La batalla del 5 de mayo y las tortas de pierna adobada

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El pasado 5 de mayo celebramos el 150 aniversario de la batalla de Puebla. El ejército mexicano, parapetado en los fuertes de Loreto y Guadalupe, derrotó a las suabos del general francés Charles Ferdinand Latrille. Gracias a la generosidad de los contribuyentes, se festejó por todo lo alto la victoria. «Las armas nacionales se han cubierto de gloria», escribió Ignacio Zaragoza.
Pertenezco a la generación de niños que recibió una esmerada y cursi educación cívica. Memoricé el himno nacional, excepto las estrofas abolidas por la censura liberal. Me emocioné con la historia del pastorcito que perdió un borrego y que llegó a presidente. Aprendí que los españoles eran malos; los aztecas, buenos; y los tlaxcaltecas, traidores. Pero la fecha preferida de la tenebrosa Miss Elda era el 5 de mayo de 1862.
Para un niño, nuestra historia patria provoca llanto. El siglo XIX es un cúmulo de derrotas militares y vulgares golpes de Estado. México perdió la mitad de su territorio. Para subirnos la moral, la miss Elda nos hablaba del glorioso 5 de mayo. ¡Qué bonito! Le ganamos al ejército más poderoso del mundo. Y en la batalla participaron los zacapoaxtlas, aterrorizando a los franceses con sus machetes.
¡Ah! Me llevé un chasco en secundaria (estudié en una escuela oficial que, vaya coincidencia, se llama «5 de mayo»). La maestra de primaria no me contó que Puebla cayó en manos de los franceses un año después: el 17 de mayo de 1863. A partir de entonces, el camino a la capital quedó franco.
 
SE SOLICITA EMPERADOR CON BUENA PRESENCIA
La ocupación francesa abrió las puertas a Maximiliano de Habsburgo. El 3 de octubre de 1863, una comisión de mexicanos «Notables» se apareció en casa de Max, allá por el rumbo de Trieste, para ofrecerle la corona de México.
Maximiliano titubeó. Era un segundón en la línea de sucesión del Imperio austríaco, pero de alcurnia: Archiduque de Austria, y Príncipe de Hungría y de Bohemia. ¿Valía la pena dejar todo por la aventura mexicana?
A Max le gustaba la buena vida. Se construyó su castillito a la orilla del Adriático, Miramar. En verano escapaba del calor en Lacroma, su isla particular. Debía un dineral, porque sus gustos eran caros y su sueldo de archiduque, bajo. Napoleón III lo convenció de embarcarse a México. Carlota, por supuesto, estaba puestísima. A diferencia de su marido, le tenían sin cuidado los paseos por el mar y las aficiones botánicas. La pobre mujer se asfixiaba en Miramar.
¿Qué pretexto esgrimieron los franceses para invadirnos? Se lo pusimos en bandeja de plata. México suspendió el pago de su deuda a España, Reino Unido, y Francia: Debo, no niego; pago, no tengo. El deporte del gobierno mexicano, desde la independencia, es pedir dinero prestado.
En enero de 1862, ejércitos de los tres países se plantaron en Veracruz para cobrar sus dineritos. La diplomacia mexicana consiguió que España y Reino Unido se retiraran. Pero ya entrados en gastos, Napoleón III ordenó quedarse en México. Durante el siglo XIX, los países poderosos se repartían el mundo como botín. Nada de malo tenía quedarse con un cachito de tierra azteca.
El problema es que América era botín de Estados Unidos. A los güeros no les gustó que un francés les arrebatara su patio trasero. El apoyo norteamericano a Juárez fue decisivo para vencer a los imperialistas. Pero nada es gratis. El gobierno de Juárez entregó el istmo de Tehuantepec (Tratados McLane-Ocampo, 1859). Lamentablemente para los liberales, la situación se complicó. Estalló en EU la guerra civil (1861-1865) y Napoleón III aprovechó el ajetreo en Washington para meter las narices en México.
En pocas palabras, para 1862 tenemos a los franceses en México, a los gringos ocupados en su guerra, a Juárez sin un centavo, y a un grupo de mexicanos convencidos de que este país necesita mano dura. Los monárquicos pensaban que la democracia había perdido su oportunidad, generado pobreza, inseguridad y caos (no hablo de política contemporánea). ¡Qué venga un príncipe de ojos azules a salvarnos de nosotros mismos!
Conservadores y monárquicos no son sinónimos. Muchos conservadores se opusieron, en un inicio, a los franceses y a Maximiliano. Y algunos monárquicos, comenzando por Maximiliano, estaban de acuerdo con las Leyes de Reforma.
Los liberales llamaban «cangrejos» a los conservadores, pues se decía que caminaban «para atrás». Pretendían un Estado confesional, preservar los fueros eclesiástico y militar, y respetar la propiedad corporativa de la tierra.
Aquí salta otro detallito que no me explicó miss Elda. Las Leyes de Reforma desamortizaron los bienes de «manos muertas», las propiedades de la Iglesia. Pero el liberalismo de Juárez también desmanteló la propiedad comunal de los pueblos indígenas. ¿Lo sabían? Entre Juárez y Porfirio Díaz existe continuidad. Don Benito y los liberales sentaron las bases legales para el despojo de tierras de los indígenas.
Otro punto oscuro: la mayoría de los bienes expropiados a la Iglesia fueron a dar a las manos de funcionarios del gobierno. ¿Les suena la historia?
¡Ah! ¿Y el asunto de los fueros? Se abolió, con justa razón, el fuero eclesiástico, pero el fuero militar aún existe, de ahí provienen muchos roces entre el Ejército y los defensores de los Derechos humanos.
Conservadores y monárquicos tampoco eran peritas en dulce. Miraban por sus intereses. El resultado fue un engrudo social y político que aprovecharon los extranjeros. ¿Quién pagó los platos rotos? Los de siempre, los pobres.
 
