Violencia intrafamiliar. Un daño a cuenta gotas

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Con demasiada frecuencia escuchamos sobre los diversos tipos de violencia familiar y nos preguntamos si existe un antídoto contra ella. Nada podría eliminarla de tajo, aunque los expertos coinciden en que una reeducación de padres e hijos con una revisión de valores y estructuras sociales es el mejor método para prevenirla.
 
 
Todo comienza con una tensión… Algún pellizco, un empujón o un insulto, no hay agresión severa, se trata sólo de un problema cotidiano. Con el tiempo, esos inofensivos encuentros suben de tono: los insultos son más frecuentes y la pareja comienza a perder el control, en muchos casos hay presencia de golpes.
De repente el agresor se muestra arrepentido: «Perdóname, no volverá a pasar». La pareja no quiere quedarse sola y consiente en la reconciliación. Regresan el afecto y las demostraciones de amor que los unió en principio, se dice que es una nueva luna de miel. Entonces, todo comienza con una tensión…
 
MÁS ALLÁ DE LO PRIVADO
La violencia intrafamiliar es un grave problema de interés público. En México está íntimamente relacionada con la violencia de género y la discriminación hacia la mujer. Aunque también la hay en otros sentidos: entre hermanos, por cuestiones sucesorias, concubinas y exconcubinas, contra la suegra o la nuera.
La violencia de pareja consiste en el patrón repetitivo de abuso por parte del cónyuge, quien muestra conductas coercitivas como daños psicoemocionales, físicos, económicos y sexuales. La agresión es cíclica, con intensidad creciente, y aunque puede darse de hombres hacia mujeres y viceversa, los factores psicosociales en torno a la construcción de lo femenino y lo masculino en nuestro país, devienen en una sociedad machista.
Así, en 75% de los casos las mujeres sufren de violencia, en 2% los hombres y en 23% la agresión es recíproca. La Convención Interamericana para prevenir, sancionar y erradicar la violencia contra la mujer (1993) define a la violencia de género como: «Todo acto de violencia basado en la pertenencia al sexo femenino que tiene como resultado posible o real un daño físico, sexual y psicológico incluidas las amenazas, la coerción o la privación arbitraria de la libertad tanto si se producen en la vida pública, como en la privada».
Además del «machismo», otra causa que induce a la violencia de género se refiere a la dimensión ética individual, en la que el agresor toma la decisión de discriminar o ejercer violencia en contra de las mujeres. El «macho» desvaloriza a la otra persona con el fin de someterla a su voluntad, principalmente con base en la violencia física o psíquica, del engaño, la mentira y la creación de estereotipos.
Este comportamiento es resultado de un conjunto de creencias, conductas y actitudes que se alimentan de dos supuestos básicos:
 
1. La excesiva polarización de las características que definen lo masculino y lo femenino.
 
2.  La consiguiente estigmatización y desvalorización de lo propiamente femenino.
 
MITOS SOBRE LA VIOLENCIA DE GÉNERO
Alrededor de este problema existen muchos mitos que perpetúan la idea de que la víctima es quien ha precipitado la agresión. Otros falsos discursos se generan para justificar el comportamiento de los agresores, cuando no pudieron controlar su brutalidad:
 
Mito 1. El síndrome de la mujer golpeada afecta únicamente a un pequeño porcentaje de la población. Aunque sea difícil de detectar, entre 10% y 50% de las mujeres ha sufrido algún ataque a manos de su pareja íntima en algún momento de su vida.
 
Mito 2. Las mujeres golpeadas son masoquistas, son locas, no tienen estudios por lo que tienen pocas habilidades laborales. La proporción de mujeres con al menos un incidente de violencia en la pareja no presenta variación notoria en cuanto al nivel de escolaridad (ENDIREH, 2003), como muestra el gráfico 1.
 
Mito 3. La bebida causa conducta violenta. En realidad el alcohol actúa como un deshinibidor que dispara una conducta de acuerdo a los impulsos o sentimientos internos, sin que las exigencias convencionales de la sociedad limiten a la persona. No es causante de un comportamiento violento.
 
Mito 4. Los golpeadores tienen personalidad psicópata y son violentos en todas sus relaciones. Un rasgo peculiar de los hombres violentos es que son muy amables con otras personas. Sólo tienden a agredir a su pareja para ejercer un medio de control.
 
