El otro como espejo. Conocer el YO desde el TÚ

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¿Proyecto la imagen que tengo de mi persona o una distinta? El ejercicio de definirse suele ser muy subjetivo, ya que somos nosotros mismos objetos de la evaluación. La visión y la retroalimentación del otro mostrará aspectos de mi ser y hacer ocultos a mi persona.

Me festejo y me canto y lo que yo asuma tú habrás de asumir,pues cada átomo mío también es tuyo.

Walt Whitman, «Canto de mí mismo»

 

Para usted, ¿qué significa la siguiente frase?: «una vida sin examen no merece la pena de ser vivida». Sócrates la utilizaba como una invitación a revisar constantemente nuestros actos y pensamientos. Sólo por medio del autoexamen podemos llegar a una de las metas fundamentales de toda persona: el conocimiento de sí. No obstante, la sola intención de analizarse a profundidad no basta, pues tendemos a caer en las redes de la autocomplacencia. Para ello el otro es indispensable.
Pero ¿cuáles son los beneficios de conocerse a sí mismo? ¿Realmente es posible? ¿Qué significa hacerlo? ¿Basta con decir mi nombre, lugar de nacimiento, hablar sobre la infancia, la adolescencia, los logros, los fracasos o qué otros aspectos del ser humano debería uno poder responder? En principio parece sencillo, ¿lo es? ¿No le ha sucedido que creía conocerse cuando realmente vivía atrapado en sus propias fantasías sobre la realidad?
La tarea del autoconocimiento parece cardinal al tiempo que se escabulle cada que la intentamos. La mayor parte de las veces ante la interrogante sobre uno mismo se responde lo que uno quisiera ser. Es necesario tener aspiraciones –querer ser–, pero para ello lo primero es saber quién soy, pues sólo sabiéndolo podré alcanzar dicho deseo. El autoengaño suele convertirse en un obstáculo que es posible superar por medio del autodistanciamiento o la capacidad para verme desde fuera y así observar lo que realmente soy y no lo que quisiera ser que aún no soy.
 
ESPEJITO, ESPEJITO…
En Blancanieves –relato del siglo XVI que los hermanos Grimm primero y posteriormente Disney edulcoraron– una hechicera busca la aprobación sobre su belleza de un espejo mágico; ella es feliz mientras éste la complace, hasta que un día el espejo no hace eco de lo que la bruja quiere y desata su furia.
¿Cuántas veces nos ha sucedido algo semejante? Nos vemos al espejo esperando encontrar una imagen distinta a la que éste refleja. Podemos aceptarla y siguir adelante o negar lo que está frente a nosotros y seguir pensando o que somos demasiados bellos, hermosos y atléticos o que todo nuestro cuerpo es un terrible mapa orográfico con pliegues, valles y cráteres. Seguramente la realidad es que somos una combinación de ambas percepciones.
Si resulta difícil aceptar la imagen que el espejo proyecta, más difícil aún es conocerme por dentro. ¿Cómo soy, qué imagen tienen los demás de mí? ¿Me considero una persona con cualidades y algún defecto? ¿Proyecto esa imagen o una diferente?
 
UN SABIO MENSAJE DIVULGADO POR SÓCRATES
En la Antigua Grecia hubo una pléyade conocida como «los siete sabios»; de entre ellos, al lacedemonio Quilón se le imputa la proverbial sentencia conócete a ti mismo. Los  académicos discuten sobre quién le dio origen: Quilón, Heráclito o el oráculo de Delfos. De lo que no cabe duda es que Sócrates fue quien popularizó la máxima y la legó a los siglos por venir.
Conócete a ti mismo se engarza con otra frase mundialmente famosa que es la aristotélica todos deseamos por naturaleza saber. Entre ambas se alimenta el amor por el conocimiento, un amor que cumple a la vez con dos condiciones: motiva y nunca se sacia. Nos motiva a continuar hurgando en las arcas del saber al tiempo que cuando lo obtenemos nos percatamos de lo vasta que es la verdad. Parte importante de dicho conocimiento es el propio. Aunque debería ser el primero y quizá sencillo por tratarse de nosotros mismos, es la tarea más complicada e ineludible que tenemos entre manos.
Responder a la pregunta quién soy conlleva un cúmulo de ejercicios mentales que con frecuencia se ven mermados por atajos que no necesariamente dan con la respuesta. Dado que el objeto del conocimiento soy yo, y yo soy quien realiza dicho ejercicio, es inevitable caer en el subjetivismo. La mejor ayuda en este caso es la presencia del otro. Aceptarlo es, además, un acto de humildad.
 
