La inhóspita hostelería literaria

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Alojamiento y hospitalidad
El verano está por llegar y junto con él, las ansiadas vacaciones. No obstante, los hoteles me disgustan. Son, por definición, un lugar «de paso». Percibo en ellos un tufillo sórdido e inhóspito, aún cuando ostenten una constelación de estrellas.
Heidegger subrayó la diferencia entre el hábitat de los animales y el mundo (Umwelt) de los humanos. Las personas modelamos el ambiente con nuestras creencias y valores, convirtiéndolo en una extensión de nuestro ser. Los camaleones se mimetizan con el ambiente; nosotros humanizamos el mundo. Lo transformamos en un lugar hospitalario. Nos sentimos «a gusto» en nuestra recámara no sólo porque la impregnamos con nuestro olor o porque las cosas están donde las colocamos sino, sobre todo, porque refleja nuestra visión de la vida. ¿Qué guardamos en el buró contiguo a nuestra cama? ¿Un libro?, ¿el control remoto de la TV?, ¿nuestro iPod?, ¿una estampita de la Virgen?, ¿una pastilla para dormir?
La hospitalidad tiene que ver con el reconocernos en un espacio. Reconocernos en un edificio supone, ciertamente, que le hemos dado forma pero, también, que confiamos en sus habitantes. Lo contrario de la hospitalidad es la hostilidad, el entorno enemigo.
Ordinariamente «lo ajeno» y «lo extraño» se contraponen a lo hospitalario, porque los percibimos como peligros. Por el contrario, «familiar» y «hospitalario» parecen sinónimos. La etimología de familiar habla por sí sola. En las sociedades antiguas, la familia y el hogar eran el arquetipo del cobijo y el resguardo. En este sentido, cualquier hotel presenta siempre un rostro hostil.
Pagamos por una cama porque aquello no nos pertenece. Se nos recibe en un hotel porque llevamos billetera. La hospitalidad de los hoteles es de plástico; termina donde acaba el crédito de la tarjeta bancaria. No somos familiares, ni amigos; somos extraños.
Madrigueras literarias
Algunos establecimientos presumen las novelas que se escribieron en sus habitaciones. No son sino madrigueras literarias. El hotel La Perla, en Pamplona se ufana de haber recibido a Hemingway. La gerencia cobra un precio exorbitante por la habitación que utilizó, como si dormir ahí nos asegurase ganar el Nobel. En La Habana, el hotel Sevilla se enorgullece de haber alojado a Graham Green. El Chelsea de Nueva York es más cínico: se anuncia como hotel de largas estancias y presume haber recibido a escritores como Thomas Wolfe y Arthur Miller.
Parecería que tales hoteles son refugios hospitalarios, santuarios para intelectuales. No obstante, si lo pensamos mejor, caeremos en la cuenta de que se trata de pequeños bunkers. A ellos acuden quienes carecen de casa o, lo que es peor, quienes no encuentran en esas paredes un sitio propicio para la vida creativa.
Por ejemplo, Lautréamont murió en un cuartucho de hotel por el rumbo de Montmatre, sin demasiada compañía. Borges decidió morir en un hotel de Ginebra, porque su Buenos Aires –el de las milongas y las guitarras– había dejado de existir.
Distingamos, pues, entre hotel «para escritor» y el estudio propio. Para escribir una buena novela, observó Virginia Woolf, necesitamos 500 libras anuales y un cuarto propio. El cuarto de hotel es efímero; la habitación en la que piensa Woolf no lo es. En ésta, el escritor es dueño de la cerradura. En un hotel, por el contrario, la llave pertenece a la administración.
En el siglo XIX se puso de moda el hotel medicinal. Tuberculosos y melancólicos peregrinaron a los balnearios. Las curas de agua –Salus Per Aquam– estaban fuera de casa. El médico arrancaba al tísico de su hogar con la infundada promesa de que el aire puro y las aguas termales le restituirían la salud. Así, huyendo del inclemente invierno ruso, Anton Chejov murió, víctima de la tuberculosis, en un spa de Badenweiler, Alemania. En Francia, las aguas y hoteles de Vichy servían para reparar los hígados maltrechos por los excesos de la buena mesa francesa. En su momento, los hoteles de Tehuacán, Puebla, con sus aguas cargadas de minerales, también jugaron un papel para remendar la maltrecha salud de los golosos.
El hotel de negocios es también invento del XIX. Como es lógico, adquirió su forma más acabada en Estados Unidos. Este tipo de hotel es una extensión de la oficina. Nos facilita cama y alimento como meros combustibles para trabajar.

¿Y los hoteles para vacacionar? ¿Qué hay de la playa y del campo de golf? Estas Acadias en miniatura –con sus inmensos bufetes que compiten con el mítico cuerno de la abundancia– nos tratan como sultanes orientales. Por unos días, nos sentimos marajás, dedicados de tiempo completo al descanso. Sin embargo, tras su fachada colorida se agazapa la hostilidad. El check out es inmisericorde: al huésped se le coloca un brazalete para recordarle cuándo acaba la felicidad all inclusive.
Paradójicamente, gozamos de las vacaciones porque tenemos asegurado el regreso a casa. No somos exiliados, sino turistas. Lo que define al exiliado no es su condición económica, sino la imposibilidad de retornar a la patria y al hogar. Cuando abandonamos la playa, bromeamos con la idea de permanecer ahí. Disfrutamos de la arena y de las olas, pero porque nos acompañan nuestros amigos, porque estamos rodeados de nuestros objetos personales.
El exilio se contaba entre los castigos más duros de la antigüedad clásica. Leamos las lastimeras Epístolas desde el Ponto de Ovidio, expulsado de Roma. Recordemos que Sócrates prefiere la muerte antes que sobrevivir exiliado de Atenas. Todo hotel es un exilio diminuto. Un exilio pasajero, transitorio y, por ello, soportable, incluso, divertido. Con todo, al final, como les decía, encuentro en los hoteles un regusto de hostilidad, de sordidez, de estrechez, porque no son mi casa, sino un remedo de ella.

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