Mito 5. Una vez que se es un golpeador, siempre se es un golpeador. La violencia no es un condicionante del ser humano, sino una conducta aprendida que se puede tratar con terapia.
 
Mito 6. Las mujeres son golpeadas porque provocan a los agresores. A menudo, el victimario conserva la creencia tradicionalista de la supremacía masculina y busca ejercer el control a través de la violencia, porque su entorno social lo configuró de esa forma. Los grupos más vulnerables son niñas y niños, adolescentes, mujeres embarazadas, con enfermedades físicas o mentales y adultos mayores.
 
Mito 7. Las mujeres golpeadas siempre pueden irse de casa. Muchas mujeres, que sólo se dedican a su hogar, son económicamente dependientes y no cuentan con oportunidades reales. Si la familia no las apoya o no tienen a dónde ir, soportan las agresiones. Otras veces lo hacen por sus hijos o por su dependencia psicológica hacia la pareja.
 
LA VIOLENCIA ES INVISIBLE A LOS OJOS
En ocasiones, la violencia de pareja no se detecta a simple vista. Es raro que el agresor insulte y golpee frente a testigos. Dos de cada tres homicidios y suicidios de mujeres en México ocurren en el hogar (ver gráfico 2).
Debido a su invisibilidad es difícil dar cifras exactas del problema, pero según la Encuesta Nacional sobre la Dinámica de las Relaciones en el Hogar (ENDIREH, 2006), de las formas de violencia en la pareja 84.3% se trata de una agresión psicoemocional, 60.7% económica, 44.6% física y 18.1% sexual.
Violencia psicoemocional. El victimario recurre a gritos, amenazas de daño, insultos, humillaciones y críticas constantes. Además tiende a aislarse física y socialmente, muestra celos y posesividad exagerada. Abandona a su pareja e ignora sus necesidades, la manipula y le asigna culpas por todo lo que suceda. Lleva a cabo acciones destructivas.
 
Violencia física. Ocurre en forma periódica y, con el tiempo, aumenta la frecuencia e intensidad; puede provocar la muerte. Se manifiesta mediante empujones, patadas, bofetadas, sujeción, quemaduras, estrangulamiento, mordidas e inclusive heridas con armas.
 
Violencia económica. El agresor no deja trabajar a su pareja, le impide mantener cualquier empleo. Tampoco le informa acerca de los ingresos familiares o no le permite disponer de ellos. Otra forma es controlar incluso los ingresos de la pareja.
 
Violencia sexual. Es forzar a la pareja a tener relaciones sexuales cuando no se desea, llevar a cabo actos en contra de su voluntad. O, por el contrario, ignorar en el aspecto sexual, tener otras parejas y poner en riesgo su salud.
 
De estas cuatro tendencias, la violencia psicológica es la más devastadora –según Guadalupe Díaz, directora del Bufete Jurídico Gratuito de la Universidad Panamericana– porque es difícil detectarla pues se da en pequeñas dosis de comentarios que generan tensión, sin que la persona afectada se dé cuenta de inmediato.
«Puede parecer lindo que el novio le hable a la novia muchas veces al día, o viceversa, y que le incite a vestirse o peinarse de determinada manera, pero también puede ser una forma de presión o un medio de control».
A través del tiempo, la violencia psicológica causa un daño en la salud mental muy difícil de reparar. Los efectos más frecuentes son trastornos depresivos, de ansiedad, intentos suicidas, insomnio, pesadillas, disfunción social, baja calidad de vida y adicciones al alcohol y drogas.
 
¿POR QUÉ Lo aguantó tanto TIEMPO?
Si la violencia impera en una relación de pareja, quizá nos preguntemos por qué la víctima simplemente no se va.
Como se definió antes, la violencia de pareja consiste en un patrón repetitivo de abuso, estas conductas caen en un ciclo de violencia doméstica, que sugiere tres fases:
 
1.         Tensión. Ocurren problemas cotidianos e incidentes menores de maltrato: cachetadas, pellizcos, insultos. Después de un tiempo la mujer acepta el maltrato como legítimamente dirigido hacia ella. La víctima intenta calmar al agresor con técnicas previamente útiles (amabilidad o alejarse del camino). Responde con defensas psicológicas como la negación (cree tener control sobre la conducta del agresor). Al crecer la tensión, el control se pierde rápidamente y algunas mujeres alejan a sus familiares y amigos tratando de que el agresor no las lastime. Cuando la tensión crece el hombre incrementa su posesividad.
 