DIÁLOGO: LA MEJOR MANERA DE PENSAR
Imagine a El pensador, de Rodin. ¿Qué proyecta la escultura de Rodin? ¿Qué vemos? Un hombre desnudo, sentado sobre una piedra, arqueado y con el dorso de la mano sosteniendo su barbilla como si la cabeza fuera a caerse, le pesa, pues está llena de pensamientos. El rostro impávido y la mirada fija. Un hombre sereno, cuya tranquilidad puede ser sólo un espejismo de lo que sucede en su interior: un torbellino de ideas van y vienen a toda velocidad como en una autopista. Ésta es la imagen universal de alguien reflexionando. ¿Podría ser también la de una persona que se conoce a sí misma? Podríamos imaginar, ¿cuánto tiempo más seguirá pensando? ¿Cuántas ideas originales han atravesado su mente en estos siglos? ¿Cuánto más puede soportar antes de que surja la inevitable necesidad por compartirlo?
Las ideas son estériles si habitan sólo una mente. La fecundidad del pensamiento radica en la posibilidad de que la idea sea concebida por más personas, lo que logramos por medio de los diferentes modos del diálogo: desde el común intercambio verbal entre dos personas, hasta la lectura de un libro o el presenciar una obra de teatro.
El diálogo es el mejor medio para transmitir conocimientos: ¡todo tipo de conocimientos! Pero para el diálogo requiero de otro con quien intercambiar ideas, opiniones y conocimientos para confrontar lo que hay en mi mente. Al hacerlo puedo verificar si lo que pienso es adecuado o una alucinación sin fundamentos. De aquí la necesidad por los amigos, los buenos amigos, los que me dirán siempre si están o no de acuerdo con lo que pienso y por qué; es la urgencia por el otro.
Sólo a través del diálogo puedo pensar con mayor claridad. En primer lugar, porque al esforzarme para explicarle a otro lo que parece que está muy claro en mi mente, me percato de qué tanto realmente entiendo mi idea. Esto ya es un importante avance (en cualquier ámbito: académico, empresarial, personal).
En segundo lugar, porque al hacerlo puedo recibir retroalimentación que me permitirá armar mejor el rompecabezas de lo que pienso. Y por último, porque así le doy a otro la oportunidad de hacer lo mismo. Sólo sabré si mi idea es lo que es cuando la doy a conocer y puedo contrastar mi percepción con la de alguien más para forjar una opinión basada en la realidad. Es la única forma de llegar a la verdad.
Piense en lo que sucede entre el Quijote y Sancho Panza. La novela de Cervantes es un constante diálogo entre estos dos personajes que se escuchan y se influyen. La conversación adquiere un valor trascendente, pues permite escapar al vacío que se crea cuando nadie está conmigo para que pueda compartirme. ¿Qué sería del Ingenioso Hidalgo sin Sancho? A propósito de ello, recuerdo un poema de Octavio Paz: «El prisionero». El hombre está habitado por silencio y vacío. / ¿Cómo saciar esta hambre, / cómo acallar este silencio y poblar su vacío? / ¿Cómo escapar a mi imagen? / Sólo en mi semejante me trasciendo, / sólo su sangre da fe de otra existencia.
 
