La catafixia y el autoconocimiento socrático

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Edipo rey y la enfermera Ratched
El conocimiento propio es parte esencial de una estrategia realista para ser felices. ¿Han leído Edipo rey de Sófocles? Les cuento la historia. Layo y Yocasta, reyes de Tebas, tienen un niño. Lamentablemente, sobre el bebé pesa una maldición: el niño matará a su padre y cometerá incesto con su madre. El rey Layo manda asesinar a su hijo. Encarga la tarea a un soldado que, como en la película de Blancanieves, no tiene corazón para obedecer la orden. Aquel hombre, tratando de acallar su conciencia, amarra al bebé de los pies y lo cuelga de un árbol, suponiendo que algún animal concluirá la tarea.
Un pastor se encuentra con el bebé y, enternecido, lo descuelga y lo lleva a su casa, donde recibe los cuidados de su esposa. La pareja adopta al pequeño. El niño recibe el nombre de Edipo: «El de pies hinchados».
Cuando Edipo crece se entera de la profecía. Como ama a sus padres, huye de casa. ¡Nadie le había informado que es hijo adoptivo!
Mientras tanto, la ciudad de Tebas está a merced de la esfinge, un monstruo con cabeza de mujer, cuerpo de león y alas de águila. El engendro destruye cosechas y acecha a los viajeros. La esfinge propone un enigma: «¿Cuál es el animal que camina a cuatro patas en la mañana, en dos al mediodía y con tres al atardecer?» Ningún hombre había logrado descifrar el enigma y la esfinge los estrangulaba.
¡Qué buen chico es Edipo! ¿No? Pues resulta que el joven va rumbo a Tebas. En el camino se encuentra con un conductor cafre, imaginen ustedes un chofer de microbús del DF. Edipo no le cede el paso al arrogante carro de caballos. El auriga le echa lámina; nuestro héroe se defiende. El copiloto entra al pleito y golpea a Edipo con un palo. El furioso joven mata al conductor y al «copiloto». Luego, muy quitado de la pena, prosigue su camino.
La esfinge le corta el paso. Viene el cuento del enigma. Nuestro héroe lo resuelve: el hombre gatea cuando es bebé (y también cuando bebe); camina en la edad madura, y durante la vejez utiliza un bastón. El monstruo, humillado, se tira por un precipicio.
Edipo aparece en Tebas. La ciudad llora al rey asesinado por un ladrón de caminos. Para colmo, Tebas sufre los asaltos de la esfinge. «¡Ya llegué», dice Edipo. Él ha librado a la ciudad del monstruo. Los ciudadanos le agradecen el servicio coronándolo y la corona, como se estilaba en aquellos tiempos, viene con todo y reina.
Transcurren los años. La peste mata a la población de Tebas. El rey consulta a sus adivinos, diríamos hoy a sus asesores, que concluyen que la epidemia es un castigo de los dioses.  El asesinato del rey Layo sigue impune. Edipo comienza las indagaciones, pero en lugar de nombrar un fiscal especial para el caso, él y  su adivino de cabecera llegan al fondo del asunto. Edipo cumplió el vaticinio.
Yocasta se suicida al enterarse de que su esposo es también su hijo. Edipo, desesperado, se saca los ojos «que han visto la desnudez de su madre».
 

