Urge renovar paradigmas en la relación mujer-hombre

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Tal como está organizada hoy la sociedad, no se puede compaginar la inserción de la mujer en el mercado laboral con la atención a la familia y al hogar. Sólo un auténtico cambio de paradigma que ilumine la relación hombre-mujer responderá a una sociedad justa y completa en este siglo XXI.
Abrir los ojos a una realidad que ya es evidente… la incursión de la mujer en la esfera laboral ha sido uno de los cambios más relevantes en la sociedad. Entender las consecuencias de este cambio, implica una serie de cuestionamientos a los modelos antropológicos anteriores, que suponían que el ámbito público era restrictivo para los varones.
La sociedad se había basado en la creencia de que la mujer quedaba excluida de la esfera política, económica y académica y se formaron así estructuras viriles que respondían a las necesidades, intereses y paradigmas masculinos.
Esta conformación hecha al modo del hombre, ha supuesto para la mujer e incluso para el varón, un obstáculo para su plenitud y en muchos casos, ha sido causa de discriminación e injusticias para el sexo femenino. Como señala Juan Pablo II en su carta a las mujeres:
«Por desgracia somos herederos de una historia de enormes condicionamientos que en todos los tiempos y en cada lugar, han hecho difícil el camino de la mujer, despreciada en su dignidad, olvidada en sus prerrogativas, marginada frecuentemente e incluso reducida a esclavitud. Esto le ha impedido ser profundamente ella misma y ha empobrecido a la humanidad entera de auténticas riquezas espirituales. No sería ciertamente fácil señalar responsabilidades precisas, considerando la fuerza de las sedimentaciones culturales que a lo largo de los siglos, han plasmado mentalidades e instituciones».1
 
ESPEJOS RECÍPROCOS
Es necesario repensar y reestructurar los distintos ámbitos públicos y privados del quehacer humano. No sólo para evitar injusticia y discriminación, sino para replantear procesos a favor de la humanización permitiendo que la dualidad humana (varón y mujer) se realicen y enriquezcan plenamente no sólo en el ámbito físico y psicológico, sino también en el ontológico. Di Nicola y Danese comentan:
«Viviendo la reciprocidad con unas relaciones fluidas, las características del hombre y de la mujer adquieren entonces su genuino sentido relacional y se evita caer en falsificaciones y excesos tanto de machismo como de feminismo. Por el contrario, el distanciamiento entre el uno y la otra, la instrumentalización y la opresión, son un obstáculo para la felicidad de ambos, debilitan la consistencia de la familia y corrompen la sociedad».2
Ya lo decía Julián Marías: «El varón y la mujer se son recíprocamente espejos para descubrir su condición. Hay un elemento de asombro, condición de todo verdadero conocimiento […], en el encuentro con otra forma de persona […]». 3
Varón y mujer por tanto tienen maneras diversas de estar en el mundo, su masculinidad y feminidad al ponerse en juego trascienden la fecundidad biológica, también a la cultural, política, artística y social, ambos se enriquecen, se potencian… se complementan.4
Sólo una sociedad que responda a las necesidades e intereses de varones y mujeres del siglo XXI podrá ser más justa y completa.
 
MODELOS DE RELACIÓN ENTRE VARÓN Y MUJER
Para entender mejor los paradigmas que sustentan las relaciones entre varones y mujeres es necesario partir de un breve análisis de los términos sexo y género.
Ambos se refieren a la división y diferencia entre hombres y mujeres, pero el concepto sexo alude a las diferencias biológicas originadas por el par cromosómico sexual, mientras que el género hace mención a las divergencias culturales, a la construcción de roles y estereotipos que en cada sociedad se le asigna a los sexos.
Hablar de sexo por tanto, hace referencia a lo dado por la condición humana de varón y de mujer y que no se puede elegir. En cambio, hablar de género se refiere a lo construido, a aquello que partiendo de las determinaciones biológicas, se configura  por otros factores tanto culturales (época, clase social, estereotipos, construcción de roles, religión, costumbres) y del propio comportamiento aprendido y elegido.
La relación entre lo dado y lo construido, será la base antropológica donde las concepciones de igualdad y diferencia entre lo masculino y lo femenino, alcanzarán la equidad.
Existen tres paradigmas antropológicos sobre los que se explica la relación entre varón y mujer, engloban el concepto de sexo (masculino y femenino) y el de género (rol cultural asignado); y coexisten en el mundo contemporáneo en la vida de muchas personas e instituciones.
 