LA SEDUCCIÓN DE NARCISO: EL AUTOENGAÑO
Enajenado en mí mismo resulta imposible llegar a saber quién soy. Porque yo puedo pensar que soy muy estudioso, inteligente, proactivo, justo, prudente y otras características que quizá no se corresponden con la realidad. El autoengaño es un recurso recurrente de los seres humanos. Acudimos a él constantemente.
«Espejito, espejito…». La madrastra de Blancanieves fue una de sus víctimas; pero no la única. Todos nos mentimos: «no sé por qué me fue mal en el examen si estudié muchísimo (a pesar de haber leído un par de veces los apuntes)», «no soy corrupto (aunque cada vez que considero «necesario» doy una «mordida» al policía para evitar la infracción o busco la manera de evadir impuestos)», «trabajo muchísimo y no me alcanza el tiempo (cuando buena parte del día navegué en las redes sociales)», «tengo mucha fuerza de voluntad (pero siempre tomo el camino del menor esfuerzo)».
El autoengaño se podría considerar un mecanismo de defensa para evitar que nos reprendan por nuestros actos; pero es estúpido. Sabemos que hicimos mal y por eso mentimos, no nos gusta aceptar nuestros fallos. Lo peligroso del autoengaño es que poco a poco comenzamos a creerlo: «¡Soy lo máximo! No entiendo por qué nadie me valora».
Enamorarse de su propia imagen le provocó la muerte a Narciso. Al verse reflejado en un estanque quiso besarse creyendo que el reflejo era otro; terminó ahogado en el fondo. Narciso se engañó a sí mismo; la consecuencia: el fin de su existencia. El mito sirve para otras interpretaciones, pero aquí lo aprovecho para explicar cómo el no reconocerse puede ser perjudicial, incluso mortal, para las aspiraciones humanas.
Autoengañarse es dañino no sólo para quien se engaña, sino para el resto de la humanidad. Es lógico cuestionarse cómo es posible que una persona que se autoengaña sea honesta. Y si no puede serlo, ¿para qué la quiero en mi empresa o en mi círculo de amigos?
El autoengaño atenta directamente contra la posibilidad de albergar verdad. Sólo se consigue la verdad donde hay honestidad. Una y otra se eslabonan de manera que sólo se puede afirmar la verdad cuando está presente la honestidad de reconocer lo real. En cualquier círculo social seré aceptado por quien soy, no por quien yo quisiera ser. Al fingir, me niego: dejo de existir ante la mirada del otro.
Esta acción atenta contra nuestra propia naturaleza. Lo señalaba san Agustín: He encontrado a muchos que querían engañar, pero a ninguno que quisiera dejarse engañar. Entonces ¿por qué lo hacemos? Porque nos hace falta la presencia del otro que nos enfrente con nosotros mismos. También ayuda recordar a Hamlet. En esta obra nadie se escucha; Hamlet está ensimismado. Shakespeare muestra en esta tragedia, como en muchas otras, las nefastas consecuencias que trae consigo la incapacidad para escucharnos: muerte, traición, locura (¿la de Hamlet habrá sido sólo un espejismo?).
La incapacidad para el diálogo es una puerta abierta hacia la imposibilidad para saber quién soy y de permanecer en los sombríos recovecos de mi razón. El otro me libera de mí mismo para poderme conocer: me conozco porque me permito conocer al otro y en él ver un espejo. Sócrates, en esto, ha sido el mejor maestro.
 
