Benedicto XVI en vivo supera su imagen mediática

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Los papas viajan para confirmar y alentar a las comunidades católicas en el mundo, pero en el caso de Benedicto XVI hay también otra razón de peso: dar a conocer su verdadera imagen –manipulada por una parte considerable de la prensa occidental– para que los fieles abran los corazones y se entienda el contenido religioso de sus visitas apostólicas.

Hacía falta que el Papa viniera a México? ¿Por qué convenía su presencia en nuestro país, si ahora tenemos todos sus discursos, libros y homilías en internet? ¿No es suficiente lo que conocemos del Santo Padre a través de los medios de comunicación?
Además de la realidad espiritual, es decir, de las bendiciones que su presencia trajo para millones de creyentes, era muy importante –e incluso necesaria– su visita, porque el Papa Ratzinger que la mayoría de las personas conocía sólo por los medios, su imagen, muchas veces negativa, no siempre coincidía con el Papa Benedicto real.
Y esa «mala fama» atribuida al Pontífice, con frecuencia predispone a que muchas personas no se interesen por su mensaje. Después, una vez que lo ven directamente, cambia la mala percepción inicial.
 
EL «FENÓMENO BENEDICTO» EN LOS MEDIOS
Para entender la importancia de la imagen del Papa, para atender a su mensaje, hace falta entrar en los terrenos de la retórica. Ya desde los clásicos griegos y latinos se enseñaba la distinción entre forma y contenido y se explicaba que si el mensaje no iba envuelto con una presentación atractiva y agradable, produciría poco efecto en el público.
En el caso de los personajes públicos, hoy esa forma no se limita sólo a las palabras de su discurso, sino también a la percepción que la gente tiene de ellos. Si manejan una buena imagen, el público suele escucharlos, pero si su imagen es negativa, pocos atienden sus mensajes y propuestas.
Y la figura del Romano Pontífice no está exenta de este fenómeno de opinión pública. Mientras que Juan Pablo II tenía un gran carisma mediático, Benedicto XVI ha debido sobreponerse a la «mala prensa», que se le creó desde sus tiempos como Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Obstáculo siempre presente a la hora de transmitir su mensaje como Pastor de la Iglesia Universal.
En la proyección de la buena o mala imagen del Papa alemán, han tenido mucho que ver los medios de comunicación. El periodista alemán, Peter Seewald, conocido por las entrevistas que ha publicado con Joseph Ratzinger, escribió que él mismo en noviembre de 1992, cuando era redactor del Süddeutsche Zeitung, entrevistó al Cardenal, y su colega Konrad R. Müller le tomó unas fotografías. Al llegar a las oficinas, decidieron escoger la foto menos simpática, para reforzar la impresión de que Ratzinger era «una triste figura que no reía».1
He podido seguir la actuación de Benedicto XVI, a través de los medios, semana a semana, desde el inicio de su pontificado (19/IV/2005), y he observado un fenómeno destacado, que consiste en que, mientras algunos medios de influencia internacional presentan continuamente una imagen negativa, su presencia en vivo en sus audiencias y viajes apostólicos, hace cambiar la percepción de la gente hacia una imagen más real, pues descubren su afecto y sabiduría.
Situación peculiar, porque mientras se difunden a gran escala algunos sucesos poco afortunados, la aceptación profunda del público es más lenta, al ritmo de las visitas apostólicas. Sirva como ejemplo el celebre «Discurso de Ratisbona» (12/XII/2006),2 en el que la prensa sacó de contexto una cita de un texto del año 1391 del emperador bizantino Miguel II Paleólogo, y le atribuyó al Papa la afirmación «muéstrame también lo que Mahoma ha traído de nuevo, y allí encontrarás solamente cosas malas e inhumanas, como su directiva de difundir por medio de la espada la fe que predicaba»,3 cuando en realidad el Santo Padre estaba apoyando su discurso claramente en esta otra frase del Paleólogo: «no actuar según la razón es contrario a la naturaleza de Dios».4
Como muchos recordarán, aquella frase dio la vuelta al mundo y produjo grandes conflictos con los musulmanes. La imagen de Benedicto XVI estaba en su peor punto y así emprendió el viaje ya programado a Turquía (28/12 al 1°/I de 2006). Ahí mostró con hechos su estima y respeto hacia el Islam. En la Mezquita Azul, uno de los principales lugares de culto musulmán, meditó con los ojos cerrados y las manos juntas durante un minuto, mirando hacia la Meca, señal tomada como muestra de reconciliación. El New York Times calificó ese viaje como exitoso. Y el periódico Hurriyet, que antes criticó duramente aquel discurso, aseguró que el Pontífice es un personaje simpático a los ojos de la población turca.
Este ejemplo ilustra el fenómeno de difusión masiva e inmediata de un cliché y la lenta difusión de la verdadera imagen del Pontífice. Razón por la cual, grandes logros pastorales del Pontificado han pasado en parte desapercibidos y la figura, humana, intelectual y sobrenatural del Papa, no es tan conocida por la mayoría de la gente.
Uno de los grandes retos del viaje apostólico a México era superar la presencia invisible de ese fenómeno. Si la imagen del Romano Pontífice y su labor pastoral eran poco conocidas por los mexicanos, y si la gente tenía poco en la mente su valía, ¿cómo podría Benedicto XVI tener aceptación en la segunda Patria de Juan Pablo II? ¿cómo se podría entender –en un ambiente politizado– que su mensaje era de tipo religioso?
 
