¿Qué hay detrás de la violencia? Admiración y envidia

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Imaginación e inteligencia nos permiten dominar el mundo y también nos encadenan a la insatisfacción, a la competitividad y favorecen escenarios violentos. René Girard, filósofo francés, analiza las raíces de la violencia y afirma que se origina en nuestros deseos, que, como no están determinados por el instinto, los enfocamos al otro, queremos lo mismo que el otro y allí empieza una espiral a la que llama las geometrías del deseo.
 
«La violencia parece prisionera de un proceso de escalada que recuerda la propagación del fuego o la de una epidemia. Las grandes imágenes míticas resurgen como si la violencia reencontrara una forma muy antigua y un poco misteriosa. Es como un torbellino en cuyo seno las violencias más violentas se congregan y confunden (…) Parece como si nos dirigiéramos hacia una cita planetaria de toda la humanidad con su propia violencia». 1
La reflexión es de René Girard, antropólogo, historiador, crítico literario, filósofo del mito, de la religión y de la violencia, de cuya relación hablaremos en los párrafos siguientes.
Girard es una de las figuras más destacadas de la intelectualidad francesa de nuestros días, aunque desde 1947 enseña en Estados Unidos. Su relevancia es tal que J.M. Domenach ha dicho de él que es el «Hegel del catolicismo». Yo sostengo que la comparación no es tan hiperbólica como parece: en efecto, Girard revela las claves para una comprensión de la historia que destaca la especificidad de la fe cristiana y la tradición católica y las propone como el único verdadero remedio contra la violencia. Pero antes de proponer la medicina comprendamos un poco más la enfermedad.
La raíz de la violencia está en la naturaleza del deseo humano, o, mejor aún, en su falta de naturaleza. Es decir: nuestros deseos no están determinados por el instinto (el hombre es el «animal no fijado», que decía Nietzsche). Los anhelos humanos no tienen un objeto necesario o ineludible. ¿Qué determina entonces lo que deseamos? La respuesta de Girard es sorprendente, porque a su modo es obvia: queremos lo que quiere el otro. Es el hecho de que alguna otra persona posea o ambicione algo (un puesto de trabajo, un reconocimiento, una pareja) lo que dota a ese objeto de prestigio y lo constituye como deseable.
 
DOS CARAS DE LA MONEDA
El otro, pues, es el modelo del deseo, el mediador, lo cual origina y exacerba mi deseo (y esto, a su vez, intensifica la avidez del otro, para quien, en un juego de espejos, yo soy el mediador). El modelo es al mismo tiempo un obstáculo, y de aquí viene la violencia, dice Girard. Si quiero estar en el lugar de otro, lo que quiero es que aquel desaparezca.
Admiración y envidia son dos caras de la misma moneda. Quien causa mi deseo impide su realización. No somos violentos porque queramos cosas distintas, sino justamente, porque queremos lo mismo. Y lo queremos precisamente porque el otro parece quererlo también. Quien haya sentido alguna vez la tortura de los celos coincidirá con Girard, como también coinciden con él los publicistas astutos.
Por supuesto, este mimetismo o disposición imitativa está ya en los animales superiores, pero en el ser humano se potencia infinitamente. Nuestra imaginación y el dinamismo de nuestra inteligencia, que nos permiten dominar el mundo, nos someten también a una insatisfacción crónica y a una competitividad interminable. Y es por eso que en nuestro caso se desatan los controles naturales a la violencia intraespecífica (la del hombre contra el hombre mismo) que en otros animales funcionan casi sin excepción.
Se perfilan así relaciones triangulares en las que cada uno cree ser el deseante originario y supone que el otro es el intruso, el impostor; la relación con el objeto anhelado sólo se da a través de la relación entre los rivales2 que siempre se imitan mutuamente.
Éstas son las «geometrías del deseo»3 que descubrió el antropólogo francés y que explican (más allá de reduccionismos biológicos o sociales), el origen y crecimiento exponencial de la violencia en las sociedades humanas. Me parece, ante todo, que Girard tiene razón; y además que el itinerario intelectual por el cual ha accedido a este hallazgo es sumamente interesante.
Girard descubrió el deseo y la violencia miméticos en la gran literatura. En Shakespeare y Dostoievsky, principalmente, pero también en Proust y en Stendhal, en Flaubert; en Cervantes, por supuesto. Los ejemplos se multiplican. Todo gran novelista lo es justamente porque, según Girard, sus relatos desmienten la «mentira romántica» del deseo original y sugieren la «verdad novelesca» de la imitación en el querer.4 Por eso las grandes novelas tratan de los celos, del resentimiento, de la envidia, y sugieren con diversos niveles de claridad o de abstracción la inconsciencia de estas pasiones que arrastran a los hombres y a los pueblos.
En la historia de la filosofía también hay, por supuesto, vislumbres de esta idea: Freud y su insistencia en que las pulsiones no tienen objetos fijos y pueden desplazarse, condensarse, sublimarse, según la presencia del otro en mí, vía el super yo; Rousseau y Kant, que saben que en la competencia social y en la comparación entre los hombres radica o se desarrolla el mal radical que afecta la condición humana. Pero insisto, Girard lo ha descubierto en la literatura. El relato moderno guarda este secreto, que recibió –igual que los filósofos apenas mencionados– de la Escritura. Me explico.

