La música, una obsesión del cerebro humano

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«Una cascada de regiones cerebrales se activan en un orden particular», es la música que encanta al hombre. La investigación musical apoyada en las neurociencias experimenta hoy un notable desarrollo del que da cuenta Levitin en este volumen que se ha convertido en el primer bestseller en su género.
 
Reseña del libro de Daniel J. Levitin, Tu cerebro y la música. El estudio científico de una obsesión humana. Barcelona, 2006. RBA
 
En 1817, Franz P. Schubert musicaliza un poema titulado «A la música», escrito por Franz von Schober. El texto expresa lo siguiente:

Amado arte, en cuántas horas de desolación,

al estar atrapado en las tumultuosas vueltas de la vida,

has suavizado mi corazón al calor del amor,

¡ y me has llevado a un mundo mejor!

Algunas veces un suspiro, escapa de tu arpa.

Oh dulce acorde celestial

Me ha revelado un paraíso de tiempos felices

¡Amado arte, por todo ello te lo agradezco!

Desde el principio de la música y hasta finales del siglo XIX, este arte se disfrutaba en pocas formas: de manera pública en las calles, en los salones de la burguesía y en las incipientes salas de concierto creadas para el disfrute de las obras que merecían la atención de la gente. La otra, por medio de la composición y la interpretación, la facilidad o habilidad para tocar un instrumento y dar vida a las ideas plasmadas en una partitura.
El método de hacer y disfrutar la música no cambió sustancialmente hasta cercano el final del siglo XIX cuando los inventos de Thomas A. Edison y Enrico Berliner, el fonógrafo y el gramófono respectivamente, se sumaron a las maneras de escuchar y disfrutar la música conocidas hasta entonces.
A ese aleteo tecnológico inicial llegaron, con el tiempo, otros aportes en pequeños paquetes de cambios tecnológicos. La primera mitad del siglo pasado las grabaciones preservaban el momento de un intérprete o de una interpretación, recordemos las famosas grabaciones de Enrico Caruso, Carlos Gardel, Duke Ellington, Leopold Stokowski o Bing Crosby.
Hacia la década de los treinta con la posibilidad de registrar, generar y preservar el sonido de manera electrónica, se inserta la posibilidad de grabar múltiples pistas, y  aparecen otros nombres en el espectro magnético de las grabaciones, entre ellos Maurice Martenot, Louis Theremin, Pierre Schaffer, Les Paul, Robert Moog, sin los cuales las obras de Oliver Messiaen, Edgar Varésse, Pierre Boulez, André Jolivet, Frank Zappa o Brian Wilson hubieran sido diferentes.
En la década de los 50, nuevos aportes, provenientes de personajes de la talla de Walter Legge, John Culshaw, Teo Macero, Phil Spector, George Martin, Brian Wilson y Daniel Levitin, atraen la atención de melómanos y críticos musicales.
Todas esas contribuciones vigentes desde el siglo XX hasta nuestra época, aunadas a la radiodifusión, nos hacen ver y sentir el cambio que las audiencias han experimentado al acercarse a las múltiples posibilidades de la música en fondo y forma. Al tener así contacto con la música, la han convertido en una imprescindible experiencia cultural. Por otra parte, al expresar las letras de las canciones determinadas sensaciones y visión del mundo permiten ajustar ciertos sentimientos al compás de ritmos y armonías.
Un recuento de los 134 años transcurridos entre la primera patente para grabar y preservar el sonido hasta los actuales medios de reproducción sonora indica que el formato tecnológico y el material musical son dos lados complementarios e imprescindibles uno del otro. El vehículo de la música es la posibilidad de ser grabada y la música de toda la humanidad ahora existe para ser grabada.
Hagámosle un guiño a Marshall McLuhan (1911-1980): el medio de almacenamiento y reproducción sonora, desde el decimonónico y primitivo fonogramófono hasta los más recientes medios, son extensiones nerviosas y neuronales de nuestro oído y por ende del cerebro.
ACERCÓ LA MÚSICA CULTA Y LA POPULAR
El pianista canadiense Glenn Gould (1932-1982) aplicó, en el siglo pasado, otro notable cambio ante la experiencia de escuchar música. A los 31 años, aclamado y homenajeado en todo el mundo por su extraordinario virtuosismo, decide suspender sus presentaciones en público debido –según sus palabras– a la incapacidad de un artista para corregir las fallas y otros errores minúsculos en una audición pública.
No dejó de interpretar, el cambio fue cancelar sus conciertos públicos y aprovechar las ventajas de las grabaciones, para radio y televisión, para comunicarse con su audiencia. Glenn Gould expuso en una entrevista que la tecnología tiene la capacidad de crear una atmósfera de anonimato y permitir al artista el tiempo y la libertad para preparar su concepción de una obra con lo mejor de sus capacidades. Como sustento de sus afirmaciones dejó establecido su canon tecno/artístico en el artículo «Prospects of recording» (posibilidades de la grabación) un texto publicado en 1966, en la revista High Fidelity.
Esos hechos dieron por finalizada la era del intérprete público tal como había sido apreciada desde principios del siglo XIX y que dio lugar a compositores/intérpretes de la talla de Robert Schumann, Franz Liszt y Federico Chopin.
Igualmente, esa declaración de fin de un ciclo, nos llevó a disfrutar de otra manera las grabaciones de Ignaz Paderewsky, Vladimir Horowitz o Emil Gilels, por su correspondiente aura acústica de proximidad, inmediatez, claridad y su concepción estructural sobre determinada obra del repertorio. La ventaja adicional era poder repetir las grabaciones una y otra vez, práctica imposible en las salas de concierto.
