¿Quién soy en la república virtual? El drama del homo twittens

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Las redes sociales parecen modificar el concepto de identidad. Importa más quién eres, qué tienes que comunicar, qué impacto puedes dejar, porque tu conexión no es anónima ni indiferente. La conexión instantánea y global nos volvió más conscientes del mundo, y también de nuestra propia pequeñez.
Ubicar los rasgos que nos permiten reconocer nuestra identidad personal suele ser una preocupación constante en la transición de la adolescencia y la juventud hacia la adultez, en diferentes niveles y medida. Cuando advertimos que alguien se extiende más allá de esas etapas en esa búsqueda, solemos sospechar alguna patología psicológica o una excentricidad artística o contracultural.
Y es que parece fuera de lugar que alguien se pregunte: quién soy, sobre todo en circunstancias en las que se esperaría una definición de la persona que somos y deseamos mostrar y poner en contacto con los demás; principalmente si hemos recorrido ya un cierto trecho de nuestra vida.
Hacerse un cuestionamiento radical como el de «quién soy yo», puede deberse a muchas razones, pero quien se lo plantea, al menos anuncia que en el balance de su vida personal podrían no complacerle las obras logradas ni los círculos vitales creados (profesión, familia, amistades, ideales, metas), bajo la idea de que eso no soy yo; y que la imagen que devuelve el espejo día a día no corresponde a la que late en la profundidad de nuestra conciencia, a donde sólo nosotros tenemos acceso para conocer al sujeto que responde a nuestro nombre.
 
IDENTIDAD GLOBALIZADA
Si bien, una personalidad definida, concreta, acabada y firme difícilmente se preguntaría quién soy yo, en las circunstancias de la actual coexistencia globalizada, donde nuestra presencia informatizada nos convierte en miembros casi involuntarios de la aldea digital, podría volver a tener sentido preguntarse quién es uno mismo dentro de la selva de los códigos binarios.
Hoy la individualidad parece difuminarse en un todo interconectado que desdibuja la pertenencia social que divide, o los estancos culturales que separan. No es fácil saber si habitar un continente, un país o una comunidad es relevante en el entorno de la red informática; al fin y al cabo, estemos donde estemos la conexión es casi instantánea y nuestra sincronía con el todo es irrenunciablemente inmediata.
Sólo el dominio del servidor (ese ID que identifica numéricamente el origen de nuestra señal de interconexión) puede delatar nuestra ubicación territorial, que de cualquier modo se hace irrelevante por la ubicuidad con que funciona la red.
Antes de internet, la comunicación operaba como un factor de interacción donde un elemento definido intercambiaba un mensaje con un destinatario, que a su vez se volvía origen de un nuevo intercambio. Y en esa interacción, la identidad de los involucrados revelaba a los demás toda suerte de circunstancias y peculiaridades. Los varios sellos postales de una carta enviada desde la Patagonia hasta Siberia en los años 80 permitían reconstruir el sinfín de situaciones atravesadas en su recorrido por la misiva hasta el arribo final.
La comunicación mediante la web hizo irrelevante el punto desde el cual se interactúa, pues lo propio y original de la red radicó justo en que ningún nodo fuera privilegiado y todos fueran igualmente protagonistas instantáneos de la conexión.
Pero no sólo eso, sino que cuando la identidad de los usuarios interconectados se hizo mutable, disfrazable, con la capacidad de ocultarse en avatares creativos y muchas veces irreales, la comunicación perdió su sentido original. Ya no era necesario tomar en cuenta si el interlocutor confesaba su verdadera nacionalidad, si su perfil correspondía a la realidad o era creado.
Casi dos décadas han pasado desde entonces y las nuevas generaciones gozan de pasaporte libre en la república virtual. Pero hoy se presenta un nuevo reto para la comunicación de la propia identidad dentro de la red informática.
Entre las diversas redes sociales en uso, Twitter destaca particularmente por desestimar la identidad anónima del avatar irreal; sino que muy por el contrario, pretende reforzar el protagonismo del participante mediante su horizontal contribución a la lectura del rompecabezas de la realidad social.
Se sabe que el usuario de Twitter requiere de dos habilidades singulares: la capacidad de transmitir en 140 caracteres un mensaje que logre reflejar sus impresiones, valoraciones, convicciones, inventiva y creatividad acerca de cómo ve su entorno o a sí mismo; y llegar a impactar a tal nivel con su mensaje, que sea atractivo para los copartícipes de la red, y les lleve a compartir y seguir puntualmente la lectura sobre la realidad que realiza el emisor del tweet.
No es una combinación sencilla: capacidad de síntesis y de impacto. Se traduce en redacción sucinta e incorporación de seguidores. No había existido quizá un medio de comunicación más horizontal que Twitter desde la aparición de las redes sociales.
¿Qué reto representa para la identidad personal esta red? Internet ya lo representaba desde su nacimiento. La conexión instantánea, vinculatoria, global, nos hizo más conscientes del mundo distante, pero también, en un primer momento, más sensibles de nuestra propia pequeñez.

