¿Qué deben estudiar los políticos?

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LO MEJOR, EL BIFE DE CHORIZO
Hace poco estuve en Argentina, un país al que sólo conocía a través de la literatura pintoresca de Don Segundo Sombra y el Martín Fierro; de los sibilinos versos del Fervor de Buenos Aires de Jorge Luis Borges y, por supuesto, de la inigualable Mafalda de Quino.
Algunos colegas me habían contado maravillas de Buenos Aires. «Es como una ciudad europea», me decían. Y tenían razón, Buenos Aires es muy «europea», especialmente en sus precios, que están por las nubes. Lamentablemente, la calidad de sus servicios es la de un país mucho más atrasado que México. ¿Les confieso algo? La visita a Argentina me subió la moral. A mi regreso, encontré a México más limpio, más trabajador, más ordenado, más desarrollado.
Por supuesto, se trata de una impresión basada en un viaje de diez días y una rápida visita a dos ciudades. Antes de que los lectores me masacren, acoto mis afirmaciones. Reconozco que no es sino una impresión subjetiva y poco científica. Tal vez mis anfitriones –un funcionario cultural y un pequeño empresario, ambos porteños– alentaron esa imagen negativa.
Mis guías me hacían notar una y otra vez los mil y un aspectos disfuncionales de Argentina, desde su avasalladora e ineficaz burocracia hasta sus destartalados y polvorientos museos. Sé que soy crítico y pesimista, pero mis anfitriones me superaron con creces. Me sorprendió, por ejemplo, que en una ciudad con vocación turística, en plena temporada alta, la mayoría de los museos cierren dos días a la semana (lunes y martes) y con un horario de 14:00 a 19:00. ¿Ustedes lo entienden? Yo no.
Eso sí, la comida es magnífica. La carne, aunque cara, es de gran calidad. Me volví, además, fanático de los alfajores que, por cierto, son una herencia árabe-andaluz. Evidentemente regresé con el colesterol y los triglicéridos por los cielos. Ahora me veo obligado a pagar el precio de mi intemperancia con una dieta estricta y horas extras de bicicleta estática.
Me estoy yendo por las ramas. La situación económica y social de Argentina no pinta nada halagüeña. No hace falta ser un genio financiero para advertir que se les avecina una crisis gravísima. El aeroparque de vuelos nacionales luce sucio, descuidado, caótico. El día que llegué, un homicida se escapó de una cárcel de máxima seguridad y las autoridades se enteraron un par de días más tarde. El mercado negro de dólares es tan descarado que las «casas de cambio» se encuentran establecidas con vidrios blindados en las principales avenidas de la capital. Los bloqueos de calles y manifestaciones forman parte del paisaje urbano. Sin la válvula de escape del futbol, Argentina ya estaría en llamas.
¿Cómo es posible que un país con esa riqueza ganadera y agrícola vaya nuevamente al precipicio? Que sean los economistas quienes nos expliquen las recurrentes crisis. A mí lo que me preocupó es encontrar tantas coincidencias entre ese país y el nuestro.
 