DEL RATZINGER DE LOS MEDIOS AL BENEDICTO EN VIVO
Desde hace un par de años, comenté con el editor de mi columna «Fe y razón» en el periódico a.m. de Querétaro, la conveniencia de elaborar una serie sobre la vida y el pontificado de Joseph Ratzinger, con objeto de prever material para publicar diariamente cuando se desarrollara el siguiente cónclave, pues la experiencia del anterior fue que durante días hubo cierto vacío de información.
Tras siete años y medio de seguir las actividades de Benedicto XVI, empecé a redactar esos textos el pasado diciembre. Sin embargo, la Providencia quiso adelantar fechas, y así surgió la serie «Conoce al Papa», publicada en el periódico a.m. y en varios medios electrónicos, del 1° al 23 de marzo pasado.5 El objetivo era aclarar los muchos prejuicios sobre Joseph Ratzinger: el supuesto pasado nazi, su intolerancia doctrinal, su tendencia anti-semita, anti-musulmana, etcétera.
La continua retroalimentación de los lectores me permitió comprobar el «fenómeno Benedicto», pues la mayoría de las personas que dejaron sus comentarios manifestaban que, antes de estas lecturas, creían que el Papa era como lo describían los clichés difundidos por algunos de los grandes medios de comunicación.
Y luego, con la llegada del sucesor de Pedro a México y el contacto con la gente durante sus actividades y trayectos, se verificó la segunda parte del fenómeno. Su presencia viva ante las multitudes y la transmisión minuto a minuto en los medios generaron una nueva opinión de los mexicanos sobre Benedicto XVI, que se puede resumir en frases de personas que siguieron el viaje apostólico: «todo cambió cuando saludó a los niños», «es un Papa muy humano», «tiene la mirada de un santo», «quiere mucho a México».
 
VEHÍCULO INVISIBLE DEL EVANGELIO
¿Por qué es importante la presencia mediática del Papa? Volvamos a la retórica, cuando un orador inicia un discurso, su primera tarea es ganarse el afecto de los oyentes. Lo que los clásicos llamaban captatio benevolentiae. Y es que, sin esta simpatía por parte de los receptores, el mensaje –por excelente que sea– no podrá entrar en sus corazones ni en sus mentes, y quedará vacío.
Un punto de referencia obligado, por su gran impacto mediático, es Juan Pablo II. Desde el «no tengan miedo… abran las puertas a Cristo» del inicio de su Pontificado, hasta el gesto de asomarse por su ventana, impotente ya para hablar, unos días antes de su muerte, la excelente y cercana imagen del Papa polaco le abrió camino para predicar la Buena Nueva a los hombres y mujeres de hoy.
Aunque se dice que «Juan Pablo II abrió los corazones de la gente y Benedicto XVI los llenó»,6 no deja de ser verdad que el Papa alemán ha enfrentado una ola de reacciones negativas que obstaculizan la difusión global de su mensaje. Las campañas mediáticas en su contra han inducido a la opinión pública internacional a centrarse en la anécdota negativa, en la frase «dura», y dejar de lado los mensajes de esperanza, de justicia social, de ayuda a los pobres, del valor de la belleza para volver a la fe, etcétera.
¿Se trata de «ataques» al Papa? Según los vaticanistas Paolo Rodari y Andrea Tornielli, «es suficiente echar un vistazo a las reseñas de la prensa internacional para admitir la existencia de un ataque contra el Papa Ratzinger. Un ataque demostrado por el prejuicio negativo dispuesto a saltar ante cualquier cosa que el Pontífice diga o haga. Dispuesto a enfatizar ciertos detalles, dispuesto a crear «casos» internacionales».7
Pero más importante que constatar la existencia de esos ataques, es entender el efecto que producen las campañas mediáticas: hacen que el mensaje del Pontífice pase desapercibido. En palabras de Rodari y Tornielli, «de tormenta en tormenta, de polémica en polémica, el efecto ha sido «anestesiar» el mensaje de Benedicto XVI, aplastándolo en el cliché de Papa retrógrado, debilitando su alcance. Y sobre todo olvidando impulsos y aperturas acometidos por Ratzinger […] sobre grandes temas como la pobreza, la salvaguardia de la creación o la globalización».8
A esto hay que añadir el uso del lenguaje de algunos medios, cuando transmiten información religiosa. Juan Meseguer documenta que, en muchas ocasiones, las noticias sobre la Iglesia se redactan con palabras que contienen una carga semántica negativa –«la Iglesia atacó, condenó, rechazó»–, lo cual predispone al público contra las autoridades eclesiásticas.9
Por esto –desde el punto de vista de transmisión de contenidos religiosos–, era muy importante la presencia del Papa en nuestro país, ya que en vivo, la captatio benevolentiae es inmediata (sin mediaciones). Y al abrir los corazones y las mentes, entonces ya podía presentar directamente y sin distorsión su mensaje espiritual, para llenarlas de esperanza.10
 
