Soy exitoso… en una empresa que engaña

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Hace dos años acepté dirigir una empresa regional, que elabora y distribuye dulces y bebidas embotelladas. Un producto estrella es una bebida para niños con un envase atractivo que se está vendiendo de maravilla. Los dueños de la empresa (cuatro hermanos), me pidieron –en realidad, me ordenaron–, hacer lo necesario para introducirla en las escuelas, asunto no muy difícil por la enorme influencia de la familia en la zona.
Me interesé en conocer la fórmula de esta bebida que se ofrece al público como «jugo de frutas» y encuentro que además de colorantes y saborizantes artificiales lleva una muy elevada cantidad de azúcar, tanta, que cae en lo que las asociaciones de defensa del consumidor llaman «caramelo líquido» y sugieren se consuma sólo de forma esporádica.
Traté de hacerles ver a los dueños de la empresa, el error que estamos cometiendo por ir en contra de las políticas de salud, pero su respuesta fue: cuando las grandes empresas líderes modifiquen la fórmula de sus bebidas para niños o respondan a las demandas que les han entablado, lo haremos nosotros. En realidad, el «jugo» en cuestión es una imitación de uno de estos líderes.
Fuera de este asunto, mi trabajo va de maravilla, he incrementado las ventas, mejorado la situación de los empleados y mi familia está muy contenta en esta ciudad donde vinimos por motivo de mi trabajo. No encuentro qué hacer ante el problema.
 
Los asesores sugieren
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Para fundamentar la respuesta vale la pena recordar algunos datos. Los mexicanos presentamos unos índices de obesidad que causan diversos problemas de salud. En función de ello se han ido promulgando una serie de leyes para transformar los cambios en su dieta.
Hay una tendencia generalizada en México a querer transformar la realidad con la promulgación de leyes y, al mismo tiempo, tenemos un hábito social arraigado de su incumplimiento. Se genera una contradicción cultural: por un lado confiamos que con nuevas leyes tendremos un mejor país pero siempre encontramos razones para no vivirlas. De este modo se dificulta la instauración del llamado estado de Derecho.
El cambio de un contexto social implica que haya quienes inicien este proceso de mejora. En este sentido resulta relevante cumplir con las leyes justas para transformar nuestra nación en un país donde se viven las leyes. Esta tarea de cambiar comporta la necesidad de encontrar modos nuevos y mejores de hacer las cosas.
El planteamiento que se hacen los dueños para no cumplir la ley es simple: cuando los demás lo hagan, nosotros lo hacemos. Me parece una visión chata, pues haciendo las cosas igual que los demás se privan de la oportunidad de transformar el producto en uno de vanguardia. Instaurándose de este modo el incumplimiento de la ley, con sus lamentables consecuencias, y privándose la oportunidad de ser propulsores de un cambio, que podría convertirlos en mejores empresarios.
Con todo esto creo que sería prudente hablar con los dueños y plantearles horizontes como los mencionados, de modo que la conversación no sea sólo sobre un dilema ético sino acerca de un estilo empresarial. En este sentido me parece claro que ceder conlleva hacer un mal e iniciar el descenso hacia la mediocridad.
 

Felipe Jiménez

Filósofo dedicado a la docencia

 
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¡Muy bien por esa investigación! El primer deber ético es buscar la verdad. Ahora que ya conoces bien el producto y lo puedes comparar, viene el segundo deber ético –más difícil de conseguir que el primero–, adherirse a la verdad conocida. Esto significa compromiso, coherencia y testimonio.
Piensa, por ejemplo, en una estrategia adecuada que te permita negociar con los dueños haciéndoles ver las ventajas de etiquetar adecuadamente el producto. La responsabilidad de tomar la bebida debe estar del lado del consumidor, que no debe ser engañado y debe tener acceso a la información veraz, por lo menos en alguna página de internet propia de la compañía o algún teléfono de atención al cliente. Aunque puede decirse que ya cumpliste con tu deber al llamar la atención de los dueños sobre el problema latente, debes ser tenaz, y saber insistir prudentemente.
Por otro lado, sigue adelante haciendo bien tu trabajo, procurando la mejoría de los empleados y el incremento de las ventas, pues todo eso te dará mayor peso y  argumento en las conversaciones con los dueños. Piensa también en dos investigaciones que te sugiero: una bebida alternativa y más sana que pueda venderse igual de bien que ese caramelo, y, por si lo anterior falla, la posibilidad de otro trabajo, preferentemente en esa nueva ciudad en la que a ti y a tu familia les ha sentado tan bien.

 

Armando Reygadas

Abogado especialista en Ética de Empresa

 

 
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Estimado director, el dilema tiene que ver con la responsabilidad social de la empresa, que, en muchas ocasiones, se concibe como programas enfocados a dar beneficios externos a la empresa: donativos, plantar árboles, pintar escuelas… Sin embargo, tiene que ver en primera instancia con la operación de la empresa (relacionada con la estrategia), el impacto para sus colaboradores y el de su producto o servicio en el cliente. Es aquí donde tu empresa puede cometer un gran error. Primero con sus consumidores, pues los problemas asociados con azúcar (como la diabetes), hacen un daño mayúsculo a la población y al gobierno que gasta mucho para controlar este tipo de enfermedades. Segundo, esperar a que otros actúen para uno actuar acarrea una pésima imagen a tu empresa y más con la tendencia a productos sanos en las escuelas.
Mi sugerencia, en el corto plazo, es encontrar puntos de venta donde no haga tanto daño el producto y tratar de convencer a los dueños de la mala decisión de jugar en contra de los consumidores. En el mediano plazo, intentar innovar con productos que vayan en otra línea con miras a subirse a la tendencia de los productos sanos. Otra estrategia podría ser cabildear para que ningún producto de este tipo se venda en las escuelas, la idea sería competir sobre un terreno más parejo entre los competidores.

Rodrigo Villaurrutia

Profesor de Ética de la Empresa

 

 
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El consumo de estos productos es una responsabilidad compartida entre el productor, el distribuidor (las escuelas que adquieren el producto) y los consumidores finales (los niños y los padres que les proporcionan los recursos para comprarlo). También están las instituciones públicas de salud o de defensa del consumidor, que contribuyen a que el consumidor sea más consciente de las implicaciones que tiene el consumo o abuso de un producto.
Al productor le corresponde cuidar la calidad de lo que ofrece y la claridad en la información de su producto. Es muy común que ciertos productos, a efectos de capturar el interés del consumidor potencial, se ostenten publicitariamente con nombres que no corresponden a la realidad que ofrecen.
El público consumidor en general sabe tácitamente de ello y no suele considerarse engañado. Como sea, ostentar su producto como «jugo de frutas» sin serlo realmente, obliga al productor a especificar en el etiquetado o el envase de su producto los ingredientes reales del mismo y la cantidad de cada uno. Si no se lleva a cabo, entonces sí se está incurriendo en una falta ética, e incluso legal. Entonces tu obligación sería hacer conscientes a los dueños de la empresa de la necesidad de corregir esta deficiencia, y en caso de negación, advertir de esta situación a las escuelas que ponen a disposición de los niños este producto.

Tomás Viracocha

Consultor de Ética empresarial

 

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