EL CONOCIMIENTO DE SÍ GRACIAS A UNA PARTERA
Para romper con el vicio de pensarnos los mejores y esconder, no sólo de los demás sino de nosotros, las propias fallas hace falta el autodistanciamiento. De lo contrario caeremos en el remolino del subjetivismo y de la soberbia. El autodistanciamiento nos permitirá mayor objetividad a la hora de afirmar quiénes somos. Para ello, el otro es la herramienta más importante. Sin la posibilidad de la crítica ajena es imposible la propia. El otro me hace «ver» cosas de mí previamente ocultas.
Para conocerme, además de la honestidad es indispensable la franqueza que ha de ser bidireccional. Siempre que la utilizo –y cada vez que hablo debería estar presente– acepto la franqueza hacia mí. Es incongruente hablar con franqueza y señalar aciertos y errores en los demás pero molestarme cuando alguien más lo hace conmigo.
El método para conseguir autodistanciamiento y reconocernos es herencia del mismo ateniense que popularizó el tema que aquí nos ocupa: conócete a ti mismo. La madre de Sócrates era partera y explica que de ella aprendió el arte de dar a luz, con la distinción de que el filósofo en lugar de dar a luz a bebés, ayudaba a que los demás parieran ideas. Esta herramienta lleva el nombre de mayéutica.
Sócrates la utilizaba como una forma de argumentación que le permitía al otro darse cuenta de su propia ignorancia. Porque nada hay más peligroso que un ignorante que se cree sabio, pues en nombre de dicho «conocimiento» actuará y tomará decisiones. Al ignorante no le será fácil aceptarlo. De allí la insistencia en la honestidad y la humildad mencionadas. En cambio, cuando me reconozco ignorante, o al menos limitado, quedo abierto hacia la profundidad de cualquier conocimiento. Este reconocimiento proviene de verme «desde afuera».
Por medio de la mayéutica, Sócrates pretendía enfrentar a sus interlocutores –amigos, políticos, poetas, artesanos– consigo mismos para que alcanzaran el tan anhelado autoconocimiento. Durante el interrogatorio los examinados iniciaban afirmando algo que después, ellos mismos negaban. Todo gracias a que iban respondiendo honestamente las preguntas planteadas. Pero lo difícil no era responder a las preguntas, sino al final aceptar que el pensamiento original era erróneo. ¿Alguna vez le ha sucedido esto?
Interrogar al otro –no como la malvada reina de Blancanieves hacía con el espejo– sino en aras de conocerlo y conocerme auténticamente, es lo más humano que podemos realizar. En nosotros viven nuestros semejantes como hace ver Borges en su poema Inscripción en cualquier sepulcro: Ciegamente reclama duración el alma arbitraria / cuando la tiene asegurada en vidas ajenas, / cuando tú mismo eres el espejo y la réplica / de quienes no alcanzaron tu tiempo / y otros serán (y son) tu inmortalidad en la tierra.
 
VIAJE A LA SEMILLA
Saber quién soy no resulta baladí. Muchos podrían decir que la humanidad, desde que existe, ha logrado llegar a ser lo que es con la mayoría de los habitantes ignorando realmente quiénes son. Yo reformularía esta observación a modo de pregunta: ¿cómo sería la sociedad actual si desde el principio –al menos desde que los griegos lo comenzaron a divulgar– las personas buscáramos auténticamente llevar a cabo la máxima délfica?
Imaginemos un lugar en donde las personas son francas, honestas, veraces. Imaginemos podemos confiar ciegamente en todos los que nos rodean porque gracias a que se conocen a sí mismos han desarrollado la responsabilidad, laboriosidad y justicia. Imaginemos un mundo cordial donde las pláticas no estén cargadas de chismes y difamaciones, sino de observaciones para mejorar. ¿No se antoja un mundo así? Le invito a iniciar el camino viéndose al espejo y preguntándose: «¿quién soy?».
Sólo si podemos responder verazmente a esta pregunta podremos iniciar un viaje de ida y vuelta entre el pasado y el futuro: hacia el centro de la semilla de mi ser para poder llegar-a-ser. Saber quién soy me permite entender quién fui y quién quiero ser. No puedo dar el salto si antes no lo respondo. No puedo ser el empresario exitoso, el estudiante destacado, la pareja amorosa o el buen ser humano si antes no sé quién soy.
Sólo mediante el conocimiento de mí mismo puedo saber realmente lo que quiero. Porque si aún me desconozco no puedo ser yo el actor de mis deseos. Por eso hemos de recorrer cada día la búsqueda por el conócete a ti mismo. Si nos cuesta trabajo dar con la respuesta, siempre habrá alguien que nos pueda ayudar. Relea el epígrafe de este artículo y con Whitman repita: cada átomo mío también es tuyo.
 
 
 

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