«NADA UNE TANTO COMO ODIAR EN COMÚN»
Si el deseo es mimético, el hombre es el lobo del hombre. Sería la guerra de todos contra todos, en principio. Pero –y aquí Girard da el paso de la crítica literaria a la antropología–5 hay un mecanismo universal para encauzar la violencia generalizada, desahogarla y permitir que la civilización persista al menos por un tiempo, tras el cual hay que repetir el proceso.
Se trata del fenómeno del chivo expiatorio. Por alguna razón (porque es diferente, porque es extranjero, porque está enfermo, o acaso es más talentoso, porque simplemente es distinto…) un miembro del grupo es señalado como el objeto de la agresividad de todos los demás. Los judíos, tantas veces; las cacerías de brujas, el rechazo de los lisiados (recordemos que Edipo, a quien se culpa de la peste y crímenes contra natura, era cojo). Se le acusa, se le lincha, se le somete a la violencia de la turba; se le lapida. Para la masa enardecida no hacen falta pruebas, la convicción de los otros perseguidores basta: ¡crucifícalo! ¡Crucifícalo!
El rédito del linchamiento colectivo es que, tras él, los victimarios se reconcilian entre sí. Los ha unido la violencia contra otro. ¿Cuántas veces nos sentimos «íntimos» de alguien al criticar a un tercero? El mecanismo es el mismo. Nada une tanto como odiar en común.
El factor de reconciliación ha sido aquel a quien antes se encontró, unánimemente, culpable. Así que ahora se le diviniza. Ahí está, sostiene con valor Girard, el origen de los mitos y de toda la religiosidad pagana. La violencia se exorciza a sí misma mediante la ejecución de un inocente y su repetición cíclica. Esto se reitera, se ritualiza, y así, mediante lo sagrado, la cultura se protege de su propia agresividad. Los dioses paganos, aún en los mitos más sofisticados y encubiertos, se alimentan de sangre.
Supongo que no hace falta decir que las ambiciosas tesis girardianas expuestas hasta aquí son sumamente controversiales. Sobre todo en ciertos ambientes intelectuales, en los que se acostumbra denostar al cristianismo con la misma fuerza con la que se idealiza las mitologías y las sociedades paganas. Se admira, típicamente, a los griegos, su armoniosa naturalidad, su espíritu inocente, su frescura… y se olvidan los rituales dionisíacos en los que, al ritmo de la música y bajo el influjo de estupefacientes, los helenos desmembraban a una víctima previamente seleccionada a quien se veía como el phármakon, el remedio de los males de la ciudad.
 