PARADIGMA 1 (P1)
Diferencia sin igualdad: identidad entre sexo y género
•          Es el más antiguo y arraigado en la sociedad.
•          Se exaltan las diferencias, destacando el sexo biológico.
•          Ha delineado los sistemas educativos, sociales, económicos y jurídicos. Varias generaciones adultas fueron educadas en este modelo.
•          A cada sexo corresponde un rol y unas funciones sociales, centradas en la biología. Hombre: lo público (laboral, político, académico, económico y el trabajo remunerado). Mujer: lo privado (la familia y la educación de los hijos).
•          La relación de la mujer con el varón se da en un marco de inferioridad, dependencia y subordinación, en todos los aspectos de la vida –sexual, afectivo, jurídico, económico y político–,  en el que muchas veces los hombres no perciben ni se percatan siquiera de esta discriminación hacia las mujeres.
Al respecto, Juan Pablo II comenta en la carta citada:
«Pienso en particular, en las mujeres que han amado la cultura y el arte y se han dedicado a ello partiendo con desventaja, excluidas a menudo de una educación igual, expuestas a la infravaloración, al desconocimiento e incluso al despojo de su aportación intelectual. […] y qué decir de los obstáculos que en tantas partes del mundo impiden aún a las mujeres, su plena inserción en la vida social, política y económica. Baste pensar en cómo a menudo es penalizado, más que gratificado, el don de la maternidad, al que la humanidad le debe también su supervivencia».5
 
PARADIGMA 2 (P2)
Igualdad sin diferencia: interdependencia entre sexo y género
Es una respuesta pendular y crítica que denuncia las injusticias fácticas e históricas de la identidad entre sexo y género del primer paradigma (P1).
El problema de esta postura es que al igual que el P1 es radical y se ha ido a tal extremo, que por denigrar los aspectos reproductivos de la sexualidad ha dañado la maternidad, la paternidad, el núcleo esencial de la familia y de la dignidad humana.
Ambos géneros buscan participación en lo público en perjuicio y rechazo de lo privado. Los primeros movimientos feministas y de igualdad de género trajeron como consecuencia una confusión práctica en el tema de la identidad, negando incluso la existencia de la naturaleza humana o afirmando que las determinaciones biológicas sexuales son accidentales, triviales, no definitorias o de posible elección.
Lo masculino y lo femenino son términos independientes del ser varón y del ser mujer, y lo cultural  se construye sin ningún tipo de fundamento biológico. Se ve a la persona como un ser asexuado, intentando construir un mundo social, público y laboral ajeno al ser varón y al ser mujer. En un afán de reivindicar lo femenino rechazan cualquier identificación entre sexo y género, buscando promover un mundo asexuado que sin lugar a dudas, ha reforzado el paradigma viril P1 al buscar igualar a la mujer despojándola de su ser femenino.6
 