 
QUIÉN SOY, CÓMO IMPACTO
En un inicio se criticó la utilidad social, humana, que podía representar para un esquimal estar al tanto de la caída de la bolsa argentina mediante internet, o para un japonés saber en tiempo real los derroteros de los miembros de la corona española. Y es que enterarnos de una pandemia africana cuando se vacaciona en el Caribe, difícilmente nos permite intervenir de modo efectivo para resolver un problema que, sin duda, la globalización nos hace sentir más cerca.
La interacción globalizada de la informática hizo las fronteras más cortas y a nosotros más conscientes, incluso que el calentamiento global, de que tenemos una sola casa con muchas habitaciones, pero una sola presencia común. La generación 2.0 de internet introdujo el protagonismo de los conectados en una interacción recíproca y dinámica e hizo pasar de la conectividad a la interactividad, en la que desde lo que soy, pienso, quiero y deseo, me pongo en común con otros que deseen reaccionar a mis aportaciones.
Configurar la identidad personal no es camino fácil. A veces se interpreta como el acento que nos hace singulares, no sólo por nuestra presencia sino por nuestra acción. Porque nuestra identidad no se agota en tener conciencia de que somos, sino en ser conscientes de cómo impactamos. Por ello cuando una persona sufre amnesia, no duda que está siendo, sino de que no sabe quién es él, quién responde al sujeto que está actuando.
Este modo de entender la identidad, como el fruto de lo que somos y cómo impactamos, orilla a que, para remarcar «quién soy», transformemos nuestra singularidad en originalidad, en contraste con el entorno; con la intención de que ese rasgo particular nos convierta en referencia, bajo el principio de que identificación es identidad.
Eso parece que le ocurre al usuario de Twitter. Su capacidad para ser referente, atraer e incrementar sus seguidores, mantenerlos satisfechos al generar contenidos de impacto (pues de lo contrario los followers lo abandonarían), se convierte en una exigencia y vehículo de identidad: dime cuánto impactas y te diré quién eres (como parece decir la herramienta Klout, que mide la incidencia o influencia que un usuario de redes sociales tiene entre los demás).
En eso radica el drama del novato que se incorpora a una red social como Twitter. Al principio está solo, sujeto al bombardeo de un entorno generador de contenidos (aquellos usuarios a los que comienza a seguir) que como un corifeo de mercado público, se muestra sordo a las opiniones del recién llegado. Mientras éste desde su propia singularidad no posicione sus participaciones y atraiga nuevos followers, no será nadie; y su actividad será prácticamente una nada, para un entorno al que no le importa siquiera quién es, y qué identidad posee.
Frente a esta situación sería útil recordar que la identidad personal, la construcción de los que somos y de cómo nos mostramos hacia los demás, es un proceso de constante búsqueda que se realiza en el tiempo, no de un sólo golpe ni en un solo momento. Porque quienes somos no se consigue en un solo instante de nuestro desarrollo personal, sino que se va haciendo junto con nuestro ser.
La identidad por ello es dinámica, abierta. Somos el fruto de nuestras decisiones y la consecuencia de nuestros actos, pero también de la asimilación del exterior que va dejando algo en nosotros. Nos hacemos de ese exterior de modo peculiar, irrepetible, pero también dejamos algo nuestro y singular en él. Y esa interrelación parece estar detrás de los anhelos de comunicación del usuario de Twitter: incorporarse para dejar algo propio en el entorno; y recibir, filtrado por nuestra particular elección, algo que de ese entorno contribuya a mi propia construcción.
Al final, la identidad dinámica, que se construye intentando remarcar nuestra singularidad que contrasta con el entorno, busca paradójicamente convertir la existencia anecdótica, contingente de cada uno de nosotros (por temporal) en una presencia necesaria (por irrepetible). Donde se muestre que ninguna vida es igual a otra y ninguna presencia, intercambiable.
 