GIRARD Y LA TRADICIÓN CATÓLICA
A pesar de la incomprensión de muchos círculos académicos y no académicos, Girard se mantiene firme en su interpretación y la prueba con el uso, a modo de clave heurística; igual en su análisis de los mitos que en sus exploraciones de filosofía política; igual en ensayos literarios que en sus argumentaciones contundentes contra el relativismo.
Aún más polémico es el siguiente paso de su explicación: si la novela moderna ha descifrado el secreto de nuestra violencia mimética (que los mitos antiguos nunca presentaron en su verdad, pues para ellos la víctima era culpable), es porque nuestra literatura está tocada por el cristianismo.
También lo están, evidentemente, las explicaciones kantianas y rousseaunianas de la condición humana que hemos mencionado antes. Por tanto, es claro: es la revelación cristiana, sostiene Girard, la única que devela la inocencia de la víctima –del Cordero de Dios, que ya no chivo expiatorio–  y así, la que condena la violencia como violencia, no simplemente regulándola (como hacen los sacrificios rituales no cristianos) sino superándola del todo. La idea se expone, y se fundamenta en la Escritura, de modo magistral en el libro Veo a Satán caer como el relámpago.6
No pretendo, en este artículo, discutir la ortodoxia puntual de Girard frente a la tradición católica, aunque hay que decir que él mismo insiste en que su lectura antropológica no pretende desplazar, sino en todo caso respaldar, la más tradicional y estrictamente teológica.7 Sugiero solamente que algo hay en su análisis de verdad contundente e irrebatible, respecto a que nuestra civilización, judeocristiana en sus fundamentos, ha descubierto una preocupación por las víctimas que es inédita en la historia universal, y que ello se debe, en última instancia, a un anuncio apostólico que condenó por primera vez la sacralización de la violencia, que reivindicó a las víctimas y sacralizó el auténtico perdón.
Destaco también, de René Girard, el valor para ofrecer una antropología que se reconoce abiertamente católica y el empuje para enfrentar temas que otros intelectuales cristianos prefieren «dejar por la paz», como la comparación estructural entre mitos y Escritura, y el propio tema de la violencia en su relación con lo sagrado.
 