UN MENSAJE RELIGIOSO QUE ILUMINA
El Papa vino a México a expresar un mensaje religioso, a traer motivos de esperanza, en medio de la crisis de paz y de pobreza por la que pasa nuestro país. Sin embargo, todo esto se entiende sólo en un contexto espiritual, al que se oponían dos visiones diferentes.
Por una parte, estaban las expectativas políticas de la visita papal sugeridas por algunos medios, ya que el viaje apostólico se realizaría en el tiempo previo a las campañas presidenciales, en territorio gobernado por el partido en el poder y contaría con la presencia del Presidente y los candidatos presidenciales.
Por otra parte está la interpretación reduccionista que sugiere que un mensaje religioso se debe quedar sólo en el aspecto devocional (rezar, meditar, cantar) sin tomar en cuenta que puede contener una respuesta profunda a las inquietudes humanas y a los problemas actuales.
Para comprender el mensaje del Papa, hay que aceptar que no es un discurso político ni devocional sino «sapiencial», que se apoya en un mensaje revelado, del que se puede aceptar o no su origen divino, pero es innegable que da luz a los problemas de cada época. Aunque resulte obvio, es importante mencionar que vino a hablar del Evangelio, y desde ahí, iluminar algunas sombras que aquejan nuestra realidad: pobreza, corrupción, violencia…
El objetivo de los discursos y homilías del Santo Padre no era dar respuestas prácticas, soluciones inmediatas o programas de acción cívica. Intentaba que quienes lo escucháramos pudiéramos descubrir que las duras circunstancias que atravesamos son susceptibles de tener sentido, pero de orden sobrenatural, que sólo se percibe desde una óptica religiosa.
Él mismo proporcionó la clave de lectura de todos sus mensajes en su primer discurso en el aeropuerto de Silao: «Vengo como peregrino de la fe, de la esperanza y de la caridad. Deseo confirmar en la fe a los creyentes en Cristo, afianzarlos en ella y animarlos a revitalizarla con la escucha de la Palabra de Dios, los sacramentos y la coherencia de vida».11
Se presentó como un mensajero que vino a reafirmar en los católicos mexicanos tres realidades sobrenaturales, las tres virtudes teologales: fe, esperanza y caridad. De manera que el tenor del viaje era religioso, aunque algunos medios insistieran en que debía hablar de temas polémicos o políticamente comprometidos.
 
