Conocer y desafiar nuestra «mexicanidad»

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¿Qué estigmas asedian a los mexicanos? ¿Cómo remontarlos? Es éste un provocador análisis sobre la actual «mexicanidad», que puntualiza lo que considera lastres y entrega sus propuestas de cambio para dar el salto a una mentalidad moderna. Un ensayo de prosa amena, sólida erudición y no pocos guiños de sentido del humor.

Mañana o pasado.

El misterio de los mexicanos

Jorge G. Castañeda. Aguilar, México, 2011, 431 págs.

 
A finales de mayo irrumpió en las librerías un nuevo acercamiento literario a los rasgos del mexicano. Características ya conocidas, analizadas con estudios estadísticos y encuestas de reciente cuño bajo una perspectiva novedosa y afirmaciones audaces y, en algún caso, provocativas… como su autor.
Jorge G. Castañeda es ave de tempestades, basta una googleada para identificar la colisión de opiniones extremas que  no dejan espacio a los términos medios. Castañeda padece, y según algunos disfruta, del síndrome de la personalidad multi-medios, esa proyección de la persona omnipresente que la hace presa fácil de críticas superfluas y comentarios pasionales. Si a su presencia en prácticamente la totalidad de las opciones informativas, añadimos el recuerdo del protagónico quehacer político del ex secretario de relaciones exteriores y aspirante a la presidencia, entendemos aún mejor el porqué de las opiniones extremas sobre su persona.
Con Mañana o pasado, Castañeda confirma que es capaz de todo menos de la impasibilidad. Con un ensayo de prosa amena, sólida erudición y no pocos guiños de sentido del humor, el autor transmite su pasión por las ideas, su gusto por el debate y su capacidad de hacer trastabillar al mejor andante.
¿Algunas pruebas? Unas cuantas citas fuera de contexto, sin orden ni concierto: «No hay nada más frágil que una versión de la historia que puede ser descartada y reconstruida en un instante…». «México prefiere tener razón y ser débil, porque se ha convencido de que siempre será débil; pero por lo menos contará siempre con el consuelo de tener la razón». «(…) la cultura política mexicana (…) resulta completamente incompatible con una democracia eficaz, socialmente aceptada y plenamente libre». «Juan Gabriel es quizás el máximo modernizador del carácter del mexicano…».
Castañeda no revela el secreto del agua tibia; cita y reconoce a quienes llama «los clásicos» –Octavio Paz, Samuel Ramos, Jorge Portilla, Santiago Ramírez, Emilio Uranga, entre otros–, pensadores en la cúspide del análisis y la descripción de la idiosincrasia del mexicano y de la identidad nacional, pero acierta en la clara contundencia con que pone a nuestra consideración los que considera los rasgos que más obstaculizan el paso de nuestro país a la modernización: un individualismo exacerbado de tipo familiar; la aversión al conflicto y a la competencia; el miedo al extranjero y la corrupción.
Y como suele pasar, no es agradable reconocer nuestros defectos cuando nos colocamos frente al espejo. Los conocemos, nos hemos acostumbrado a su presencia y, en muchas ocasiones, preferimos esquivar esa otra mirada, la del rostro de nuestra identidad colectiva, lo que somos aunque no nos guste.
Tras cada descripción de los rasgos que califica como lastres para la modernización mexicana, Castañeda ofrece su propuesta de cambio y rumbo, las posibles alternativas para sacudir al mexicano de su actual mexicanidad para que así, ligero de ropaje, sea capaz de dar el salto a lo que el autor apunta como «la transformación radical y cultural de la mentalidad mexicana» utilizando, para ello, el ejemplo vivo de «los doce o trece millones de mexicanos que han abandonado sus hogares en los últimos 25 años, y que ahora viven y trabajan en Estados Unidos –con o sin papeles– y que siguen siendo mexicanos, pero de otra estirpe».
Castañeda –imagino que con plena conciencia de la intensidad de la polémica que suscitará con ello– propone a los emigrantes a suelo estadounidense como ejemplo de que es posible transformar los rasgos que describe a lo largo del libro, si el mexicano encuentra las condiciones y el aliciente para hacerlo. Según el autor, los emigrantes han demostrado que el mexicano sí puede organizarse en torno a causas comunes, respetar la ley, ahorrar, y alentar y reconocer el papel protagónico de las mujeres, por lo tanto: «Si resulta que estos mexicanos en un plazo relativamente corto, pudieron transformarse y, al tiempo que retuvieron sus costumbres y tradiciones, adquirieron las herramientas culturales de la modernidad, entonces sí hay esperanza para México. (…) Y al contrario, habrá buenos motivos para desesperarnos si resulta que las actitudes esbozadas a lo largo de este libro se encuentran tan arraigadas en la psique mexicana que, incluso un desplazamiento tan dramático como el que sufren millones de migrantes mexicanos, demuestra ser insuficiente para generar en ellos una metamorfosis».
Y así, tras un serio análisis filosófico, económico, histórico y social, Castañeda acaba lanzando una puya que hará respingar a más de un defensor a ultranza de esa mexicanidad tan acendrada pero tan debatible, que intenta salvaguardar nuestra identidad y raíces, pero en realidad ensalza y pretende legitimar esa odiosa actitud que se resume, con frecuencia, en playeras y defensas de camión: «Así soy… ¡y qué!» Actitud que ha permitido la absurda, injusta y aparentemente incontrolable metástasis de corrupción, impunidad, informalidad económica y parálisis política que podrían estar gestando un mal incurable.
Como todo ensayo, Mañana o pasado. El misterio de los mexicanos, es un apreciable trabajo que potenciará significativamente su fuerza y trascendencia si cumple con su papel provocador. Castañeda desafía a debatir, a reflexionar, a sustentar acuerdos o divergencias y a empezar a cuestionarnos sobre nuestra responsabilidad en la construcción o deconstrucción de ese mexicano que vemos (¿qué somos?), todos los días y al que preferiríamos no ver más y arrojar en el olvido.
Se puede estar de acuerdo o no con Castañeda –como lo saben Zuckerman, Aguilar Camín y Tello, sus frecuentes contertulios–, pero sería una pena renunciar a la posibilidad de desentrañar el misterio de los mexicanos, dejándolo para mañana o pasado, o sea para nunca, si está dentro de nuestros intereses el entender mejor por qué el futuro de un país sólo puede sostenerse sobre las espaldas de más y mejores ciudadanos comprometidos y corresponsables en la construcción de una nación regida por leyes e instituciones vivas, vigentes y eficaces.
 

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