PARADIGMA 3 (P3)
Igualdad en la diferencia: interdependencia/reciprocidad/corresponsabilidad
Siguiendo la Carta de Juan Pablo II, señala: «la acción creadora de Dios se desarrolla según un proyecto preciso. Ante todo, se dice que el ser humano es creado a imagen y semejanza de Dios». (Génesis 1, 26) expresión que aclara en seguida el carácter peculiar del ser humano en el conjunto de la obra de la creación. Se dice además que el ser humano, desde el principio, es creado como varón y mujer (Génesis 1,27) «[…] el hombre aún encontrándose rodeado de innumerables criaturas del mundo visible, ve que está solo» (cfr. Génesis 2,20). Dios interviene para hacerlo salir de tal situación de soledad: «No es bueno que el hombre esté solo. Voy a hacerle una ayuda adecuada» (Génesis 2,18).
En la creación de la mujer está inscrito, pues, desde el inicio el principio de ayuda: ayuda –mírese bien– no unilateral, sino recíproca. La mujer es el complemento del hombre, como el hombre es el complemento de la mujer: mujer y hombre son entre sí complementarios.
La feminidad realiza lo humano tanto como la masculinidad, pero con una modulación diversa y complementaria. Cuando el Génesis habla de ayuda, no se refiere solamente al ámbito del obrar, sino también al del ser. Feminidad y masculinidad son entre sí complementarias no sólo desde el punto de vista físico y psíquico, sino ontológico. «Sólo gracias a la dualidad de lo masculino y de lo femenino lo humano se realiza plenamente».7
Estas palabras de Juan Pablo II ponen el sustrato del P3, destacando la complementariedad, reciprocidad e interdependencia inherentes que existen en el ser varón y ser mujer.
Este paradigma apela a una antropología profunda basada en la diferencia biológica de los sexos (masculino y femenino) y en la igualdad entre los géneros en todos los espacios. «[…] Dios dice a ambos: Llenad la tierra y sometedla» (Génesis 1, 28). No les da sólo el poder de procrear para perpetuar en el tiempo el género humano, sino que les entrega también la tierra como tarea, comprometiéndolos a administrar sus recursos con responsabilidad. El ser humano, ser racional y libre, está llamado a transformar la faz de la tierra. En este encargo que esencialmente es obra de la cultura, tanto el hombre como la mujer tienen desde el principio igual responsabilidad. La mujer y el hombre no reflejan una igualdad estática y uniforme, y ni siquiera una diferencia abismal e inexorablemente conflictiva: su relación más natural, de acuerdo con el designio de Dios es la unidad de los dos. «[…] unidualidad relacional que permite a cada uno sentir la relación interpersonal y recíproca como un  don enriquecedor y responsabilizante».8
 
PREMISAS DEL PARADIGMA 3
•           La perspectiva de género es adecuada para describir los aspectos culturales.
•          Existen sólo dos sexos: masculino y femenino.
•          Las determinaciones biológicas existen y deben considerarse.
•          La persona humana es un ser relacional y abierto a las determinaciones culturales y a la elección propia.
•          Responde a las necesidades de la persona. Ve lo humano como una comunión entre lo femenino y lo masculino.
•          Reclama y sustenta la participación de hombres y mujeres en todos los aspectos de la vida.
•          Las estructuras sociales deberán adaptar sus modos y procedimientos para permitir la complementariedad y corresponsabilidad de los sexos, en donde hombres y mujeres pueden tener presencia activa en las esferas pública y privada.
•          La principal diferencia de este modelo es que reivindica a ambos sexos. Busca dar lugar a la igualdad en la diferencia.
•          Promueve que hombres y mujeres se encuentren simultáneamente en el mundo, en sus esferas publicas y privadas, en donde ambos pueden asumir tareas reservadas para el otro.
•          Distingue ámbitos intercambiables (realizables indistintamente por cualquier género) y ámbitos o roles determinados por las diferencias biológicas e intransferibles entre los sexos. Por ejemplo, no es lo mismo ser padre que madre.
•          Para superar la antinomia entre reproducción-inserción en el mercado laboral, no propone que la mujer vuelva a casa si ella no lo quiere o necesita, y no sería una solución acorde con la realidad que estamos viviendo en este siglo XXI. La solución está en una readaptación de la sociedad, del mercado laboral y de la legislación a este cambio cultural y sociológico, positivo en muchos aspectos para la mujer.
Esta readaptación requiere un reciclaje y el abandono de esquemas tan sólo masculinos. Hay que insertar otro tipo de valores en la sociedad como el que la maternidad no es sólo responsabilidad de la mujer sino también del hombre, y el que la renovación generacional y traer hijos al mundo es un valor social al que se debe hacer frente de manera solidaria. Habrá que aceptar esta nueva asignación de papeles del hombre y la mujer, y dejar de añorar un pasado perdido.9
•          Afronta y promueve un reparto equilibrado de las tareas domésticas entre los cónyuges y de cuidado con ayuda de las políticas publicas, la conciliación entre vida personal, familiar y laboral.10
Este paradigma es una revolución en las estructuras sociales que requerirá tiempo para su consolidación. Deberá promoverse desde la familia y las instituciones educativas y sociales una propuesta innovadora que por un lado fomente la educación diferenciada –si es el querer de los padres– en los primeros años de la vida (infancia y adolescencia) y una promoción natural de las relaciones sociales entre hombres y mujeres con el ánimo de que juntos puedan trabajar y transformar la sociedad complementaria y corresponsablemente.
Si se educa integralmente al varón y a la mujer promoviendo relaciones armónicas y saludables estaremos haciendo la mejor apuesta por enriquecer humanamente a la sociedad. Como se aprecia, este tercer paradigma (P3) revoluciona las concepciones antropológicas de la filosofía continental, ya que obliga a pensar en el ser humano más allá del individuo que vive inserto necesariamente en una vida comunitaria. Es una visión antropológica que exige la alteridad la presencia del otro para el mejor desarrollo de la persona humana y de la sociedad.
 