¿POR QUÉ ME PERSIGUES?
Pienso, además, que Girard tiene algo que recordarnos cuando nos preguntamos cómo hacer frente a la violencia. En última instancia, frente a una violencia que tiende a repetirse a sí misma, que se justifica como venganza, que se maximiza como rencor, que se desahoga de modo justiciero, sólo queda una respuesta; sólo una manera de detener su diabólica iteración: «poner la otra mejilla». Ello requiere, por supuesto, de una fortaleza sobrenatural. Empecemos, sin embargo, por ganar terreno a la inconsciencia, por desactivar el autoengaño: preguntémonos ¿quién es mi chivo expiatorio?, ¿de quién soy perseguidor?
Por supuesto, no hay nada tan fácil como condenar la violencia, pero nada tan arduo como reconocer la injusticia y arbitrariedad de la propia violencia. En México, que vive hoy una inaudita (y plausible, sin duda) conciencia de la violencia y de las víctimas, conviene recordar a dónde hay que dirigir, primero, el dedo acusador. Ser la víctima es sencillo; reconocerse como victimario y perseguidor –como hicieron Pedro y Pablo, por cierto– requiere una conversión.
A quien denostamos injustamente, a quien estereotipamos sin fundamento, a quien criticamos por placer, a quien insultamos en las redes sociales desde la trinchera del anonimato o de la masificación: ése es nuestro chivo expiatorio. Acosar sin razón muestra que sólo estamos desahogando una violencia omnipresente, que volverá a acumularse y requerirá nuevas víctimas; la salida, nos ha enseñado el cristianismo, no es por ahí. Lo primero es reconocernos perseguidores. Como dice Girard en un recordatorio muy pertinente «puesto que pesar víctimas está de moda, juguemos a ese juego sin hacer trampas».8
Pero incluso en aquellos casos en que sí podemos, supuestamente, justificar ante los ojos de los demás una reacción violenta, una retaliación, hemos de ser capaces de ponernos por encima de ella; aunque nadie dice que ello sea sencillo, especialmente en casos como el de la violencia en México, tan impune e indignante.
Nuestro momento no es ya el de los mitos. El cristianismo, nos guste o no, ha desacralizado la violencia y ha sacralizado el amor, y por eso se acabaron las excusas de la violencia inconsciente, de la «pulsión de muerte» que decía Freud. «No por ello los homicidas están menos convencidos de que sus sacrificios son meritorios. Tampoco ellos saben lo que hacen y debemos perdonarlos. Ha llegado la hora de perdonarnos los unos a los otros. Si seguimos esperando, ya será tarde».9
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1  Girard, René: Aquel por el que llega el escándalo, trad. De Ángel J. Barahona, Caparrós Editores, Madrid, 2006, pp.15-16.
2  La palabra «rival» viene del vocablo latino rivus, río. La sugerencia etimológica es que quienes viven «del otro lado del río», es decir los cercanos, los vecinos, son quienes pugnan por obtener la misma cosa. Esta anotación pretende confirmar la intuición girardiana: hay dos tipos de imitación, la «interna», que es la que se da entre dos personas del mismo estatus y nivel por un objeto y que desemboca en la violencia; y la «externa», que se da entre dos personajes de distinto plano (el ejemplo literario es la imitación que hace el Quijote de Amadís de Gaula), menos propensa a desenlaces agresivos justamente por esa distancia o diferencia. Es la indiferenciación lo que genera la violencia: la cercanía que amenaza nuestra «originalidad», nuestra «identidad».
3          Girard, René: Geometrías del deseo, trad. De M. Tabuyo y A. López, Sexto Piso, México, 2012.
4           Se trata de un juego de palabras en francés con el que se titula otra de las obras centrales de Girard: Mensonge romantique et verité romanesque. «Romántica» no se refiere a una época, estilo o siquiera a una corriente de pensamiento, es simplemente aquella historia o aquel enfoque en el que los deseos parecen surgir espontánea y originalmente de un Yo transparente, auto poseído y puro; «novelesco» es aquel relato donde los deseos se revelan como generados, reforzados y focalizados por otro.
5          Pienso que este paso se da fundamentalmente en El chivo expiatorio, traducción de Joaquín Jordá, Anagrama, Barcelona, 1986.
6          Anagrama, Barcelona, 2002. Vale la pena consultar también La ruta antigua de los hombres perversos, Anagrama, Barcelona, 1989. Para una comparación con las religiones védicas, cf. Sacrifice, Michigan State University Press, Michigan, 2011.
7          Esto lo aclara Girard hacia el final de Vi a Satán caer como el relámpago. La única pequeña tensión entre el pensamiento girardiano y la tradición radicó, en las primeras obras del autor de Avignon, en el difícil tema del «sacrificio vicario» o «satisfacción vicaria», es decir, en la idea de que Dios Padre ha sacrificado al Hijo para evitarnos el castigo a nosotros, noción que a Girard le parecía incluir una concepción pagana de la divinidad. En el progreso del pensamiento de Girard –en obras más recientes, como Sacrifice– el francés corrige el rumbo y admite que puede hablarse de modo sacrificial de la Pasión de Cristo, en tanto hace falta ingresar del todo al mecanismo del chivo expiatorio para desactivarle desde dentro. Ha de decirse además que –como ha subrayado el propio Papa Benedicto XVI en más de un pasaje– la idea de satisfacción vicaria no ha de concebirse como violencia divina. Agradezco al P. José Antonio Coronel, que hace algunos años me orientó respecto a este tema y me facilitó los textos del Papa para aclararlo.
8          Veo a Satán caer como el relámpago, ed.cit., p. 215.
9          El chivo expiatorio, ed.cit., p. 275.
 
 
8 IDEAS CONCRETAS
1  Somos violentos por naturaleza
2  Envidiamos mucho de lo que deseamos
3  Mi gran obstáculo es el otro
4  La imaginación y la inteligencia pueden ser fuente de insatisfacción
5  Por qué le dan lo que deseo al otro si yo me lo merezco más
6  Los chivos expiatorios son necesarios
7 Quien es diferente es objeto de agresividad
8 El pensamiento judeocristiano sacraliza el auténtico perdón y el amor
 
 

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