, para otros funciona como el proceso natural de creación a partir de la tradición, como se argumenta en Rip!: A Remix Manifesto (Canadá, 2008) de Brett Gaylor.
Música
«The Last Time», de los Rolling Stones, tiene en el coro la misma letra y arreglo de notas que «This May be the Last Time», canción grabada por los Staples Singers en 1955 y, a su vez, arreglo original de una canción popular del gospel negro estadounidense.
En 1966, Andrew Oldham Orchestra realizó una versión orquestal del tema de los Rolling Stones (con el permiso de los rockeros). En 1997, Richard Ashcroft, líder de la banda británica The Verve , adquirió los permisos para samplear (tomar una parte de una canción y retocarla con efectos o instrumentos) parte de la versión de Andrew Oldham Orchestra; tras el impresionante éxito del tema, Allen Klein, ex manager de The Rolling Stones, demandó a The Verve por haber usado «demasiado» del tema original. Hoy la canción está a nombre de Mick Jagger y Keith Richards.
¿Han escuchado el parecido entre el riff (frase que se repite a menudo) del tema de Led Zeppellin «Whole Lotta Love» y «I Need Love» del bluesista Muddy Waters?
Rip!: A Remix Manifesto, hace esta comparación y muestra su evolución hasta convertirse en «Bitter Sweet Symphony». La cinta trata los excesos de la propiedad intelectual de los dueños masivos de IP y los creadores de remix y mash ups, re mezclas de temas, videos y textos con fines genuinamente culturales.
Literatura
El tema de El rey Lear estaba ya en la Historia Regum Britanniae de Geoffrey of Monmouth, y en el poema Faerie Queene donde Spenser da (y quita) vida a una Cordelia que, lo mismo que en Shakespeare, muere ahorcada.
Qué tal Chaucer, quien tomó de Bocaccio el tema de los peregrinos que relatan historias para sus Canterbury Tales y de los franceses la métrica que adaptó para Troylus and  Caseida.
Pero esos eran tiempos oscuros, sin distribuidoras, sin disqueras, sin Hollywood para defender la propiedad intelectual de escritores.
Farmacéuticas
En 2001, José Serra, entonces Ministro de Salud en Brasil, autorizó a compañías locales la fabricación de antivirales contra la pandemia de SIDA, invocando legislaciones locales.
Farmacéuticas trasnacionales, como Pfizer, presionaron para lograr la prohibición de la investigación con productos o partes de productos patentados con sus compañías, argumentando que los ingresos de dichos productos patentados generaban fondos para la investigación.
Con ello, dichas compañías ejercían no sólo el monopolio de la comercialización de retrovirales contra el SIDA (a precios impagables por la población e, inclusive, por el gobierno de Brasil) sino de la investigación efectiva en esos campos.
También en 2001 en la Declaración de Doha, la Organización para el Comercio Mundial (WTO), legisló que los miembros de dicha organización no deben restringir su investigación en aras de la salvaguarda de la Propiedad Intelectual, cuando se trate del cuidado de la salud.
Ese mismo año, la Comisión de las Naciones en Derechos Humanos reconoció los límites de las legislaciones de IP cuando se trata de proteger la salud, en unanimidad, excepto por un voto, el de Estados Unidos, que se abstuvo.
 
 

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