¡Cómo duele crecer! El caos de los «adultos emergentes»

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Las múltiples transformaciones socioculturales de las últimas décadas complican el paso de la juventud a la madurez. Buscar la manera de comprender los conflictos que viven los jóvenes es el primer paso para reencontrar un sentido vital.
Juan Meseguer

Christian Smith, profesor de Sociología y director del departamento de investigación social de la Universidad de Notre Dame afirma que los jóvenes de ahora son distintos a los de antes, pues las condiciones sociales, culturales, demográficas y económicas en que han crecido son diferentes.
Smith es el investigador principal de Lost in Transition1, un estudio recién publicado que combina técnicas cuantitativas y cualitativas para analizar cómo se comportan y argumentan en el terreno moral los llamados «adultos emergentes», jóvenes de 18 a 23 años.
La investigación contiene entrevistas que Smith y su equipo realizaron en 2008 a jóvenes  de diversas partes de Estados Unidos. De aquí se rescatan las siguientes conclusiones:
1. Un elevado número de alumnos –los que quieren estar mejor preparados y, por tanto, los que probablemente influyan más en la cultura del país– tienden a alargar su formación académica hasta los 30 años mediante posgrados o másters.
2. Se casan a edad más avanzada.
3. Nunca antes los jóvenes de Estados Unidos (y en general de Occidente) habían gozado de tanta libertad y bienestar material, pero curiosamente nunca antes experimentaron tanta desorientación y ansiedad. Palabras que aparecen con frecuencia en el estudio.
4. Los padres envuelven a sus hijos universitarios en un hiperproteccionismo económico. Aunque actúen con buena intención, lo cierto es que esos recursos no siempre se destinan a comprar libros.
5. El permisivismo sexual que comenzó en los años sesenta, continúa y aumenta hasta nuestros días.
6. En los años ochenta y noventa, las teorías postestructuralistas y postmodernistas impactaron la cultura norteamericana con ideas como: la pérdida de confianza en la razón, el auge del emotivismo, la idea de que quien puede construirse a sí mismo al margen de los lazos familiares y sociales e incluso de la biología, el relativismo moral, etcétera.
 
EL SUBJETIVISMO SENTIMENTAL CONFUNDE
De las conclusiones del estudio que más llamaron la atención de algunos comentaristas norteamericanos se encuentra la incapacidad –conceptual y lingüística– que tienen muchos jóvenes de 18 a 23 años para manejarse con soltura en las conversaciones sobre temas morales.
En general, ante los dilemas éticos planteados por los investigadores, abundan las respuestas basadas en un subjetivismo sentimental. Por ejemplo:
• «Eso es algo personal. Depende de cada uno. ¿Quién soy yo para juzgar?»
• «Supongo que lo que hace bueno algo es cómo me siento respecto a eso. Pero entiendo que hay personas que pueden sentirse de forma diferente respecto a lo mismo; por tanto, no puedo decidir qué es bueno y qué es malo».
Es significativo que, cuando los investigadores pidieron a los jóvenes que describieran un dilema moral al que se habían enfrentado, dos tercios no supieron responder.
Para Smith, la confusión de estos «adultos emergentes» se explica principalmente porque piensan la ética en función de sus sentimientos, en lugar de elaborar sus posiciones a partir de principios objetivos. Y porque, al no estar acostumbrados a leer ni a razonar sobre cuestiones éticas, les falta el vocabulario básico sobre estas materias.
Smith tiene clara una cosa: estos jóvenes no son inmorales. Pero necesitan más formación cultural y ética; algo que requiere dedicación por parte de los adultos. Más que nada porque estos problemas no afectan sólo a los jóvenes, sino que hunden sus raíces en la moderna cultura americana que éstos han heredado.
 