Muchas parejas permanecen en esta fase mucho tiempo, ambos buscan evitar una situación externa que rompa este delicado balance.
 
2.         Maltrato o agresión. Esta fase es más breve que la anterior, se pierde el control y hay una descarga incontrolable de tensión. La mujer vive una negación y cree que eso no le está sucediendo. Entonces el agresor acepta que su ira está fuera de control, intenta «darle a la mujer una lección». Se detiene cuando está agotado emocionalmente. La mayoría de las víctimas no busca ayuda a menos que el daño sea severo. Después presentan indiferencia, depresión y tienden a permanecer aisladas.
 
3.         Luna de miel. El agresor se muestra arrepentido, hace regalos y demostraciones de extremo amor y afecto. Intenta que ella olvide lo sucedido y promete que no volverá a ocurrir. La mujer identifica al hombre bueno que ama; no se concibe sola y siente que él es frágil, inseguro y que la necesita. Al aceptar la promesa de cambio, la autoestima de ella baja y se siente eliminada como persona, al no tener decisiones propias.
 
Al final las mujeres quedan atrapadas en el círculo de maltrato, se vuelven ausentes y se aferran a su agresor. No saldrán del círculo mientras no tengan una alternativa económica y emocional. Las ata un lazo traumático, un desequilibrio de poderes en la relación y violencia intermitente, alternada con comportamiento cálido, amistoso y amable (Síndrome de Estocolmo).
Sin embargo, la víctima puede transformarse también en agresor. La violencia familiar es un fenómeno en cascada en el que la madre agredida muchas veces agrede después a sus hijos, en los que recae la tensión que vive. Los pequeños corren peligro de ser lesionados y llegan a surgir problemas de adaptación, inseguridad y de desarrollo escolar. Puede suceder que la mujer esté tan mal que los desatienda, entonces se reproducen en ellos los patrones de agresividad.
Pero, ¿por qué la gente no denuncia? En 2006, sólo 18% de mujeres denunció hechos de violencia (ENDIREH). Del resto, 38.5% no denunció por tratarse de algo sin importancia, 23.3% por sus hijos, 18.6% por vergüenza, 17.3% por miedo, 13.7% para que su familia no se entere, 2.9% porque considera que su marido tiene derecho a reprenderla y 2.4% porque su familia la convenció de no hacerlo.
 
BARRER ESTEREOTIPOS EQUIVOCADOS
Ciertamente todas las campañas actuales, la información, el cambio de leyes y las instituciones de apoyo han servido para frenar la violencia intrafamiliar y salir de ella, pero aún no se logra un equilibrio.
Guadalupe Díaz está convencida de que la tendencia en el Derecho es ir hacia la solución pacífica y la mediación familiar. El mediador abre canales de comunicación para que las mismas personas sean capaces de solucionar sus problemas, a través de concesiones mutuas o convenios que no se incumplen porque ya fueron consensuados por ambas partes. Y a pesar de que la gente no está acostumbrada y la mayoría prefiere pelear, existen varias técnicas que se apoyan en la intervención de psicólogos.
Por otro lado, la violencia familiar es muy difícil de mediar. La mediación se da entre iguales y si una de las partes domina a la otra, no llegarán a un arreglo justo.
Los estereotipos de los padres se transmiten a los hijos, quienes reproducen ciertas conductas que toman como verdaderas. Inclusive, la misma mujer llega a adoptar las conductas que rechazamos en el macho, y es tal el empoderamiento que también se vuelve una manipuladora. Con la enseñanza de conductas apropiadas se podría superar el «machismo» o el afán de dominio de unos sobre otros.
En palabras de la directora del Bufete Jurídico de la UP: «La educación preventiva y en valores son las técnicas más adecuadas para evitar el surgimiento de la violencia, cambiar una mentalidad de agresión y todos los patrones equivocados, se requiere un cambio cultural que se consigue poco a poco con una educación que se enfoque específicamente al problema».
Todo comienza con una tensión… sentémonos a hablar.
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Con información de Guadalupe Díaz Santos-Galindo, directora del Bufete Jurídico Gratuito de la Universidad Panamericana.
 
 
 
 
 

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