EL PASEO DE LA EMPERATRIZ Y EL ALCÁZAR DE MIRAVALLE
El 28 de mayo de 1864 llegaron Maximiliano y Carlota a Veracruz. La pareja aún ejerce entre los mexicanos una inconfesada fascinación. Nos encantan desfiles y procesiones. Cuestión de ver cómo seguimos la boda del Príncipe Guillermo.
Los conservadores mexicanos cometieron infinidad de errores. Primero contratar a un príncipe liberal. Maximiliano era conocido por sus ideas liberales; en cuanto llegó a México, ratificó las Leyes de Reforma. ¡Horror! Como si un vegetariano entrara a un restaurante argentino y se quejara de que sólo cocinen bife de chorizo. Eso hicieron los conservadores como don Pelagio Labastida y Dávalos, regente del Imperio y arzobispo de México.
Una anécdota: cuando Maximiliano llegó al Palacio Nacional no había una cama limpia para los emperadores. Max durmió esa primera noche sobre una mesa de billar. La maltrecha cama estaba llena de chinches. Los conservadores se pelearon con medio país para imponer al emperador y no previeron algo tan elemental como una cama. ¡Viva improvisación!
Y como nuestro querido Max era un derrochador, el II Imperio Mexicano nació endeudado. Basta pensar que construyó lo que hoy es Paseo de la Reforma para comunicar el Palacio Imperial del Zócalo con el Castillo de Miravalle, mejor conocido como Alcázar de Chapultepec.
¿Derrotaron los republicanos a los imperialistas? Sí, pero con la ayuda de EU y de Prusia. De hecho, en el sitio de Querétaro, donde aprendieron a Maximiliano, hubo militares yanquis. El segundo factor fue Bismark. El Canciller prusiano movió sus piezas para luchar contra Francia. Napoleón III, adelantándose a los acontecimientos, llamó a sus tropas. La guerra franco-prusiano estalló en 1870.
¿Qué nos quedó bueno de la intervención francesa? ¡Las tortas! Los soldados tenían la costumbre de rellenar sus baguettes con algún embutido, comida muy propia para la guerra. Los mexicanos interpretamos al modo barroco la receta: añadimos aguacate, mayonesa, lechuga, frijoles, jitomate, chiles jalapeños y pierna adobada.
 

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