¿Se puede mejorar la democracia?

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La última encuesta de opinión publicada por Latinobarómetro (28/X/2011) pone de manifiesto la escasa satisfacción de los mexicanos con la democracia. El entusiasmo de la alternancia pacífica del poder ejecutivo, que se produjo con ejemplar espíritu cívico en 2000, parece haber sido sustituido por la decepción. Somos el menos satisfecho con la democracia de los 18 países de América Latina.
Esta desilusión se alimenta de un pesimismo constatado por distintos observadores nacionales y extranjeros (e.g.: J. Woldenberg, «Nuestro depresivo humor público», Reforma, 3/II/2011; Felipe González, en J. Vázquez Mota, Reforma, 9/II/2011). O, tal vez, surge de las falsas expectativas creadas por partidos de oposición que atribuyeron los problemas del país al partido oficial, con cuya salida del poder, se afirmaba, quedarían resueltos casi automáticamente. Pero tampoco pueden negarse las deficiencias de nuestra germinal democracia.
¿Qué permite a un régimen político consolidarse? ¿Por qué algunas democracias logran ciertos objetivos y otras no? ¿Se puede mejorar su funcionamiento? No hay respuestas sencillas, pero la obra más reciente del politólogo Francis Fukuyama ofrece interesantes luces sobre este fenómeno social.
Fukuyama llamó la atención de la comunidad científica internacional a fines de los ochenta con la tesis del fin de la historia. Según él, con la derrota sucesiva de los regímenes totalitarios fascista y comunista, las luchas ideológicas que confrontaron al mundo durante los dos últimos siglos desaparecieron. El triunfante liberalismo económico y político sólo enfrentará retos menores animados por el nacionalismo o el radicalismo religioso. «El fin de la historia significaría el fin de las guerras y las revoluciones sangrientas».
Estos planteamientos, inspirados en Hegel, así como el neoconservatismo de Fukuyama, han sido severamente criticados. Pero en su última obra, The Origins of Political Order: from Prehuman Times to the French Revolution (Profile, 2011) esta posición ideológica no parece haber afectado su capacidad para juzgar los orígenes y evolución del Estado moderno, en un ambicioso estudio que parte del análisis del comportamiento de los primates, en busca de pistas sobre el comportamiento social humano, y se extiende hasta la revolución francesa.
Analizando las civilizaciones china, india, islámica y europea, Fukuyama explora las condiciones que propiciaron, o impidieron, el surgimiento de tres elementos que a su juicio determinan el orden político: la centralización del poder, la soberanía de la ley y la rendición de cuentas. En este proceso, superar los problemas del mal gobernante y el patrimonialismo son, en su opinión, determinantes.
Tal vez este último aspecto resulte interesante para el lector mexicano, dada la persistencia del patrimonialismo, clientelismo, nepotismo, cacicazgos, caudillismo y «poderes fácticos» en nuestro sistema político. En su travesía histórica, Fukuyama identifica diversas estrategias adoptadas para impedir que la acción del gobierno fuera secuestrada en favor de unos cuantos, por la natural tendencia del ser humano a conferir riqueza, privilegio y poder en razón de vínculos de sangre.
Así, los emperadores chinos preferían la designación de eunucos en posiciones de poder; los otomanos prohibían el matrimonio a mamelucos (soldado de una milicia privilegiada) y genízaros (soldados reclutados de otro pueblo), de quienes dependían para la expansión de su imperio; la reforma de Gregorio VII en el S. XI propició una renovación de la disciplina del clero, demandó el cumplimiento estricto del celibato sacerdotal y reafirmó la autoridad de la Iglesia incluso sobre los emperadores, lo cual le dio estatura moral y la convirtió en una institución moderna, jerárquica y gobernada por la ley, que sirvió de modelo para el temprano surgimiento del Estado secular en Europa.
Rara vez se encuentra una obra de tal alcance, consistencia y erudición. Fukuyama promete un segundo tomo: la evolución del orden político desde la revolución francesa a la actualidad. Esperemos que en esa secuela nos ofrezca una visión más matizada de la realidad del liberalismo económico y político que tanto admira.
 

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