LA REBELDÍA Da rebeldía de pensar con argumentos
Más emotivos que analíticos, los jóvenes de hoy crecieron en una cultura donde triunfan los eslóganes que apelan a los deseos y a los sentimientos. En este contexto, incentivar a los jóvenes a elaborar argumentos es una manera de enseñarles a ser rebeldes.
A juzgar por algunos anuncios más recientes, este «pensar para cambiar las cosas» parece haberse deslizado hacia un subjetivismo de los sentidos. Algunos ejemplos: «¿Buscas placer?» (Magnum); «Multiplica tus emociones» (Honda Accord); «Disfruta al máximo de las sensaciones» (BMW).
 
EL ECLIPSE DE LA RAZÓN
Dennis Buonafede, profesor de filosofía en un colegio de secundaria en Ontario, considera que uno de los principales retos de los educadores de hoy es hacer comprender a los jóvenes que la verdad se apoya en unos fundamentos objetivos, que son independientes de la realidad sentida por los sujetos.
«El mundo occidental debe prestar atención a lo que Benedicto XVI ha llamado ‘el eclipse de la razón’ –escribe en The Integrated Catholic Life–. En términos sencillos, esto significa que el concepto de una verdad objetiva se ha abandonado y ha sido sustituida por el de la verdad subjetiva. Ya no existe una ‘verdad en sí’, sino una ‘verdad para mí’».
Para Buonafede, esta manera de pensar trajo dos consecuencias. «Primera: la verdad ha llegado a personalizarse hasta límites insospechados. Dado que es ‘mi verdad’, yo me identifico con ella. No es algo distinto de mí. Y la segunda: puesto que hemos personalizado tanto la verdad, cualquier crítica a ‘mi verdad’ es en realidad una crítica contra mí, un ataque personal».
 
EL PUNTO DE EQUILIBRIO
Para Buonafede, el ideal no es que los jóvenes repriman sus sentimientos; los seres humanos llevamos encima una mochila de emociones, pasiones, deseos…
Lo que pasa es que, en un momento histórico en que lo afectivo goza de un prestigio desproporcionado sobre lo racional, es preciso equilibrar de nuevo la balanza hacia su justo término.
Pero recuperar el aprecio por la razón también tiene sus reglas. La razón, explica Buonafede, no puede rebajarse a una mera «sierva de los deseos» que se dedica a regularlos en función de un cálculo de ventajas y desventajas. A la larga, esta forma de utilitarismo pasa factura y puede llevar a vivir la realidad de forma irracional.
Lo que propone Buonafede, siguiendo a Sócrates, es emplear la razón para «examinar la propia vida a la luz de la verdad, no de los sentimientos personales, y de los principios metafísicos, no de los simples deseos».
 
BAJO LA GUÍA DE LA RAZÓN
Sin descuidar la educación afectiva, pienso que educar a los jóvenes a vivir bajo la guía de la razón podría concretarse en tres aspectos:
• Ayudarles a pensar desde su realidad existencial. Se trata de que, poco a poco, descubran los rasgos más característicos de su personalidad. Sobre todo, sus puntos fuertes para, desde ahí, abrirles horizontes.
Pero también sus limitaciones, de modo que aprendan a discernir las que se pueden superar y las que conviene aceptar pacíficamente.
• Ayudarles a preguntarse por las causas de lo que les pasa. Un suspenso aislado es un suspenso aislado. Pero cinco suspensos «de repente» ya es otro cantar. Y lo mismo puede decirse de una temporada larga de malos modos o de «tristeza infinita».
• Ayudarles a valorar la disciplina de los argumentos. Al experimentar el divorcio entre lo que a los jóvenes les gustaría conseguir (metas y valores estables) y el tirón de los impulsos y los deseos del momento; disciplina que, a medio y largo plazo, se convierte en fuente de virtud, libertad auténtica y gratificaciones.   Aceprensa
 
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1 Christian Smith, Kari Christoffersen, Hilary Davidson y Patricia Snell Herzog. Lost in Transition. The Dark Side of Emerging Adulthood. Oxford University Press. Nueva York, 2011. 296 págs.
 

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