LA FUERZA TRANSFORMADORA DE LA FE
Desde esa óptica religiosa podemos llegar al núcleo del mensaje que Benedicto XVI expresó a lo largo de toda su visita. Lo podemos sintetizar en que el Evangelio es capaz de transformar a las personas que viven inmersas en circunstancias críticas y darles una esperanza verdadera.
«Como peregrino de la esperanza –afirmó el Papa–, les digo con san Pablo: «No se entristezcan como los que no tienen esperanza» (1 Ts 4,13). La confianza en Dios ofrece la certeza de encontrarlo, de recibir su gracia, y en ello se basa la esperanza de quien cree».12
Pero esos sentimientos religiosos no se deben quedar sólo en el corazón del creyente, sino concretarse en la ayuda a los demás. Por eso, añadió que quienes experimentan esta esperanza se deben esforzar «en transformar también las estructuras y acontecimientos presentes poco gratos, que parecen inconmovibles e insuperables, ayudando a quien no encuentra en la vida sentido ni porvenir. Sí, la esperanza cambia la existencia concreta de cada hombre y cada mujer de manera real».13
El Pontífice insistió en que el momento interior de encuentro con Dios es la condición previa para poder transformar la sociedad. En la homilía de la misa celebrada en el cerro del Cubilete afirmó que «cuando se trata de la vida personal y comunitaria, en su dimensión más profunda, no bastarán las estrategias humanas para salvarnos. Se ha de recurrir también al único que puede dar vida en plenitud, porque él mismo es la esencia de la vida y su autor, y nos ha hecho partícipes de ella por su Hijo Jesucristo».14
Era necesaria la visita de Benedicto XVI a México para recibir con claridad sus palabras de esperanza. Una vez que se ganó la simpatía de los creyentes, y que entendimos que su mensaje era sólo religioso –de esperanza–, comprendimos también que sus palabras no buscaban injerencia en la política nacional, sino que son una invitación a apoyarse en Dios, a dejarse transformar por Él, para entonces buscar una solución a los grandes temas sociales: «si dejamos que el amor de Cristo cambie nuestro corazón, entonces nosotros podremos cambiar el mundo».15
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1  Peter Seewald, «Una mirada cercana», Palabra: Madrid, 2005, p.27.
2  Discurso del Santo Padre en la Universidad de Ratisbona, 12.IX.06, disponible en: http://goo.gl/he6Z3.
3  Por el revuelo suscitado, días después, Benedicto XVI aclaró que «lamentablemente, esta cita ha sido considerada en el mundo musulmán como expresión de mi posición personal, suscitando así una comprensible indignación». Y manifestó su deseo de «que el lector de mi texto comprenda inmediatamente que esta frase no expresa mi valoración personal con respecto al Corán, hacia el cual siento el respeto que se debe al libro sagrado de una gran religión» (cfr. la nota 3 de ese discurso).
4  Y en la nota 5, aclara el mismo Papa: «Solamente por esta afirmación cité el diálogo entre Manuel II y su interlocutor persa. Ella nos ofrece el tema de mis reflexiones sucesivas» (disponible en http://goo.gl/SzJ7h).
5  La serie está disponible en mi blog: http://goo.gl/J1KPA.
6  El secretario personal de Benedicto XVI cuenta una anécdota que ilustra la continuidad entre la personalidad carismática de Juan Pablo II y el estilo académico del actual Pontífice: «Alguien muy familiar con los vaivenes de Roma decía durante el viaje del Papa a Baviera el año pasado [2006], que ‘Juan Pablo II abrió los corazones de la gente. Benedicto XVI los llena’. Hay mucha verdad en eso. El Papa llega a los corazones de la gente, les habla pero no les habla de sí mismo, él habla de Jesucristo, de Dios y eso de una forma descriptiva, entendible y convincente. Eso es lo que la gente está buscando. Benedicto XVI les da alimento espiritual» (cfr. Entrevista de Peter Seewald a Mons. Georg Gänswein, julio 2007; disponible en: http://goo.gl/WlulQ).
7  Paolo Rodari, Andrea Tornielli. En defensa del Papa, Martínez Roca. México, 2011, p.11.
8  Ibid., p.12.
9  Cfr. Juan Meseguer, «Obispos, ¿en las barricadas?», en Aceprensa, 23/III/2012. El autor explica que a las autoridades eclesiásticas «a menudo se les presenta “arremetiendo” cuando en realidad sólo están discrepando. Lo que podría ser interpretado como una muestra de vitalidad en una sociedad democrática –disentir, debatir– es afeado por un sesgo peyorativo». Pero no sólo eso, sino que también se publica que los obispos han arremetido contra la selección de embriones; han atacado proyectos de ley; han incendiado elecciones; o han reprimido y execrado a teólogos.
10  No es la primera vez que sucede. En la víspera de algunos viajes apostólicos, los medios vaticinaban al Papa un frío recibimiento, cuando no adverso, y al final esos mismos medios tuvieron que reconocer que el Pontífice se había ganado la estima de esas naciones. Sucedió en sus visitas a Turquía (2006), Estados Unidos (2008), Francia (2008),  Inglaterra (2010)  y Alemania (2011).
11  Discurso en el aeropuerto de Silao, 23.III.2012; disponible en: http://goo.gl/3oYC9
12  Ibid.
13  Ibid.
14  Homilía en el Parque del Bicentenario, 25.III.2012; disponible en: http://goo.gl/CLWBf
15  Saludo a los niños en la Plaza de la Paz de Guanajuato, 24.III.2012; disponible en: http://goo.gl/fLzmO
 
 

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