No conforme con lo anterior, 11 años después, para perturbar a los críticos puristas y ortodoxos sobrevivientes del cataclismo producido por su negativa a los conciertos públicos, en 1976, Glenn  Gould publica de nuevo en la revista High Fidelity una reseña del álbum Classical Barbra. Se declaró: …obsesionado por Barbra Streisand, para decirlo directamente. Con la posible excepción de Elizabeth Schwarzkopf ninguna otra vocalista me ha provocado tanto placer o tantas ideas sobre el arte interpretativo.
Con ello cerró una brecha que había sido soslayada entre la música culta y la música popular. Hoy, en la segunda década del siglo XXI todavía disfrutamos un lied de Franz Schubert con la intimidad que facilita la tecnología, pero ahora tenemos nuevas opciones para escuchar y disfrutar la música y sus innumerables variaciones y aproximaciones.
Y DE TODO ESTO ¿QUÉ PIENSA EL CEREBRO?
Después de exponer el anterior trasfondo vayamos ahora a la pregunta básica de: ¿Qué es la música, de donde viene? Por qué una secuencia de sonidos nos mueve, mientras otras (como el ladrido de los perros o el rechinar de las llantas) nos hacen sentir inconformidad, planteada por Daniel Levitin en su seminal libro titulado Tu cerebro y la música: el estudio científico de una obsesión humana (RBA Libros, 2008), trata de encontrar una respuesta a la vez que abre la puerta a muchas más interrogantes.
Es una aproximación a un nuevo campo científico que pudiera denominarse Ciencia de la Música, en el cual se encuentran disciplinas relacionadas con la memoria, la percepción, la creatividad y el instrumento o medio que hace todo esto posible: el cerebro humano, desde una perspectiva neuropsicológica. Se pregunta el autor cómo la música afecta nuestro cerebro, nuestras mentes, nuestros pensamientos y nuestro espíritu. ¿Cuáles son los bloques fundamentales de la música? Y ¿cómo, al organizarse dan lugar a la música? Los elementos básicos de cualquier sonido son el volumen, altura, contorno, duración (o ritmo), tempo, timbre, localización espacial y reverberación. Nuestros cerebros organizan estos atributos perceptuales en niveles conceptuales de mayor altura –así como un pintor ordena líneas en formas– y esto incluye medida, armonía y melodía. Cuando escuchamos música percibimos realmente múltiples atributos o «dimensiones».
De origen estadounidense, Levitin ha encontrado un espacio académico en la Universidad Mcgill de Canadá, al estar al frente del Laboratorio de Percepción Musical, Cognición y Habilidad. Posición desde la que puede considerarse un receptor y amplificador de las influencias de otros estudiosos y críticos como Glenn Gould y Marshall McLuhan. Estos pensadores y muchos otros pavimentaron el camino que condujo a Daniel Levitin a buscar explicaciones contundentes a uno de los fenómenos más inexplicables.
La Ciencia de la Música es un campo científico con pocos años de estudio, como lo es el del cerebro. Una primera aproximación es el texto de MacDonald Critchley, neurólogo inglés, quien publicó en 1977 el libro: La música y el cerebro (Music and the brain). Como dato importante, este autor también escribió una biografía de James Parkinson, el primer estudioso de la enfermedad que ahora lleva su nombre.
Daniel Levitin, expone en su texto que el escuchar música desencadena una cascada de regiones cerebrales activadas en un orden particular: primero, la corteza auditiva para el procesamiento inicial de los componentes del sonido. Después, las regiones frontales involucradas en procesar la estructura y expectativa musical. Finalmente, una red de regiones del sistema mesolímbico involucradas en la excitación, placer,  la transmisión de opiáceos naturales y la producción de dopamina culminando en la activación del núcleo accumbens. Y el cerebelo y los ganglios basales completamente activos, presumiblemente, apoyando el procesamiento del ritmo y la medida.
Los aspectos de recompensa y reforzamiento al escuchar música parecen, entonces, estar regulados por los niveles de dopamina en el núcleo accumbens y por la contribución del cerebelo para regular la emoción por medio de sus conexiones entre el lóbulo frontal y el sistema límbico.
Desde luego este proceso de música en el cerebro no es tan mecánico, implica igualmente el procedimiento neuronal de comprender y expresarse por medio del lenguaje y contiene componentes evolutivos. Daniel Levitin, señala la historia del cerebro en la música es la historia de una exquisita orquestación de regiones cerebrales que involucran tanto las partes antiguas como las  nuevas del cerebro humano y las regiones tan alejadas como el cerebelo, en la parte anterior del cráneo y los lóbulos frontales, justo detrás de nuestros ojos. Implica una precisa coreografía de liberación neuroquímica y una recuperación entre sistemas lógicos de predicción y sistemas de recompensa emocional. Cuando disfrutamos una pieza musical, ésta nos recuerda otra música que hemos escuchado y activa recuerdos emotivos de nuestra vida. Tu cerebro en la música es todo lo relativo a las conexiones.
Daniel Levitin se adentra en vericuetos y circunvoluciones conectadas entre sí y nos enseña a disfrutar la música de otra manera y a ver cómo nuestro cerebro y su evolución permiten crear, producir y disfrutar, otro de los grandes dones recibidos: el arte y la cultura humana.
 
 

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