PROTAGONISMO PARA MI IDENTIDAD
La primera generación de internet hacía irrelevante la identidad del interconectado; la intención era vincular y no dejar a nadie fuera. En la segunda generación, y en particular en las redes sociales actuales, y más en Twitter, la pretensión es la contraria: importa más quién eres, qué tienes que comunicar, qué impacto puedes dejar desde tu singularidad, porque tu conexión no es anónima ni indiferente. Al grado de fomentar que el usuario colabore en el armado del entorno social mediante hashtags, que como etiquetas para mensajes de inspiración compartida, sirvan para que otros se solidaricen y compartan sus impresiones a partir de su singularidad.
Esta conquista de protagonismo para la propia identidad origina que la aparición de fenómenos como los bots, sea insultante entre la comunidad de «tuiteros»; robots informáticos que, como usuarios inventados, irreales, mecánicamente diseñados para reaccionar mediante algoritmos, intervienen como si fueran personas que opinan ante ciertos temas, para acallar o desviar la contribución de algún usuario, de acuerdo a determinados intereses. Nada que desdibuje más la identidad de la persona que la usurpación mecánica de un artilugio que quiere parecerse a la singularidad humana y no es sino la réplica automatizada de un patrón matemático.
Pero en la riqueza a veces se suele encontrar también la pobreza. Twitter ha dado voz y oportunidad de contribución horizontal a quienes deseen manifestar desde su propia identidad quién se es, cómo se piensa, qué se desea o cómo se lee la realidad, pero bajo el incómodo criterio del impacto. Si te unes, contribuye y atrae; de lo contrario, atente a la inanición social, parece ser el lema al que el usuario de Twitter se resigna.
El náufrago que lanza un mensaje dentro de una botella tiene al menos la democrática esperanza de que en algún momento, en la inmensidad del océano, alguna embarcación de cualquier tipo recoja su mensaje; pero hoy lanzar en Twitter un mensaje desde la identidad de un avatar depende de la aprobación de los navegantes que consideren si esa botella merece o no merodear por las aguas en uso.
Una dinámica de este tipo provoca que así como la identidad se hace en el tiempo, y tiene el riesgo de que si mi identidad es mi historia, al cambiar una, se desdibuja la otra, así también si las prioridades de los filtros de membresía cambian en Twitter, como red social (y por tanto un trending topic de ayer, engrosa las filas del #yafue de hoy), el aparente protagonismo ganado se desdibuja de un día para otro, y obliga a ubicarnos pronto dentro de un nuevo tópico que nos permita permanecer en el interés de los interconectados a la red.
Estamos asistiendo a la transformación dinámica de la incidencia social (no hay que insistir mucho en el impacto de las redes como vehículo de expresión en movimientos como la Primavera Árabe o los Indignados en diferentes países). La interconexión no fue suficiente (internet 1.0); y hoy la coexistencia internet 2.0 o Twitter) va presionando a dar el siguiente paso: que el sujeto no se vea orillado a desarrollar una identidad global que cifre su capacidad de intercomunicación sólo en el impacto y la originalidad.
Gritar sólo tiene sentido si hay oídos que se solidaricen con nuestro ruido; la identidad del homo twittens debe ir aún más allá: no sólo estar sujeta al consentimiento de quienes quieran oír quiénes somos y qué queremos decir, sino conseguir nuevos mecanismos para que sin filtros de membresía, la puesta en común de lo que queremos, pensamos y buscamos, llegue a los otros, a cualquiera, a todos; porque en la identidad globalizada todo hombre tiene algo que decir y nadie entre los humanos debe presentarse como ajeno. Los desarrolladores de tecnología tienen aún mucho por hacer.
 

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