APOSTAR POR UN MODELO DE VANGUARDIA
El camino para evitar las trampas del biologismo y la indiferencia ante la diferencia será promover un proyecto que integre todos los ámbitos de la vida femenina y masculina, partiendo de una renovada toma de conciencia de la dignidad de la mujer. El P3 es un modelo de vanguardia que hará que la mujer no renuncie a su genio femenino, sino más bien que lo recupere y revalorice.
La participación de la mujer en la vida profesional y laboral permite elaborar una cultura capaz de conciliar razón y sentimiento, una concepción de la vida abierta al sentido del misterio (persona), a edificar estructuras económicas y políticas más ricas en humanidad… enriquece la comprensión del mundo y contribuye a la plena verdad de las relaciones humanas.
Hay que apostar por el P3, ya que ilumina la relación hombre-mujer como una relación entre iguales y distintos. Las relaciones, como señalan Di Nicola y Danese:
«Resultan intrínsecamente relacionales: cada uno puede ser plenamente sí mismo a condición de que entre en el juego de la relación dinámica que constituye al yo y al tú en alteridad recíproca. […] la reciprocidad aparece como el acicate que empuja la cualidad de las relaciones hacia modelos óptimos abriéndose paso en una historia necesitada de conversión y de renacimiento de un pasado machista así como de las más exacerbadas reacciones feministas».11
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Notas
1 Juan Pablo II, 1995; 2
2 Aparisi, 2011
3 Marías, 2005
4 Complementariedad no significa complemento ni considerar al varón y a la mujer como dos mitades. Supone considerar a cada uno en su totalidad como seres humanos.
5 Juan Pablo II, 1995; 3
6 Cfr., Elosegui, 2002; 63 ss.
7 Juan Pablo II, 1995; 5
8 Juan Pablo II, 1995; 7
9 Cfr., Elosegui, 2002; 88-89
10 Cfr., Aparisi, 2011; 72
11 Di Nicola, 1991; 403-404
 
FUENTES
Aparisi, A. (2011). Persona y género. Universidad de Navarra, España: Thompson Reuters.
Di Nicola, G. P. (1991). Reciprocidad hombre-mujer; Igualdad y diferencia (6° ed.). (P. Manzano, Trad.) España: Narcea, S.A. de Ediciones.
Elosegui, M. (2002). Diez temas de género. Hombre y mujer ante los derechos productivos y reproductivos. Madrid: Ediciones Internacionales Universitarias.
Juan Pablo II. (29 de junio de 1995). Carta del Papa Juan Pablo II a las mujeres.
Marías, J. (2005). Mapa del mundo personal (2° ed.). Madrid: Alianza.
 
 
 

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