La caja negra y el destino
En la mayoría de las tragedias griegas el esquema es parecido. El personaje central no es un villano químicamente puro, como el Emperador (Guerra de las Galaxias) o el Guasón (El caballero de la noche). Medea, Creonte, Electra, Edipo no son individuos perversos. Los héroes griegos desencadenan una tragedia porque cometen un error. Este error es la fatal combinación de ignorancia, la mala fortuna y arrogancia. El destino gana la jugada.
El espectador compadece a Edipo. Él no quería cometer esos crímenes, pero los comete. Pensemos en el caso contrario. Cuando Darth Vader mata al Emperador (El regreso del jedi), nuestro corazón hollywoodense se alegra. El malvado recibe su merecido. Edipo no es la enfermera Ratched (Atrapado sin salida), sino un pobre infeliz a quien «las cosas le salieron mal».
Frecuentemente nuestras acciones tienen consecuencias imprevisibles. Intentando hacer el bien, provocamos el mal. ¿Cuántas personas pierden el cariño de su familia, porque trabajan todo el día para darles de comer? ¿Cuántas medicinas curan una enfermedad, pero provocan úlcera?
Los griegos advirtieron que nuestras acciones no provocan únicamente el efecto que nosotros deseamos.  La vida es una trama, un tejido de hilos entrelazados. Si tiramos de un hilo para conseguir algo, afectamos el tejido entero.
¿Se acuerdan de la catafixia de Chabelo? Uno mete un premio, digamos un viaje a la playa, y la catafixia nos puede devolver un chicle o un automóvil. Dentro de la catafixia todo es posible. Está dominada por las fuerzas oscuras del destino.
¿Cómo enfrentaron los griegos este problema? ¿Cómo controlar nuestra vida? ¿Cómo evitar los efectos no deseados? ¿Cómo mitigar los daños colaterales?
La ética de Sócrates, Platón y Aristóteles intentó responder a este reto. La ética, no es un conjunto de reglas, sino la habilidad para conseguir una vida plena y feliz en medio de las vicisitudes del mundo: terremotos, enfermedades, delincuencia, traiciones.
 
Conocimiento propio
El primer paso para mitigar la incertidumbre de la vida es el conocimiento propio. Ésta fue la gran intuición de Sócrates: «Conócete a ti mismo». La raíz de los problemas de Edipo es la falta de conocimiento propio. No sabe quién es, y por eso se convierte en un parricida y en un incestuoso.
Conocerse es difícil. ¡Qué chocante resulta oír nuestra propia voz! Yo, al menos, pienso que la mía es angelical, y que la radio deforma mi voz de Andrea Bocelli. Ni siquiera en el espejo podemos mirarnos tal y como somos. Lean Después del funeral de Agatha Christie. Poirot descubre al criminal a partir de esta distorsión en el espejo.
Conocerse a uno mismo requiere inteligencia, pero también voluntad. Cuando uno se mete a limpiar el clóset, al menos en mi caso, no sé lo que me voy a encontrar. ¿Qué hago con las mugres que me encuentro? La introspección exige valentía, fortaleza, objetividad.
 
Autoconocimiento  y autoestima
Según Aristóteles, los demás nos conocen mejor que nosotros mismos. ¿Qué piensan ustedes de esta afirmación? Es fuerte, ¿verdad? Nadie puede salir de sí mismo para observarse desde fuera. De ahí que una de las funciones de los amigos, dijo Aristóteles, sea facilitar el autoconocimiento.
La falta de conocimiento propicia el desordenado amor propio. Amarse a uno mismo no es egoísmo. Incluso en el cristianismo el amor propio es la medida del amor a los demás: «Ama al prójimo como a ti mismo».
Para amarnos correctamente debemos conocernos tal y como somos. No es raro que la gente ame un espejismo de sí misma. Algunos se aman desordenadamente por exceso, porque se creen dioses, cuando no son sino mamíferos más o menos evolucionados. Algunos otros se aman desordenadamente por defecto, porque se creen inferiores e inmundos, cuando son personas dignas y valiosas.
Sobre todo hay que conocernos a nosotros mismos, porque sólo así podemos modelar nuestra propia vida. La falta de introspección nos hace vulnerables, plastilina de los demás. Acabamos siendo modelados por el tipo de café que compramos, el automóvil que usamos, o la ropa que vestimos.
Hay muchas maneras de ejercitarse en el conocimiento propio. La que a mí más me gusta es escribir un diario.  ¿Lo han intentado?
 

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