HISTORIAS PARALELAS
Cuando reviso la historia de los países latinoamericanos se me estruja el corazón y se me derrama la bilis. Golpes militares, levantamientos, pleitos de caciques,  partidos egoístas, invasiones extranjeras, pérdidas del territorio, secesiones, exterminio de población indígena, racismo, arrogancia de la clase alta. ¿El resultado? ¡Latinoamérica!
Como saben, no soy admirador de Estados Unidos; al contrario, recelo de nuestros vecinos. Soy un feroz crítico y siempre he dicho que la clase media mexicana idealiza aquel país. En Estados Unidos existen gravísimas injusticias sociales y económicas, racismo, escandalosos casos de corrupción (¿Les parece poco iniciar guerras para favorecer a algunas empresas?).
Sin embargo, reconozco que sus Padres Fundadores se comportaron con mayor altitud de miras que la mitad de los héroes latinoamericanos. Lo sé, Estados Unidos nació esclavista y arremetió contra los indígenas violando, incluso, tratados firmados con ellos. A lo que voy es que la primera generación de políticos norteamericanos advirtió que si se dedicaban a pelearse entre sí, acabarían por desgastar a su joven país.
¿Cómo fue posible para las trece colonias norteamericanas superar al Virreinato de la Nueva España en tan poco tiempo? La respuesta es, evidentemente multifactorial.  Uno de esos factores fue la educación y la civilidad.
Comparen a Vicente Guerrero, segundo presidente de México con  Benjamín Franklin. Guerrero, arriero de profesión, apenas sabía leer y escribir. Franklin hablaba francés y había leído a Newton y a Locke.
Nuestro primer presidente, Guadalupe Victoria, aunque leía latín, sólo había obtenido el grado de bachiller en leyes. Thomas Jefferson, tercer presidente de EU, en cambio, leía latín, griego y francés, también conocía la obra Locke y  Newton, sabía tocar el violín y estaba familiarizado con el arte europeo.
Lo del francés no es una habilidad despreciable. Basta recordar que Franklin visitó la Corte de Versalles para conseguir el apoyo de Francia contra Inglaterra. Tales gestiones hubiesen sido casi imposibles sin saber francés.
El cuarto presidente de Estados Unidos, James Madison, recibió una educación práctica en las plantaciones de tabaco, de donde provenía la riqueza familiar. Sin embargo, era un hombre culto. Sabía griego, latín, hebreo, retórica, matemáticas, geografía y derecho. Madison, ciertamente, no fue perita en dulce. Calificaba a los negros de «raza desafortunada» y los consideraba nacidos para ser propiedad de los blancos.
Entre los signatarios del Acta de Independencia del Imperio Mexicano (1821), Bustamante era uno de los más cultos. Además de sus estudios en el seminario, donde aprendió latín y rudimentos de filosofía escolástica, cursó la carrera de medicina. Pero comparado con los talentos de Madison, Bustamente sale perdiendo.
Nicolás Bravo, tres veces presidente de México, fue valiente y magnánimo, pero tampoco era un hombre culto. Era un militar. Pongámoslo al lado de Alexander Hamilton, primer secretario del Tesoro, y hábil polemista. ¿Quién gana?
El más inculto de los Siete Padres fundadores de Estados Unidos fue Washington, agrimensor, hacendado, militar y hombre de negocios. Al lado de Iturbide, nuestro emperador no sale tan mal parado. Pero Iturbide carecía de la experiencia «empresarial» de G. Washington.
 
VALE LA PENA ESTUDIAR
Mi conjetura: la ventaja inicial entre Estados Unidos y México fue el conocimiento. Su clase política era mucho más culta que nuestros «padres fundadores». Por ello, los norteamericanos dieron respuestas más inteligentes. El empuje de nuestro vecino obedece, en parte, a esa primera generación de políticos culta, emprendedora y con un mínimo de civilidad.
Claro que Estados Unidos también padeció rebeliones internas, guerras civiles y luchas por el poder. La Rebelión del whisky (1794) en Pennsylvania, que sofocó Washington, y la sangrienta Guerra de secesión (1861-1865), que costó más de medio millón de vidas, son tristes ejemplos. Sin embargo, durante los primeros años de vida independiente prevaleció un mínimo de civilidad.
Por el contrario, la historia de los países latinoamericanos es vergonzosa. Nuestras clases políticas eran incultas, poco emprendedoras, y cínicamente egoístas. La lucha por el poder, sin ningún tipo de recato, proliferó desde los primeros días de nuestras independencias.
Del Virreinato de la Nueva España, que iba desde Oregon hasta Nicaragua no quedaron sino retazos. El siglo XXI tampoco se muestra halagüeño. La pobreza y la injusticia, la incivilidad y el cinismo se desbordan en América Latina. Algo hemos hecho mal.
Buenos Aires luce destartalada, pero México está ensangrentado. Entre mis conocidos, ya van doce muertos por la violencia. No sé qué podemos hacer para salir adelante. Como lo he dicho, hago lo que puedo: escribir, criticar, aguantar críticas, pagar mis impuestos, cumplir con las leyes, estudiar para dar clases, y manifestar mi solidaridad con las víctimas de nuestra falta de civilidad.  Pero sé que no es suficiente.
Supongo que los extranjeros que visitan México, se referirán a nuestro país en términos tan críticos como lo míos respecto a Argentina. ¿Y les digo algo? No están del todo equivocados.
 
 

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