El anillo de Tolkien. Inspiración platónica

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«El que rompe algo para saber lo que es
ha perdido el camino de la sabiduría»
J.R.R. Tolkien

 

Era 1904 cuando J.R.R. Tolkien y su hermano Hilary quedaron huérfanos, tras la muerte de su madre. Años atrás su padre falleció en Sudáfrica (antes Bloemfontein), donde el 3 de enero de 1892 nació el prolífico autor de la saga de El señor de los anillos. Como ya sabemos, el trayecto que ha de emprender la Comunidad del anillo para asegurar la destrucción del mismo en el Monte del Destino tiene su origen en El hobbit, de próxima proyección bajo el ojo de Peter Jackson.

La redacción de esta novela tenía como principal objetivo crear historias para entretener a sus hijos. Entre 1920 y 1930 John Ronald Reuel Tolkien escribió casi por completo lo que conocemos como El hobbit (The Hobbit, or There and Back Again). De mano en mano el manuscrito terminó en George Allen & Unwin, la casa editorial que convenció al autor de publicarla.
No hablaré más de la historia, prefiero hurgar en las motivaciones que llevaron al filólogo a crear la Tierra Media y las andanzas que en ella se desarrollan. Partamos del hecho de que en este lugar los hombres no son los únicos seres dotados de razón. Con la raza humana conviven enanos, magos, hobbits, elfos, orcos y un extenso número de criaturas con peculiares características. Sin embargo, el núcleo de las novelas es un recurso que tomó prestado de la filosofía griega.
 
EL ANILLO DE PLATÓN
Durante la Ilustración griega, Platón planteó un dilema en su segundo libro de la República (359d-360a). En él, el filósofo griego narra las peripecias de Giges, un pastor quien tras un terremoto halla en el fondo de una grieta un caballo de bronce con un hombre muerto en su interior. Del cadáver, Giges toma un anillo que al poco tiempo de ser poseído por el pastor se descubren sus propiedades mágicas: al deslizarlo por el dedo la persona que lo porte se vuelve invisible.
La Alegoría de Giges le sirve al fundador de la Academia para retratar la debilidad de la naturaleza humana. ¿Alguien que posee el poder de la invisibilidad y adquiere un poder casi absoluto, es capaz de justicia? ¿Puede alguien honesto conservar su virtud cuando tiene a su alcance la posibilidad de hacer lo que quiere sin afrontar consecuencias?
Estas inquietudes le sirven a Platón para explorar a profundidad las verdaderas y reales posibilidades de que el hombre se convierta en un ser bueno. Porque parecería que sólo se es bueno en la medida que se teme el castigo. Pero ¿entonces sería virtuoso? El Bien debe buscarse por sí mismo, porque en él radica la Verdad y la Belleza, una tríada que entre los griegos –al menos para el discípulo de Sócrates– se da necesariamente. ¿Cuál será el camino que tiene que arar el ser humano para forjar virtudes? Si lo quiere averiguar por la vía filosófica puede leer la obra platónica. Pero si prefiere hacerlo por otra vía la obra del escritor inglés es una excelente maestra.
 
DE GRECIA A LA TIERRA MEDIA
No me cabe duda de que la intención de Tolkien no era la de plagiar al filósofo griego, sino aprovechar su lucidez para exponer su peculiar concepción del hombre, con sus debilidades y fortalezas, con sus miedos y anhelos, y con sus contradicciones. Los seres de la Tierra Media conviven con la naturaleza humana como un reflejo de nuestro propio ser. Las similitudes las encontramos no sólo en los «hombres», sino también en los enanos, los hobbits, los elfos y los orcos.
En el fondo de estas historias –que se inician con El hobbit y concluyen con El señor de los anillos: el retorno del rey– late la lucha entre el bien y el mal, una lucha que está perfectamente detallada por el sudafricano-inglés. Tal enfrentamiento, nos lo muestra constantemente, debe ser primero consigo mismo. De lo contrario, la épica batalla contra la oscuridad será una estéril pelea sin espada y sin escudo.
 
 

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